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Arturo P&#233;rez-Reverte


Un D&#237;a De Colera


 2007, Arturo P&#233;rez-Reverte


Desde&#241;aron su inter&#233;s sin ocuparse m&#225;s que de la injuria recibida. Se indignaron con la afrenta y se sublevaron ante nuestra fuerza, corriendo a las armas. Los espa&#241;oles en masa se condujeron como un hombre de honor.

Napole&#243;n Bonaparte, citado por Les Cases

Memorial de Santa Helena 


Tengo por enemigo a una naci&#243;n de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aqu&#237; se hizo el dos de mayo fue odioso. No, Sire. Est&#225;is en un error. Vuestra gloria se hundir&#225; en Espa&#241;a.

Carta de Jos&#233; Bonaparte a su hermano el Emperador


Los que dieron la cara no fueron en verdad los doctos. &#201;sos pasaron todo el sarampi&#243;n napole&#243;nico, y en nombre de las ideas nuevas se hubieran dejado rapar como quintos e imponer el imperial uniforme. Los que salvaron a Espa&#241;a fueron los ignorantes, los que no sab&#237;an leer ni escribir El &#250;nica papel decoroso que Espa&#241;a ha representado en la pol&#237;tica europea lo ha representado ese pueblo ignorante que un artista tan ignorante y genial como &#233;l, Goya, simboliz&#243; en aquel hombre o fiera que, con los brazos abiertos, el pecho salido, desafiando con los ojos, ruge delante de las balas que lo asedian.

&#193;ngel Ganivet

Granada la bella


A &#201;tienne de Montety, gabacho





1

Siete de la ma&#241;ana y ocho grados en los term&#243;metros de Madrid, escala R&#233;aumur. El sol lleva dos horas por encima del horizonte, y desde el otro extremo de la ciudad, recortando torres y campanarios, ilumina la fachada de piedra blanca del palacio de Oriente. Llovi&#243; por la noche y a&#250;n quedan charcos en la plaza, bajo las ruedas y los cascos de los caballos de tres carruajes de camino, vac&#237;os, que acaban de situarse ante la puerta del Pr&#237;ncipe. El conde Selv&#225;tico, gran cruz de Carlos III sobre el casac&#243;n cortesano, gentilhombre florentino de la servidumbre de la reina de Etruria -viuda, hija de los viejos reyes Carlos IV y Mar&#237;a Luisa-, se asoma un momento, observa los carruajes y entra de nuevo. Algunos madrile&#241;os desocupados, en su mayor parte mujeres, miran con curiosidad. No llegan a una docena, y todos guardan silencio. Uno de los dos centinelas de la puerta est&#225; apoyado en su fusil con la bayoneta calada, junto a la garita, indolente. En realidad, esa bayoneta es su &#250;nica arma efectiva; por &#243;rdenes superiores, su cartuchera est&#225; vac&#237;a. Al escuchar las campanadas de la cercana iglesia de Santa Mar&#237;a, el soldado observa de reojo a su compa&#241;ero, que bosteza. Les queda una hora para salir de guardia.

En casi toda la ciudad, el panorama es tranquilo. Abren los comercios madrugadores, y los vendedores disponen en las plazas sus puestos de mercanc&#237;as. Pero esa aparente normalidad se enrarece en las proximidades de la puerta del Sol: por San Felipe y la calle de Postas, Montera, la iglesia del Buen Suceso y los escaparates de las librer&#237;as de la calle Carretas, todav&#237;a cerradas, se forman peque&#241;os grupos de vecinos que confluyen hacia la puerta del edificio de Correos. Y a medida que la ciudad despierta y se despereza, hay m&#225;s gente asomada en ventanas y balcones. Circulan rumores de que Murat, gran duque de Berg y lugarteniente de Napole&#243;n en Espa&#241;a, quiere llevarse hoy a Francia a la reina de Etruria y al infante don Francisco de Paula, para reunirlos con los reyes viejos y su hijo Fernando VII, que ya est&#225;n all&#237;. La ausencia de noticias del joven rey es lo que m&#225;s inquieta. Dos correos de Bayona que se esperaban no han llegado todav&#237;a, y la gente murmura. Los han interceptado, es el rumor. Tambi&#233;n se dice que el Emperador quiere tener junta a toda la familia real para manejarla con m&#225;s comodidad, y que el joven Fernando, que se opone a ello, ha enviado instrucciones secretas a la junta de Gobierno que preside su t&#237;o el infante don Antonio. No me quitar&#225;n la corona -dicen que ha dicho- sino con la vida.

Mientras los tres carruajes vac&#237;os aguardan ante Palacio, al otro extremo de la calle Mayor, en la puerta del Sol, apoyado en la barandilla de hierro del balc&#243;n principal de Correos, el alf&#233;rez de fragata Manuel Mar&#237;a Esquivel observa los corrillos de gente. En su mayor parte son vecinos de las casas cercanas, criados enviados en busca de noticias, vendedores, artesanos y gente subalterna, sin que falten chisperos y manolos caracter&#237;sticos del Barquillo, Lavapi&#233;s y los barrios crudos del sur. No escapan al ojo atento de Esquivel peque&#241;os grupos sueltos de tres o cuatro hombres de aspecto forastero que se mantienen silenciosos y a distancia. Aparentan desconocerse entre ellos, pero todos tienen en com&#250;n ser j&#243;venes y vigorosos. Sin duda se cuentan entre los llegados el d&#237;a anterior, domingo, desde Aranjuez y los pueblos vecinos, que por alguna raz&#243;n -ninguna puede ser buena, deduce el alf&#233;rez de fragata- no han salido todav&#237;a de la ciudad. Tambi&#233;n hay mujeres, pues suelen ser madrugadoras: la mayor&#237;a trae la canasta del mercado al brazo y comadrea repitiendo los rumores y chismes que circulan en los &#250;ltimos d&#237;as, agravados por la tensa jornada de ayer, cuando se abuche&#243; a Murat mientras iba a una revista militar en el Prado. Sus batidores incomodaban a la gente para abrir paso, y la vuelta tuvo que hacerla con escolta de caballer&#237;a y cuatro ca&#241;ones, con el populacho cant&#225;ndole:

		Por pragm&#225;tica sanci&#243;n
		se ha mandado publicar
		el que al jarro de cagar
		se llame Napole&#243;n.

Esquivel, al mando del pelot&#243;n de granaderos de Marina que guarnece Correos desde las doce del d&#237;a anterior, es un oficial prudente. Adem&#225;s, la tradicional disciplina de la Armada equilibra su juventud. Las &#243;rdenes son evitar problemas. Los franceses est&#225;n sobre las armas, y se teme que s&#243;lo esperen un pretexto serio para dar un escarmiento que apacig&#252;e la ciudad. Lo coment&#243; anoche en el cuerpo de guardia, hacia las once, el teniente general don Jos&#233; de Sexti: un italiano al servicio de Espa&#241;a, hombre poco simp&#225;tico, que preside por parte espa&#241;ola la comisi&#243;n mixta para resolver los incidentes -cada vez m&#225;s numerosos- entre madrile&#241;os y soldados franceses.

Sobre las armas, como le digo -contaba Sexti-. Los imperiales casi no me dejan pasar por delante del cuartel del Prado Nuevo, y eso que voy de uniforme Todo tiene un aspecto infame, se lo aseguro.

&#191;Y no hay ninguna instrucci&#243;n concreta?

&#191;Concreta? No sea infeliz, hombre. La junta de Gobierno parece un corral con la raposa dentro.

Estando en conversaci&#243;n, los dos militares oyeron rumor de caballos y salieron a la puerta, a tiempo de ver una numerosa partida francesa que se dirig&#237;a al galope hacia el Buen Retiro, bajo la lluvia, para reunirse con los dos mil hombres que all&#237; acampan con varias piezas de artiller&#237;a. Al ver aquello, Sexti se fue a toda prisa, sin despedirse, y Esquivel envi&#243; otro mensajero a sus superiores pidiendo instrucciones, sin recibir respuesta. En consecuencia, puso a los hombres en estado de alerta y extrem&#243; la vigilancia durante el resto de la noche, que se hizo larga. Hace un rato, al empezar a congregarse vecinos en la puerta del Sol, mand&#243; a un cabo y cuatro soldados a pedir a la gente que se aleje; pero nadie obedece, y los corrillos engrosan a cada minuto que pasa. No puede hacerse m&#225;s, as&#237; que el alf&#233;rez de fragata acaba de ordenar al cabo y los soldados que se retiren, y a los centinelas de guardia que, al menor incidente, se metan dentro y cierren las puertas. Ni siquiera en caso de que estalle un altercado los granaderos podr&#225;n hacer nada, en un sentido u otro. Ni ellos, ni nadie. Por orden de la Junta de Gobierno y de don Francisco Javier Negrete, capit&#225;n general de Madrid y Castilla la Nueva, y para complacer a Murat, a las tropas espa&#241;olas se les ha retirado la munici&#243;n. Con diez mil soldados imperiales dentro de la ciudad, veinte mil dispuestos en las afueras y otros veinte mil a s&#243;lo una jornada de marcha, los tres mil quinientos soldados de la guarnici&#243;n local est&#225;n indefensos frente a los franceses.


Lo mismo que la generosidad de este pueblo hacia los extranjeros no tiene l&#237;mites, su venganza es terrible cuando se le traiciona.

Jean Baptiste Antoine Marcellin Marbot, hijo y hermano de militares, futuro general, bar&#243;n, par de Francia y h&#233;roe de las guerras del Imperio, que esta ma&#241;ana es un simple capit&#225;n de veintis&#233;is a&#241;os asignado al estado mayor del gran duque de Berg, cierra el libro que tiene en las manos -El &#250;ltimo Abencerraje, del vizconde Chateaubriand- y mira el reloj de bolsillo puesto sobre la mesita de noche. Hoy no entra de servicio hasta las diez y media en el palacio Grimaldi, con el resto de ayudantes militares de Murat; de modo que se levanta sin prisas, acaba el desayuno que un criado de la casa donde se aloja le ha servido en la habitaci&#243;n, y empieza a afeitarse junto a la ventana, mirando la calle desierta. El sol que atraviesa los vidrios ilumina, desplegado sobre un sof&#225; y una silla, su elegante uniforme de oficial edec&#225;n del gran duque: pelliza blanca, pantal&#243;n carmes&#237;, botas hannoverianas y colbac de piel a lo h&#250;sar. A pesar de su juventud, Marbot es veterano de Marengo, Austerlitz, Jena, Eylau y Friedland. Tiene experiencia, por tanto. Es, adem&#225;s, un militar ilustrado: lee libros. Eso sit&#250;a su visi&#243;n de los acontecimientos por encima de la de muchos compa&#241;eros de armas, partidarios de arreglarlo todo a sablazos.

El joven capit&#225;n sigue afeit&#225;ndose. Una chusma de aldeanos embrutecidos e ignorantes, gobernada por curas. As&#237; ha calificado hace poco el Emperador a los espa&#241;oles, a quienes desprecia -con motivo- por el infame comportamiento de sus reyes, la incompetencia de sus ministros y Consejos, la incultura y el desinter&#233;s del pueblo por los asuntos p&#250;blicos. Al capit&#225;n Marbot, sin embargo, cuatro meses en Espa&#241;a lo llevan a la conclusi&#243;n -al menos eso afirmar&#225; cuarenta a&#241;os m&#225;s tarde, en sus memorias- de que la empresa no es tan f&#225;cil como creen algunos. Los rumores que circulan sobre el proyecto del Emperador de barrer la corrupta estirpe de los Borbones, retener a toda la familia real en Bayona y dar la corona a uno de sus hermanos, Luciano o Jos&#233;, o al duque de Berg, contribuyen a enrarecer el ambiente. Seg&#250;n los indicios, Napole&#243;n estima favorable para sus planes el momento actual. Est&#225; seguro de que los espa&#241;oles, hartos de Inquisici&#243;n, curas y mal gobierno, empujados por compatriotas ilustrados que tienen puestos los ojos en Francia, se lanzar&#225;n a sus brazos, o a los de una nueva dinast&#237;a que abra puertas a la raz&#243;n y al progreso. Pero, aparte conversaciones mantenidas con algunos oficiales y personajes locales inclinados a las ideas francesas -afrancesados los llaman aqu&#237;, y no precisamente para ensalzarlos-, a medida que las tropas imperiales bajan desde los Pirineos adentr&#225;ndose en el pa&#237;s, con el pretexto de ayudar a Espa&#241;a contra Inglaterra en Portugal y Andaluc&#237;a, lo que Marcellin Marbot ve en los ojos de la gente no es anhelo de un futuro mejor, sino rencor y desconfianza. La simpat&#237;a con que al principio fueron acogidos los ej&#233;rcitos imperiales se ha trocado en recelo, sobre todo desde la ocupaci&#243;n de la ciudadela de Pamplona, de las fortalezas de Barcelona y del castillo de Figueras, con tretas consideradas insidiosas hasta por los franceses que se dicen imparciales, como el propio Marbot. Maniobras que a los espa&#241;oles, sin distinci&#243;n de militares o civiles, incluso a los partidarios de una alianza estrecha con el Emperador, han sentado como un pistoletazo.

Su venganza es terrible cuando se le traiciona. 

Las palabras escritas por Chateaubriand dan vueltas en la cabeza del capit&#225;n franc&#233;s, que contin&#250;a rasur&#225;ndose con el esmero que corresponde a un elegante oficial de estado mayor. La palabra venganza, concluye sombr&#237;o, encaja bien con esos ojos oscuros y hostiles que siente clavados en &#233;l cada vez que sale a la calle; con las navajas de dos palmos que asoman metidas en cada faja, bajo las capas que todos llevan; con los hombres de rostro moreno y patilludo que hablan en voz baja y escupen al suelo; con las mujeres desabridas que insultan sin rebozo a los que llaman franchutes, mosi&#250;s y gabachos sin disimular la voz, o pasean descaradas, abanic&#225;ndose envueltas en sus mantillas, ante las bocas de los ca&#241;ones franceses apostados en el Prado. Traici&#243;n y venganza, se repite Marbot, inc&#243;modo. El pensamiento lo lleva a distraerse un instante, y por eso se hace un corte en la mejilla derecha, entre el jab&#243;n que la cubre. Cuando maldice y sacude la mano, una gota roja se desliza por el filo de la navaja de cachas de marfil y cae en la toalla blanca que tiene extendida sobre la mesa, ante el espejo.

Es la primera sangre que se derrama el 2 de mayo de 1808.


Acu&#233;rdate siempre de que hemos nacido espa&#241;oles.

El teniente de artiller&#237;a Rafael de Arango baja despacio los pelda&#241;os de su casa, que crujen bajo las botas bien lustradas, y se detiene en el portal, pensativo, aboton&#225;ndose la casaca azul turqu&#237; con vivos encarnados. Las palabras que acaba de dedicarle su hermano Jos&#233;, intendente honorario del Ej&#233;rcito, le producen especial desasosiego. O tal vez no sean las palabras, sino el fuerte apret&#243;n de manos y el abrazo con que lo ha despedido en el pasillo de la casa familiar, al enterarse de que se encamina a tomar las &#243;rdenes del d&#237;a antes de acudir a su puesto en el parque de Montele&#243;n.

Buenos d&#237;as, mi teniente -lo saluda el portero, que barre el umbral-. &#191;C&#243;mo andan las cosas?

Te lo dir&#233; cuando vuelva, Tom&#225;s.

Hay gabachos calle abajo, junto a la panader&#237;a. Un piquete dentro del mes&#243;n, desde anoche. Pero no asoman la gaita.

No te preocupes por eso. Son nuestros aliados.

Si usted lo dice, mi teniente

Inquieto, Arango se pone un poco atravesado el sombrero negro de dos picos con escarapela roja, se cuelga el sable y mira a uno y otro lado de la calle mientras apura las &#250;ltimas chupadas del cigarro que humea entre sus dedos. Aunque s&#243;lo tiene veinte a&#241;os, fumar cigarros de hoja es en &#233;l una vieja costumbre. Nacido en La Habana de familia noble y origen vascongado, desde que ingres&#243; como cadete ha tenido tiempo de servir en Cuba, en el Ferrol, y tambi&#233;n de ser apresado por los ingleses, que lo canjearon en septiembre del a&#241;o pasado. Serio, capaz y con valor militar acreditado en su hoja de servicios, el joven oficial es, desde hace un mes, ayudante del comandante de la artiller&#237;a de Madrid, coronel Navarro Falc&#243;n; y a recibir las &#243;rdenes de su cargo se dirige, pregunt&#225;ndose si las tensiones del d&#237;a anterior -manifestaciones contra Murat y acaloradas tertulias callejeras- ir&#225;n a m&#225;s, o las autoridades controlar&#225;n una situaci&#243;n que, poco a poco, parece escaparse de las manos. La Junta de Gobierno crece en debilidad mientras Murat y sus tropas crecen en insolencia. Anoche, antes de recogerse Arango en casa, por el C&#237;rculo Militar corr&#237;a la voz de que en la fonda de Genieys los capitanes de artiller&#237;a Daoiz, C&#243;nsul y C&#243;rdoba -Arango los conoce a los tres, y Daoiz es su jefe inmediato- hab&#237;an estado a punto de batirse en duelo con otros tantos oficiales franceses, y que s&#243;lo la intervenci&#243;n en&#233;rgica de jefes y compa&#241;eros de unos y otros impidi&#243; una desgracia.

Daoiz, que ya sab&#233;is lo templado que es, andaba como loco -cont&#243; el teniente Jos&#233; Ontoria, citando a testigos del suceso-. C&#243;nsul y Pepe C&#243;rdoba lo apoyaban. Los tres quer&#237;an salir a la calle de la Reina y matarse con los franceses, y a duras penas se lo impidieron entre todos A saber qu&#233; impertinencia dir&#237;an los otros.

El nombre del capit&#225;n Daoiz hace fruncir el ce&#241;o a Arango. Se trata, como dijo Ontoria y el propio Arango puede confirmarlo, de un militar fr&#237;o y cabal, a quien no es f&#225;cil que se le suba la c&#243;lera al campanario; muy diferente del exaltado Pedro Velarde, otro capit&#225;n de artiller&#237;a que, &#233;se s&#237;, anda por las salas de banderas predicando sangre y cuchillo desde hace d&#237;as. En cambio, Luis Daoiz, un sevillano distinguido, acreditado en combate, tiene una excelente hoja de servicios y enorme prestigio en el Cuerpo, donde los artilleros, por su talante sereno, edad y prudencia, lo apodan El Abuelo. Pero el comentario definitivo, la guinda del asunto, la puso anoche Ontoria, resumiendo:

Si Daoiz pierde la paciencia con los franceses, eso significa que puede perderla cualquiera.

De camino hacia el despacho del gobernador militar de la plaza, Arango pasa ante la panader&#237;a y el mes&#243;n de los que habl&#243; el portero y echa una mirada de reojo, pero s&#243;lo alcanza a ver la silueta de un centinela bajo el arco de entrada. Los franceses han debido de apostarse all&#237; durante la noche, pues ayer por la tarde el lugar estaba vac&#237;o. No es buena se&#241;al, y el joven se aleja, preocupado. Algunas calles est&#225;n desiertas; pero en las que llevan al centro de la ciudad, peque&#241;os grupos de gente se van formando ante botiller&#237;as y tiendas, donde los comerciantes atienden m&#225;s a la charla en corro que a sus negocios. La Fontana de Oro, el caf&#233; de la carrera de San Jer&#243;nimo que hasta ayer era frecuentado a todas horas por militares franceses y espa&#241;oles, se encuentra vac&#237;o. Al ver el uniforme de Arango con la charretera de teniente, varios transe&#250;ntes se acercan a preguntarle por la situaci&#243;n; pero &#233;l se limita a sonre&#237;r, tocarse un pico del sombrero y seguir camino. Aquello no pinta bien, as&#237; que aprieta el paso. Las &#250;ltimas horas han sido tensas, con el infante don Antonio y los miembros de la junta de Gobierno poniendo pa&#241;os calientes, los franceses prevenidos y Madrid zumbando como una colmena peligrosa. Se dice que hay gente convocada a favor del rey Fernando, y que ayer, con el pretexto del mercado, entr&#243; mucho forastero de los pueblos de alrededor y de los Reales Sitios. Gente moza y ruda que no ven&#237;a a vender. Tambi&#233;n se sabe que andan conspirando ciertos artilleros: el inevitable Velarde y algunos &#237;ntimos, entre ellos Juan C&#243;nsul, uno de los protagonistas del incidente en la fonda de Genieys. Hay quien menciona tambi&#233;n a Daoiz; pero Arango, capaz de comprender que &#233;ste discuta y quiera batirse con oficiales franceses, no imagina al fr&#237;o capit&#225;n, disciplinado y serio hasta las trancas, yendo m&#225;s all&#225;, en una conspiraci&#243;n formal. En cualquier caso, con Daoiz o sin &#233;l, si Velarde y sus amigos preparan algo, lo cierto es que a los oficiales que no son de su confianza, como el propio Arango, los mantienen al margen. En cuanto a su comandante en Madrid, el pl&#225;cido coronel Navarro Falt&#243;n, hombre de bien pero obligado a navegar entre dos aguas, los franceses por arriba y sus oficiales por abajo, prefiere no darse por enterado de nada. Y cada vez que, con tacto, Arango, a t&#237;tulo de ayudante, intenta sondearlo al respecto, el otro sale por los cerros de &#218;beda, acogi&#233;ndose al reglamento.

Disciplina, joven. Y no le d&#233; vueltas. Con franceses, con ingleses o con el sursum corda Disciplina y boca cerrada, que entran moscas.


Tres hombres endomingados pese a ser lunes, vestidos con sombreros de ala, marsell&#233;s bordado, capote con vuelta de grana y navajas metidas en la faja, se cruzan con el teniente Arango cuando &#233;ste camina, en busca de la orden del d&#237;a para su coronel, cerca del Gobierno Militar. Dos son hermanos: el mayor se llama Leandro Rej&#243;n y cuenta treinta y tres a&#241;os, y el otro, Juli&#225;n, veinticuatro. Leandro tiene mujer -se llama Victoria Madrid- y dos hijos; en cuanto a Juli&#225;n, acaba de casarse en su pueblo con una joven llamada Pascuala Mac&#237;as. Los hermanos son naturales de Legan&#233;s, en las afueras, y llegaron ayer a la ciudad, convocados por un amigo de confianza al que ya acompa&#241;aron hace mes y medio cuando los sucesos que, en Aranjuez, derrocaron al ministro Godoy. El tal amigo pertenece a la casa del conde de Montijo, de quien se dice que, por lealtad al joven rey Fernando VII, alienta otra asonada en su nombre. Pero es lo que se dice, y nada m&#225;s. Lo &#250;nico que los Rej&#243;n saben de cierto es que, con alg&#250;n vi&#225;tico para la jornada y gastos de taberna, traen instrucciones de estar atentos por si se tercia armar bulla. Cosa que a los dos hermanos, que son mozos traviesos y en pleno vigor de sus a&#241;os, no disgusta en absoluto, hartos como est&#225;n de sufrir impertinencias de los gabachos; a quienes ya es hora de que hombres que se visten por los pies -eso dice Leandro, el mayor- demuestren qui&#233;n es el verdadero rey de Espa&#241;a, pese a Napole&#243;n Bonaparte y a la puta que lo pari&#243;.

El tercer hombre, que camina a la par de los Rej&#243;n, se llama Mateo Gonz&#225;lez Men&#233;ndez y tambi&#233;n ayer vino a Madrid desde Colmenar de Oreja, su pueblo, obedeciendo a consignas que algunos compadres suyos han hecho correr entre los opuestos a la presencia francesa y partidarios del rey Fernando. Es cazador, hecho al campo y a las armas, cuajado y fuerte, y bajo el capote que le cubre hasta las corvas esconde un pistol&#243;n cargado. Aunque va junto a los Rej&#243;n como si no los conociera, los tres formaron parte anoche del grupo que, con guitarras y bandurrias, pese al agua que ca&#237;a, dio una ruidosa rondalla a base de canzonetas picantes, con mucho insulto y mucha guasa, al emperifollado Murat bajo los balcones del palacio donde se aloja, en la plaza de Do&#241;a Mar&#237;a de Arag&#243;n, desapareciendo al ser disueltos por las rondas y reapareciendo al rato para continuar la murga. Eso, despu&#233;s de abuchear bien al franc&#233;s por la ma&#241;ana, cuando regresaba de la revista en el Prado.

		Dicen que mosi&#250; Murat 
		est&#225; acostumbrado al fuego. 
		&#161;Vaya si tendr&#225; costumbre 
		quien ha sido cocinero!

Pise usted fuerte, prenda, que esa acera est&#225; empedrada -dice Leandro Rej&#243;n a una mujer hermosa que, basqui&#241;a de flecos, mantilla de lana y cesta de la compra al brazo, cruza un rect&#225;ngulo de sol.

Pasa adelante la mujer, entre desde&#241;osa y halagada por el piropo -el mayor de los Rej&#243;n es mozo bien plantado-, y Mateo Gonz&#225;lez, que escucha el comentario, la sigue con la mirada antes de volverse a los hermanos, gui&#241;arles un ojo, y seguir junto a ellos al mismo paso. Ahora los tres sonr&#237;en y se balancean caminando con aplomo masculino. Son j&#243;venes, fuertes, est&#225;n vivos y sanos, y la vista de una mujer guapa les anima el d&#237;a. Es, opina el menor de los Rej&#243;n, un buen comienzo. Para celebrarlo, saca de bajo el capote una bota con tinto de Valdemoro, que la larga noche y la cencerrada a Murat dejaron m&#225;s que mediada.

&#191;Remojamos la calle del trago?

Ni se pregunta -mirada falsamente casual de Leandro Rej&#243;n a Mateo Gonz&#225;lez- &#191;Usted se apunta, paisano?

Con mucho gusto.

Pues alcance esto, si apetece.

Estos tres hombres que andan sin prisas pasando la bota mientras se dirigen a la puerta del Sol, deteni&#233;ndose para echar atr&#225;s la cabeza y asestarse con pulso experto un chorro de vino, est&#225;n lejos de imaginar que, dentro de tres d&#237;as, reos de sublevaci&#243;n, dos de ellos, los hermanos Rej&#243;n, ser&#225;n sacados a rastras de sus casas en Legan&#233;s y fusilados por los franceses, y que Mateo Gonz&#225;lez morir&#225; semanas m&#225;s tarde, a resultas de un sablazo, en el hospital del Buen Suceso. Pero eso, a estas horas y bota en mano, ni lo piensan ni les importa. Antes de que se oculte el sol que acaba de salir, las tres navajas albacete&#241;as que llevan metidas en las fajas quedar&#225;n empapadas de sangre francesa. En el d&#237;a que comienza -tras la lluvia, sol, ha dicho el mayor de los Rej&#243;n mirando el cielo, y volver&#225; a llover por la noche-, esas tres futuras muertes, como tantas otras que se avecinan, ser&#225;n vengadas con creces, de antemano. Y todav&#237;a despu&#233;s, durante a&#241;os, una naci&#243;n entera las seguir&#225; vengando.


Durante el desayuno, Leandro Fern&#225;ndez de Morat&#237;n se quema la lengua con el chocolate, pero reprime el juramento que le tienta los labios. No porque sea hombre temeroso de Dios; son los hombres los que le dan miedo, no Dios. Y &#233;l es poco amigo de agua bendita y sacrist&#237;as. Sucede que la contenci&#243;n y la prudencia son aspectos destacados de su car&#225;cter, con cierta timidez que proviene de cuando, a los cuatro a&#241;os, qued&#243; con el rostro desfigurado por la viruela. Quiz&#225; por eso sigue soltero, pese a que hace dos meses cumpli&#243; los cuarenta y ocho. Por lo dem&#225;s es hombre educado, culto y tranquilo; como suelen serlo los protagonistas de las obras que le han dado fama, contestada por numerosos adversarios, de principal autor teatral de su tiempo. El estreno de El s&#237; de las ni&#241;as a&#250;n se recuerda como el m&#225;s importante y discutido acontecimiento esc&#233;nico del momento; y esas cosas, en Espa&#241;a, aportan pocas mieles y mucho ac&#237;bar amargo, por las infinitas envidias. &#201;sta es la raz&#243;n de que, en las actuales circunstancias, el temor al mundo y sus vilezas est&#233; presente en los pensamientos del hombre que, vestido con bata y zapatillas, bebe, ahora a breves sorbos, su chocolate. Ser autor de renombre, favorecido adem&#225;s por el primer ministro Godoy, luego ca&#237;do en desgracia, preso y al cabo acogido en Francia por Napole&#243;n, incomoda la posici&#243;n de Morat&#237;n, que en el mundillo de las letras tiene enemigos mortales. Sobre todo desde que, por gustos personales e ideas m&#225;s art&#237;sticas que pol&#237;ticas -de &#233;stas carece en absoluto, excepto ser amigo del poder constituido, fuera cual fuere-, se le atribuye, no sin raz&#243;n, la etiqueta de afrancesado, que en los tiempos confusos que corren se ha vuelto peligrosa. Desde los abucheos de ayer al duque de Berg y las concentraciones de vecinos gritando contra los franceses, Morat&#237;n teme por su vida. Los amigos de la tertulia de la fonda de San Esteban le han aconsejado que no salga de su casa -n&#250;mero 6 de la calle Fuencarral, entre las esquinas de San Onofre y Desenga&#241;o-; pero eso tampoco garantiza nada. A las desgracias que en los &#250;ltimos tiempos le vienen encima, se a&#241;ade la vecindad de una cabrera tuerta que tiene su puesto de leche en el portal de enfrente: mujer parlanchina y de lengua venenosa, lleva d&#237;as incitando a los vecinos a dar un escarmiento a ese Morat&#237;n de ah&#237; enfrente, hechura de Godoy -la cabrera se refiere al ministro ca&#237;do con el mote popular de Choricero- y de la gente de polaina: los afrancesados que han vendido Espa&#241;a y al buen rey don Fernando, que Dios guarde, al maldito Napole&#243;n.

Dejando el taz&#243;n de China sobre su bandeja, Morat&#237;n se levanta y da unos pasos hasta el balc&#243;n. Aliviado, sin apartar del todo los visillos, comprueba que el puesto de la cabrera est&#225; cerrado. Tal vez anda lejos, con la gente que se congrega en la puerta del Sol. Todo Madrid es un hervidero de desconcierto, rumores y odio, y eso no puede terminar bien para nadie. Ojal&#225;, se dice el literato, ni la junta de Gobierno ni los franceses -conf&#237;a m&#225;s en &#233;stos que en la junta, de todas formas- pierdan el control de la situaci&#243;n. El recuerdo de los horrores callejeros del a&#241;o 1792, que vivi&#243; de cerca en Par&#237;s, le estremece el &#225;nimo. Su talante de hombre culto, viajado, cort&#233;s y prudente, se acobarda ante los excesos que recela, pues los conoce, del pueblo sin freno: la calumnia hace dudosa la m&#225;s firme reputaci&#243;n, la crueldad adopta la m&#225;scara de la virtud, la venganza usurpa la balanza de la Justicia, y la celebridad situada en lugar equ&#237;voco acarrea, a menudo, consecuencias funestas. Si todo eso fue posible en una Francia templada por las ideas ilustradas y la raz&#243;n, a Morat&#237;n lo amedrenta lo que un estallido popular puede desencadenar en Espa&#241;a, donde a la gente analfabeta, cerril, la mueve m&#225;s el coraz&#243;n que la cabeza. Ya en la noche del 19 de marzo, cuando la sublevaci&#243;n de Aranjuez hizo caer a su protector Godoy, Morat&#237;n tuvo ocasi&#243;n de o&#237;r, bajo la ventana, su propio nombre en gritos de amotinados que le hicieron temer verse fuera de casa, arrastrado por las calles. La certeza de c&#243;mo el populacho sin freno ejerce la soberan&#237;a cuando se apodera de ella, lo aterroriza. Y esta ma&#241;ana parece a punto de repetirse la pesadilla, mientras &#233;l permanece inm&#243;vil tras los visillos, la frente helada y el coraz&#243;n lati&#233;ndole inquieto. Esperando.


El dramaturgo Morat&#237;n no es el &#250;nico que desconf&#237;a del pueblo y sus pasiones. A la misma hora, en Palacio, en el sal&#243;n de consejos de la junta de Gobierno, los pr&#243;ceres encargados del bienestar de la naci&#243;n espa&#241;ola en ausencia del rey Fernando VII, retenido en Bayona por el emperador Napole&#243;n, siguen discutiendo abatidos y desconcertados, con las huellas de la noche que han pasado en blanco impresas en la cara, arrugadas las ropas, despuntando las barbas en los rostros ojerosos que reclaman la navaja de un barbero. S&#243;lo el infante don Antonio, presidente de la junta, hermano del viejo rey Carlos IV y t&#237;o del joven Fernando VII, utiliz&#243; el privilegio de su sangre real para retirarse a dormir un rato despu&#233;s de una &#250;ltima entrevista con el embajador de Francia, monsieur Laforest, y no ha vuelto a aparecer. Los dem&#225;s siguen all&#237; sosteni&#233;ndose como pueden, tirados por los sillones y sof&#225;s bajo las imponentes ara&#241;as del techo, apoyados de codos en la gran mesa cubierta de tazas sucias de caf&#233; y ceniceros rebosantes de gruesas colillas de cigarros, los pu&#241;os en las sienes.

Lo de ayer nos llev&#243; al extremo, se&#241;ores -opina el secretario de la junta, conde de Casa Valencia-. Abuchear a Murat ya era insolencia; pero llamarlo troncho de berzas en su cara, y apedrearlo luego hasta encabritarle el caballo en medio de la rechifla general, eso no lo perdonar&#225; nunca Para m&#225;s escarnio, todos vitorearon luego al infante don Antonio cuando pasaba en coche por el mismo sitio La gente baja terminar&#225; por ponernos a todos la soga al cuello.

Fea met&#225;fora esa -apunta Francisco Gil de Lemus, ministro de Marina, entre dos bostezos-. Me refiero a lo de la soga.

Pues ll&#225;melo como le d&#233; la gana.

Adem&#225;s de Casa Valencia y Gil de Lemus, que representa a la poca Armada espa&#241;ola que queda despu&#233;s de Trafalgar, en la sala est&#225;n presentes, entre otros, don Antonio Arias Mon, anciano gobernador del Consejo; Miguel Jos&#233; de Azanza, ministro de la inexistente Hacienda espa&#241;ola; Sebasti&#225;n Pi&#241;uela, por una Gracia y Justicia de la que se burlan los franceses y en la que no conf&#237;an los espa&#241;oles; y el general Gonzalo OFarril como tibio representante de un Ej&#233;rcito confuso, indefenso e irritado ante la invasi&#243;n extranjera. Durante toda la noche, convocados tambi&#233;n dignatarios de los Consejos y Tribunales Supremos, todos han discutido hasta enronquecer, pues tienen sobre la mesa un ultim&#225;tum de Murat, a quien el incidente del d&#237;a anterior dej&#243; fuera de s&#237;: de no obtener la colaboraci&#243;n incondicional de la Junta, dice, tomar&#225; el mando de &#233;sta, pues tiene fuerza suficiente para tratar a Espa&#241;a como pa&#237;s conquistado.

No siempre es el n&#250;mero lo que vence -suger&#237;a, de madrugada, el fiscal Manuel Torres C&#243;nsul-. Recuerden que Alejandro derrot&#243; a trescientos mil persas con veinte mil macedonios. Ya saben: Audaces fortuna iuvat, y todo eso.

El impulso patri&#243;tico de Torres C&#243;nsul, de una energ&#237;a inusitada a tales horas, hizo levantar la cabeza, sobresaltados, a varios consejeros que daban cabezadas en sus asientos. Sobre todo a los que sab&#237;an lat&#237;n.

S&#237;, claro -respondi&#243; el gobernador del Consejo, Arias Mon, resumiendo el sentir general-. &#191;Y qui&#233;n de nosotros es Alejandro?

Todos miraron al ministro de la Guerra; que, ajeno a todo, como si no escuchara la conversaci&#243;n, encend&#237;a un cigarro de Cuba.

&#191;Qu&#233; opina usted, OFarril?

Opino que este habano tira fatal.

As&#237; est&#225;n las cosas, amanecido el d&#237;a. Asustados, indecisos -hace tiempo que firman sus t&#237;midos bandos y decretos en nombre del rey, sin especificar si se trata de Carlos IV o Fernando VII-, la par&#225;lisis de la Junta se alimenta con la falta de noticias. Los correos de Bayona no han llegado, y los ministros y consejeros carecen de instrucciones del joven monarca, de quien ignoran si sigue all&#237; por su voluntad o como prisionero del Emperador. Pero algo est&#225; claro: la sombra del cambio de dinast&#237;a oscurece Espa&#241;a. El pueblo ruge, ofendido, y los imperiales se refuerzan, arrogantes. Despu&#233;s de haberse llevado a la familia real y a Godoy, Murat pretende hacer lo mismo -se ejecuta en este preciso instante- con la reina viuda de Etruria y el infante don Francisco de Paula, que cuenta s&#243;lo doce a&#241;os. La de Etruria es amiga de Francia y se va de mil amores; pero lo del infantito es otra cosa. De cualquier modo, tras resistirse con cierta decencia a esta &#250;ltima imposici&#243;n, la Junta ha debido doblegarse ante Murat, aceptando lo inevitable. Con las tropas espa&#241;olas alejadas de la capital, la escasa guarnici&#243;n acuartelada y sin medios, la &#250;nica fuerza que puede oponerse a tales designios es un estallido popular. Pero, en opini&#243;n de los all&#237; reunidos, eso justificar&#237;a la brutalidad francesa, d&#225;ndole al lugarteniente de Napole&#243;n el pretexto para aplastar Madrid con una victoria f&#225;cil, someti&#233;ndola al saqueo y la esclavitud.

No hay otra que ser pacientes -opina al fin, cauto como siempre, el general OFarril-. No podemos sino calmar los &#225;nimos, precaver las inquietudes populares, y contenerlas, llegado el caso, con nuestras propias fuerzas.

Al o&#237;r eso, el ministro de Marina, Gil de Lemus, da un respingo en su asiento.

&#191;A qu&#233; se refiere?

A nuestras tropas, se&#241;or m&#237;o. No s&#233; si me explico.

Me temo que se explica demasiado bien.

Algunos consejeros se miran significativamente. Gonzalo OFarril se lleva de maravilla con los franceses -por eso es ministro de la Guerra con la que est&#225; cayendo-, extremo que la Historia confirmar&#225; con su actuaci&#243;n en el d&#237;a que hoy comienza y con sus posteriores servicios al rey Jos&#233; Bonaparte. Entre los miembros de la Junta, s&#243;lo unos pocos participan de sus ideas. Aunque, tal como andan las cosas, casi todos ahorran comentarios. S&#243;lo el contumaz Gil de Lemus vuelve a la carga:

Es lo que nos faltaba, caballeros. Hacerles el trabajo sucio a los franceses.

Si lo hacen ellos, ser&#225; m&#225;s sucio todav&#237;a -opone OFarril-. Y sangriento.

&#191;Y con qu&#233; fuerzas quiere usted contener a la gente en Madrid? Demasiado es que los soldados no se unan al populacho.

El ministro de la Guerra levanta un dedo admonitorio, marcial, y ensarta en &#233;l un aro de humo habanero.

Me hago responsable, descuiden. Les recuerdo que toda la tropa est&#225; acuartelada con &#243;rdenes estrictas. Y sin munici&#243;n, como saben.

Entonces, &#191;c&#243;mo pretende que contengan al pueblo? -se interesa, guas&#243;n, Gil de Lemus-. &#191;A bofetadas?

Un silencio inc&#243;modo sucede a las palabras del ministro de Marina. Pese a los bandos publicados por la Junta y por el duque de Berg, fijando horas de cierre para tabernas, rondas de vigilancia y responsabilidades de patronos y padres de familia respecto a empleados, hijos y criados que molesten a los franceses, los incidentes menudean en las seis semanas transcurridas desde la llegada de Murat a Madrid: al d&#237;a siguiente, 24 de marzo, ya ingresaban en el Hospital General tres soldados franceses malheridos en peleas con paisanos a causa de su descomedimiento y abusos, que a partir de entonces incluyeron cr&#237;menes por robo, exacciones diversas, violaciones, ofensas en iglesias, y el sonado asesinato del comerciante Manuel Vidal en la calle del Candil por el general pr&#237;ncipe de Salm-Isemburg y dos edecanes suyos. Como respuesta, la lucha sorda de navajas contra bayonetas resulta ya imposible de parar: tabernas, barrios bajos y lugares de prostituci&#243;n frecuentados por la tropa francesa, con su peligrosa mezcla de mujeres, rufianes, aguardiente y pu&#241;aladas, se han convertido en focos de conflicto; pero tambi&#233;n sitios respetables de la ciudad amanecen con franceses degollados por propasarse con la hija, hermana, sobrina o nieta de alguien. Sin contar los presuntos desertores, as&#237; declarados por el mando imperial, en realidad desaparecidos en pozos o enterrados discretamente en patios o s&#243;tanos. El registro del Hospital General, sin contar otros establecimientos de la ciudad, basta para advertir la situaci&#243;n: el 25 de marzo se anotaron los casos de un mameluco de la Guardia Imperial, herido, un artillero de la Guardia, muerto, y otro soldado del batall&#243;n de Westfalia que falleci&#243; al poco rato. Dos franceses apaleados y tres muertos, uno de ellos de un balazo, fueron anotados en los d&#237;as siguientes. Y entre el 29 de marzo y el 4 de abril se consignaron las muertes de tres soldados de la Guardia, uno del batall&#243;n de Irlanda, dos granaderos y un artillero. Desde entonces, el n&#250;mero de imperiales que han ingresado heridos o muertos en el Hospital General es de cuarenta y cinco, y el total en Madrid, de ciento setenta y cuatro. Tampoco escasean las v&#237;ctimas espa&#241;olas. La comisi&#243;n militar hispano-francesa que debe controlar estos incidentes incluye, adem&#225;s del general Sexti, al general de divisi&#243;n Emmanuel Grouchy; pero Sexti suele inhibirse a favor de su colega franc&#233;s, con el resultado de que casi todos los conflictos provocados por los imperiales quedan impunes. En cambio, en sucesos como el del presb&#237;tero de Carabanchel don Andr&#233;s L&#243;pez, que hace d&#237;as mat&#243; de un tiro a un capit&#225;n franc&#233;s llamado Michel Mot&#233;, no s&#243;lo la justicia es rigurosa, sino que los propios imperiales la toman por su mano, saqueando, como fue el caso, la vivienda del sacerdote homicida y maltratando a criados y vecinos.

En cualquier caso, convencida de su propia impotencia, la Junta de Gobierno que, nominalmente, a&#250;n rige Espa&#241;a en esta ma&#241;ana del lunes 2 de mayo, ha tomado, incluso contra la opini&#243;n de sus miembros m&#225;s irresolutos, una decisi&#243;n con ribetes de gallard&#237;a que salva para la Historia algunos flecos de su honor. Al tiempo que accede al deseo del duque de Berg de trasladar a Bayona a los &#250;ltimos miembros de la familia real espa&#241;ola y ordena que las tropas permanezcan en sus cuarteles sin que se les permita juntarse con el paisanaje, tambi&#233;n, a propuesta del ministro de Marina, nombra una nueva Junta fuera de Madrid, en previsi&#243;n de que la actual quede privada de libertad en el ejercicio de sus funciones. Y a esa junta paralela, compuesta exclusivamente por militares, le otorga poderes para establecerse libremente all&#237; donde sea posible; aunque el lugar de reuni&#243;n recomendado es una ciudad espa&#241;ola todav&#237;a libre de tropas francesas: Zaragoza.


De camino hacia la puerta del Sol, don Ignacio P&#233;rez Hern&#225;ndez, presb&#237;tero de la parroquia de Fuencarral, se cruza con un batidor imperial cuando baja por la calle Montera. El franc&#233;s, un cazador a caballo, parece tener prisa y se aleja calle arriba, al galope y con mucha desconsideraci&#243;n, casi atropellando a los vendedores que acaban de montar sus puestos en la red de San Luis. Aunque algunos gritos e insultos lo siguen en la galopada, don Ignacio no abre la boca, si bien sus ojos negros y vivos -tiene veintisiete a&#241;os- perforan al jinete como si pretendieran que la ira de Dios lo fulminase all&#237; mismo con su montura y las &#243;rdenes que lleva en el portapliegos. El cl&#233;rigo aprieta los pu&#241;os dentro de los amplios bolsillos de la sotana que viste. En el derecho estruja un folleto reci&#233;n impreso, que el amigo en cuya casa ha pasado la noche, p&#225;rroco de San Ildefonso, le dio esta ma&#241;ana: Carta de un oficial retirado a uno de sus antiguos compa&#241;eros. En el izquierdo -don Ignacio es zurdo- aprieta las cachas de una navaja que, pese a las &#243;rdenes que ostenta, lleva encima desde que ayer se present&#243; en Madrid en compa&#241;&#237;a de un grupo de feligreses para hacer bulto contra los franceses y a favor de Fernando VII. La navaja es como la que todo espa&#241;ol de las clases populares usa para cortar pan, ayudarse en la comida o picar tabaco. Al menos es la excusa que el sacerdote, en debate interior que a veces llega a angustiarlo un poco, se plantea ante su conciencia. Pero lo cierto es que nunca la hab&#237;a llevado en el bolsillo, como ahora.

Don Ignacio no es hombre fan&#225;tico: hasta ayer, como la mayor parte de los eclesi&#225;sticos espa&#241;oles, mantuvo un silencio prudente, seg&#250;n instrucciones recibidas de su p&#225;rroco, y &#233;ste del obispo correspondiente, sobre los turbios asuntos de la familia real y la presencia francesa en Espa&#241;a. Ni siquiera durante la ca&#237;da de Godoy o el asunto de El Escorial el joven cl&#233;rigo abri&#243; la boca. Pero un mes de humillaciones por parte de las tropas imperiales acampadas en Fuencarral colma ya su vaso de paciencia cristiana. La &#250;ltima gota de hiel rebos&#243; hace una semana, cuando un pobre cabrero fue apaleado ante la iglesia por varios soldados franceses para robarle sus animales; y cuando don Ignacio corri&#243; a impedirlo, se encontr&#243; con una bayoneta ante los ojos. Para acabar la faena, los franceses se entretuvieron orinando, entre risotadas, en los escalones del recinto sagrado. As&#237; que, cuando ayer corri&#243; la voz de que en Madrid se anunciaba jarana, don Ignacio no lo pens&#243; dos veces. Despu&#233;s de la misa de ocho, sin decir palabra a su p&#225;rroco, vino a la ciudad acaudillando a una docena de feligreses con ganas de gresca. Y con ellos, tras pasar la jornada ronco de abuchear a Murat, aplaudir al infante don Antonio y dar vivas al rey, durmiendo luego cada uno donde pudo, qued&#243; en verse con ellos a estas horas, para averiguar si han llegado los mensajeros de Bayona.

Navaja aparte, tampoco el contenido del otro bolsillo de la sotana sosiega el talante del joven cl&#233;rigo, que repite una y otra vez, de memoria, uno de sus m&#225;s infames p&#225;rrafos: La conveniencia nacional de cambiar la rancia dinast&#237;a de los ya gastados Borbones por la nueva de los Napoleones, muy en&#233;rgicos. La furia de don Ignacio ser&#237;a mayor si supiera -como se averiguar&#225; tiempo despu&#233;s- que el autor del escrito no es ning&#250;n oficial retirado, como afirma el t&#237;tulo, sino el abate Jos&#233; Marchena, personaje complejo y famoso en los c&#237;rculos ilustrados espa&#241;oles: un ex cl&#233;rigo renegado de religi&#243;n y patria, al que paga Francia. Antiguo jacobino y conocido de Marat, Robespierre y madame de Sta&#235;l, temido hasta por los afrancesados mismos, Marchena pone su talento oportunista, su &#225;cida prosa y su abundante bilis al servicio de la propaganda imperial. Y en estos turbulentos d&#237;as madrile&#241;os, frente a unas clases superiores recelosas o indecisas y a un pueblo indignado hasta la exasperaci&#243;n, la letra impresa, con su cascada de pasquines, libelos, folletos y peri&#243;dicos le&#237;dos en caf&#233;s, colmados, botiller&#237;as y mercados para un auditorio inculto y a menudo analfabeto, tambi&#233;n es eficaz arma de guerra, tanto en manos de Napole&#243;n y el duque de Berg -que ha instalado su propia imprenta en el palacio Grimaldi- como en las de la Junta de Gobierno, los partidarios de Fernando VII y este mismo, desde Bayona.

Ya est&#225; aqu&#237; don Ignacio.

Buenos d&#237;as, hijos m&#237;os.

&#161;Viva el rey Fernando!

Que s&#237;, hombre, que s&#237;. Que viva y que Dios lo bendiga. Pero est&#233;monos tranquilos, a ver qu&#233; pasa.

El grupo de foncarraleros -capas de bayet&#243;n, bastones de nudos en las manos j&#243;venes y recias, monteras arriscadas y sombreros de alas ca&#237;das- aguarda a su presb&#237;tero junto a la fuente de la Mariblanca. Falta poco para que la aguja del Buen Suceso se&#241;ale las ocho, y en la puerta del Sol hay un millar de personas. Pese a que el ambiente se carga, las actitudes son pac&#237;ficas. Circulan rumores disparatados: desde que Fernando VII est&#225; a punto de llegar a Madrid, liberado al fin, hasta que, para enga&#241;ar a los franceses, va a casarse con una hermana de Bonaparte. No faltan mujeres que van y vienen atizando los corrillos, forasteros y gente de diversos barrios de Madrid, aunque predomina lo popular: chisperos del Barquillo, manolos del Rastro y Lavapi&#233;s, empleados, menestrales, aprendices, bajos funcionarios, mozos de cuerda, criados y mendigos. Se ven pocos caballeros bien vestidos y ninguna se&#241;ora que acredite el tratamiento: la gente acomodada, desafecta a los sobresaltos, permanece en casa. Tambi&#233;n hay unos pocos estudiantes y algunos ni&#241;os, casi todos pilluelos de la calle. Muchos vecinos de la plaza y las calles adyacentes est&#225;n asomados a portales, balcones y ventanas. No hay militares a la vista, ni franceses ni espa&#241;oles, excepto los centinelas de la puerta de Correos y un oficial en el balc&#243;n enrejado del edificio. De corrillo a corrillo circulan peregrinos rumores y exageraciones.

&#191;Se sabe ya algo de Bayona?

Todav&#237;a nada. Pero dicen que el rey Fernando se ha escapado a Inglaterra.

Ni hablar. Es a Zaragoza a donde se dirige.

No diga usted barbaridades.

&#191;Barbaridades? Lo s&#233; de buena tinta. Tengo un cu&#241;ado conserje en los Consejos.

A lo lejos, entre la gente, don Ignacio alcanza a distinguir a otro sacerdote con sotana y tonsura. Ellos dos, concluye, deben de ser los &#250;nicos cl&#233;rigos presentes en la puerta del Sol a estas horas. Eso lo hace sonre&#237;r: incluso dos son demasiados, habida cuenta de la calculad&#237;sima ambig&#252;edad que la Iglesia espa&#241;ola despliega en esta crisis de la patria. Si nobles e ilustrados, opuestos unos a los franceses y partidarios de ellos otros, coinciden en despreciar los arrebatos y la ignorancia del pueblo, tambi&#233;n la Iglesia mantiene, desde la guerra con la Convenci&#243;n, un cuidadoso nadar entre dos aguas, combinando el recelo al contagio de las ideas revolucionarias con su tradicional habilidad -estos d&#237;as puesta a prueba- para estar con el poder constituido, sea el que fuere. En las &#250;ltimas semanas, los obispos multiplican exhortaciones a la calma y a la obediencia, temerosos de una anarqu&#237;a que los asusta m&#225;s que la invasi&#243;n francesa. Salvo algunos ac&#233;rrimos patriotas o fan&#225;ticos que ven al diablo bajo cada &#225;guila imperial, el episcopado espa&#241;ol y gran parte de los cl&#233;rigos y religiosos est&#225;n dispuestos a rociar con agua bendita a cualquiera que respete los bienes eclesi&#225;sticos, favorezca el culto y garantice el orden p&#250;blico. Ciertos obispos de buen olfato se ponen ya sin disimulo al servicio de los nuevos amos franceses, justificando sus intenciones con piruetas teol&#243;gicas. Y s&#243;lo m&#225;s adelante, cuando la insurrecci&#243;n general se confirme en toda Espa&#241;a como un hurac&#225;n de sangre, ajustes de cuentas y brutalidad, la mayor&#237;a de los obispos se ir&#225; declarando del lado de la rebeli&#243;n, los p&#225;rrocos predicar&#225;n desde sus p&#250;lpitos la lucha contra los franceses, y podr&#225; escribir el poeta Bernardo L&#243;pez Garc&#237;a, simplificando el asunto para la posteridad:

		&#161;Guerra!, grit&#243; ante el altar 
		el sacerdote con ira. 
		&#161;Guerra; repiti&#243; la lira 
		con ind&#243;mito cantar.

En cualquier caso -futuros poemas y mitos patri&#243;ticos aparte-, nada de eso puede sospecharlo todav&#237;a el joven presb&#237;tero don Ignacio. Y menos a tan frescas horas de hoy. S&#243;lo sabe que en un bolsillo de la sotana lleva el arrugado folleto traidor o gabacho, que tanto monta, cuyo tacto le hace hervir la sangre, y en el otro la navaja, por m&#225;s que procura alejar de su cabeza la palabra violencia cada vez que le roza la mente. Y siente un singular calorcillo que linda con el pecado de orgullo -habr&#225; que arreglarlo con un confesor, piensa, cuando todo acabe-. Una sensaci&#243;n grata, picante, completamente nueva, que le hace erguirse, complacido, entre el grupo de feligreses foncarraleros cuando la gente alrededor los mira y susurra: oye, f&#237;jate, a &#233;sos los acaudilla un cura. A fin de cuentas, concluye, si las cosas fuesen hoy por mal camino, nadie podr&#225; decir que todos los cl&#233;rigos de Madrid estuvieron a salvo tras sus altares y claustros.


Revolotean las aves, sobresaltadas, en torno a las torres y espada&#241;as de la ciudad. Son las ocho en punto, y las campanadas de las iglesias se conciertan con el sonido del tambor de las guardias que se relevan en los cuarteles. A esa misma hora, en su casa de la calle de la Ternera, n&#250;mero 12, el capit&#225;n de artiller&#237;a Luis Daoiz y Torres acaba de vestirse el uniforme y se dispone a acudir a su destino en la Junta de Artiller&#237;a, situada en la calle de San Bernardo. Oficial de car&#225;cter tranquilo, prestigio profesional y extraordinaria competencia, conocedor de las lenguas francesa, inglesa e italiana, inteligente e ilustrado, Daoiz lleva cuatro meses destinado en Madrid. Nacido en Sevilla hace cuarenta y un a&#241;os, comprometido en fecha reciente con una se&#241;orita andaluza de buena familia, el capit&#225;n es hombre de aspecto pulcro y agradable, aunque de baja estatura, pues mide menos de cinco pies. Su semblante es moreno claro, usa patillas a la moda, y en los l&#243;bulos de las orejas acaba de colocarse, para salir a la calle, los dos aretes de oro que, por coqueter&#237;a militar, lleva desde el tiempo en que sirvi&#243; como artillero a bordo de nav&#237;os de la Armada. Su hoja de veinti&#250;n a&#241;os de servicio, donde el valor figura desde hace tiempo como acreditado, es riguroso reflejo de la historia militar de su patria y de su &#233;poca: defensas de Ceuta y Or&#225;n, campa&#241;a del Rosell&#243;n contra la Rep&#250;blica francesa, defensa de C&#225;diz contra la escuadra del almirante Nelson y dos viajes a Am&#233;rica en el nav&#237;o San Ildefonso.

Al coger el sable, a Daoiz le pasa por la mente, como una nube sombr&#237;a, el recuerdo del desaf&#237;o de ayer por la tarde en la fonda de Genieys: tres oficiales franceses arrogantes y obtusos, voceando inconveniencias sobre Espa&#241;a y los espa&#241;oles sin caer en la cuenta de que los militares de la mesa vecina comprend&#237;an su idioma. De cualquier forma, no quiere pensar en eso. Detesta perder los estribos, &#233;l que tiene fama de hombre sereno; pero ayer estuvo a punto de ocurrir. Es dif&#237;cil no contagiarse del ambiente general. Todos viven con los nervios a flor de piel, la calle anda inquieta, y el d&#237;a que se presenta por delante no va a ser f&#225;cil, tampoco. As&#237; que m&#225;s vale mantener la cabeza fr&#237;a, el sentido com&#250;n en su sitio y el sable en la vaina.

Mientras baja los dos pisos de la escalera, Daoiz piensa en su compa&#241;ero Pedro Velarde. Hace un par de d&#237;as, en la &#250;ltima reuni&#243;n que mantuvieron con el teniente coronel Francisco Novella y otros oficiales amigos en casa de Manuel Almira, oficial de cuenta y raz&#243;n de artiller&#237;a, Velarde, contra toda l&#243;gica, segu&#237;a mostr&#225;ndose partidario de tomar las armas contra los franceses.

Son due&#241;os ya de todas las fortalezas en Catalu&#241;a y en el Norte -argumentaba exasperado-. Acaparan las provisiones de boca y guerra, cuarteles, hospitales, transportes, caballer&#237;as y suministros Nos imponen una vejaci&#243;n continua, intolerable. Nos tratan como a animales y nos desprecian como a b&#225;rbaros.

Quiz&#225; con el tiempo cambien de maneras -apunt&#243; Novella, sin mucha convicci&#243;n.

&#161;Qu&#233; van a cambiar &#233;sos! Los conozco bien. No en balde frecuent&#233; en Buitrago a Murat y a sus figurones de estado mayor &#161;Menuda canalla!

Hay que concederles superioridad, al menos.

Eso es un mito. La Revoluci&#243;n les borr&#243; la te&#243;rica, y s&#243;lo sus continuas campa&#241;as han aumentado su pr&#225;ctica. No tienen m&#225;s superioridad que su arrogancia.

Exageras, Pedro -lo contradijo Daoiz-. Son el mejor ej&#233;rcito del mundo. Admit&#225;moslo.

El mejor ej&#233;rcito del mundo es un espa&#241;ol cabreado y con un fusil.

Aqu&#233;lla fue una de tantas discusiones in&#250;tiles e interminables. De nada sirvi&#243; recordarle al exaltado Velarde que la conspiraci&#243;n que preparaban los artilleros -diecinueve mil fusiles para empezar, y Espa&#241;a en armas- hab&#237;a fracasado, que todo el mundo los dejaba solos, y que el propio Velarde sentenci&#243; el proyecto al contarle al general OFarril los pormenores del plan. Adem&#225;s, ni siquiera est&#225; claro lo que pretende el rey Fernando. Para unos ese joven es todo ambig&#252;edad e indecisi&#243;n; para otros, duda entre una sublevaci&#243;n en su nombre o alborotos calculados en una prudente espera.

Espera, &#191;para qu&#233;? -insist&#237;a impaciente Velarde, casi a gritos-. Ya no se trata de levantarse por el rey ni por algo parecido. &#161;Se trata de nosotros! &#161;De nuestra dignidad y nuestra verg&#252;enza!

De nada valieron las razones expuestas, entre otros, por el propio Daoiz. Velarde segu&#237;a en sus trece.

&#161;Hay que batirse! -repet&#237;a-. &#161;Batirse, batirse y batirse!

Eso estuvo diciendo una y otra vez, como alienado; y con las mismas palabras, al fin, se levant&#243; y desapareci&#243; escaleras abajo, camino de su casa o sabe Dios d&#243;nde, mientras los dem&#225;s se miraban unos a otros, melanc&#243;licos, y tras encogerse de hombros se retiraba cada mochuelo a su olivo.

No hay nada que hacer -fue la despedida del bueno de Almira, moviendo tristemente la cabeza.

Daoiz, con dolor de su coraz&#243;n, estuvo de acuerdo. Y esta ma&#241;ana lo sigue estando. Sin embargo, el plan no era malo. Se hab&#237;an registrado intentos anteriores, como el de Jos&#233; Palafox entre Bayona y Zaragoza, y el prop&#243;sito de crear en las monta&#241;as de Santander un ej&#233;rcito de resistencia formado por tropas ligeras; pero Palafox fue descubierto y tuvo que esconderse -prepara ahora una sublevaci&#243;n en Arag&#243;n-, y el otro proyecto acab&#243; en manos del ministro de la Guerra, siendo archivado sin m&#225;s consideraci&#243;n.

Hagan el favor de no complicarme la vida -fue el comentario con que el general OFarril, fiel a su estilo, enterr&#243; el asunto.

Pese a todo, a las dificultades y al desinter&#233;s de la junta de Gobierno, una tercera conspiraci&#243;n, la de los artilleros, ha seguido adelante hasta hace pocos d&#237;as. El plan, fraguado con reuniones secretas en la chocolater&#237;a del arco de San Gin&#233;s, en la Fontana de Oro y en la casa que el escribiente Almira tiene en el 31 de la calle Preciados, nunca pretendi&#243; una victoria militar, imposible contra los franceses, sino ser chispa que prendiese una vasta insurrecci&#243;n nacional. Desde hace tiempo, gracias a que el coronel Navarro Falc&#243;n favorec&#237;a a los conspiradores no d&#225;ndose por enterado, en el parque de Montele&#243;n se trabajaba secretamente en la fabricaci&#243;n de cartuchos de fusil, balas y metralla para ca&#241;ones, rehabilitando piezas de artiller&#237;a y escondiendo la &#250;ltima remesa de fusiles enviada desde Plasencia para evitar que fuese a manos francesas, como las anteriores; aunque en los &#250;ltimos d&#237;as, alertado el cuartel general de Murat y con &#243;rdenes del Ministerio de la Guerra espa&#241;ol para suspender esas actividades, los artilleros trasladaron en secreto el taller de cartucher&#237;a a una casa particular. Tambi&#233;n siguieron manteniendo contactos en casi todos los departamentos militares de Espa&#241;a, y convinieron, determinados por Pedro Velarde, puntos de concentraci&#243;n para tropas y futuras milicias, los mandos respectivos, los dep&#243;sitos de pertrechos y lugares donde ser&#237;an interceptados los correos franceses y cortadas sus comunicaciones. Pero llevar todo eso a la pr&#225;ctica exig&#237;a recursos superiores a los del Cuerpo; por lo que Velarde, siempre impetuoso, decidi&#243; por su cuenta y riesgo pedir ayuda a la Junta de Gobierno. As&#237; que, sin consultar con nadie, fue a ver al general OFarril y le cont&#243; el plan.

Mientras cruza la plaza de Santo Domingo en direcci&#243;n a la calle de San Bernardo, Luis Daoiz revive la angustia con que escuch&#243; a su compa&#241;ero contar los pormenores de la conversaci&#243;n con el ministro de la Guerra. Velarde ven&#237;a excitado, ingenuo y exultante, convencido de que hab&#237;a logrado poner al ministro de su parte. Pero mientras refer&#237;a la entrevista, Daoiz, perspicaz sobre la naturaleza humana, comprendi&#243; que la conspiraci&#243;n quedaba sentenciada. As&#237; que, ahorrando reproches que de nada serv&#237;an, se limit&#243; a escuchar en silencio, tristemente, y a negar con la cabeza cuando el otro hubo terminado.

Se acab&#243; -dijo.

Velarde se hab&#237;a puesto p&#225;lido.

&#191;C&#243;mo que se acab&#243;?

Que se acab&#243;. Olv&#237;dalo Hemos perdido.

&#191;Est&#225;s loco? -su amigo, impulsivo como siempre, lo agarraba por la manga de la casaca-. &#161;OFarril ha prometido ayudarnos!

&#191;Ese? Tendremos suerte si no nos mete a todos en un castillo.

Daoiz acert&#243; de pleno, y las consecuencias de la indiscreci&#243;n se hicieron sentir de inmediato: cambios de destino para los artilleros, movimientos t&#225;cticos de las tropas imperiales y un ret&#233;n de franceses dentro del parque de artiller&#237;a. El recuerdo de la visita del rey Fernando a Montele&#243;n a principios de abril, present&#225;ndose cuatro d&#237;as antes de salir hacia Bayona sin otra escolta que un caballerizo, y las aclamaciones que le dedicaron los artilleros mientras visitaba el recinto, acrecientan ahora la tristeza del capit&#225;n. Sois m&#237;os. De vosotros puedo fiarme, porque defender&#233;is mi corona, lleg&#243; a decir el joven rey en voz alta, elogi&#225;ndolos a &#233;l y a sus compa&#241;eros. Pero en este primer lunes de mayo, atenazados por las &#243;rdenes, la desconfianza o la cautela de sus superiores, los artilleros no son del rey ni de nadie. Ni siquiera pueden confiar unos en otros. El conjurado de mayor graduaci&#243;n es Francisco Novella, que s&#243;lo es teniente coronel, y adem&#225;s se encuentra mal de salud; el resto son unos pocos capitanes y tenientes. Tampoco los intentos personales de Daoiz para implicar al cuerpo de Alabarderos, a los Voluntarios del Estado del cuartel de Mejorada y a los Carabineros Reales de la plaza de la Cebada han dado fruto: excepto los Guardias de Corps y alg&#250;n oficial de rango inferior, nadie fuera del peque&#241;o grupo de amigos osa rebelarse contra la autoridad. As&#237; que, por prudencia, y pese a las reticencias de Pedro Velarde, de Juan C&#243;nsul y de alg&#250;n otro, los conspiradores han dejado el intento para mejor ocasi&#243;n. Muy pocos los seguir&#237;an, y menos despu&#233;s de las &#250;ltimas disposiciones que confinan a los militares en sus cuarteles y los privan de munici&#243;n. No sirve de nada -as&#237; se manifest&#243; Daoiz en la &#250;ltima reuni&#243;n, antes de que Velarde se fuera dando un portazo- hacerse ametrallar como pardillos, con todo el Ej&#233;rcito mirando cruzado de brazos, sin esperanza y sin gloria, o acabar en el calabozo de una prisi&#243;n militar.

Tales son, en resumen, los recuerdos m&#225;s recientes y los amargos pensamientos que esta ma&#241;ana, camino de su destino rutinario en la Junta Superior de Artiller&#237;a, acompa&#241;an al capit&#225;n Luis Daoiz; ignorante de que, antes de acabar el d&#237;a, un c&#250;mulo de azares y coincidencias -de los que ni siquiera &#233;l mismo ser&#225; consciente- van a inscribir su nombre, para siempre, en la historia de su siglo y de su patria. Y mientras el todav&#237;a oscuro oficial camina por la acera izquierda de la calle de San Bernardo, observando con preocupaci&#243;n los grupos de gente que se forman a trechos y se dirigen hacia la puerta del Sol, se pregunta, inquieto, qu&#233; estar&#225; haciendo a esas horas Pedro Velarde.


Como cada ma&#241;ana antes de acudir a su destino en la junta de Artiller&#237;a, el capit&#225;n Pedro Velarde y Santill&#225;n, santanderino de nacimiento, veintiocho a&#241;os de edad -la mitad de ellos vistiendo uniforme, pues ingres&#243; como cadete a los catorce-, da un rodeo, y en vez de ir directamente de su casa en la calle Jacometrezo a la de San Bernardo, toma la corredera de San Pablo y pasa por la calle del Escorial. Hoy lleva en el bolsillo una carta para su novia -Concha, con la que tiene promesa de matrimonio-, que enviar&#225; m&#225;s tarde a Correos. Sin embargo, al pasar bajo cierto balc&#243;n de un cuarto piso de la calle del Escorial, donde una mujer enlutada y a&#250;n hermosa riega las macetas, Velarde, tambi&#233;n como cada ma&#241;ana, se quita el sombrero y saluda mientras ella permanece inm&#243;vil, observ&#225;ndolo desde arriba hasta que dobla la esquina y se aleja. Esa mujer, cuyo nombre quedar&#225; registrado en la letra menuda de la jornada que hoy comienza, es y ser&#225; para siempre un misterio en la biograf&#237;a de Velarde. Se llama Mar&#237;a Beano, es madre de cuatro hijos a&#250;n menores, var&#243;n y tres hembras, y viuda de un capit&#225;n de artiller&#237;a. Vive, seg&#250;n declarar&#225;n m&#225;s tarde los vecinos, exenta de sospechas desfavorables con su modesta pensi&#243;n de viudedad. Pero cada ma&#241;ana, sin faltar un solo d&#237;a, el oficial pasa ante su balc&#243;n, y cada tarde la visita en su casa.

Pedro Velarde viste la casaca verde de estado mayor de Artiller&#237;a en vez de la azul com&#250;n. Mide cinco pies y dos pulgadas, es delgado y de facciones atractivas. Se trata de un oficial inquieto, ambicioso, inteligente, con seria formaci&#243;n cient&#237;fica y prestigio entre sus compa&#241;eros, que ha desempe&#241;ado trabajos t&#233;cnicos de relevancia, estudios sobre artiller&#237;a y comisiones diplom&#225;ticas importantes; aunque, salvo una intervenci&#243;n casi testimonial en la guerra con Portugal, carece de experiencia en combate, y en el apartado valor de su hoja de servicios figuran las palabras no experimentado. Pero conoce bien a los franceses. Por mandato del hoy ca&#237;do ministro Godoy figur&#243; en la comisi&#243;n enviada para cumplimentar a Murat cuando la entrada de los imperiales en Espa&#241;a. Eso le proporcion&#243; un conocimiento exacto de la situaci&#243;n, reforzado con el trato en Madrid, por razones de su cargo de secretario de la Junta Superior del arma, con el duque de Berg y su plana mayor, en especial con el comandante de la artiller&#237;a francesa, general La Riboisi&#233;re, y sus ayudantes. De ese modo, observando desde tan privilegiada posici&#243;n las intenciones francesas, Velarde, con sentimientos id&#233;nticos a los de su amigo Luis Daoiz, ha visto trocarse la antigua admiraci&#243;n casi fraternal que, de artillero a artillero, sent&#237;a por Napole&#243;n Bonaparte, en el rencor de quien sabe a su patria indefensa en manos de un tirano y sus ej&#233;rcitos.

En la esquina de San Bernardo, Velarde se detiene a observar de lejos a cuatro soldados franceses que desayunan en torno a la mesa, puesta en la puerta, de una fonda. Por su uniforme deduce que pertenecen a la 3&#170; divisi&#243;n de infanter&#237;a, repartida entre Chamart&#237;n y Fuencarral, con elementos del 9&#186; regimiento provisional instalados en aquel barrio. Los soldados son muy j&#243;venes, y no llevan otras armas que las bayonetas en sus fundas del correaje: muchachos de apenas diecinueve a&#241;os que la despiadada conscripci&#243;n imperial, &#225;vida de sangre joven para las guerras de Europa, arranca de sus casas y sus familias; pero invasores, a fin de cuentas. Madrid est&#225; lleno de ellos, alojados en cuarteles, posadas y viviendas particulares; y sus actitudes van desde las de quienes se comportan con la timidez de viajeros en lugar desconocido, esforz&#225;ndose para pronunciar algunas palabras en lengua local y sonre&#237;r corteses a las mujeres, hasta la arrogancia de quienes act&#250;an como lo que son: tropas en lugar conquistado sin disparar un solo tiro. Los del mes&#243;n llevan las casacas desabrochadas; y uno, acostumbrado sin duda a climas septentrionales, est&#225; en mangas de camisa, disfrutando de los rayos de sol tibio que calientan aquel &#225;ngulo de la calle. R&#237;en en voz alta, bromeando con la moza que los atiende. Tienen aspecto de biso&#241;os, confirma Velarde. Con el grueso de sus ej&#233;rcitos empleado en duras campa&#241;as europeas, Napole&#243;n no cree necesario enviar a Espa&#241;a, sometida de antemano y donde no espera sobresaltos, m&#225;s que algunas unidades de &#233;lite acompa&#241;adas de gente sin experiencia y reclutas de las levas de 1807 y 1808, estos &#250;ltimos con apenas dos meses de servicio. En Madrid, sin embargo, hay fuerzas de calidad suficiente para asegurar el trabajo de Murat. De los diez mil franceses que ocupan la ciudad y los veinte mil apostados en las afueras, una cuarta parte son tropas fogueadas y con excelentes oficiales, y cada divisi&#243;n tiene al menos un batall&#243;n experimentado -los de Westfalia, Irlanda y Prusia- que la encuadra y da consistencia. Sin contar los granaderos, marinos y jinetes de la Guardia Imperial y los dos mil dragones y coraceros acampados en el Buen Retiro, la Casa de Campo y los Carabancheles.

Cochinos gabachos -dice una voz junto a Velarde.

El capit&#225;n se vuelve hacia el hombre que est&#225; a su lado. Es un zapatero de viejo, con el mandil puesto, que acaba de retirar las tablas de la puerta de su covacha, en el zagu&#225;n del edificio que hace esquina.

M&#237;relos -a&#241;ade el zapatero-. Como si estuvieran en su casa.

Velarde lo observa. Debe de rondar los cincuenta a&#241;os, calvo, el pelo ralo y los ojos claros y acuosos, que destilan desprecio. Mira a los franceses como si deseara que el edificio se desplomara sobre sus cabezas.

&#191;Qu&#233; tiene contra ellos? -le pregunta Velarde.

La expresi&#243;n del otro se transforma. Sin duda se ha acercado al oficial, desvel&#225;ndole su pensamiento, porque el uniforme espa&#241;ol le daba confianza. Ahora parece a punto de retroceder un paso mientras lo observa, suspicaz.

Tengo lo que tengo que tener -dice al fin entre dientes, hosco.

Velarde, pese al malhumor que lo atenaza desde hace d&#237;as, no puede evitar una sonrisa.

&#191;Y por qu&#233; no va y se lo dice?

El zapatero lo estudia con recelo, de arriba abajo, deteni&#233;ndose en las charreteras de capit&#225;n y las bombas de artiller&#237;a en el cuello de la casaca de estado mayor. De parte de qui&#233;n estar&#225; este militar hijo de mala madre, parece preguntarse.

Quiz&#225; lo haga -murmura.

Velarde asiente, distra&#237;do, y no dice m&#225;s. A&#250;n permanece unos instantes junto al zapatero, contemplando a los de la fonda. Luego, sin despedirse, camina calle arriba.

Cobardes -oye decir a su espalda, e intuye que eso no va por los franceses. Entonces gira sobre sus talones. El zapatero sigue en la esquina, los brazos en jarras, mir&#225;ndolo.

&#191;Qu&#233; ha dicho? -pregunta Velarde, que siente agolp&#225;rsele la sangre en la cara.

El otro desv&#237;a la mirada y se mueve hacia la protecci&#243;n del zagu&#225;n, sin responder, asustado de sus propias palabras. El capit&#225;n abre la boca para insultarlo. Maquinalmente ha puesto una mano en la empu&#241;adura del sable, y lucha con la tentaci&#243;n de castigar la insolencia. Al fin se impone el buen sentido, aprieta los dientes y permanece inm&#243;vil, sin decir nada, hecho un laberinto de furia, hasta que el zapatero agacha la cabeza y desaparece en su covacha. Velarde vuelve la espalda y se aleja descompuesto, a largas zancadas.


Vestido con sombrero a la inglesa, frac solapado y chaleco ombliguero, el literato e ingeniero retirado de la Armada Jos&#233; Mor de Fuentes pasea por la calle Mayor, paraguas bajo el brazo. Se encuentra en Madrid con cartas de recomendaci&#243;n del duque de Fr&#237;as, pretendiendo la direcci&#243;n del canal de Arag&#243;n, su tierra. Como muchos ociosos, acaba de pasar por la administraci&#243;n de Correos en busca de noticias de los reyes retenidos en Bayona; pero nadie sabe nada. As&#237; que tras tomar un refrigerio en un caf&#233; de la carrera de San Jer&#243;nimo, decide echar un vistazo por la parte de Palacio. La gente con la que se cruza parece agitada, dirigi&#233;ndose en grupos hacia la puerta del Sol. Un platero, al que encuentra abriendo la tienda, le pregunta si es cierto que se prev&#233;n disturbios.

No ser&#225; gran cosa -responde Mor de Fuentes muy tranquilo-. Ya sabe: pueblo ladrador, poco mordedor.

Los joyeros de la puerta de Guadalajara no parecen compartir esa tranquilidad: muchas plater&#237;as permanecen cerradas, y otras tienen a los due&#241;os fuera, mirando inquietos el ir y venir. Por la plaza Mayor y San Miguel hay grupos de verduleras y mujeres cesta al brazo que parlotean en agitados corros, mientras de los barrios bajos de Lavapi&#233;s y la Paloma suben rachas de gente brava, achulada, montando bulla y pidiendo h&#237;gados de gabacho para desayunar. Eso no incomoda a Mor de Fuentes -&#233;l mismo tiene sus gotas de fantasioso y un punto de fanfarr&#243;n-, sino que lo divierte. En una corta memoria o bosquejillo de su vida que publicar&#225; a&#241;os m&#225;s tarde, al referirse a la jornada que hoy comienza, mencionar&#225; un plan de defensa de Espa&#241;a que &#233;l mismo habr&#237;a propuesto a la Junta, patri&#243;ticas conversaciones con el capit&#225;n de artiller&#237;a Pedro Velarde, e incluso un par de intentos por tomar hoy las armas contra los franceses: armas de las que durante todo el d&#237;a -y no por falta de ocasiones en Madrid- se mantendr&#225; bien lejos.

&#191;Ad&#243;nde va usted, Mor de Fuentes, si hay un alboroto tan grande?

El aragon&#233;s se quita el sombrero. En la esquina de los Consejos acaba de encontrarse con la condesa de Giraldeli, dama de Palacio a la que conoce.

Lo del alboroto ya lo veo. Pero dudo que vaya a m&#225;s.

&#191;S&#237;? Pues en Palacio se quieren llevar los franceses al infante don Francisco.

Qu&#233; me dice usted.

Como lo oye, Mor.

La de Giraldeli se marcha, azorada y llena de congoja, y el literato aprieta el paso hacia el arco de Palacio. Hoy se encuentra all&#237; de servicio uno de sus conocidos, el capit&#225;n de Guardias Espa&#241;olas Manuel J&#225;uregui, del que pretende obtener informaci&#243;n. La jornada se presenta interesante, piensa. Y quiz&#225; vindicativa. Los gritos que se profieren contra Francia, los afrancesados y amigos de Godoy, suscitan en Mor de Fuentes un placer secreto y a&#241;adido. Su ambici&#243;n art&#237;stica -acaba de publicar la tercera edici&#243;n de su mediocre Serafina- y los c&#237;rculos de amistades literarias en que se mueve, con Cienfuegos y los otros, lo llevan a detestar con toda su alma a Leandro Fern&#225;ndez de Morat&#237;n, protegido del depuesto Pr&#237;ncipe de la Paz. A Mor de Fuentes lo mortifica, y mucho, que el p&#250;blico de los teatros rinda, a modo de recua o piara, servil acatamiento a los apartes, palabrillas sueltas, soser&#237;a mojigata y gustos del Ingenio de Ingenios y otras extranjer&#237;as, junto al que a todos los dem&#225;s -Mor de Fuentes incluido- se les toma por enanillos ajenos al talento, a la prosa y al verso castellanos. Por eso el aragon&#233;s se complace con los gritos que, mezclados con los que alientan contra los franceses, aluden a Godoy y a la gente de polaina, Morat&#237;n incluido. Aprovechando el barullo, a Mor de Fuentes no le disgustar&#237;a que al nuevo Moli&#233;re, mimado de las musas, le dieran hoy un buen escarmiento.


Cuando Blas Molina Soriano, cerrajero de profesi&#243;n, llega a la plaza de Palacio, s&#243;lo queda un carruaje de los tres que aguardaban ante la puerta del Pr&#237;ncipe. Los otros se alejan por la calle del Tesoro. Al lado del que sigue inm&#243;vil y vac&#237;o se ve poca gente, a excepci&#243;n del cochero y el postill&#243;n: tres mujeres con toquillas sobre los hombros y capazos de la compra, y cinco vecinos. Hay algunos curiosos m&#225;s en la amplia explanada, observando a distancia. Para averiguar qui&#233;n ocupa los carruajes, Molina se recoge la capa de pardomonte y corre detr&#225;s, aunque no logra alcanzarlos.

&#191;Qui&#233;n va en aquellos coches? -pregunta cuando vuelve.

La reina de Etruria -responde una de las mujeres, alta y bien parecida.

Todav&#237;a sin aliento, el cerrajero se queda con la boca abierta.

&#191;Est&#225; usted segura?

Claro que s&#237;. La he visto salir con sus ni&#241;os, acompa&#241;ada por un ministro, o un general Alguien con sombrero de muchas plumas, que le daba el brazo. Subi&#243; deprisa y se fue en un suspiro &#191;Verdad, comadre?

Otra mujer asiente, confirm&#225;ndolo:

Se tapaba con una mantilla. Pero que se me pegue el puchero si no era Mar&#237;a Luisa en persona.

&#191;Ha salido alguien m&#225;s?

No, que yo sepa. Dicen que se va tambi&#233;n el infantito don Francisco de Paula, la criatura. Pero s&#243;lo hemos visto a la hermana.

Sombr&#237;o, lleno de funestos presentimientos, Molina se dirige al cochero.

&#191;Para qui&#233;n es el carruaje?

El otro, sentado en su pescante, encoge los hombros sin responder. Escamad&#237;simo, Molina mira alrededor. Aparte los centinelas de la puerta -hoy toca Guardias Espa&#241;olas en la del Pr&#237;ncipe y Walonas en el Tesoro-, no se ve escolta ninguna. Es inimaginable un traslado de esa importancia sin tomar precauciones, se dice. Aunque tal vez lo que pretenden es no llamar la atenci&#243;n.

&#191;Han venido gabachos? -pregunta a uno de los curiosos.

No he visto ninguno. S&#243;lo un centinela all&#225; lejos, en San Nicol&#225;s.

Pensativo, Molina se rasca el ment&#243;n que esta ma&#241;ana no tuvo tiempo de afeitar. San Nicol&#225;s, junto a la iglesia de ese nombre, es el acuartelamiento m&#225;s cercano de franceses, y es raro que est&#233;n as&#237; de tranquilos. O que lo parezcan. &#201;l acaba de pasar por la puerta del Sol, y all&#237; tampoco hay rastro de ellos, aunque el sitio est&#225; lleno de vecinos que andan calientes. Nadie, sin embargo, frente a Palacio. Los coches que han partido y ese otro dispuesto y vac&#237;o no auguran nada bueno. Un clar&#237;n de alarma resuena en sus adentros.

Nos la est&#225;n endi&#241;ando -concluye- hasta la bola.

Sus palabras hacen volver la cabeza a Jos&#233; Mor de Fuentes. El literato aragon&#233;s se encuentra por all&#237; tras venir paseando desde el arco de Palacio. No le han dejado ver a su amigo el capit&#225;n J&#225;uregui. Blas Molina lo conoce de vista, pues hace dos semanas arregl&#243; la cerradura de su casa.

Y nosotros, aqu&#237; -le comenta Molina, exasperado-. Cuatro gatos y sin armas.

Pues ah&#237; est&#225; la Armer&#237;a Real -responde guas&#243;n Mor de Fuentes, se&#241;alando el edificio.

El cerrajero se acaricia el cuello, pensativo. Ha tomado la chanza al pie de la letra.

No lo diga usted dos veces. Si la gente se anima, descerrajo la puerta. Es mi oficio.

El otro lo observa fijamente para averiguar si habla en serio. Luego mira a un lado y a otro con aire inc&#243;modo, mueve la cabeza y se aleja, paraguas bajo el brazo, mientras el cerrajero se queda d&#225;ndole vueltas a lo de la Armer&#237;a Real. Mejor olvidarlo de momento, concluye. De cualquier modo, con armas o sin ellas, Blas Molina Soriano, a sus cuarenta y ocho a&#241;os, es el m&#225;s fervoroso partidario que el rey de Espa&#241;a tiene en Madrid. Las razones del culto exaltado que profesa a la monarqu&#237;a son complejas, y a &#233;l mismo se le escapan. M&#225;s tarde, en un detallado memorial elevado al rey sobre su participaci&#243;n en los sucesos del 2 de mayo, se definir&#225; como ciego apasionado de V.M y la Real Familia. Hijo de un ex soldado de caballer&#237;a servidor del infante don Gabriel, la Casa Real le coste&#243; el examen de cerrajero. Desde entonces, la gratitud de Molina lo lleva al extremo de v&#233;rsele, con muestras de extrema devoci&#243;n, en cada aparici&#243;n p&#250;blica de los Borbones. Sobre todo junto a Fernando VII, a quien adora con lealtad perruna: se le ha visto correr a pie junto a su caballo por el Prado, la Casa de Campo y el Buen Retiro, llevando una cubeta con agua fresca por si al joven rey se le antojaba beber de ella. El momento m&#225;s feliz de su existencia lo vivi&#243; Molina a principios de abril, cuando tuvo la dicha de indicar a Fernando VII el camino del parque de Montele&#243;n, que el monarca buscaba sin m&#225;s escolta que un sirviente. All&#237;, aprovechando la coyuntura, el cerrajero se col&#243; con mucho desparpajo acompa&#241;ando a la persona real, y pudo admirar el dep&#243;sito de ca&#241;ones, armas y municiones del parque de artiller&#237;a; sin sospechar que el recuerdo de esa casual visita est&#225; hoy a punto de tener importancia decisiva -literalmente de vida y muerte- en la historia de Blas Molina y de muchos otros madrile&#241;os.

Con tales antecedentes, nadie que conozca al apasionado cerrajero se sorprender&#237;a de hallarlo esta ma&#241;ana en la plaza de Palacio, como se le vio durante el mot&#237;n de Aranjuez al frente de un grupo de alborotadores que ped&#237;an la cabeza de Godoy, o durante los sucesos de ayer domingo, lo mismo abucheando a Murat a la salida de misa y en la revista del Prado, que vitoreando, con otras diez mil personas, al infante don Antonio a su paso por la puerta del Sol. Seg&#250;n Molina ha contado a sus amigos, no le llega la camisa al cuerpo con los infernales gabachos dentro de Madrid, y est&#225; dispuesto a hacer cuanto est&#233; en su mano por preservar a la familia real de las intenciones francesas. A tal efecto ha pasado buena parte de la noche apostado en una esquina de la calle Nueva, vigilando por su cuenta los correos que entraban y sal&#237;an de la residencia de Murat en la plaza de Do&#241;a Mar&#237;a de Arag&#243;n, y llevando luego, diligente, esos informes a la Junta de Gobierno, sin descorazonarse aunque nadie le hiciera caso y el portero lo mandase cada vez a paseo. Ahora, tras descabezar un breve sue&#241;o en su domicilio, y dejando a su mujer asustada y llorosa por verlo en tales pasos, el inquieto cerrajero acaba de confirmar sus aprensiones. En lo que a &#233;l se refiere, la reina viuda de Etruria puede irse con viento fresco donde m&#225;s aproveche: todos saben que es afrancesada y quiere acompa&#241;ar a sus padres en Bayona, as&#237; que con su pan gabacho se lo coma. Pero arrebatar al infantito, &#250;ltimo de la familia que, con su t&#237;o don Antonio, queda en Espa&#241;a, es crimen de lesa patria. De modo que, junto al carruaje vac&#237;o que aguarda frente a la puerta del Pr&#237;ncipe, que tan mala espina le da, el humilde cerrajero, espont&#225;neo adalid de la monarqu&#237;a espa&#241;ola, decide impedirlo, aunque sea &#233;l solo y con las manos desnudas -ni siquiera lleva navaja, pues su mujer, con mucho sentido com&#250;n, se la ha quitado antes de salir-, mientras le quede una gota de sangre en las venas.

As&#237; que, sin pensarlo dos veces, Blas Molina traga saliva, se aclara la garganta, da unos pasos hacia el centro de la plaza y empieza a gritar &#161;Traici&#243;n! &#161;Se llevan al infante! &#161;Traici&#243;n!, con toda la fuerza de sus pulmones.



2

Todav&#237;a no son las nueve de la ma&#241;ana cuando el teniente Rafael de Arango llega al parque de Montele&#243;n, llevando en un bolsillo de la casaca las dos &#243;rdenes del d&#237;a. Una la ha recogido en el Gobierno Militar y otra en la Junta Superior de Artiller&#237;a, y ambas coinciden en establecer que las tropas sigan confinadas en sus cuarteles y se evite, a toda costa, confraternizar con el paisanaje. Al texto escrito de la &#250;ltima, el coronel Navarro Falc&#243;n ha a&#241;adido, de palabra, algunas instrucciones complementarias.

Mucha mano izquierda con los franceses, por el amor de Dios En cuanto a decisiones por su cuenta y riesgo, ni se le ocurra. Y al menor problema, av&#237;seme corriendo para que le mande a alguien.

El medio centenar de paisanos congregados delante del parque no es todav&#237;a un problema, pero puede serlo. La idea abruma al joven teniente, pues con su baja graduaci&#243;n est&#225; a punto de asumir, hasta que llegue alguien de rango superior -Arango fue el primer oficial que se present&#243; esta ma&#241;ana en la Junta-, la responsabilidad del principal dep&#243;sito de artiller&#237;a de Madrid. As&#237; que procura adoptar una expresi&#243;n impasible cuando, disimulando la inquietud, camina entre los grupos que se apartan a su paso. Por fortuna, la actitud de &#233;stos es razonable. En su mayor parte son vecinos del barrio de Maravillas, artesanos, peque&#241;os comerciantes y criados de las casas cercanas, y entre ellos se cuentan varias mujeres y parientes de los soldados del parque, antiguo palacio de los duques de Montele&#243;n cedido para uso militar. En torno al oficial se desatan comentarios exaltados o impacientes, un par de vivas al arma de artiller&#237;a y alg&#250;n v&#237;tor m&#225;s fuerte, coreado por todos, al rey Fernando VII. Tampoco faltan insultos a los franceses. Algunos de los congregados piden armas, pero nadie les hace coro. Todav&#237;a.

Buenos d&#237;as, mesi&#233; le capit&#233;n.

Bonjour, lieutenant.

Apenas pasa bajo el arco de ladrillo, tejas y hierro forjado de la entrada principal, Arango se topa con el capit&#225;n franc&#233;s que manda el destacamento de setenta y cinco soldados del tren de artiller&#237;a imperial, un tambor y cuatro subalternos, que vigilan la puerta, el cuartel, las cuadras, el pabell&#243;n de guardia y la armer&#237;a. El espa&#241;ol se lleva la mano al pico del sombrero y el otro responde con irritada desgana: est&#225; nervioso, y sus hombres, m&#225;s. Esos de afuera, le dice a Arango, llevan un rato insult&#225;ndolos, as&#237; que est&#225; dispuesto a dispersarlos a tiros.

Si no se magchan de la puegta, jordonne les tirer dessus Pum, pum Comprenez?

Arango comprende demasiado bien. Aquello desborda las instrucciones que le dio su coronel. Desolado, mira en torno y estudia las expresiones preocupadas en los rostros de la escasa tropa espa&#241;ola que tiene a sus &#243;rdenes: diecis&#233;is artilleros entre sargentos, cabos y soldados. Ni siquiera van armados, pues hasta los fusiles que hay en la sala de armas est&#225;n sin munici&#243;n ni piedras de chispa en las llaves de fuego. Indefensos, todos, frente a aquellos franceses con la mosca tras la oreja y armados hasta los dientes.

Voy a ver qu&#233; puede hacerse -le dice al capit&#225;n de los imperiales.

Je vous donne quinse minutos. Pas plus.

Alej&#225;ndose del franc&#233;s, Arango llama a sus hombres aparte. Est&#225;n confusos, e intenta tranquilizarlos. Por suerte se encuentra con ellos el cabo Eusebio Alonso, un veterano sereno, disciplinado y muy de fiar, al que conoce. As&#237; que lo manda a la puerta con instrucciones de calmar a los paisanos y procurar que los centinelas franceses no hagan una barbaridad. En tal caso no podr&#225; responder de la gente de afuera, ni de sus hombres.


Frente a Palacio, las cosas se han complicado. Un gentilhombre de la Corte, a quien desde abajo nadie puede identificar, acaba de asomarse a un balc&#243;n del edificio para unir sus gritos a los del cerrajero Blas Molina. &#161;Se llevan al infante!, ha voceado, confirmando los temores de la gente que se congrega alrededor del coche vac&#237;o, y que ahora pasa de las sesenta o setenta personas. Es menos de lo que necesita Molina para dar el paso siguiente. Fuera de si, seguido por algunos de los m&#225;s exaltados y por la mujer alta y bien parecida, que agita un pa&#241;uelo blanco para que los centinelas no disparen, el cerrajero se precipita hacia la puerta m&#225;s pr&#243;xima, la del Pr&#237;ncipe, donde los soldados de Guardias Espa&#241;olas, perplejos, no le impiden el paso. Sorprendido del &#233;xito de su iniciativa, Molina anima a los que lo siguen a continuar adelante, da un par de vivas a la familia real, vuelve a gritar traici&#243;n, traici&#243;n con voz atronadora, y envalentonado al comprobar que muchos corean sus consignas, sube por las primeras escaleras que encuentra, sin otra oposici&#243;n que la de un uniformado, el exento de Guardias de Corps Pedro de Toisos, que le sale al paso.

&#161;Por Dios! &#161;Est&#233;nse ustedes quietos, que ya tenemos quien nos guarde las espaldas!

&#161;Un carajo! -vocea Molina, apart&#225;ndolo-. &#161;Las espaldas las guardamos nosotros! &#161;Mueran los franceses!

Inesperadamente, mientras el cerrajero avanza seguido por sus incondicionales, en el rellano de la escalera aparece un ni&#241;o de doce a&#241;os, vestido de corte y acompa&#241;ado de un gentilhombre y cuatro Guardias de Corps. La mujer alta, que sigue tras Molina, da un grito: &#161;El infante don Francisco!, y el cerrajero se detiene en seco, desconcertado, al verse ante el chiquillo. Luego, rehaci&#233;ndose con su habitual desparpajo, hinca una rodilla en los pelda&#241;os de la escalera y grita: &#161;Viva el infante! &#161;Viva la familia real!, coreado por sus acompa&#241;antes. El ni&#241;o, que hab&#237;a palidecido al ver el tumulto, recobra el color y sonr&#237;e un poco, lo que aviva el entusiasmo de Molina y su gente.

&#161;Arriba, arriba! -gritan-. &#161;A ver al infante don Antonio! &#161;De aqu&#237; no sale nadie!

Y as&#237;, en tropel salpicado de v&#237;tores y mueras, Molina y los suyos se precipitan a besarle las manos al ni&#241;o y lo llevan casi en volandas, con su escolta, hasta la puerta del gabinete de su t&#237;o don Antonio. Una vez all&#237;, respondiendo a unas palabras que el gentilhombre que lo acompa&#241;a desliza en su o&#237;do, el chico, con una serenidad admirable para sus pocos a&#241;os, agradece a Molina y a los otros sus desvelos, asegura que no viaja a Bayona ni a ninguna parte, les ruega que bajen a la plaza a tranquilizar a la gente, y promete que en un momento se asomar&#225; a un balc&#243;n para contentarlos a todos. El cerrajero duda un instante, pero comprende que es aventurado ir m&#225;s all&#225;, sobre todo porque en la escalera resuenan las pisadas de un piquete de Guardias Espa&#241;olas que sube a toda prisa para despejar la situaci&#243;n. As&#237; que, satisfecho y decidido a no tentar m&#225;s la suerte, convence a quienes lo siguen de que eso es lo razonable, se despide del infante con muchos vivas y reverencias, baja las escaleras con su s&#233;quito saltando los pelda&#241;os de cuatro en cuatro, y regresa a la plaza, triunfante y feliz como si llevara la faja de capit&#225;n general, justo cuando don Francisco de Paula, que cumple como un joven caballero, sale entre grandes aplausos al balc&#243;n que hace escuadra en la rinconada de Palacio, saludando con la cabeza en se&#241;al de gratitud y haciendo muchos besamanos al pueblo all&#237; congregado, que pasa ya de las trescientas personas, entre ellas algunos soldados sueltos del regimiento de Voluntarios de Arag&#243;n, con m&#225;s gente acerc&#225;ndose de las casas vecinas y otra asomada a los balcones.

En ese momento vuelve a complicarse todo. Muy cerca del cerrajero Molina, Jos&#233; Lueco, vecino de Madrid y fabricante de chocolate, est&#225; junto al carruaje que sigue detenido en la puerta del Pr&#237;ncipe, ocupado s&#243;lo por el cochero y el postill&#243;n. En el tumulto, y mientras el infante se asomaba al balc&#243;n, Lueco acaba de cortar con su navaja, ayudado por Juan Vel&#225;zquez, Silvestre &#193;lvarez y Toribio Rodr&#237;guez -el primero mozo de mulas y los otros mozos de caballos del conde de Altamira y del embajador de Portugal-, las riendas del tiro del carruaje.

&#161;En &#233;ste no se lo llevan! -gallea Lueco.

Antes muertos -apunta Vel&#225;zquez.

Que esclavos -remacha Rodr&#237;guez.

La gente los aplaude como a h&#233;roes. Alguno intenta, incluso, desjarretar a las mulas. En ese mismo instante, y cuando a&#250;n no han cerrado las navajas, entre la multitud aparecen dos uniformes franceses, uno de soldado de infanter&#237;a ligera y otro blanco y carmes&#237; con muchos cordones y entorchados, que viste el jefe de escuadr&#243;n Armand La Grange, ayudante del duque de Berg; quien al ver el revuelo desde la terraza de su cercana residencia del palacio Grimaldi, lo env&#237;a con un int&#233;rprete a ver qu&#233; sucede. Y se da la circunstancia de que La Grange, veterano pese a su juventud y hombre de puntillo aristocr&#225;tico, que por temperamento detesta a la chusma, se abre paso a empujones camino de la puerta del Pr&#237;ncipe, con mucho valor o mucho desprecio. Con muy malas maneras, en suma, y con la soberbia de quien se mueve por terreno propio. Hasta que, para su infortunio, se topa con Jos&#233; Lueco y los compa&#241;eros.

Vas a empujar -le dice &#233;ste- a la cochina gabacha que te pari&#243;.

El edec&#225;n de Murat no conoce una palabra de espa&#241;ol, pero el int&#233;rprete se lo traduce. Adem&#225;s, las navajas abiertas y las caras de quienes las empu&#241;an hablan solas. As&#237; que da un paso atr&#225;s y mete mano al sable de caballer&#237;a que lleva al cinto. El soldado lo imita, la gente abre corro venteando refriega, y en &#233;sas aparece el cerrajero Molina, que a la vista de los uniformes renueva sus gritos:

&#161;Matadlos! &#161;Matadlos! &#161;Que no pase ning&#250;n franc&#233;s!

En menos de lo que tarda en decirlo, todos se precipitan sobre La Grange y el int&#233;rprete, los zarandean, desgarran su ropa, y habr&#237;an sido descuartizados all&#237; mismo de no interponerse el exento de Guardias de Corps Pedro de Toisos. Con mucha presencia de &#225;nimo, Toisos llega a la carrera y logra poner aparte al ayudante de Murat y al soldado, haci&#233;ndoles envainar los sables mientras ordena a Lueco y a los otros que guarden las navajas.

&#161;No derramemos sangre! &#161;Piensen en el infante don Francisco, por el amor de Dios! &#161;No deshonremos este sitio!

Su uniforme y su autoridad contienen un poco los &#225;nimos, dando tiempo a que un piquete de veinte franceses, que viene a toda prisa por la calle Nueva, ponga a recaudo a sus compatriotas, retir&#225;ndose con ellos entre un c&#237;rculo de bayonetas. Esto enfurece a Blas Molina, que ve escap&#225;rsele la presa y da voces incitando a la gente a no dejarlos ir. En ese momento aparece en la puerta de Palacio el ministro de la Guerra, OFarril, que sale a echar un vistazo. Y como el cerrajero le grita sin ning&#250;n respeto en las narices, el ministro, descompuesto, le da un empuj&#243;n, queriendo apartarlo de all&#237;.

&#161;M&#225;rchense estos insurrectos a sus casas, que nadie necesita de ellos!

&#161;Us&#237;a y otros p&#237;caros venden a Espa&#241;a y nos pierden a todos! -se revuelve el cerrajero, sin amilanarse.

&#161;Fuera de aqu&#237;, o mando abrir fuego!

&#191;Fuego? &#191;Contra el pueblo?

La gente se agolpa, amenazadora, secundando a Molina. Un soldado joven de Voluntarios de Arag&#243;n pone la mano en la empu&#241;adura de su sable, increpando a OFarril hasta que &#233;ste, prudente, se mete dentro. En ese instante se oyen nuevos gritos. &#161;Un franc&#233;s! &#161;Un franc&#233;s!, vociferan varios, corriendo hacia la esquina del Tesoro. Molina, que busca ciegamente d&#243;nde descargar su c&#243;lera, se abre paso a codazos, a tiempo de ver c&#243;mo un asustado marino de la Guardia Imperial -un mensajero que intentaba escapar hacia San Gil- es desarmado frente al cuerpo de guardia por el capit&#225;n de Guardias Walonas Alejandro Coupigny, hijo del general Coupigny, que le quita el sable y lo mete dentro para salvarlo de la turba furiosa. Molina, descompuesto por la p&#233;rdida de esta segunda presa, arrebata de manos de un vecino un grueso bast&#243;n de nudos y lo enarbola en alto.

&#161;Vamos todos a buscar franceses! -grita hasta desencajarse las quijadas-. &#161;A matarlos! &#161;A matarlos!

Y, dando ejemplo, seguido por el soldado de Voluntarios de Arag&#243;n, el chocolatero Lueco, los mozos de caballer&#237;as y algunos m&#225;s, entre los que no faltan varias mujeres, echa a correr hacia las calles pr&#243;ximas a Palacio, buscando en quien saciar la sed de sangre; objeto que consigue a los pocos pasos, pues apenas doblada la esquina descubren a un militar imperial, sin duda otro mensajero que se dirige al acuartelamiento de San Nicol&#225;s. Con aullidos de j&#250;bilo, el cerrajero y el soldado se lanzan en persecuci&#243;n del franc&#233;s, que corre desesperado hasta que Molina lo alcanza a garrotazos en la rinconada de la escuela que hay frente a San Juan. All&#237; mismo le golpea una y otra vez la cabeza, sin piedad, hasta que el infeliz cae al suelo, donde el soldado lo atraviesa con su sable.


Joaqu&#237;n Fern&#225;ndez de C&#243;rdoba, marqu&#233;s de Malpica y grande de Espa&#241;a, est&#225; asomado al balc&#243;n de su casa, cerca del Palacio Real y frente a la iglesia de Santa Mar&#237;a, observando el ir y venir de la gente. Con el &#250;ltimo griter&#237;o y conmociones, inquieto y espoleado por la curiosidad, el marqu&#233;s decide echar un vistazo de cerca. Para no comprometerse -es capit&#225;n del regimiento de infanter&#237;a de M&#225;laga, aunque se encuentra dispensado del servicio-, descarta el uniforme y se viste con sombrero de ala corta, frac pardo, pantal&#243;n de ante y botas polacas. Despu&#233;s coge un bast&#243;n estoque, se mete un cachorrillo cebado y cargado con bala en un bolsillo, y sale acompa&#241;ado por un sirviente de confianza. El de Malpica no es hombre en quien las revueltas populares despierten simpat&#237;a; pero, como militar y espa&#241;ol, la presencia francesa lo incomoda. Partidario al principio, como tantos miembros de la nobleza, de la autoridad napole&#243;nica que puso coto a los desmanes revolucionarios que ensangrentaron el pa&#237;s vecino, admirador como militar de las proezas b&#233;licas de Bonaparte, el marqu&#233;s ha cambiado en los &#250;ltimos tiempos esa complacencia por la irritaci&#243;n de quien ve su tierra en manos extranjeras. Tambi&#233;n se cuenta entre quienes aplaudieron la ca&#237;da de Godoy, la abdicaci&#243;n de los viejos reyes y la subida al trono de Fernando VII. En el talante del joven monarca tiene puestas el de Malpica muchas esperanzas; aunque, como militar y hombre discreto, nunca se haya pronunciado p&#250;blicamente a favor ni en contra de la situaci&#243;n que vive su patria, y reserve las opiniones para la familia y el c&#237;rculo de sus &#237;ntimos.

En compa&#241;&#237;a del sirviente, llamado Olmos, que fue soldado y ordenanza suyo en M&#225;laga, el marqu&#233;s pretende echar una ojeada por aquella parte del barrio y luego subir hacia Palacio. As&#237; que, pasando por detr&#225;s de Santa Mar&#237;a, toma la calle de la Almudena hasta la plaza de los Consejos, y tras cambiar impresiones con un encuadernador de libros al que conoce -el hombre, preocupado, duda si abrir su taller o no-, tuerce a la izquierda por la calle del Factor para dirigirse a Palacio. Esa calle est&#225; desierta. No hay un alma, y balcones y miradores se ven vac&#237;os. As&#237; que el instinto militar del marqu&#233;s se inquieta con tan extra&#241;o silencio.

Esto no me gusta un pelo, Olmos.

A m&#237; tampoco.

Volvamos, entonces. Iremos por el arco de Palacio. Custos rerum prudentia, etc&#233;tera &#191;No crees?

Yo creo lo que us&#237;a diga.

Un redoble de tambor los deja helados. El sonido crece tras la esquina de la calle del Biombo, acompa&#241;ado por el r&#237;tmico golpeteo de suelas sobre el empedrado: pasos numerosos que avanzan con rapidez. El marqu&#233;s y su criado se pegan a la fachada de la casa m&#225;s pr&#243;xima, buscando resguardo en el portal. Desde all&#237; ven c&#243;mo una compa&#241;&#237;a completa de infanter&#237;a con los fusiles prevenidos, sus oficiales al frente y sable en mano, aparece doblando la esquina y se dirige hacia Palacio a paso ligero.

Las tropas francesas salen de San Nicol&#225;s.


La primera fuerza francesa que desemboca en la explanada, un poco antes de las diez de la ma&#241;ana, son ochenta y siete hombres del batall&#243;n de granaderos de la Guardia imperial que custodia la residencia del duque de Berg en el palacio Grimaldi. Blas Molina, que ha regresado a la plaza tras matar al soldado franc&#233;s junto a San Juan, ve llegar la compacta columna de uniformes azules con peto blanco y chac&#243;s negros. &#201;stos, comprende en seguida, no son reclutas sino tropas de &#233;lite. Como el resto de la gente entre la que se encuentra, el estado de &#225;nimo del cerrajero oscila entre el estupor y la c&#243;lera por la actitud amenazante de los reci&#233;n llegados. El trayecto desde la cercana plaza de Do&#241;a Mar&#237;a de Arag&#243;n lo han hecho los franceses en pocos minutos, y al llegar a la explanada se ven reforzados por dos tiros de caballos arrastrando ca&#241;ones de a veinticuatro libras y por el resto de la infanter&#237;a que abandona San Nicol&#225;s. Esas fuerzas convergen sobre la puerta del Pr&#237;ncipe y se despliegan en impecable maniobra. El oficial al mando tiene &#243;rdenes directas de Murat: repetir la acci&#243;n de castigo que tan buenos resultados dio a Napole&#243;n en El Cairo, en Mil&#225;n, en Roma, y &#250;ltimamente al mariscal Junot en Lisboa. De modo que, con la eficacia profesional que corresponde al mejor ej&#233;rcito del mundo, las &#243;rdenes se suceden con rigor militar, los artilleros desenganchan las cure&#241;as de ca&#241;&#243;n de sus tiros y los ponen en bater&#237;a, carg&#225;ndolos con metralla, y los granaderos se alinean disponiendo los fusiles frente al medio millar de personas congregadas ante el edificio.

Va a caer pedrisco -dice alguien junto a Molina.

No hay advertencia ni intimaci&#243;n previa. Apenas los ca&#241;ones quedan en bater&#237;a y los granaderos en dos filas, la primera rodilla en tierra y la segunda en pie, fusiles encarados, un oficial levanta su sable y ordena fuego sin m&#225;s tr&#225;mite: una primera descarga alta, sobre las cabezas de la gente que se arremolina asustada, y una segunda directa a matar, con metralla de los ca&#241;ones, que retumban con doble estampido, arrojan humo y fogonazos, y en un instante riegan de balas y esquirlas la explanada. Esta vez no hay gritos patri&#243;ticos, ni insultos a los franceses, ni otra cosa que el alarido de p&#225;nico que sale de centenares de gargantas mientras la multitud, sorprendida por tan brutal contundencia, corre dispers&#225;ndose en todas direcciones, pisoteando a los heridos que se revuelcan en charcos rojos, a las mujeres que tropiezan, a los que, alcanzados por las descargas de fusiler&#237;a que los franceses hacen ahora con implacable cadencia, caen por todas partes mientras las balas y la metralla zumban, rompen, quiebran, mutilan y matan.

La eficacia del fuego franc&#233;s sobre el gent&#237;o inerme y despavorido es letal. No puede calcularse el n&#250;mero exacto de v&#237;ctimas frente al Palacio Real. La Historia retendr&#225;, entre otros, los nombres de los vecinos Antonio Garc&#237;a, Blasa Grimaldo Iglesias, Esteban Mil&#225;n, Rosa Ram&#237;rez y Tom&#225;s Castill&#243;n. Incluso hay muertos entre el personal palatino: el m&#233;dico de Su Majestad Manuel Pereira, el cerero real Cosme Miel, el ayuda de c&#225;mara Francisco Merlo, el cochero real Jos&#233; M&#233;ndez &#193;lvarez, el lacayo de las Reales Caballerizas Luis Rom&#225;n y el farolero de Palacio Mat&#237;as Rodr&#237;guez. Entre quienes podr&#225;n contarlo, el portero de cadena m&#225;s antiguo del edificio, Jos&#233; Rodrigo de Porras, recibe una herida de metralla en la cara y otra del rebote de una bala en la cabeza; Joaqu&#237;n Mar&#237;a de M&#225;rtola, aposentador mayor honorario del rey, que se encuentra en el coche al que Jos&#233; Lueco y sus compa&#241;eros cortaron los tirantes de los caballos, recibe un impacto que le rompe un brazo; y al mayordomo de semana Rodrigo L&#243;pez de Ayala, asomado a una ventana del palacio, le saltan a la cara los cristales rotos por una bala que lo alcanza en el pecho, y de cuya herida morir&#225; dos meses m&#225;s tarde.

Al crepitar la fusilada y llenarse la plaza de humo y sangre, Blas Molina corre aterrado, agachando la cabeza. En mitad del tumulto, mientras pierde la capa y la busca, ve caer herido a otro cerrajero al que conoce, el asturiano Manuel Armayor. Tambi&#233;n cree identificar, en una mujer que est&#225; en el suelo con la cabeza abierta de un balazo, a la alta y bien parecida que entr&#243; tras &#233;l en Palacio agitando un pa&#241;uelo blanco. Deteni&#233;ndose un instante, Molina intenta socorrer al colega ca&#237;do, pero el fuego franc&#233;s es intenso, as&#237; que desiste y corre como todos, buscando ponerse a salvo. En cuanto a Manuel Armayor, alcanzado por las primeras descargas, consigue al fin levantarse y, dando traspi&#233;s, corre hasta caer desmayado en brazos de un grupo de fugitivos. Entre todos lo llevan a rastras hacia su casa de la calle de Segovia; desangr&#225;ndose, pues mientras lo retiran recibe tres disparos m&#225;s.


Eso son tiros -dice el cabo Jos&#233; Monta&#241;o.

En el parque de Montele&#243;n, como el resto de sus hombres, el teniente Rafael de Arango se queda inm&#243;vil y atento. Lo que suena en la distancia parecen disparos, en efecto, pero aislados y lejanos. Los artilleros se miran unos a otros. Tambi&#233;n los franceses lo han o&#237;do, pues Arango ve al capit&#225;n discutir con uno de los suboficiales y volverse luego en su direcci&#243;n, como reclamando explicaciones.

Al final se va a liar -murmura alguien.

O se ha liado -dice otro.

&#161;Silencio! -ordena Arango.

Siente enormes deseos de sentarse en un rinc&#243;n apartado, cerrar los ojos y desentenderse de todo. Pero no puede hacer eso. Tras reflexionar un poco, encarga discretamente al cabo Monta&#241;o y a otros tres artilleros que se metan con disimulo en la sala de armas y pongan piedras a los fusiles.

M&#225;s vale estar prevenidos -apunta, como sin darle importancia-. Porque nunca se sabe.

&#191;Y qu&#233; hay de los cartuchos, mi teniente?

Arango vacila un poco. Las &#243;rdenes especifican que la tropa debe estar sin munici&#243;n. Pero no sabe qu&#233; est&#225; pasando. Los rostros desorientados de sus hombres, que lo miran con respetuosa confianza aunque alguno tiene edad para ser su padre -parece mentira lo que impone una charretera en el hombro derecho-, terminan por decidirlo. Son su responsabilidad, concluye, y no puede dejarlos indefensos entre los franceses. No hasta ese extremo.

Escondidas bajo el armero del barrac&#243;n hay ocho cajas. Abran una sin llamar la atenci&#243;n, y que cada uno de los nuestros coja un pu&#241;ado y se lo meta en los bolsillos Pero no quiero ni un fusil cargado. &#191;Entendido?

Mientras Monta&#241;o y los otros se dirigen a cumplir la orden, Arango toma algunas disposiciones adicionales, como poner a otros dos artilleros en la puerta para que ayuden al cabo Alonso, pues la gente de afuera, que sin duda oye la jarana, arrecia en sus gritos y pide armas. Adem&#225;s, encarga al sargento Rosendo de la Lastra que no quite ojo a los franceses, e informe hasta de cuando vayan a las letrinas. Como &#250;ltima disposici&#243;n, despacha al soldado Jos&#233; Portales a la Junta de Artiller&#237;a, a la calle de San Bernardo, con el mensaje verbal para el coronel Navarro Falc&#243;n de que env&#237;e con urgencia un oficial de rango superior que maneje la situaci&#243;n. Luego respira hondo, se llena los pulmones de aire como si fuera a zambullirse, y va en busca del capit&#225;n franc&#233;s, para convencerlo de que todo est&#225; en orden.


&#161;Armas! &#161;Armas! &#161;Necesitamos armas!

Corre la gente furiosa y desaforada por las calles pr&#243;ximas a Palacio, mostrando las manos desnudas, las ropas manchadas de sangre, metiendo heridos en los portales de las casas. En los balcones, las mujeres gritan, lloran. Unos vecinos corren a esconderse, otros salen enardecidos y exigen venganza y muerte, mientras una enajenaci&#243;n colectiva inflama las calles. A matar gabachos es grito general. Y frente a quienes argumentan la falta de armas, circula la consigna tenemos palos y cuchillos. En la plaza de la Cruz Verde, un sargento de caballer&#237;a polaca, que all&#237; se aloja, es acometido por un grupo de mozalbetes cuando sale para dirigirse a su puesto, muerto a pedradas y navajazos, y colgado de los pies, desnudo, en un farol de la esquina de la calle del Rollo. Y a medida que se difunde la noticia de la matanza en Palacio, de barrio en barrio empieza la caza general del franc&#233;s.

&#161;Est&#225;n buscando a los gabachos por todo Madrid! &#161;A las armas! &#161;A las armas!

La multitud corre de un lado a otro, exaltada, buscando en quien vengarse. El centro de la ciudad es un hervidero de odio. Desde el balc&#243;n de Correos, el alf&#233;rez de fragata Esquivel ve c&#243;mo el gent&#237;o de la puerta del Sol apedrea a un drag&#243;n que pasa al galope, inclinado sobre la crin de su caballo, en direcci&#243;n a la carrera de San Jer&#243;nimo. Por todas partes suenan gritos llamando a las armas y a la monter&#237;a de franceses, y el populacho comienza a lanzarse sobre &#233;stos cuando los encuentra aislados, sorprendidos en la puerta de sus alojamientos o camino de los cuarteles. Muchos oficiales, suboficiales y soldados pierden as&#237; la vida, acuchillados al poner el pie en la calle. En los primeros momentos, adem&#225;s del sargento de caballer&#237;a polaca, dos militares imperiales son asesinados frente al teatro de los Ca&#241;os del Peral, tres mueren degollados en la plaza del Conde de Barajas, y dos apu&#241;alados con tijeras de sastre junto a la taberna del arco de Botoneras. Y a otro polaco, de los que montan guardia en la plazuela del &#193;ngel frente al palacio de Ariza -residencia del general Grouchy-, le descargan un trabuco en la espalda. Mucha gente hecha a la rapi&#241;a y la navaja sale a pescar en r&#237;o revuelto, con el resultado de que a los cad&#225;veres franceses se les despoja de bolsas, anillos, prendas de ropa y cuantos objetos de valor llevan encima.

No son pocas las mujeres que intervienen en el desorden. Tras echarse a la calle a ecos del tumulto, Ramona Esquilino O&#241;ate, de veinte a&#241;os, soltera, que vive en el n&#250;mero 5 de la calle de la Flor, camina con su madre hasta la esquina de San Bernardo, animando al vecindario a enfrentarse a los franceses.

&#161;Herejes sin Dios y sin verg&#252;enza! -los define la madre.

Y dando all&#237; con un oficial imperial que sale de una casa donde se aloja, lo acometen ambas arrebat&#225;ndole la espada, le causan varias heridas con &#233;sta, y lo habr&#237;an matado de no acudir en su socorro varios soldados franceses, que a culatazos y golpes de bayoneta dejan a las dos mujeres malparadas y ex&#225;nimes.

De los barrios m&#225;s broncos, a los que van llegando noticias de balc&#243;n en balc&#243;n y de boca en boca, convergen hacia las calles c&#233;ntricas grupos de chisperos, manolos y gentuza encolerizada, con el aliento de numerosas mujeres que los acompa&#241;an y jalean, para atacar a todo franc&#233;s con que se topan. No hay soldado imperial a pie o montado que no reciba palos, navajazos, pedradas, golpes de tejas, ladrillos o macetas. Una de &#233;stas, arrojada desde un balc&#243;n de la calle del Barquillo, mata al hijo del general Legrand -que ha sido paje personal del Emperador-, derrib&#225;ndolo del caballo ante la consternaci&#243;n de sus compa&#241;eros. Cerca de all&#237;, Jos&#233; Mu&#241;iz Cueto, asturiano de veintiocho a&#241;os, que trabaja de mozo en la hoster&#237;a de la plazuela de Matute y viene de Palacio espantado por lo que acaba de vivir, se une a otros j&#243;venes en la persecuci&#243;n de un franc&#233;s al que descubren huyendo, hasta que &#233;ste se mete en el colegio de Loreto, donde unas monjas salen a defenderlo y lo acogen dentro. De vuelta a la hoster&#237;a, el asturiano encuentra a su hermano Miguel y a otros tres sirvientes -se llaman Salvador Mart&#237;nez, Antonio Arango y Luis L&#243;pez- arm&#225;ndose con el due&#241;o del negocio, Jos&#233; Fern&#225;ndez Villamil, para salir a buscar franceses. En la cocina se oye el llanto de la hostelera y las criadas.

&#191;Vienes? -pregunta el amo.

La duda ofende. Y m&#225;s yendo mi hermano.

Se echan los seis afuera en chaleco y remangadas las camisas, serios, determinados. Todos llevan sus navajas, a las que han a&#241;adido grandes cuchillos de cocina, el hacha de partir le&#241;a, un chuzo oxidado, un espet&#243;n de asar y una escopeta de caza que el hostelero descuelga de la pared. En la calle de las Huertas, donde se les unen el aprendiz de sastre de un taller cercano y un platero de la calle de la Gorguera, hay un enorme charco de sangre en el suelo, pero no ven a nadie muerto o herido, ni espa&#241;ol ni franc&#233;s. Alguien dice desde una ventana que un mosi&#250; se ha defendido: la del suelo es sangre madrile&#241;a. Algunas mujeres gritan o se lamentan en los balcones; otras, al ver al hostelero y sus mozos, aplauden y piden venganza. De camino, mientras la partida engrosa con nuevas incorporaciones -un mancebo de botica, un yesero, un mozo de cuerda y un mendigo que suele pedir en Ant&#243;n Mart&#237;n-, algunos comerciantes cierran las puertas y ponen tablones en los escaparates. Unos pocos animan al grupo armado, y los chicuelos de la calle dejan trompos y tabas para correr detr&#225;s.

&#161;A Palacio! &#161;A Palacio! -grita el mendigo- &#161;Que no quede franchute vivo!


De ese modo empiezan a formarse por toda la ciudad partidas espont&#225;neas, que tendr&#225;n papel relevante al poco rato, cuando los disturbios se conviertan en insurrecci&#243;n masiva y la sangre corra a r&#237;os por las calles. La Historia registrar&#225; la existencia de al menos quince de estas partidas organizadas, s&#243;lo cinco de ellas dirigidas por individuos con preparaci&#243;n militar. Como la capitaneada desde la plazuela de Matute por el hostelero Fern&#225;ndez Villamil, donde figuran los mozos Jos&#233; Mu&#241;iz y su hermano Miguel, casi todas las cuadrillas se forman con gente del pueblo bajo, obreros, artesanos, humildes funcionarios y peque&#241;os comerciantes, con poca presencia de clases acomodadas y s&#243;lo en un caso conducidas por alguien que pertenece a la nobleza. Uno de esos grupos se levanta en una botiller&#237;a de la carrera de San Jer&#243;nimo; otro se forma en la calle de la Bola, entre los lacayos del conde de Altamira y los del embajador de Portugal; otro sale de la corredera de San Pablo, dirigido por el almacenista de carb&#243;n Cosme de Mora; otro lo organiza en la calle de Atocha el platero Juli&#225;n Tejedor de la Torre con su amigo el guarnicionero Lorenzo Dom&#237;nguez, sus oficiales y aprendices; y otro, el m&#225;s ilustrado de los que hoy combatir&#225;n en las calles de Madrid, es levantado por el arquitecto y acad&#233;mico de San Fernando don Alfonso S&#225;nchez en su casa de la parroquia de San Gin&#233;s, donde arma a sus criados, a algunos vecinos y a sus colegas Bartolom&#233; Tejada, profesor de Arquitectura, y Jos&#233; Alarc&#243;n, profesor de Ciencias en la academia de cadetes de Guardias Espa&#241;olas: unos caballeros que, seg&#250;n todos los testigos, pelear&#225;n durante la jornada, pese a su posici&#243;n, edad e intereses, con mucho coraje y mucha decencia.


No todo el mundo persigue a los franceses. Es cierto que en los barrios m&#225;s bajos o populares y en las cercan&#237;as de Palacio, calientes tras la matanza hecha por la Guardia Imperial, los vecinos se ensa&#241;an con cuantos caen en sus manos; pero muchas familias protegen a los que se alojan en domicilios particulares y los ponen a salvo del furor de quienes pretenden asesinarlos. No siempre se trata de caridad cristiana: para muchos madrile&#241;os, sobre todo gente establecida, empleados del Estado, altos funcionarios y nobles, las cosas no parecen claras. La familia real est&#225; en Bayona, el pueblo revuelto no es fiable en sus fervores y odios, y los franceses -&#250;nico poder incontestable a d&#237;a de hoy, sin verdadero Gobierno y con el ej&#233;rcito espa&#241;ol paralizado- suponen cierta garant&#237;a frente al desorden callejero que puede volverse, en manos de cabecillas revoltosos, desbocado y temible. En cualquier caso, por una u otra raz&#243;n, lo cierto es que no falta en las calles quien se interponga entre pueblo y franceses solos o desarmados, como el vecino que en la plazuela de la Le&#241;a salva a un caporal grit&#225;ndole a la gente: Los espa&#241;oles no matamos a gente indefensa. O las mujeres que frente a San Justo se oponen a quienes pretenden rematar a un soldado herido, y lo meten en la iglesia.

No son &#233;stos los &#250;nicos ejemplos de piedad. Durante toda la ma&#241;ana, incluso en las horas terribles que est&#225;n por llegar, menudear&#225;n los casos en que se respete la vida de los que arrojen las armas y pidan clemencia, encerr&#225;ndolos en s&#243;tanos y buhardillas o gui&#225;ndolos a lugares seguros; aunque el rigor es inmisericorde con quienes intentan llegar en grupos a sus cuarteles o abren fuego. Pese a las muchas muertes callejeras, el historiador franc&#233;s Thiers reconocer&#225; m&#225;s tarde que no pocos soldados franceses deben hoy la vida a la humanidad de la clase media, que los ocult&#243; en sus casas. Numerosos testimonios dar&#225;n fe de ello. Uno ser&#225; consignado en sus memorias, a&#241;os despu&#233;s, por el joven de diecinueve a&#241;os que en este momento observa los incidentes desde la puerta de su casa, situada en la calle del Barco, frente a la de la Puebla: se llama Antonio Alcal&#225; Galiano y es hijo del brigadier de la Armada Dionisio Alcal&#225; Galiano, muerto hace tres a&#241;os al mando del nav&#237;o Monta&#241;&#233;s en el combate naval de Trafalgar. Bajando por la calle del Pez, el joven ve a tres franceses que, cogidos del brazo, van por el centro del arroyo evitando las aceras con paso firme y regular continente, si no sereno, digno, amenaz&#225;ndolos una muerte cruel y teniendo que sufrir ser el blanco de atroces insultos. Los tres se dirigen sin duda a su cuartel, seguidos por una veintena de madrile&#241;os que los hostigan, aunque todav&#237;a no se deciden a tocarlos. Y en &#250;ltimo extremo, cuando la turba est&#225; a punto de llegar a las manos, termina salvando a los franceses un hombre bien vestido, que se interpone y convence a la gente para que los deje ir sanos y salvos, con el argumento de que no debe emplearse la furia espa&#241;ola en hombres as&#237; desarmados y sueltos.

Tambi&#233;n hay lugar para la compasi&#243;n militar. Cerca de la puerta de Fuencarral, los capitanes Labloissiere y Legriel, que llevan &#243;rdenes del general Moncey al cuartel del Conde-Duque, se salvan de unos vecinos que pretenden descuartizarlos, gracias a la intervenci&#243;n de dos oficiales espa&#241;oles de Voluntarios del Estado, que los meten en su cuartel. Y en la puerta del Sol, el alf&#233;rez de fragata Esquivel, que ha puesto a sus granaderos de Marina sobre las armas aunque siguen sin cartuchos, ve a ocho o diez soldados imperiales que, en la esquina de la calle del Correo, quieren pasar entre la gente que los rodea e insulta. Antes de que ocurra una desgracia, baja a toda prisa con algunos de sus hombres, logra desarmar a los franceses y los mete en los calabozos del edificio.


El comandante Vantil de Carr&#233;re, agregado al Cuerpo de Observaci&#243;n del general Dupont, es uno de los dos mil noventa y ocho enfermos franceses -la mayor&#237;a por ven&#233;reas y por sarna, que estraga al ej&#233;rcito imperial- ingresados en el Hospital General, situado en la confluencia de la calle de Atocha con el paseo del Prado. Al escuchar gritos y golpes, Carr&#233;re se levanta de su catre en el pabell&#243;n de oficiales, se viste como puede y acude a ver qu&#233; ocurre. En la puerta, cuya verja acaba de cerrarse ante una multitud de paisanos enfurecidos que arroja piedras mientras pretende entrar en el edificio y masacrar a los franceses, un capit&#225;n de Guardias Espa&#241;olas intenta contener al populacho con unos pocos soldados, a riesgo de su vida. Rog&#225;ndole que aguante un poco m&#225;s, el comandante franc&#233;s organiza con toda urgencia la defensa, movilizando a treinta y seis oficiales ingresados en el hospital y a cuantos soldados pueden tenerse en pie. Tras bloquear la puerta con una barricada hecha de camas met&#225;licas, abierto el dep&#243;sito de armas dispuesto en una sala del hospital, Carr&#233;re re&#250;ne un batall&#243;n de novecientos hombres, vestidos con sus camisas gastadas y negras de enfermos, a los que distribuye por el edificio para guarnecer las entradas de Atocha y el Prado. Aun as&#237;, el capit&#225;n de Guardias Espa&#241;olas todav&#237;a debe emplearse a fondo para reducir un intento de los mozos de cocinas por hacerse con armas dentro del hospital y degollar a los enfermos. En el tumulto de los pasillos, donde llegan a dispararse algunos tiros, un zapador espa&#241;ol de robusta constituci&#243;n, dos cocineros y dos enfermeros son encerrados en las cocinas, pero ning&#250;n franc&#233;s resulta herido. La situaci&#243;n la despeja, al fin, una compa&#241;&#237;a de infanter&#237;a imperial que acude a paso ligero, dispersa a la gente de la calle y acordona el edificio. Cuando el comandante Carr&#233;re busca al capit&#225;n espa&#241;ol para darle las gracias y averiguar su nombre, &#233;ste se ha marchado con sus hombres a su cuartel.


Otros no tienen la suerte de los enfermos del Hospital General. Un ordenanza franc&#233;s de diecinueve a&#241;os que lleva un mensaje al ret&#233;n de la plaza Mayor es asesinado por los vecinos en la calle de Cofreros; y un pelot&#243;n que, ajeno al tumulto, pasa por el callej&#243;n de la Zarza cargando le&#241;a, es acometido con piedras y palos hasta que todos los imperiales quedan heridos o muertos, y los atacantes se apoderan de sus armas. M&#225;s o menos a la misma hora, el presb&#237;tero don Ignacio P&#233;rez Hern&#225;ndez, que permanece en la puerta del Sol con su grupo de feligreses de Fuencarral, ve desembocar por la calle de Alcal&#225;, junto a la iglesia y el hospital del Buen Suceso, a dos mamelucos de la Guardia, que galopan a rienda suelta con pliegos que -pronto averiguar&#225; su contenido, pues caer&#225;n en las manos mismas del sacerdote- son del general Grouchy para el duque de Berg.

&#161;Moros! &#161;Son moros! -grita la gente al ver sus turbantes, fieros bigotes y coloridas ropas-. &#161;Que no se escapen!

Los dos jinetes egipcios tiran los pliegos para salvar la vida e intentan abrirse paso entre la turba que les agarra las riendas de los caballos. A la altura de la calle Montera espolean sus monturas y las lanzan a trav&#233;s del gent&#237;o, disparando sus pistolas de arz&#243;n a diestro y siniestro. Enfurecida, la multitud corre tras ellos, alcanza a uno en la red de San Luis, derrib&#225;ndolo de un balazo, y al otro en la calle de la Luna, de donde lo trae a rastras, ensa&#241;&#225;ndose con &#233;l hasta que muere.


En el edificio de Correos, desde cuyo balc&#243;n lo ha presenciado todo, el alf&#233;rez de fragata Esquivel env&#237;a un mensaje urgente al Gobierno Militar, comunicando al gobernador don Fernando de la Vera y Pantoja que la situaci&#243;n empeora, que la puerta del Sol est&#225; llena de gente exaltada, que hay varias muertes y que &#233;l no puede hacer nada, pues sus hombres siguen sin cartuchos por &#243;rdenes superiores. Al poco rato llega la respuesta del gobernador: que se las arregle como pueda, y si no tiene cartuchos, que los pida a su cuartel. Con pocas esperanzas, Esquivel manda a otro mensajero con esa solicitud, pero los cartuchos no llegar&#225;n nunca. Desalentado, termina por decir a sus hombres que atranquen la entrada; y en caso de que la multitud termine forz&#225;ndola e invada el edificio, abran el calabozo donde est&#225;n los prisioneros franceses y los dejen escapar por la puerta de atr&#225;s. Luego vuelve al balc&#243;n para observar el tumulto, y comprueba que mucha gente de la que llenaba la plaza, que hab&#237;a abandonado &#233;sta por las calles Mayor y Arenal para dirigirse a Palacio, regresa en desbandada a la carrera. Los gabachos, gritan, est&#225;n ametrallando a cuantos se acercan, sin piedad.


Preocupado por las descargas que oye resonar hacia la zona de Palacio, el capit&#225;n Marcellin Marbot termina de vestirse a toda prisa, coge su sable, se lanza escaleras abajo y pide al mayordomo espa&#241;ol del lugar en que se aloja -un peque&#241;o palacete cercano a la plaza de Santo Domingo- que le ensillen el caballo que est&#225; en la cuadra y lo saquen al patio interior. Ya se dispone a montarlo y salir al galope hacia su puesto junto al duque de Berg, en el cercano palacio Grimaldi, cuando aparece don Antonio Hern&#225;ndez, consejero del tribunal de Indias y propietario de la casa. Viste el espa&#241;ol a la antigua, con chupa de mandil y casaca de tontillo, aunque lleva el pelo gris sin empolvar. Al ver al joven oficial alterado y a punto de echarse de cualquier modo a la calle, lo retiene de un brazo con amistosa solicitud.

Si sale, lo van a matar Los suyos han disparado sobre la gente. Hay revoltosos afuera, atacando a todo franc&#233;s que encuentran.

Desazonado, Marbot piensa en los soldados imperiales enfermos e indefensos, en los oficiales alojados en casas particulares por todo Madrid.

&#191;Atacan a hombges desagmados?

Me temo que s&#237;.

&#161;Cobagdes!

No diga eso. Cada cual tiene sus motivos, o cree tenerlos, para hacer lo que hace.

Marbot no est&#225; de &#225;nimos para apreciar motivos de nadie. Y no se deja convencer en cuanto a quedarse. Su puesto est&#225; junto a Murat; y su honor de oficial, en juego, le dice resuelto a don Antonio. No puede permanecer escondido como una rata, as&#237; que intentar&#225; abrirse paso a sablazos. El consejero mueve la cabeza y lo invita a seguirlo hasta la cancela, desde donde se ve la calle.

Mire. Hay al menos treinta revoltosos con trabucos, palos y cuchillos No tiene usted ninguna posibilidad.

El capit&#225;n se retuerce las manos, desesperado. Sabe que don Antonio tiene raz&#243;n. Aun as&#237;, su juventud y su coraje lo empujan adelante. Con ojos extraviados se despide de su anfitri&#243;n, agradeci&#233;ndole su hospitalidad y sus finezas. Despu&#233;s reclama de nuevo el caballo y empu&#241;a el sable.

Deje aqu&#237; el caballo, envaine eso y venga conmigo -dice don Antonio, tras reflexionar un poco-. A pie tiene m&#225;s oportunidades que montado.

Y, con sigilo, rog&#225;ndole que se ponga el capote para disimular lo llamativo del uniforme, el digno consejero conduce a Marbot hasta el jard&#237;n, lo hace pasar por una puertecita del muro, bajo la rosaleda, y dando un rodeo por las calles estrechas lo gu&#237;a &#233;l mismo, caminando unos pasos por delante para comprobar que todo est&#225; despejado, hasta la esquina de la calle del Reloj, junto al palacio Grimaldi, donde lo deja a salvo en un puesto de guardia franc&#233;s.

Espa&#241;a es un lugar peligroso -le dice al despedirse con un apret&#243;n de manos-. Y hoy, mucho m&#225;s.

Cinco minutos despu&#233;s, el capit&#225;n Marbot entra en el palacio Grimaldi. Hierve el cuartel general de Su Alteza Imperial el gran duque de Berg: hay un jaleo de mil diablos, los salones est&#225;n llenos de jefes y oficiales, y por todas partes entran y salen batidores con &#243;rdenes, en un ambiente de nerviosismo y agitaci&#243;n extrema. En la biblioteca de la planta baja, donde se han arrinconado muebles y libros para dejar espacio libre a mapas y archivos militares, Marbot encuentra a Murat vestido de punta en blanco, botas hannoverianas, dolm&#225;n de h&#250;sar, alamares, bordados y rizos por todas partes, resplandeciente como de costumbre pero con el ce&#241;o fruncido, rodeado de su plana mayor: Moncey, Lefevbre, Harispe, Belliard, ayudantes de campo, edecanes y otros. La flor y la nata. No en vano la Rep&#250;blica y la guerra han dado al Imperio los generales m&#225;s competentes, los oficiales m&#225;s leales y los soldados m&#225;s valientes de Europa. El propio Murat -sargento en 1792, general de divisi&#243;n siete a&#241;os despu&#233;s- es una espl&#233;ndida prueba de ello. Sin embargo, aunque eficaz y sobrado de coraje, el gran duque no resulta un prodigio de habilidad diplom&#225;tica, ni de cortes&#237;a.

&#161;Ya era hora, Marbot! &#191;D&#243;nde diablos estaba?

El joven capit&#225;n se cuadra, balbucea una excusa vaga e ininteligible y luego deja la boca cerrada, ahorr&#225;ndose explicaciones que en realidad a nadie importan. Al primer vistazo ha advertido que Su Alteza est&#225; de un humor de mil diablos.

&#191;Alguien sabe d&#243;nde se ha metido Friederichs?

El coronel Friederichs, comandante del 1&#186; regimiento de granaderos de la Guardia Imperial, entra en ese instante, casi empujando a Marbot. Viene con sombrero redondo, casaquilla de ma&#241;ana y ropa de paisano, pues el tumulto lo sorprendi&#243; en el ba&#241;o y no tuvo tiempo de vestirse de uniforme. Trae en una mano el sable de un corneta de cazadores a caballo muerto por el populacho ante la puerta de la casa donde se aloja. Murat a&#250;n se enfurece m&#225;s al escuchar su informe.

&#191;Qu&#233; hace Grouchy, maldita sea? &#161;Ya tendr&#237;a que estar trayendo a la caballer&#237;a desde el Buen Retiro!

No sabemos d&#243;nde est&#225; el general Grouchy, Alteza.

Pues busquen a Priv&#233;.

Tampoco aparece.

&#161;Entonces, a Daumesnil! &#161;A quien sea!

El duque de Berg est&#225; fuera de s&#237;. Lo que estimaba una represi&#243;n brutal, r&#225;pida y eficaz, se est&#225; yendo de las manos. A cada momento entran mensajeros con partes sobre incidentes en la ciudad y franceses atacados por la gente. La lista de bajas propias aumenta sin cesar. Acaba de confirmarse la muerte del hijo del general Legrand -un joven y prometedor teniente de coraceros liquidado por un macetazo en la cabeza, comentan con estupor-, la herida grave del coronel Jacquin, de la Gendarmer&#237;a Imperial, y tambi&#233;n que el general La Riboisi&#233;re, comandante de Artiller&#237;a del estado mayor, lo mismo que medio centenar de jefes y oficiales, se encuentra bloqueado por el populacho en su alojamiento, sin poder salir.

Quiero a los marinos de la Guardia protegiendo esta casa, y a mis cazadores vascos en Santo Domingo. Usted, Friederichs, asegure con sus dos batallones de granaderos y fusileros la plaza de Palacio y la entrada a la Almudena y la Plater&#237;a Que la tropa tire sin compasi&#243;n. Sin perdonar la vida de nadie, sea cual sea la edad o el sexo. &#191;Est&#225; claro? De nadie.

Sobre un plano de Madrid extendido en la mesa -espa&#241;ol, aprecia el joven Marbot, levantado hace veintitr&#233;s a&#241;os por Tom&#225;s L&#243;pez-, Murat repite sus &#243;rdenes a los reci&#233;n llegados. El dispositivo, previsto hace d&#237;as, consiste en traer a la ciudad a los veinte mil hombres acampados en las afueras; y con los diez mil que ya hay dentro, tomar todas las grandes avenidas y controlar las principales plazas y puntos clave, para evitar el movimiento y las comunicaciones entre un barrio y otro.

Seis ejes de progresi&#243;n, &#191;comprendido? Una columna de infanter&#237;a entrar&#225; desde El Pardo por San Bernardino, otra de la Casa de Campo por el puente y la calle de Segovia pasando por Puerta Cerrada, otra por Embajadores y otra por la calle de Atocha Los dragones, los mamelucos, los cazadores a caballo y los granaderos montados del Buen Retiro avanzar&#225;n por la calle de Alcal&#225; y la carrera de San Jer&#243;nimo, mientras la caballer&#237;a pesada sube con el general Rigaud desde los Carabancheles por la puerta y calle de Toledo Esas fuerzas ir&#225;n cortando las avenidas, aislando cuarteles, y confluir&#225;n en la plaza Mayor y la puerta del Sol Si hace falta, para controlar el norte de la ciudad moveremos dos columnas m&#225;s: el resto de la infanter&#237;a desde el cuartel del Conde-Duque, y la que est&#225; acampada entre Chamart&#237;n, Fuencarral y Fuente de la Reina &#191;Me explico? Pues espabilen. Pero antes miren ese reloj, caballeros. Dentro de una hora, o sea, a las once y media, a las doce como mucho, todo tiene que haber terminado. Mu&#233;vanse. Y usted, Marbot, est&#233; atento. En seguida habr&#225; algo para usted.

No tengo caballo, Alteza.

&#191;Que no tiene qu&#233;? &#161;Qu&#237;tese de mi vista, maldita sea! &#161;Oc&#250;pese de este in&#250;til, Belliard!

Desolado, temeroso de haber ca&#237;do en desgracia, Marbot se cuadra ante el general Belliard, jefe del estado mayor, quien le ordena que busque inmediatamente un caballo, suyo o de quien sea, o se pegue un tiro. Tambi&#233;n le manda que distribuya unos cuantos granaderos en torno al palacio Grimaldi, para eliminar a los tiradores enemigos que empiezan a hacer fuego desde azoteas y tejados.

Disparan mal, mi general -argumenta Marbot, pas&#225;ndose de listo.

Belliard lo fulmina con la mirada y se&#241;ala el vidrio roto de una ventana, sobre un charco de sangre en el entarimado del suelo.

Por mal que lo hagan, nos han herido aqu&#237; a dos hombres.

Hoy no es mi d&#237;a, piensa Marbot, que se imagina degradado por torpe y bocazas. Para rehabilitarse, emprende con mucho celo la tarea encomendada. Aprovechando la ocasi&#243;n, pone un piquete bajo su mando personal, ahuyenta con descargas cerradas a los merodeadores y despeja la calle hasta el palacete de don Antonio Hern&#225;ndez. Donde logra por fin, para alivio de su reputaci&#243;n maltrecha, recuperar el caballo.


Mientras el capit&#225;n Marbot avanza con su piquete entre la plaza de Do&#241;a Mar&#237;a de Arag&#243;n y la de Santo Domingo, madrile&#241;os armados con trabucos, mosquetes y escopetas de caza intentan regresar al Palacio Real o bajar hacia &#233;ste desde la puerta del Sol; pero encuentran el camino tomado por los ca&#241;ones y los granaderos del coronel Friederichs, que destaca avanzadillas en las calles pr&#243;ximas. De modo que esos grupos son ametrallados sin compasi&#243;n en cuanto aparecen por la Almudena y San Gil, que los ca&#241;ones imperiales enfilan a lo largo. Muere as&#237; Francisco S&#225;nchez Rodr&#237;guez, de cincuenta y dos a&#241;os, oficial de la tienda de coches del maestro Alpedrete, a quien una andanada francesa alcanza de lleno cuando dobla la esquina de la calle del Factor en compa&#241;&#237;a de los soldados de Voluntarios de Arag&#243;n Manuel Agrela y Manuel L&#243;pez Esteba -los dos tambi&#233;n caen malheridos y fallecer&#225;n d&#237;as despu&#233;s-, y del cartero Jos&#233; Garc&#237;a Somano, que escapa a la descarga pero hallar&#225; la muerte media hora m&#225;s tarde, alcanzado por una bala de mosquete en la plazuela de San Mart&#237;n. Desde las ventanas altas de Palacio, donde alabarderos y guardias se han aprovisionado de municiones y cerrado las puertas, resueltos a defender el recinto si los franceses intentan meterse dentro, el capit&#225;n de Guardias Walonas Alejandro Coupigny ve, impotente, c&#243;mo los paisanos son rechazados y corren perseguidos por jinetes polacos venidos del palacio Grimaldi, que los rematan a sablazos.


Los que huyen de las balas francesas se fragmentan en grupos. Muchos recorren la ciudad pidiendo armas a voces, y otros buscan venganza y se quedan por las inmediaciones, en espera de ajustar cuentas. Tal es el caso de Manuel Antol&#237;n Ferrer, ayudante del jardinero del real sitio de la Florida, que uni&#233;ndose al oficial jubilado de embajadas Nicol&#225;s Canal y a otro vecino llamado Miguel G&#243;mez Morales, se enfrenta a navajazos con un piquete de granaderos de la Guardia Imperial en la esquina de la calle del Viento con la del Factor, acometi&#233;ndolos desde un portal. De ese modo matan a dos franceses, retir&#225;ndose despu&#233;s a la azotea de la misma casa, con la mala fortuna de encontrarse en un lugar sin salida. Aunque Canal logra evadirse arroj&#225;ndose al tejado vecino, Antol&#237;n y G&#243;mez Morales son apresados, molidos a culatazos y conducidos a un calabozo. Ambos ser&#225;n fusilados al d&#237;a siguiente, de madrugada, en la monta&#241;a del Pr&#237;ncipe P&#237;o. Entre esos fusilados se contar&#225; tambi&#233;n Jos&#233; Lonet Riesco, due&#241;o de una mercer&#237;a de la plaza de Santo Domingo, que tras pelear junto a Palacio es apresado por un piquete cuando huye, con una pistola descargada en una mano y un cuchillo en la otra, por la calle de la Inquisici&#243;n.

M&#225;s afortunado resulta el notario eclesi&#225;stico de reinos Antonio Varea, uno de los pocos individuos de buena posici&#243;n que hoy luchan en las calles de Madrid. Tras haber acudido a la puerta del Sol en compa&#241;&#237;a de su t&#237;o Claudio Sanz, escribano de c&#225;mara, y luego a la explanada de Palacio resuelto a batirse, el notario Varea participa en los enfrentamientos hasta que, persiguiendo a unos franceses en retirada, recibe cerca de los Consejos un balazo de los granaderos de la Guardia. Transportado por su t&#237;o y por el oficial de inspecci&#243;n de Milicias don Pedro de la C&#225;mara a su casa de la calle de Toledo, junto a los portales de Pa&#241;os, lograr&#225; refugiarse all&#237;, ser curado y salvar la vida.

Otros tienen menos suerte. Por todo el barrio, exasperados con la matanza hecha en sus camaradas, los imperiales disparan contra quien se acerca y procuran dar caza a los fugitivos. As&#237; es como caen heridos Juli&#225;n Mart&#237;n Jim&#233;nez, vecino de Aranjuez, y el tejedor vigu&#233;s de veinticuatro a&#241;os Pedro Cavano Blanco. As&#237; muere tambi&#233;n Jos&#233; Rodr&#237;guez, lacayo del consejero de Castilla don Antonio Izquierdo: herido ante la casa de sus amos, en la calle de la Almudena, llama desesperadamente a la puerta; pero antes de que le abran es alcanzado por dos soldados franceses. Uno le asesta un sablazo en la cabeza y otro lo remata de un pistoletazo en el pecho. En la misma calle, a poca distancia de all&#237;, el ni&#241;o de doce a&#241;os Manuel N&#250;&#241;ez Gasc&#243;n, que ha estado arrojando piedras e intenta ponerse a salvo perseguido por un franc&#233;s, es muerto a bayonetazos ante los ojos espantados de su madre, que lo presencia todo desde el balc&#243;n.


Al otro lado de la Almudena, refugiado en un portal cercano a los Consejos con su sirviente Olmos, Joaqu&#237;n Fern&#225;ndez de C&#243;rdoba, marqu&#233;s de Malpica, ve pasar al galope a varios batidores imperiales que vienen de la plaza de Do&#241;a Mar&#237;a de Arag&#243;n. Su preparaci&#243;n militar le permite hacerse una idea aproximada de la situaci&#243;n. La ciudad tiene cinco puertas principales, y todas las avenidas que vienen de &#233;stas confluyen en la puerta del Sol a modo de los radios de una rueda. Madrid no es plaza fortificada, y ninguna resistencia interior es posible si el centro de esa rueda y los radios son controlados por un adversario. El marqu&#233;s de Malpica sabe d&#243;nde acampan las fuerzas enemigas de las afueras -a estas alturas es hora de pensar en los franceses como enemigos- y puede prever sus movimientos para sofocar la insurrecci&#243;n: las puertas de la ciudad y las grandes avenidas ser&#225;n su primer objetivo. Observando a los grupos de civiles mal armados que corren en desconcierto de un lado para otro, sin preparaci&#243;n ni jefes, el de Malpica concluye que la &#250;nica forma de oponerse a los franceses es hostigarlos en esas puertas, antes de que sus columnas invadan las calles anchas.

La caballer&#237;a, Olmos. Ah&#237; est&#225; la clave del asunto &#191;Comprendes?

No, pero da lo mismo. Us&#237;a mande, y punto.

Saliendo del zagu&#225;n, Malpica para a un grupo de vecinos que viene en retirada, pues conoce de vista al hombre que los encabeza. &#201;ste, un caballerizo de Palacio, lo reconoce a su vez y se quita la montera. Trae un trabuco, lleva la capa terciada al hombro, y lo acompa&#241;an media docena de hombres, un muchacho y una mujer con delantal y un hacha de carnicero en las manos.

Nos han acribillado, se&#241;or marqu&#233;s. No hay manera de arrimarse a la plaza Ahora la gente desbaratada lucha donde puede.

&#191;Vosotros vais a seguir bati&#233;ndoos?

Eso ni se pregunta.

El de Malpica explica sus intenciones. La caballer&#237;a, util&#237;sima para disolver motines, ser&#225; el principal peligro con el que se enfrenten quienes pelean en las calles. Los dos n&#250;cleos principales est&#225;n acuartelados en el Buen Retiro y en los Carabancheles. El Retiro queda lejos, y ah&#237; nada puede hacerse; pero los otros entrar&#225;n por la puerta de Toledo. Se trata de organizar una partida dispuesta a estorbarlos all&#237;.

&#191;Cuento con vosotros?

Todos asienten, y la mujer del hacha de carnicero llama a voces a otros que corren alej&#225;ndose de Palacio. As&#237; re&#250;nen a una veintena, entre los que destacan el uniforme amarillo de un drag&#243;n de Lusitania que iba a su cuartel y cuatro soldados de Guardias Walonas que han desertado del Tesoro con sus fusiles, descolg&#225;ndose por las ventanas, y vienen corriendo desde las caballerizas para unirse a los que luchan. El drag&#243;n tiene veinticuatro a&#241;os y se llama Manuel Ruiz Garc&#237;a. Los de Guardias Walonas, vestidos con su uniforme azul de vueltas rojas y polainas blancas, son un alsaciano de diecinueve a&#241;os llamado Franz Weller, un polaco de veintisiete, Lorenz Leleka, y dos h&#250;ngaros: Gregor Franzmann, de veintisiete a&#241;os, y Paul Monsak, de treinta y siete. El resto del grupo son jardineros, mozos de las cuadras cercanas, un mancebo de botica, un aguador de quince a&#241;os de edad que lleva un pa&#241;uelo ensangrentado alrededor de la cabeza, un conserje de los Consejos y un manolo de Lavapi&#233;s, carpintero de oficio, despechugado y de aire crudo -redecilla en el pelo, chaquetilla de alamares y navaja de dos palmos metida en la faja-, que responde al nombre de Miguel Cubas Salda&#241;a. El manolo, que va en compa&#241;&#237;a de otro sujeto de aspecto patibulario vestido con capote pardo y cala&#241;&#233;s, se ofrece con mucho desparpajo a levantar en su barrio, de camino, una buena cuerda de compadres. As&#237; que, tras detenerse junto al palacio de Malpica para que Olmos traiga el refuerzo de tres criados j&#243;venes, dos carabinas y cuatro escopetas de caza, el marqu&#233;s, eligiendo las calles menos frecuentadas para evitar a los franceses, dirige a sus voluntarios hacia la puerta de Toledo.


El marqu&#233;s de Malpica no es el &#250;nico que ha pensado en cortar el paso a las tropas francesas. En el noroeste de la ciudad, un grupo numeroso y armado con escopetas de caza y carabinas, en el que se cuentan Nicol&#225;s Rey Canillas, de treinta y dos a&#241;os, mozo de Guardias de Corps y ex soldado de caballer&#237;a, Ram&#243;n Gonz&#225;lez de la Cruz, criado del mariscal de campo don Jos&#233; Jenaro Salazar, el cocinero Jos&#233; Fern&#225;ndez Vi&#241;as, el vizca&#237;no Ildefonso Ardoy Chavarri, el zapatero de veinte a&#241;os Juan Mallo, el aceitero de veintis&#233;is Juan G&#243;mez Garc&#237;a y el soldado de Dragones de Pav&#237;a Antonio Mart&#237;nez S&#225;nchez, deciden obstaculizar la salida de la tropa francesa que ocupa el cuartel del Conde-Duque, junto a San Bernardino, y se apostan en las proximidades. El primero en morir es Nicol&#225;s Rey, que lleva dos pistolas cargadas al cinto; y que al toparse con un centinela, a quien descerraja un tiro a bocajarro, es alcanzado por un balazo. Desde ese momento, tomando posiciones en las casas cercanas y tras las tapias, los sublevados abren fuego y se generaliza un combate que ser&#225; breve por la desproporci&#243;n de fuerzas: quinientos franceses frente a veintipocos madrile&#241;os. Saliendo los marinos de la Guardia Imperial del cuartel, dirigen un eficaz fuego graneado que obliga a replegarse a los atacantes. En la retirada, deteni&#233;ndose de vez en cuando a disparar mientras saltan tapias y huertos para ponerse a salvo, morir&#225;n Gonz&#225;lez de la Cruz, Juan Mallo, Ardoy, Fern&#225;ndez Vi&#241;as y el soldado Mart&#237;nez S&#225;nchez.


No s&#243;lo mueren los combatientes. Exasperados por el acoso de los madrile&#241;os, los piquetes franceses empiezan a hacer fuego contra los vecinos asomados a ventanas y balcones, o contra grupos de curiosos. El ex sacerdote Jos&#233; Blanco White, sevillano de treinta y dos a&#241;os, sale a ver qu&#233; ocurre cuando oye el tumulto desde la casa que lleva dos meses habitando en el n&#250;mero 8 de la calle Silva.

&#161;Los franceses tiran contra el pueblo! -le advierte un vecino.

En realidad, Jos&#233; Blanco White todav&#237;a no se llama as&#237;. El nombre -tomado de su ascendencia irlandesa- lo adoptar&#225; m&#225;s tarde, britanizando el suyo original de Jos&#233; Mar&#237;a Blanco y Crespo, cuando exiliado en Inglaterra escriba unas Cartas de Espa&#241;a fundamentales para comprender el tiempo que le toca vivir. Ahora, a Blanco White, el Pepe Crespo de las tertulias sevillanas y de los caf&#233;s madrile&#241;os, amigo del poeta Quintana y al mismo tiempo admirador del teatro de Morat&#237;n, hombre ilustrado, l&#250;cido, cuyas ideas de libertad y progreso est&#225;n m&#225;s cerca de las extranjeras que del cerrado ambiente de telara&#241;as y sacrist&#237;a que tanto lo desazona en su patria -es lector pertinaz de Feijoo, Rousseau y Voltaire-, la noticia de la represalia francesa le parece incre&#237;ble; una atrocidad enorme e impol&#237;tica. De modo que se apresura a confirmarlo con sus propios ojos. As&#237; llega a la plaza de Santo Domingo, donde confluyen cuatro grandes calles, una de las cuales viene directamente de Palacio. Por ella resuena el redoble de un tambor, y Blanco White se detiene junto a un grupo de gente pac&#237;fica, transe&#250;ntes bien vestidos y menestrales del barrio. Aparece entonces al extremo de la calle una tropa francesa a paso ligero, con los fusiles prevenidos. Mientras Blanco White espera a verlos de cerca, sin sospechar peligro alguno, observa que los imperiales hacen alto a veinte pasos y encaran sus armas.

&#161;Cuidado! &#161;Van a disparar! &#161;Cuidado!

La descarga llega inesperada, brutal, y un hombre cae muerto a la entrada de la calle por donde todos escapan corriendo. Con el coraz&#243;n salt&#225;ndole en el pecho, aterrado por lo que acaba de presenciar y sin aliento, Blanco White corre de vuelta a su casa, sube las escaleras y cierra la puerta. All&#237;, indeciso, lleno de turbaci&#243;n, abre la ventana, escucha m&#225;s disparos y vuelve a cerrarla a toda prisa. Luego, sin saber qu&#233; hacer, saca de un arc&#243;n una escopeta de caza, y con ella en las manos se pasea por la habitaci&#243;n, sobresalt&#225;ndose a cada descarga cercana. Es un acto suicida, se dice, echarse a la calle de cualquier modo, sin saber para qu&#233;. Con qui&#233;n ni contra qui&#233;n. A fin de calmarse, mientras toma una decisi&#243;n, coge una caja de p&#243;lvora y plomos y se pone a hacer cartuchos para la escopeta. Al cabo, sinti&#233;ndose rid&#237;culo, devuelve la escopeta al arc&#243;n y va a sentarse junto a la ventana, estremeci&#233;ndose con el crepitar del tiroteo que se extiende por los barrios cercanos, punteado a intervalos por el retumbar del ca&#241;&#243;n.


Cuando el capit&#225;n Marbot regresa al palacio Grimaldi, encuentra al duque de Berg saliendo a caballo con toda su plana mayor, escoltado por medio escuadr&#243;n de jinetes polacos y una compa&#241;&#237;a de fusileros de la Guardia Imperial. Como la situaci&#243;n se complica, y teme quedar aislado all&#237;, Murat ha decidido trasladar su cuartel general cerca de las caballerizas del Palacio Real, en la cuesta de San Vicente, por donde tiene prevista su llegada la infanter&#237;a acampada en El Pardo, mientras otra columna lo har&#225; desde la Casa de Campo por el puente de Segovia. Una ventaja t&#225;ctica del sitio, aunque eso nadie lo comenta en voz alta, es que desde all&#237; podr&#237;a Murat, con su cuartel general en pleno, rodear por el norte y replegarse sobre Chamart&#237;n si la ciudad quedase bloqueada y las cosas se salieran de madre.

&#161;La caballer&#237;a ya deber&#237;a estar en la puerta del Sol, acuchillando a esa chusma! &#161;Y Godinot y Aubr&#233;e avanzando detr&#225;s con su infanter&#237;a! &#191;Qu&#233; pasa en el Buen Retiro?

El duque de Berg da furiosos tirones a las riendas del caballo. Su humor ha empeorado, y no le faltan motivos. Acaba de saber que m&#225;s de la mitad de los correos enviados a las tropas han sido interceptados. Al menos &#233;sa es la palabra que utiliza el general Belliard. El capit&#225;n Marbot, que se acerca sobre su montura mientras el rutilante grupo de estado mayor toma la calle Nueva hacia el Campo de Guardias, tuerce la boca al escuchar el eufemismo. Es una forma como otra cualquiera, piensa, de describir a jinetes apedreados desde las casas y las esquinas, acorralados por la gente, derribados de sus caballos y apu&#241;alados en calles y plazas.

Ah&#237; tiene un pliego de &#243;rdenes, Marbot. Haga el favor de llevarlo al Buen Retiro. A rienda suelta.

&#191;A qui&#233;n se lo entrego, Alteza?

Al general Grouchy. Y si no lo encuentra, a cualquiera que est&#233; al mando &#161;Mu&#233;vase!

El joven capit&#225;n recibe el sobre sellado, se lleva la mano al colbac y pica espuelas en direcci&#243;n a Santa Mar&#237;a y la calle Mayor, dejando atr&#225;s al escoltad&#237;simo duque de Berg. Debido a la importancia de su misi&#243;n, el general Belliard ha tenido la precauci&#243;n de asignarle cuatro dragones de escolta. Mientras cabalga precedi&#233;ndolos por la calle de la Encarnaci&#243;n, Marbot inclina la cabeza sobre la crin del caballo y aprieta los dientes, esperando el golpe de una teja, la maceta o el escopetazo que lo derriben de la silla. Es un militar profesional y con experiencia, pero eso no le impide lamentar su mala suerte. No hay tarea m&#225;s peligrosa que llevar un mensaje a trav&#233;s de una ciudad en estado de insurrecci&#243;n; y su misi&#243;n consiste en llegar al Buen Retiro, donde se encuentran acampadas la caballer&#237;a de la Guardia Imperial y una divisi&#243;n de dragones, sumando tres mil jinetes. La distancia no es grande, pero el itinerario incluye la calle Mayor, la puerta del Sol y las calles de Alcal&#225; o San Jer&#243;nimo, que en este momento son, para un franc&#233;s, los peores lugares de Madrid. A Marbot no se le escapa que Murat, consciente de lo peligroso del encargo, se lo ha encomendado a &#233;l, joven oficial agregado a su estado mayor, en vez de a los edecanes titulares, a quienes prefiere mantener cerca y a salvo.

A&#250;n no han perdido de vista Marbot y sus cuatro dragones el palacio Grimaldi, cuando desde un balc&#243;n les tiran un escopetazo, que eluden sin consecuencias. A su paso suenan varios tiros m&#225;s -por fortuna no son militares quienes disparan, sino civiles con escopetas de caza y pistolas- y algunos objetos caen desde balcones y ventanas. Acompa&#241;ados del sonido de los cascos de sus monturas, los cinco jinetes avanzan al galope por las calles, en grupo compacto que obliga a la gente a dejar paso libre. De ese modo toman la calle Mayor y llegan a la puerta del Sol, donde la multitud es tanta y tan amenazadora que Marbot siente flaquearle el &#225;nimo. Si vacilamos, concluye, aqu&#237; se acaba todo.

&#161;No os deteng&#225;is! -grita a sus hombres-. &#161;O estamos muertos!

Y as&#237;, temiendo a cada zancada del caballo verse desmontado y hecho pedazos, el capit&#225;n clava espuelas, ordena a los dragones juntarse bien unos con otros, y los cinco cabalgan hacia la embocadura de San Jer&#243;nimo sin que los que se apartan a su paso, intentando algunos atrevidos oponerse o agarrarlos por las riendas -el propio Marbot atropella con su caballo a un par de exaltados-, puedan hacer otra cosa que insultarlos, arrojarles piedras y palos, y verlos pasar, impotentes. Sin embargo, entre la calle del Lobo y el hospital de los Italianos, la carrera se trunca: un hombre envuelto en una capa dispara a bocajarro una pistola contra el caballo de uno de los dragones, que hinca el belfo y derriba al jinete. En el acto sale de las casas vecinas un grupo numeroso que intenta degollar al drag&#243;n ca&#237;do; pero Marbot y los otros tiran de las riendas, vuelven grupas y acuden en socorro del camarada, imponi&#233;ndose a sablazos sobre las navajas y pu&#241;ales que manejan los atacantes, casi todos j&#243;venes y desharrapados, de los que tres quedan en el suelo y huye el resto; no sin que dos dragones sufran heridas ligeras y Marbot reciba una recia pu&#241;alada que, pese a no dar en carne, rasga una manga de su dolmen. Al fin, dando una mano al drag&#243;n desmontado para que se agarre a las sillas y corra entre dos caballos, los cinco hombres prosiguen la marcha a toda prisa, carrera de San Jer&#243;nimo abajo, hasta las caballerizas del Buen Retiro.


Mientras eso ocurre, el cerrajero Blas Molina Soriano tambi&#233;n corre junto a los muros del convento de Santa Clara, huyendo de las descargas francesas. Tiene intenci&#243;n de bajar hacia la calle Mayor y la puerta del Sol para unirse a los que all&#237; est&#225;n; pero suena tiroteo y gritos de gente desbandada hacia la Plater&#237;a, as&#237; que se detiene en la plazuela de Herradores con varios fugitivos que, como &#233;l, vienen corriendo desde Palacio. Entre ellos se encuentran el grupo del chocolatero Jos&#233; Lueco y otra peque&#241;a cuadrilla formada por un hombre mayor de barba blanca, que trae una antigua espada llena de herrumbre en la mano, y tres j&#243;venes armados con oxidadas moharras de lanzas; armas todas viejas de m&#225;s de un siglo, y que, cuentan, han cogido en la tienda de un chamarilero. Dos mujeres y un vecino salen a darles agua y a preguntar c&#243;mo est&#225;n las cosas, aunque hay m&#225;s gente arriba, en las ventanas, mirando sin comprometerse. Molina, que tiene una sed atroz, bebe un trago y pasa la jarra.

&#161;Qui&#233;n tuviera fusiles! -se lamenta el viejo de la barba blanca.

Y que lo diga usted, vecino -apostilla uno de los j&#243;venes-. Hoy ver&#237;amos cosas gordas.

En ese momento el cerrajero tiene una inspiraci&#243;n. El recuerdo de su visita al parque de Montele&#243;n, escoltando al joven Fernando VII, lo ilumina de pronto. Su memoria registr&#243; fielmente los ca&#241;ones puestos en el patio, los fusiles alineados en sus armeros. Y ahora se da una sonora palmada en la frente.

&#161;Est&#250;pido de m&#237;! -exclama.

Los otros lo miran, sorprendidos. Entonces se explica. En el parque de artiller&#237;a hay armas, p&#243;lvora y munici&#243;n. Con todo eso en su poder, los madrile&#241;os podr&#237;an tratar a los franceses de hombre a hombre, como debe ser, en vez de hacerse ametrallar por las calles, indefensos.

Ojo por ojo -puntualiza, feroz.

A medida que explica su plan, Molina ve animarse los rostros de cuantos lo rodean: miradas de esperanza y ansia de revancha sustituyen a la fatiga. Al fin, levanta en alto el bast&#243;n de nudos con el que apale&#243; al soldado franc&#233;s y echa a andar, decidido, hacia la calle de las Hileras.

&#161;Quien quiera luchar, que me siga! Y ustedes, vecinas, corran la voz &#161;Hay fusiles en el parque de Montele&#243;n!



3

En el parque de Montele&#243;n, el teniente Rafael de Arango ha visto, con grand&#237;simo alivio, abrirse un poco las puertas y entrar tranquilamente al capit&#225;n Luis Daoiz.

&#191;Qu&#233; tenemos por aqu&#237;? -pregunta el reci&#233;n llegado, con mucha sangre fr&#237;a.

Arango, que debe contenerse para no perder las formas y abrazar a su superior, lo pone al corriente, incluido lo de colocar piedras en los fusiles y disponer alguna cartucher&#237;a, precauciones que Daoiz aprueba.

Es hacer un poco de contrabando -dice con una breve sonrisa-. Pero eso llevamos adelantado, por si acaso.

La situaci&#243;n, le informa el teniente, es dif&#237;cil, con el capit&#225;n franc&#233;s y su gente muy nerviosos, y el gent&#237;o de afuera cada vez m&#225;s espeso. Mientras se escuchan tiros hacia el centro de la ciudad, nuevos grupos de alborotadores confluyen desde las calles pr&#243;ximas a las de San Jos&#233; y San Pedro, delante del parque. Los vecinos, entre ellos muchas mujeres exaltadas, salen a un&#237;rseles y golpean las puertas pidiendo armas. Seg&#250;n el cabo Alonso, que sigue en la entrada, y el maestre mayor Juan Pardo, que vive enfrente y va y viene con noticias de la calle, todo se complica por momentos. El propio Daoiz pudo comprobarlo cuando se dirig&#237;a hacia aqu&#237;, enviado por el coronel Navarro Falc&#243;n.

As&#237; es -dice el capit&#225;n en el mismo tono de calma-. Pero creo que podemos controlar las cosas, de momento &#191;C&#243;mo est&#225;n los hombres?

Preocupados, pero mantienen la disciplina -Arango baja la voz-. Imagino que al verlo a usted aqu&#237; estar&#225;n m&#225;s confortados. Algunos vinieron a decirme que, si hay que batirse, cuente con ellos.

Daoiz sonr&#237;e, tranquilizador.

No llegaremos a eso. Las &#243;rdenes que traigo son todo lo contrario: calma absoluta y ni un solo artillero fuera del parque.

&#191;Y lo de dar armas al pueblo?

Menos todav&#237;a. Ser&#237;a un disparate, tal como est&#225;n los &#225;nimos &#191;Qu&#233; hay de los franceses?

Arango se&#241;ala el centro del patio, donde el capit&#225;n imperial y sus subalternos forman un grupo que observa, preocupado, a los oficiales espa&#241;oles. El resto de la tropa, excepto los pocos que hay vigilando la puerta, permanece formado a discreci&#243;n veinte pasos m&#225;s all&#225;. Algunos hombres est&#225;n sentados en el suelo.

El capit&#225;n andaba muy arrogante hace un rato. Pero a medida que la gente se reun&#237;a afuera, se ha ido arrugando Ahora est&#225; nervioso, y creo que tiene miedo.

Voy a hablar con &#233;l. Un hombre nervioso y asustado resulta m&#225;s peligroso que sereno.

En ese momento se acerca el cabo Alonso, que viene de la puerta. Tres oficiales de artiller&#237;a solicitan entrar. Daoiz, que no parece sorprendido, dice que los dejen pasar; y al poco aparecen en el patio con aire casual, vestidos de uniforme y sable al cinto, el capit&#225;n Juan C&#243;nsul y los tenientes Gabriel de Torres y Felipe Carpegna. Los tres saludan a Daoiz de modo tan serio y circunspecto que hace pensar a Arango que no es la primera vez que se encuentran esta ma&#241;ana. Juan C&#243;nsul es amigo &#237;ntimo de Daoiz; y su nombre, junto al del capit&#225;n Velarde y el de otros, circula estos d&#237;as entre rumores de conspiraci&#243;n. Tambi&#233;n es uno de los que ayer lo acompa&#241;aban en el frustrado desaf&#237;o de la fonda de Genieys.

Aqu&#237; -reflexiona el joven teniente- se est&#225; cociendo algo.


A las diez y media, en las oficinas de la Junta de Artiller&#237;a, n&#250;mero 68 de la calle de San Bernardo, frente al Noviciado, el coronel Navarro Falc&#243;n discute con el capit&#225;n Pedro Velarde, que est&#225; sentado tras su mesa de despacho, junto a la de su superior y jefe inmediato. Navarro Falc&#243;n ha visto llegar al capit&#225;n muy descompuesto, encendido y excitado, pidiendo ir al parque de Montele&#243;n. El coronel, que aprecia sinceramente a Velarde, le niega el permiso con tacto y afectuosa firmeza. Daoiz se las arreglar&#225; solo, dice, y a usted lo necesito aqu&#237;.

&#161;Hay que batirse, mi coronel! &#161;No queda otra! &#161;Daoiz tendr&#225; que hacerlo, y nosotros tambi&#233;n!

Le ruego que no diga disparates y que se tranquilice.

&#191;Tranquilizarme, dice? &#191;No ha o&#237;do los tiros? &#161;Est&#225;n ametrallando al pueblo!

Tengo mis instrucciones, y usted tiene las suyas -Navarro Falc&#243;n empieza a exasperarse-. Haga el favor de no complicar m&#225;s las cosas. Lim&#237;tese a cumplir con su deber.

&#161;Mi deber est&#225; ah&#237; afuera, en la calle!

&#161;Su deber es obedecer mis &#243;rdenes! &#161;Y punto!

El coronel, que acaba de dar un pu&#241;etazo en la mesa, lamenta haber perdido los nervios. Es soldado viejo, que se bati&#243; en Santa Catalina de Brasil, contra los ingleses en el R&#237;o de la Plata, en la colonia de Sacramento, en el asedio de Gibraltar y durante toda la guerra con la Rep&#250;blica francesa. Ahora mira inc&#243;modo al escribiente Manuel Almira y a los que est&#225;n en el cuarto contiguo, escuchando, y luego observa de nuevo a Velarde, que, enfurru&#241;ado, moja la pluma en el tintero y hace garabatos sin sentido sobre los papeles que tiene delante. Al fin el coronel se levanta y deja en la mesa de Velarde la orden transmitida por el general Vera y Pantoja, gobernador de la plaza, disponiendo que las tropas se mantengan en los cuarteles y al margen de cuanto ocurra.

Somos soldados, Pedro.

No suele llamarlo a &#233;l ni a ning&#250;n oficial por el nombre de pila, y Velarde lo sabe; pero, ajeno a la muestra de afecto, niega con la cabeza mientras aparta a un lado, con desd&#233;n, la orden del gobernador.

Lo que somos es espa&#241;oles, mi coronel.

Escuche. Si la guarnici&#243;n se pusiera de parte de la gente revuelta, Murat har&#237;a marchar hacia Madrid al cuerpo del general Dupont, que est&#225; a s&#243;lo un d&#237;a de camino &#191;Quiere usted que caigan sobre esta ciudad cincuenta mil franceses?

Como si vienen cien mil. Ser&#237;amos un ejemplo para toda Espa&#241;a, y para el mundo.

Harto de la discusi&#243;n, Navarro Falc&#243;n vuelve a su mesa.

&#161;No quiero o&#237;r una palabra m&#225;s! &#191;Est&#225; claro?

El coronel toma asiento y aparenta enfrascarse en el papeleo. Y as&#237;, fingiendo que no oye a Velarde murmurar por lo bajo, como alienado: Batirse, batirse Morir por Espa&#241;a mientras sigue haciendo garabatos sin sentido, piensa que ojal&#225; Luis Daoiz, all&#225; en Montele&#243;n, pueda conservar la cabeza fr&#237;a, y &#233;l mismo, aqu&#237;, sea capaz de mantener a Velarde sujeto a su mesa. Dejar que el exaltado capit&#225;n se acerque hoy al parque de Montele&#243;n ser&#237;a arrimar una mecha encendida a un barril de p&#243;lvora.


Pese a sus excesos y apasionado patriotismo, el cerrajero Molina no tiene nada de tonto. Sabe que si conduce a la gente hacia el parque por calles anchas llamar&#225; mucho la atenci&#243;n, y tarde o temprano los franceses les cortar&#225;n el paso. As&#237; que recomienda silencio a la veintena de voluntarios que lo siguen -n&#250;mero que aumenta sobre la marcha con nuevas incorporaciones-, y tras separarse de quienes buscan el camino m&#225;s corto, conduce a su partida por el postigo de San Mart&#237;n y la calle de Hita a la de Tudescos, en direcci&#243;n a la corredera de San Pablo.

Sin armar bulla, &#191;eh? Ya habr&#225; tiempo para eso. Lo que importa es conseguir fusiles.

A esa misma hora, otros grupos de los incitados por Blas Molina, o encaminados a Montele&#243;n por iniciativa espont&#225;nea, suben por los Ca&#241;os y Santo Domingo hacia la calle ancha de San Bernardo, y desde la puerta del Sol por la red de San Luis hasta la calle Fuencarral. Algunos conseguir&#225;n llegar durante la hora siguiente; pero otros, confirmando los temores de Molina, quedar&#225;n aniquilados o dispersos al encontrar destacamentos franceses. Tal es el caso de la cuadrilla formada por el chocolatero Jos&#233; Lueco, que con los mozos de mulas y caballos Juan Vel&#225;zquez, Silvestre &#193;lvarez y Toribio Rodr&#237;guez, decide ir por su cuenta, acortando camino por San Bernardo. Pero en la calle de la Bola, cuando ya suma una treintena de individuos por hab&#233;rsele unido los mozos de una hoster&#237;a y un mes&#243;n cercanos, un dorador, dos aprendices de carpintero, un cajista de imprenta y varios sirvientes de casas particulares, la partida, que dispone de algunas carabinas, trabucos y escopetas, se topa con un pelot&#243;n de fusileros de la Guardia Imperial. El choque es brutal, a bocajarro, y tras los primeros navajazos y escopetazos los madrile&#241;os se parapetan en las esquinas con Puebla y Santo Domingo. Durante buen rato, y con no poco atrevimiento, libran all&#237; un porfiado combate que causa bajas a los franceses, vi&#233;ndose ayudados en la refriega por gente del vecindario que arroja tiestos y objetos desde los balcones. Al cabo, a punto de verse envueltos por tropas de refresco que llegan de las calles adyacentes, la partida se disuelve dejando varios muertos sobre el terreno. Jos&#233; Lueco, herido de un sablazo en la cara y un balazo en el hombro, consigue refugiarse en una casa pr&#243;xima -al tercer intento, pues las dos primeras puertas a las que llama no se le abren-, donde permanecer&#225; escondido el resto de la jornada.


Como la del chocolatero Lueco, otras partidas apenas llegan a formarse, o duran el poco tiempo que tardan las tropas francesas en dar con ellas y dispersarlas. Eso ocurre al peque&#241;o grupo armado de palos y navajas que los franceses desbandan a ca&#241;onazos en la esquina de la calle del Pozo con San Bernardo, hiriendo a Jos&#233; Ugarte, cirujano de la Real Casa, y a la santanderina Mar&#237;a O&#241;ate Fern&#225;ndez, de cuarenta y tres a&#241;os. Lo mismo pasa en la calle del Sacramento con una partida encabezada por el presb&#237;tero don Cayetano Miguel Manch&#243;n, quien armado con una carabina y al mando de algunos j&#243;venes resueltos intenta llegar al parque de artiller&#237;a. Una patrulla de jinetes polacos cae sobre ellos de improviso, el presb&#237;tero resulta herido de un sablazo que le deja los sesos al aire, y su gente, aterrada, se desperdiga en un instante.


Tampoco llegar&#225; a su destino el grupo acaudillado por don Jos&#233; Albarr&#225;n, m&#233;dico de la familia real, quien tras presenciar la matanza de Palacio recluta una cuadrilla de paisanos armados con palos, cuchillos y algunas escopetas, a los que intenta guiar por San Bernardo. Detenidos por la metralla que los franceses disparan con dos ca&#241;ones puestos en bater&#237;a frente a la casa del duque de Montemar, deben refugiarse en la calle de San Benito; y all&#237; se ven cogidos entre dos fuegos cuando otra fuerza francesa, que viene de Santo Domingo, dispara contra ellos desde la plaza del Gato. El primero en morir, de un balazo en el vientre, es el yesero de cincuenta y cuatro a&#241;os Nicol&#225;s del Olmo Garc&#237;a. El grupo queda deshecho y disperso, y el doctor Albarr&#225;n, malamente herido y dejado por muerto -rescatado m&#225;s tarde por sus amigos, lograr&#225; sobrevivir-, es despojado por los imperiales de su levita, reloj y doce onzas de oro que lleva encima. A su lado, tras haberse batido con un peque&#241;o espad&#237;n de corte y una pistola de bolsillo como &#250;nicas armas, muere Fausto Zapata y Zapata, de doce a&#241;os, cadete de Guardias Espa&#241;olas.


En una casa de la calle del Olivo, el ni&#241;o de cuatro a&#241;os y medio Ram&#243;n de Mesonero Romanos -que con el tiempo ser&#225; uno de los escritores m&#225;s populares y castizos de Madrid- tambi&#233;n resulta v&#237;ctima accidental del tumulto. Al precipitarse con su familia al balc&#243;n para ver a un grupo de paisanos que gritan &#161;A armarse! &#161;Viva Fernando VII y mueran los franceses!, el peque&#241;o Ram&#243;n tropieza y se abre la frente con los hierros de la barandilla. Muchos a&#241;os despu&#233;s, en sus Memorias de un setent&#243;n, Mesonero Romanos contar&#225; el episodio, describiendo a su madre, do&#241;a Teresa, preocupada por la salud del hijo y por lo que ocurre en la calle, encendiendo candelillas ante una imagen del Ni&#241;o Jes&#250;s y rezando con fervor el rosario, mientras el padre -el hombre de negocios Tom&#225;s Mesonero- debate inquieto con sus vecinos. En ese momento se presenta en la casa un amigo de la familia, el capit&#225;n de infanter&#237;a Fernando Butr&#243;n, a dejar su espada y la casaca de uniforme, a fin de evitar, seg&#250;n dice, que los grupos de paisanos que recorren las calles lo obliguen, como ya han intentado tres veces, a ponerse a su cabeza.

Van por ah&#237; revueltos y desconcertados, buscando quien los dirija -cuenta Butr&#243;n, mientras se queda en chupa y mangas de camisa-. Pero todos los militares tenemos orden de ir a encerrarnos en los cuarteles No hay otra.

&#191;Y todos obedecen? -pregunta do&#241;a Teresa Romanos, que sin dejar de pasar cuentas del rosario le trae un vaso de clarete fresco.

Butr&#243;n bebe el vino sin respirar y se prueba la chaqueta inglesa que le ofrece el due&#241;o de la casa. Queda algo corta de mangas, pero mejor eso que nada.

Yo, al menos, pienso obedecer Pero no s&#233; qu&#233; pasar&#225; si esta locura sigue adelante.

&#161;Jes&#250;s, Mar&#237;a y Jos&#233;!

Do&#241;a Teresa se retuerce las manos y empieza a murmurar el vig&#233;simo avemar&#237;a de la ma&#241;ana. Tumbado en un canap&#233; junto a la imagen del Ni&#241;o Jes&#250;s, con un emplasto de vinagre en la frente, Ramoncito Mesonero Romanos llora a moco tendido. De vez en cuando, a lo lejos, suenan tiros.


En la puerta del Sol hay reunidas diez mil personas, y el gent&#237;o se extiende hacia las calles cercanas, de Montera hasta la red de San Luis, as&#237; como por Arenal, Mayor y Postas, mientras grupos armados con trabucos, garrotes y cuchillos patrullan los alrededores, alertando de toda presencia francesa. Desde el ventanal de su casa, en el n&#250;mero 15 de la calle de Valverde, esquina a Desenga&#241;o, Francisco de Goya y Lucientes, aragon&#233;s de sesenta y dos a&#241;os de edad, miembro de la Academia de San Fernando y pintor de la Real Casa con cincuenta mil reales de renta, lo mira todo con expresi&#243;n adusta. Dos veces ha rechazado a su mujer, Josefa Bayeu, al solicitarle &#233;sta que baje la persiana y se retire al interior. En chaleco, abierto el cuello de la camisa y los brazos cruzados sobre el pecho, un poco inclinada la cabeza poderosa que todav&#237;a luce pelo espeso y crespo con patillas grises, el pintor vivo m&#225;s famoso de Espa&#241;a permanece asomado, tozudo, observando el espect&#225;culo callejero. De las voces del gent&#237;o y los disparos sueltos, lejanos, apenas llegan a sus o&#237;dos -sordos desde que una enfermedad los maltrat&#243; hace a&#241;os- algunos ruidos amortiguados que se confunden con los rumores de su cerebro, siempre atormentado, tenso y despierto. Goya est&#225; en el balc&#243;n desde que, hace poco m&#225;s de una hora, el joven de dieciocho a&#241;os Le&#243;n Ortega y Villa, disc&#237;pulo suyo, vino desde su casa de la calle Cantarranas a pedirle permiso para no ir al estudio. A lo mejor tenemos que hacer frente a los franceses, le dijo al pintor, acerc&#225;ndose a su o&#237;do inv&#225;lido y levantando mucho la voz, como de costumbre, antes de marcharse con una sonrisa juvenil y heroica, propia de sus pocos a&#241;os, sin atender los ruegos de Josefa Bayeu, que le recriminaba correr riesgos sin preocuparse de la angustia de su familia.

Tienes madre, Le&#243;n.

Y verg&#252;enza torera, do&#241;a Josefa.

Ahora Goya sigue inm&#243;vil, mirando ce&#241;udo el denso hormigueo de gente que baja hacia la puerta del Sol o sube por Fuencarral en direcci&#243;n al parque de artiller&#237;a. Hombre genial, predestinado a la gloria de las pinacotecas y a la historia del Arte, intenta vivir y pintar m&#225;s all&#225; de la realidad de cada d&#237;a, pese a sus ideas avanzadas, a sus amigos actores, artistas y literatos -entre ellos Morat&#237;n, cuya suerte preocupa hoy al pintor-, a sus buenas relaciones con la Corte y a su rencor, no siempre secreto, hacia el oscurantismo, los frailes y la Inquisici&#243;n. Que durante siglos, a su juicio, han convertido a los espa&#241;oles en esclavos, incultos, delatores y cobardes. Pero mantener la propia obra lejos de todo eso resulta cada vez m&#225;s dif&#237;cil. Ya en la serie de grabados Los caprichos, realizada hace nueve a&#241;os, el aragon&#233;s puso en solfa, sin apenas disimulo, a curas, inquisidores, jueces injustos, corrupci&#243;n, embrutecimiento del pueblo y otros vicios nacionales. Del mismo modo, esta ma&#241;ana le resulta imposible sustraerse a los negros presagios que ensombrecen Madrid. El rumor vago que llega a los t&#237;mpanos maltrechos del viejo pintor se incrementa a veces, subiendo de punto, mientras las cabezas de la multitud se agitan en oleadas, igual que el trigo a efectos del viento, o el mar cuando avisa temporal. El aragon&#233;s es hombre en&#233;rgico, que en su juventud hizo de torero, ri&#241;&#243; a navajazos y fue pr&#243;fugo de la justicia; no se trata de un petimetre ni un apocado. Sin embargo, ese gent&#237;o para &#233;l casi silencioso, que se estremece y agita cerca, tiene algo oscuro que lo inquieta m&#225;s all&#225; del mot&#237;n inmediato o los disturbios previsibles. En las bocas abiertas y los brazos alzados, en los grupos que pasan llevando en alto palos y navajas, gritando palabras sin sonido que en la cabeza de Goya suenan tan terribles como si pudiera o&#237;rlas, el pintor intuye nubes oscuras y torrentes de sangre. A su espalda, entre l&#225;pices, carboncillos y difuminos, sobre la mesita donde suele trabajar en sus apuntes aprovechando la claridad del amplio ventanal, est&#225; el esbozo de algo iniciado esta ma&#241;ana, cuando la luz era todav&#237;a gris: un dibujo a l&#225;piz donde se ve a un hombre de ropas desgarradas, arrodillado y con los brazos en cruz, rodeado de sombras que lo cercan como fantasmas de una pesadilla. Y al margen de la hoja, con su letra fuerte, indiscutible, Goya ha escrito unas palabras: Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer.


Jacinto Ruiz Mendoza padece de asma, y hoy ha amanecido -como le ocurre a menudo- con fiebre alta y profunda sensaci&#243;n de ahogo. Desde la cama en la que se encuentra postrado oye disparos sueltos y se incorpora con esfuerzo. Tiene el cuerpo empapado en sudor, as&#237; que se quita la camisa de dormir h&#250;meda, se refresca un poco la cara con el agua de una jofaina y se viste despacio, abrochando con dedos torpes los botones de la nueva casaca blanca con solapas y vueltas carmes&#237;es con la que acaba de ser dotado el regimiento de infanter&#237;a n&#250;mero 36 de Voluntarios del Estado, donde sirve con el grado de teniente. Le cuesta acabar de ponerse la ropa, pues se encuentra d&#233;bil; y su asistente, un soldado al que envi&#243; en busca de noticias, no ha vuelto todav&#237;a. Al cabo logra ponerse las botas, y con pasos indecisos se dirige a la puerta. Nacido en Ceuta hace veintinueve a&#241;os, Jacinto Ruiz es delgado, de complexi&#243;n d&#233;bil, pero voluntarioso y con mucho pundonor militar. Su car&#225;cter es tranquilo, casi t&#237;mido, con un punto de retraimiento debido a la enfermedad respiratoria que padece desde ni&#241;o. Por lo dem&#225;s, patriota, fiel cumplidor de sus obligaciones, amante del Ej&#233;rcito y de la gloria de Espa&#241;a, en los &#250;ltimos tiempos ha sufrido lo indecible, como tantos de sus camaradas, por la postraci&#243;n nacional ante el poder napole&#243;nico. Aunque, no siendo hombre exaltado, nunca expres&#243; opiniones pol&#237;ticas m&#225;s all&#225; del cerrado c&#237;rculo de los amigos &#237;ntimos.

En la escalera, Ruiz encuentra a un mozalbete que sube corriendo, y con &#233;l se informa de que los franceses disparan contra el pueblo mientras grupos de civiles se encaminan a los cuarteles en busca de armas. Inquieto, Jacinto Ruiz sale a la calle y apresura el paso sin responder a las interpelaciones que varios vecinos, al ver su uniforme, le hacen desde los balcones en demanda de noticias. Sigue sin detenerse en direcci&#243;n al cuartel de Mejorada, situado al final de la calle de San Bernardo, en el n&#250;mero 83 y haciendo esquina con San Hermenegildo, un poco m&#225;s arriba del edificio de la Junta de Artiller&#237;a. De ese modo, lo m&#225;s aprisa que puede, aunque sin descomponer el paso para no causar mala impresi&#243;n, luchando con el sofoco de sus pulmones enfermos y pese a la fiebre que le hace arder la frente bajo el sombrero, el humilde teniente de infanter&#237;a, cuyo nombre no es m&#225;s que una escueta l&#237;nea en el escalaf&#243;n del Ej&#233;rcito, acude a incorporarse a su regimiento sin sospechar que, cerca de la calle por la que ahora camina, muchos a&#241;os despu&#233;s de este largo d&#237;a que apenas comienza, se alzar&#225; un monumento de bronce a su memoria.


Lo que se oye en la distancia son tiros sueltos, pero no descargas. Eso tranquiliza un poco a Antonio Alcal&#225; Galiano, que recorre el barrio observando el revuelo de la gente. Sus diecinueve a&#241;os no le impiden darse cuenta de lo obvio: las cuadrillas van tan rid&#237;culamente armadas que parece locura desafiar a los soldados franceses. Aun as&#237;, a impulsos de su mocedad, el joven acaba uni&#233;ndose a un grupo que pasa con mucho alboroto junto a la iglesia de San Ildefonso, m&#225;s por las mujeres que miran desde los balcones que por otra cosa. Est&#225; enamorado de una madrile&#241;a, y eso lo alienta a poder contar alg&#250;n lance heroico, aunque sea m&#237;nimo. La cuadrilla, compuesta de muchachos, la dirige uno con trazas de oficial artesano, que da vivas al rey Fernando. Los sigue el joven Alcal&#225; Galiano hasta la calle Fuencarral, donde surge una acalorada discusi&#243;n sobre el camino a seguir: unos quieren ir a un cuartel a juntarse con la tropa y pelear juntos y en orden, mientras otros pretenden embestir a los franceses donde los encuentren, tendi&#233;ndoles celadas para hacerse con sus armas y seguir actuando a saltos, en peque&#241;os grupos, atacando y retir&#225;ndose por esquinas y azoteas. La disputa se enciende, algunos est&#225;n a punto de llegar a las manos, y uno de los m&#225;s exaltados, descamisado y de malas trazas, termina volvi&#233;ndose a Alcal&#225; Galiano:

&#191;Qu&#233; opina usted, amigo?

El tratamiento llano no le hace gracia al educado hu&#233;rfano del h&#233;roe de Trafalgar, que adem&#225;s pertenece a la Maestranza de Caballer&#237;a de Sevilla, aunque vista de paisano. As&#237; que, disgustado pero con prudencia y marcando distancias, responde que no tiene opini&#243;n formada al respecto.

&#191;Pero quiere matar franceses, o no?

Claro que s&#237;. Aunque no pretender&#225; que los mate a pu&#241;etazos No llevo armas.

En eso estamos. En buscarlas.

Alcal&#225; Galiano mira los rostros poco simp&#225;ticos que lo rodean. Casi todos son mozos de baja condici&#243;n, y no faltan chicuelos desharrapados de la calle. Tampoco le pasan inadvertidas las miradas recelosas que dirigen a su frac y sombrero bordado. Un currutaco, oye decir a uno. A &#233;stos, concluye inquieto, hay que temerlos m&#225;s que a los franceses.

Pues ahora que me acuerdo -responde, todo lo sereno que puede-, tengo armas en mi casa. As&#237; que voy a buscarlas, que vivo cerca, y vuelvo.

El otro lo estudia de arriba abajo, suspicaz y despectivo.

Vaya entonces, hombre de Dios.

Alcal&#225; Galiano titubea, picado por el tono, y en ese momento se acerca el que hace las veces de jefe. Es un esportillero de manos fuertes y callosas, que huele a sudor.

Usted -le dice a bocajarro- no nos sirve para nada.

El joven siente un golpe de calor en la cara. Qu&#233; diablos hago yo, concluye, con esta gente.

Pues que tengan un buen d&#237;a.

Herido en su amor propio, pero aliviado en cuanto a la inquietante cuadrilla que deja atr&#225;s, Alcal&#225; Galiano da media vuelta y se encamina a su casa. Una vez all&#237;, tomando su sombrero con gal&#243;n de plata y su espada, no sin dejar a la madre inquieta y llorosa al verlo arriesgarse de nuevo, sale en busca de mejor compa&#241;&#237;a, dispuesto a mezclarse en la refriega junto a gente decente y juiciosa. Pero s&#243;lo encuentra grupos de paisanos enfurecidos, casi todos gente baja, y alg&#250;n militar intentando contenerlos. En la esquina de la calle de la Luna con Tudescos ve a un oficial de buen aspecto, teniente de Guardias de Corps, a quien pide consejo. El otro, creyendo por el gal&#243;n del sombrero que es uno de sus guardias, le pregunta qu&#233; hace en la calle y si no conoce las &#243;rdenes.

Soy maestrante, se&#241;or teniente. De Sevilla.

Pues vu&#233;lvase inmediatamente a su casa. Yo voy de camino a mi cuartel, y las &#243;rdenes son de no moverse. Y si llega el caso, de disparar para sosegar el tumulto.

&#191;Contra la gente?

Todo puede ser. Ya ve c&#243;mo andan todos, rabiosos y sin freno. Hay muchas muertes de franceses y empieza a haberlas de paisanos Usted parece de buena familia. Ni se le ocurra juntarse con la gente exaltada.

Pero &#191;De verdad nuestras tropas no van a entrar en combate?

Ya se lo he dicho, diantre. Le repito que vaya a su casa y no se mezcle con esa chusma.

Convencido y obediente, escarmentado por la propia experiencia, Antonio Alcal&#225; Galiano desanda el camino a su domicilio, donde la madre, que aguarda angustiada, lo recibe con muchos ruegos de que no vuelva a salir. Y al fin, confuso y desalentado por cuanto ha visto, accede a quedarse en casa.


Mientras el joven Alcal&#225; Galiano renuncia a ser actor de la jornada, grupos de madrile&#241;os siguen intentando llegar al parque de Montele&#243;n en busca de armas. Desvi&#225;ndose en largo rodeo, el cerrajero Blas Molina y los suyos se ven detenidos cerca de la corredera de San Pablo por la presencia de un piquete franc&#233;s, al que Molina, con el juicio despabilado por la experiencia de Palacio, decide no incomodar.

Cada cosa a su tiempo -susurra-. Y los nabos en Adviento.

Otras partidas, sin embargo, llegan pronto y sin novedad a las puertas del parque, engrosando el n&#250;mero de los que all&#237; se congregan. Tal es el caso de la acaudillada por el estudiante asturiano Jos&#233; Guti&#233;rrez, un joven flaco y en&#233;rgico a quien se unen, con otra docena de individuos, el peluquero Mart&#237;n de Larrea y su mancebo Felipe Barrio. Tambi&#233;n el vecino de la calle del Pr&#237;ncipe Cosme Mart&#237;nez del Corral, impresor y administrador de una f&#225;brica de papel y antiguo soldado de artiller&#237;a, pese a llevar encima 7.250 reales en c&#233;dulas retiradas esta ma&#241;ana, acude a Montele&#243;n para ofrecerse a sus antiguos compa&#241;eros, por si se ven en trance de batirse. Por su parte, el almacenista de carb&#243;n Cosme de Mora, que tiene tienda en la corredera de San Pablo, y su amigo el portero de juzgado F&#233;lix Tordesillas, vecino de la calle del Rubio, logran abrirse paso al frente de un grupo de vecinos sin encontrar franceses que los inquieten. A esta partida, una de las m&#225;s numerosas, se unen por el camino el oficial de obras Francisco Mata, el carpintero Pedro Navarro, el sangrador de la calle Silva Jer&#243;nimo Moraza, el arriero leon&#233;s Rafael Canedo, y Jos&#233; Rodr&#237;guez, botillero de San Jer&#243;nimo, que viene acompa&#241;ado de su hijo Rafael. En la calle Hortaleza los alcanzan los hermanos Antonio y Manuel Amador; que, pese a su rechazo y a los pescozones que le dan, no pueden evitar que los siga su hermano peque&#241;o Pepillo, de once a&#241;os.


Otra cuadrilla que est&#225; a punto de llegar a Montele&#243;n es la levantada por Jos&#233; Fern&#225;ndez Villamil, hostelero de la plazuela de Matute, a quien siguen escoltando los mozos a su servicio, algunos vecinos y el mendigo de Ant&#243;n Mart&#237;n. Irrumpiendo en el ret&#233;n de Inv&#225;lidos de las Casas Consistoriales, Fern&#225;ndez Villamil ha logrado apoderarse, sin resistencia por parte de los guardias -uno se uni&#243; a ellos-, de media docena de fusiles, sus bayonetas y la munici&#243;n correspondiente. Entre todos los paisanos sublevados hoy en Madrid, el hostelero y su partida ser&#225;n de los que m&#225;s peripecias vivan. Apenas conseguidos los fusiles, tras encaminarse a Palacio por Atocha y la calle Mayor, tuvieron un encuentro cerca de los Consejos con un peque&#241;o destacamento de caballer&#237;a imperial. En la escaramuza, derribado de un tiro el oficial enemigo, el grupo se vio obligado a retroceder hasta los soportales de la plaza Mayor, manteniendo all&#237; un breve tiroteo hasta que, llegada desde Palacio una avanzada de infanter&#237;a francesa, el hostelero y los suyos tuvieron que replegarse, cruzando al descubierto y bajo fuego intenso la puerta de Guadalajara hacia la plaza de las Descalzas, donde se les unieron el maestro cerrajero Bernardo Morales y Juan Antonio Mart&#237;nez del &#193;lamo, dependiente de Rentas Reales. Un nuevo intento de ir a Palacio se vio frustrado hace rato por una descarga de metralla al doblar una esquina. De regreso a las Descalzas, mientras se deten&#237;an agrupados para recobrar aliento discutiendo qu&#233; hacer, algunos vecinos les han dicho desde los balcones que grupos de paisanos se dirigen al parque de Montele&#243;n. De modo que, tras breve alto para refrescarse en la taberna de San Mart&#237;n y coger un pellejo de vino de una arroba para el camino -a la vista de los fusiles, el tabernero se niega a cobrarles nada-, Villamil y sus hombres, mendigo incluido, toman a buen paso el camino del parque, sin que esta vez nadie grite &#161;A matar franceses!. Aunque se cruzan con peque&#241;os grupos que alborotan y piden armas, o vecinos que jalean desde portales, balcones y ventanas, el hostelero y sus acompa&#241;antes, escarmentados, avanzan ojo avizor pegados a las casas, con las armas prevenidas, la boca cerrada y procurando no llamar la atenci&#243;n.


Por las ventanas de la Junta de Artiller&#237;a siguen oy&#233;ndose disparos a lo lejos -ahora el tiroteo es continuo- y gritos de gente suelta que pasa camino de Montele&#243;n. A las once de la ma&#241;ana, el capit&#225;n Pedro Velarde, que para preocupaci&#243;n de su coronel contin&#250;a haciendo garabatos en un papel mientras murmura entre dientes a batirnos, a batirnos, echa hacia atr&#225;s su silla, con violencia, y se pone en pie, apoyadas ambas manos en la mesa.

&#161;A morir! -exclama-. &#161;A vengar a Espa&#241;a!

Navarro Falc&#243;n se levanta e intenta contenerlo, pero Velarde est&#225; fuera de s&#237;. Cada disparo de los que suenan en la calle, cada grito de la gente que pasa, parece roerle las entra&#241;as. Descompuesto el gesto, p&#225;lido el rostro, rechaza a su superior, y ante los ojos espantados de oficiales, soldados y escribientes que acuden al o&#237;r sus voces, se precipita hacia la escalera.

&#161;Vamos a batirnos con los franceses! &#161;A defender a la patria!

Todos se miran indecisos mientras el coronel levanta los brazos, ordenando que permanezcan donde est&#225;n. Velarde, que se ha detenido un instante para ver si alguien lo acompa&#241;a, da media vuelta y se lanza a la calle, arrebatando de camino el fusil a uno de los ordenanzas.

&#161;Todo el mundo quieto! -ordena Navarro Falc&#243;n-. &#161;Que nadie lo siga!

Del medio centenar de hombres que en este momento se encuentran en las oficinas, patio y zagu&#225;n de la Junta de Artiller&#237;a, s&#243;lo dos desobedecen esa orden: el escribiente de cuenta y raz&#243;n Manuel Almira y el meritorio Domingo Rojo Mart&#237;nez. Levant&#225;ndose de sus mesas, dejan plumas y tinteros, cogen cada uno un fusil, y sin decir palabra siguen a Velarde.


Casi a la misma hora en que el capit&#225;n Velarde abandona la Junta de Artiller&#237;a, al otro lado de la ciudad, cerca de la fuente de Neptuno, el capit&#225;n Marcellin Marbot mira la cuesta que baja del Buen Retiro, dispuesto a guiar las avanzadas de la columna de caballer&#237;a que el general Grouchy env&#237;a en direcci&#243;n a la puerta del Sol, donde seg&#250;n un correo que acaba de llegar -al galope y con un brazo roto de un balazo- todo sigue en manos del populacho. Vuelto a mirar sobre la grupa del caballo, firme y erguido en su silla, Marbot admira el aspecto imponente de la m&#225;quina de guerra inm&#243;vil a su espalda.

Nada en el mundo -se dice con orgullo- puede detener esto.

Y no le falta raz&#243;n. Aqu&#233;lla es la crema de las tropas imperiales. La mejor caballer&#237;a del mundo. A lo largo de la tapia sur de las caballerizas, escalonadas por escuadrones, las compactas filas de monturas y jinetes ocupan toda la extensi&#243;n de la alameda hasta la plaza del Coliseo del antiguo palacio de los Austrias, centellando puntas de lanza, cascos y cordones dorados bajo el sol de la ma&#241;ana. La vanguardia est&#225; formada por un centenar de mamelucos y medio centenar de dragones de la Emperatriz. Los siguen doscientos cazadores a caballo y otros tantos granaderos montados, pertenecientes todos a la Guardia Imperial, y casi un millar de dragones de la brigada Priv&#233;. La misi&#243;n de esa fuerza de caballer&#237;a es despejar la puerta del Sol y la plaza Mayor para converger all&#237; con la infanter&#237;a, que llegar&#225; por las calles Arenal y Mayor, y la caballer&#237;a pesada, que desde los Carabancheles avanzar&#225; por la calle de Toledo.

Usted dir&#225;, Marbot.

El veterano coronel Daumesnil, encargado de dirigir el primer ataque, llega junto al capit&#225;n. Viene a lomos de un espl&#233;ndido tordo rodado, vestido con su vistoso uniforme de coronel de cazadores a caballo de la Guardia: el dolm&#225;n verde, la pelliza roja balance&#225;ndose con garbo sobre un hombro, el colbac de piel de oso con su barbuquejo enmarc&#225;ndole los ojos vivos y el mostacho. Reprimir alborotos de muchachos y viejas, ha dicho despectivo, es impropio de un soldado. Pero las &#243;rdenes son las &#243;rdenes. Respetuosamente, Marbot recomienda la calle de Alcal&#225;, que es ancha y despejada.

Con atenci&#243;n a las bocacalles de la izquierda, mi coronel. Hay mucha gente emboscada.

Daumesnil, sin embargo, se muestra partidario de enviar la vanguardia por San Jer&#243;nimo, que es el camino m&#225;s corto. El resto de la fuerza seguir&#225; luego por Alcal&#225;, despejando as&#237; ambas avenidas.

Que asomen el hocico, si se atreven &#191;Se adelanta usted de vuelta con el gran duque o viene con nosotros?

Tal como est&#225; la puerta del Sol, prefiero acompa&#241;arlos. Ya ha visto c&#243;mo lleg&#243; el &#250;ltimo batidor, y lo que cuenta. Con mi peque&#241;a escolta no podr&#233; pasar.

Permanezca a mi lado, entonces &#161;Mustaf&#225;!

El bravo jefe de los mercenarios egipcios, el mismo que en Austerlitz estuvo a punto de alcanzar al gran duque Constantino de Rusia, avanza con su caballo, acarici&#225;ndose solemne los desaforados bigotes. Es un tipo grande y fuerte, que viste pantal&#243;n bombacho rojo, chaleco y turbante, y al cinto luce curva gum&#237;a y un largo alfanje, como el resto de sus camaradas.

T&#250; y tus mamelucos vais delante. Sin piedad.

En el rostro atezado del egipcio destella una sonrisa feroz. Iallah Bismillah, responde, y tornando grupas alcanza la cabeza de su colorida tropa. Entonces el coronel Daumesnil se vuelve a su corneta de &#243;rdenes, suena un clarinazo, todos gritan &#161;Viva el Emperador! y la vanguardia de la columna se pone en marcha.


Veinte minutos antes de que la caballer&#237;a de la Guardia Imperial avance desde el Buen Retiro, el alf&#233;rez de fragata Manuel Esquivel, con todo el alivio del mundo, ha visto llegar su relevo a la casa de Correos de la puerta del Sol.

&#191;Traen ustedes munici&#243;n?

El otro, un teniente chusquero de edad avanzada, el aire rudo e inquieto, niega con la cabeza.

Ni siquiera para nosotros. Ni un mal cartucho.

Al escuchar aquello, Esquivel no hace aspavientos. Se lo esperaba. Tendr&#225; que hacer todo el camino de regreso al cuartel con la tropa indefensa, a trav&#233;s de una ciudad enloquecida. Malditos sean, piensa. Sus jefes, los franceses, el populacho y la madre que los trajo a todos.

&#191;Cu&#225;les son las &#250;ltimas instrucciones?

No han cambiado. Encerrarnos y no asomar la gaita.

&#191;As&#237; estamos todav&#237;a? &#191;Con lo que est&#225; pasando ah&#237; afuera?

El otro tuerce el gesto con desagrado.

A m&#237; qu&#233; me cuenta. Yo cumplo &#243;rdenes, como usted.

&#191;&#211;rdenes? &#191;Qu&#233; &#243;rdenes? Aqu&#237; nadie ordena nada.

El teniente no responde, limit&#225;ndose a mirarlo como urgi&#233;ndolo a irse de una vez. Esquivel observa angustiado a sus veinte granaderos de Marina, que terminan de formar en el patio con los in&#250;tiles fusiles colgados al hombro. Para colmo, comprueba, el vistoso uniforme de esa tropa de &#233;lite, casaca azul con vueltas rojas, correaje blanco y gorro forrado de piel, puede confundirse de lejos con el de los granaderos imperiales.

&#191;Qu&#233; hay de los franceses?

El teniente hace amago de escupir entre sus botas, pero se contiene. Luego encoge los hombros con indiferencia.

Se preparan para marchar sobre el centro de la ciudad. O eso dicen.

Ser&#225; una matanza. Ya ve c&#243;mo est&#225; la gente de encendida. He visto cosas

&#201;se es problema de los gabachos, &#191;no cree? Ni suyo ni m&#237;o.

Est&#225; claro que al reci&#233;n llegado empieza a incomodarlo tanta conversaci&#243;n. Y parece resuelto a no complicarse la vida. Ahora dirige ojeadas impacientes a diestra y siniestra, con visibles deseos de que Esquivel desaparezca y atrancar las puertas.

Yo de usted me ir&#237;a a toda prisa -sugiere.

Esquivel asiente como si acabara de escuchar el Evangelio.

No me lo pensar&#233; dos veces -concluye-. Buena suerte.

Lo mismo digo.

Haciendo de tripas coraz&#243;n, preocupado por lo que va a encontrar afuera, el alf&#233;rez de fragata se acerca a sus granaderos, que lo miran entre confiados e inquietos. Del edificio de Correos al cuartel de Marina, situado en el paseo del Prado, hay un trecho largo. Aunque estar&#225;n mejor all&#237;, con el resto de la compa&#241;&#237;a -sobre todo si al final se les ordena salir a la calle para ayudar al pueblo o para reprimirlo-, el trayecto se presenta lleno de obst&#225;culos: la distancia, la gente y los franceses. Sobre todo estos &#250;ltimos, que viniendo del Buen Retiro van a seguir, sin duda, el mismo camino que &#233;l debe tomar, a la inversa, para ir al cuartel. Y no quiere imaginar lo que pasar&#225; si se encuentran.

Calen bayonetas.

Por lo menos -decide en sus adentros- que la cosa no nos pille con las manos en los bolsillos.

Preparados para salir. A mi orden y sin detenerse. Vean lo que vean, pase lo que pase, no atiendan m&#225;s que a m&#237; &#191;Listos?

El sargento del piquete, con su cara curtida de veterano y sus cicatrices de Trafalgar, lo mira como pregunt&#225;ndole si sabe lo que hace. Para tranquilizar a la tropa, Esquivel compone una sonrisa.

Fusil en prevengan. Paso ligero.

Y tras persignarse mentalmente, poni&#233;ndose a la cabeza de sus hombres, el alf&#233;rez de fragata abandona el edificio. Apenas en la calle, su primera impresi&#243;n es que penetra en un oc&#233;ano de gente. Al reconocer los uniformes de Marina, la multitud deja paso, respetuosa. Hay mucho pueblo llano, con numerosas mujeres que han venido de la parte sur de la ciudad, y los balcones y ventanas est&#225;n cuajados como si de una fiesta se tratara. Unos sonr&#237;en, dan vivas o aplauden viendo tropa espa&#241;ola. Otros, m&#225;s hoscos, los incitan a unirse a ellos o entregar los fusiles. Impert&#233;rrito, sin hacer caso a nadie, Esquivel sigue su marcha. Del lado de Santa Ana oye tiros sueltos. Procurando no mirar a nadie, el sable en la vaina y suspendido en la mano izquierda, los ojos fijos en la embocadura de la carrera de San Jer&#243;nimo, el marino dirige a sus granaderos mientras ruega a Dios les permita llegar a tiempo y sin novedad al paseo del Prado.

&#161;Mantengan el paso! &#161;Vista al frente!

La marcha, siempre a paso redoblado, lleva al piquete junto al Buen Suceso y luego carrera de San Jer&#243;nimo abajo, donde Esquivel observa que los grupos de gente son m&#225;s dispersos, clarean y acaban siendo peque&#241;as partidas agazapadas en portales y esquinas con trabucos, palos y cuchillos. En tres ocasiones, al pasar por las bocacalles que llevan a Ant&#243;n Mart&#237;n y la calle de Atocha, les hacen algunos disparos de lejos -no se sabe si franceses o espa&#241;oles-, que no causan desgracias, aunque s&#237; sobresalto. Mientras mantiene el paso r&#225;pido, trotando con resonar de botas en el suelo, y a medida que el piquete se acerca a la confluencia de San Jer&#243;nimo y el Prado, Esquivel siente desfallecerle el &#225;nimo cuando ve la rutilante y compacta columna de caballer&#237;a francesa que, despacio, extendi&#233;ndose por atr&#225;s hasta el Buen Retiro, baja por la cuesta y avanza en direcci&#243;n contraria, todav&#237;a a unas cien varas de distancia.

Virgen santa -exclama el sargento, a su espalda.

Esquivel se vuelve, con un rugido.

&#161;Conserven la formaci&#243;n! &#161;Vista al frente! &#161;Cabeza, variaci&#243;n izquierda!

Y as&#237;, s&#243;lo un poco antes de que la caballer&#237;a francesa rebase la fuente de Neptuno, desfilando impasible a paso ligero ante los sorprendidos jinetes de la vanguardia imperial, el peque&#241;o destacamento espa&#241;ol, con todos sus granaderos mirando al vac&#237;o como si no vieran la amenazadora masa de hombres y caballos, gira disciplinadamente en la esquina misma y se aleja bajo los &#225;rboles del paseo del Prado, a salvo.


Hacia las once y media de la ma&#241;ana, cuando la vanguardia de caballer&#237;a avanza hacia la puerta del Sol por San Jer&#243;nimo, el resto de las tropas imperiales situadas en las afueras de Madrid han abandonado sus campamentos y se dirigen a las puertas de la ciudad, obedeciendo las &#243;rdenes de tomar las grandes avenidas y converger en el centro. Al ver multiplicarse la presencia de franceses, y comprobando que sus avanzadas abren fuego sin aviso previo contra todo grupo de civiles que encuentran a su paso, la gente que sigue en la calle busca desesperadamente armas. A veces las obtiene asaltando tiendas, salones de esgrima, cuchiller&#237;as, o saqueando la Armer&#237;a Real, de donde algunos salen con corazas, alabardas, arcabuces y espadas de los tiempos de Carlos V. A esa misma hora, por la tapia trasera del cuartel de Guardias Espa&#241;olas, un grupo de soldados pasa fusiles y cartuchos al paisanaje que desde all&#237; reclama, mientras sus oficiales miran hacia otro lado pese a las &#243;rdenes recibidas. El coronel don Ram&#243;n Marim&#243;n, que se present&#243; apenas comenzaron los disturbios, ha llegado a tiempo de impedir que la tropa, ya formada para ello, saliera a la calle. Pese a todo, cinco soldados uniformados, entre los que se cuentan el sevillano de veinticinco a&#241;os Manuel Alonso Albis y el madrile&#241;o de veinticuatro Eugenio Garc&#237;a Rodr&#237;guez, saltan la tapia y se unen a los insurrectos. De este modo forman partida una treintena de soldados y paisanos entre los que se encuentran Jos&#233; Pe&#241;a, zapatero de diecinueve a&#241;os; Jos&#233; Juan Bautista Montenegro, criado del marqu&#233;s de Perales; el toledano Manuel Francisco Gonz&#225;lez Rivas, vecino de la calle del Olivar; el madrile&#241;o Juan Eusebio Mart&#237;n, y el oficial herrero de cuarenta a&#241;os Juli&#225;n Duque. Todos juntos se dirigen hacia el paseo del Prado cruzando por el huerto de San Jer&#243;nimo y el jard&#237;n Bot&#225;nico, en busca de franceses. All&#237; combatir&#225;n, con extraordinaria dureza y haciendo da&#241;o al enemigo, contra destacamentos de caballer&#237;a que bajan del Buen Retiro y unidades de infanter&#237;a imperial que empiezan a subir desde el paseo de las Delicias y la puerta de Atocha.


Mientras los choques entre madrile&#241;os y avanzadillas francesas se generalizan a lo largo del Prado, el mozo de caballer&#237;as reales Gregorio Mart&#237;nez de la Torre, de cincuenta a&#241;os, y Jos&#233; Doctor Cervantes, de treinta y dos, que se dirig&#237;an al cuartel de Guardias Espa&#241;olas en busca de armas, dan media vuelta al ver el paso cortado por una columna de jinetes franceses. Al poco encuentran a un conocido llamado Gaudosio Calvillo, funcionario del Resguardo de la Real Hacienda, que va apresurado llevando cuatro fusiles, dos sables y una bolsa de cartuchos. Calvillo les cuenta que muy cerca, en el portillo de Recoletos, sus compa&#241;eros de Aduanas se disponen a batirse, o lo hacen ya; de modo que cogen un fusil cada uno y deciden seguirlo. Por el camino, al verlos armados y resueltos, se les unen los hortelanos de la duquesa de Fr&#237;as y del marqu&#233;s de Perales Juan Fern&#225;ndez L&#243;pez, Juan Jos&#233; Postigo y Juan Toribio Arjona, llevando Fern&#225;ndez L&#243;pez una escopeta de caza de su propiedad y provistos los otros s&#243;lo de navajas. Arjona se hace cargo del fusil que resta, y llegan de ese modo a las inmediaciones del portillo, justo cuando los aduaneros y algunos paisanos se enfrentan a avanzadillas de infanter&#237;a francesa que se aventuran por el lugar. Saltando tapias, corriendo agachados bajo los &#225;rboles de las huertas, los seis terminan por unirse a un grupo numeroso, formado entre otros por los funcionarios del Resguardo Anselmo Ram&#237;rez de Arellano, Francisco Requena, Jos&#233; Avil&#233;s, Antonio Mart&#237;nez y Juan Serapio Lorenzo, a quienes acompa&#241;an los alfareros del tejar de Alcal&#225; Antonio Colomo, Manuel D&#237;az Colmenar, los hermanos Miguel y Diego Manso Mart&#237;n, y el hijo de &#233;ste. Entre todos logran acorralar a unos exploradores franceses que avanzan descuidados por la huerta de San Felipe Neri. Tras furioso intercambio de disparos, les caen encima con navajas, al deg&#252;ello, haciendo tan terrible carnicer&#237;a que al cabo, espantados de su propia obra, previendo la inevitable represalia, se dispersan y corren a ocultarse. Los funcionarios buscan amparo en las dependencias de Aduanas del portillo de Recoletos, y el hortelano Juan Fern&#225;ndez L&#243;pez, todav&#237;a con su escopeta, decide acompa&#241;arlos; sin imaginar que de all&#237; a poco rato, cuando llegue el grueso de tropas enemigas queriendo vengar a sus camaradas, ese lugar se convertir&#225; en una trampa mortal.


En su despacho de la C&#225;rcel Real, el director no da cr&#233;dito a sus o&#237;dos.

&#191;Que los presos solicitan qu&#233;?

El portero jefe, F&#233;lix &#193;ngel, que acaba de poner un papel manuscrito sobre la mesa de su superior, encoge los hombros.

Lo piden respetuosamente, se&#241;or director.

&#191;Y qu&#233; es lo que dice que solicitan?

Defender a la patria.

Me toma el pelo, F&#233;lix.

Dios me libre.

Poni&#233;ndose los anteojos, incr&#233;dulo todav&#237;a, el director lee la instancia que acaba de presentar el portero jefe, transmitida por conducto reglamentario:


Abiendo adbertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja almas y munisiones para la defensa de la Patria y el Rey, el abajo firmante Francisco Xavier Cay&#243;n suplica en su nombre y de sus compa&#241;eros bajo juramento de volber todos a la prisi&#243;n se nos ponga en libertad para ir a exponer la vida contra los estrangeros y en bien de la Patria. 

Respetuosamente en Madrid a dos de mayo de mil ochosientos y ocho.


A&#250;n estupefacto, el director mira al portero jefe.

&#191;Qui&#233;n es ese Cay&#243;n? &#191;El n&#250;mero quince?

El mismo, se&#241;or director. Tiene estudios, como puede ver. Y buena letra.

&#191;De fiar?

Dentro de lo que cabe.

El director se rasca las patillas y resopla, dubitativo.

Esto es irregular Eh Imposible. Ni siquiera en estas dif&#237;ciles circunstancias Adem&#225;s, algunos son criminales con delitos de sangre. No podemos dejarlos sueltos.

El portero jefe se aclara la garganta, mira el suelo y luego al director.

Dicen que si no se atiende la solicitud de buen grado, se amotinan por fuerza.

&#191;Amenazan? -el director da un respingo-. &#191;Se atreven a eso, los canallas?

Bueno Es una forma de verlo. De cualquier manera ya lo han hecho Est&#225;n reunidos en el patio y me han quitado las llaves -el portero jefe se&#241;ala el papel sobre la mesa-. En realidad esa instancia es una formalidad. Un detalle de buena fe.

&#191;Se han armado?

Bueno, s&#237; Lo de siempre: hierros afilados, pinchos, tostones Lo normal. Tambi&#233;n amenazan con pegarle fuego a la c&#225;rcel.

El director se seca la frente con un pa&#241;uelo.

De buena fe, dice.

Yo no digo nada, se&#241;or director. Lo de buena fe lo dicen ellos.

&#191;Y se ha dejado quitar las llaves, por las buenas?

Qu&#233; remedio Pero ya los conoce. Por las buenas es una manera de hablar.

El director se levanta de su mesa y da un par de vueltas alrededor. Luego va junto a la ventana, oyendo preocupado los tiros de afuera.

&#191;Cree que cumplir&#237;an su palabra?

Ni idea.

&#191;Se hace usted responsable?

Lo veo con ganas de guasa, se&#241;or director. Dicho sea con todo respeto.

Indeciso, el director vuelve a secarse la frente. Luego regresa junto a la mesa, coge los lentes y lee otra vez la instancia.

&#191;Cu&#225;ntos reclusos tenemos ahora?

El portero jefe saca una libreta del bolsillo.

Seg&#250;n el recuento de esta ma&#241;ana, ochenta y nueve sanos y cinco en la enfermer&#237;a: noventa y cuatro en total -cerrando la libreta, hace una pausa significativa-. Al menos hace un momento ten&#237;amos &#233;sos.

&#191;Y quieren salir todos?

S&#243;lo cincuenta y seis, seg&#250;n el tal Cay&#243;n. Otros treinta y ocho, si contamos los enfermos, prefieren quedarse aqu&#237;, tranquilos.

Es una locura, F&#233;lix. M&#225;s que una c&#225;rcel, esto parece un manicomio.

Un d&#237;a es un d&#237;a, se&#241;or director. La patria y todo eso.

El director mira al portero jefe, suspicaz.

&#191;Qu&#233; pasa? &#191;Tambi&#233;n quiere ir con ellos?

&#191;Yo? Ni ciego de uvas.


Mientras el director y el portero jefe de la C&#225;rcel Real dan vueltas al escrito de los presos, una carta de tono diferente llega a manos de los miembros del Consejo de Castilla. Va firmada por el duque de Berg:


Desde este instante debe cesar toda especie de miramiento. Es preciso que la tranquilidad se restablezca inmediatamente o que los habitantes de Madrid esperen ver sobre s&#237; todas las consecuencias de su resoluci&#243;n. Todas mis tropas se re&#250;nen. &#211;rdenes severas e irrevocables est&#225;n dadas. Que toda reuni&#243;n se disperse, bajo pena de ser exterminados. Que todo individuo que sea aprehendido en una de esas reuniones sea inmediatamente pasado por las armas. 


Como respuesta a la intimaci&#243;n de Murat, el abrumado Consejo, con firma del gobernador don Antonio Arias Mon, se limita a despachar un bando conciliador al que, en una ciudad en armas y enloquecida, nadie har&#225; caso:


Que ninguno de los vasallos de S.M. maltrate de palabra ni de obra a los soldados franceses, sino que antes bien se les dispense todo favor y ayuda.


Ajeno a cualquier bando publicado o por publicar, Andr&#233;s Rovira y Valdesoera, capit&#225;n del regimiento de Milicias Provinciales de Santiago de Cuba, a la cabeza de un pelot&#243;n de paisanos que buscan batirse con los franceses, encuentra al capit&#225;n Velarde cuando &#233;ste, seguido por los escribientes Rojo y Almira, camina por San Bernardo hacia el cuartel de Mejorada, sede del regimiento de Voluntarios del Estado. Al ver la actitud resuelta de Velarde, Rovira, que lo conoce, se le une con su gente. De ese modo llegan juntos al cuartel, donde encuentran el regimiento formado en el patio y en actitud de defensa, y a su coronel, don Esteban Giraldes Sanz y Merino -marqu&#233;s de Casa Palacio, veterano de las campa&#241;as de Francia, Portugal e Inglaterra-, discutiendo agriamente en un aparte con sus oficiales, que pretenden echarse a la calle, fraternizar con el pueblo e intervenir en la lucha. Giraldes se niega y amenaza con arrestar a todos los mandos de teniente para arriba, pero la discusi&#243;n se agrava con la presencia de jefes populares, vecinos y conocidos de la gente del cuartel, que se ofrecen para abrir paso a los soldados hasta el cercano parque de Montele&#243;n, garantizando que el pueblo, necesitado de jefes, acatar&#225; cualquier orden militar.

&#161;Aqu&#237; la &#250;nica disciplina es cumplir lo que yo mando! -exige el coronel, a punto de perder los estribos.

La posici&#243;n de Giraldes se debilita con la llegada de Velarde, Rovira y los hombres que los siguen. El teniente Jacinto Ruiz, que pese al asma y la mucha fiebre ha logrado incorporarse a su unidad, escucha a Velarde argumentar con calor, y comprueba que sus exaltadas palabras encienden todav&#237;a m&#225;s los &#225;nimos, incluido el suyo.

&#161;No podemos estar cruzados de brazos mientras asesinan al pueblo! -vocea el artillero.

El coronel se mantiene en sus trece, y la situaci&#243;n roza el mot&#237;n. Frente a quienes afirman que si el regimiento sale a la calle su ejemplo alentar&#225; al resto de tropas espa&#241;olas, Giraldes opone que eso extender&#237;a la matanza, volviendo irreversible el conflicto.

&#161;Es vergonzoso! -insiste Velarde, coreado por oficiales y paisanos-. &#161;El honor nos obliga a batirnos por encima de toda consideraci&#243;n! &#191;Es que no oye usted los tiros?

El coronel empieza a dudar, y se le nota. La discusi&#243;n sube de tono. Las voces llegan hasta los soldados formados en el patio, entre los que empiezan a correr comentarios levantiscos.

Perm&#237;tanos al menos -insiste Velarde- reforzar a los compa&#241;eros de Montele&#243;n Apenas hay all&#237; unos pocos artilleros con el capit&#225;n Daoiz, y los franceses tienen dentro del parque una fuerza muy superior Ser&#225; usted responsable, mi coronel, si atacan a los nuestros.

&#161;No le tolero que me hable en ese tono!

Velarde no se achanta lo m&#225;s m&#237;nimo:

&#161;Con mi tono o sin &#233;l, ser&#225; responsable ante la patria y ante la Historia!

Ha subido la voz lo suficiente para que los soldados de las filas pr&#243;ximas escuchen a gusto. En el patio crece el rumor de murmullos. Rojo de ira, con las venas a punto de reventarle por el cuello alto y duro de la casaca, Giraldes se&#241;ala la puerta de la calle.

&#161;Salga de mi cuartel inmediatamente!

Resuelto, Velarde alza m&#225;s la voz, que ahora resuena en todo el patio.

&#161;Cuando salga, le juro por mi conciencia que no lo har&#233; solo!

Es el capit&#225;n Rovira quien propone una soluci&#243;n. Puesto que el peligro que corren los artilleros del parque es real, podr&#237;a enviarse una peque&#241;a tropa para asegurarlos de cualquier intento franc&#233;s. Una fuerza oficial, que al mismo tiempo frene a los paisanos que se amontonan en la calle.

Si la gente se desboca, ser&#225; peor. M&#225;s uniformes espa&#241;oles mantendr&#237;an la disciplina.

Al fin, acosado, inseguro de poder seguir manteniendo a sus hombres bajo control, el coronel se agarra a esa salida como mal menor. A rega&#241;adientes, accede a enviar una fuerza a Montele&#243;n. Para ello elige a uno de sus capitanes m&#225;s serenos: Rafael Goicoechea, al mando de la 3&#170; compa&#241;&#237;a del 2&#186; batall&#243;n, que tiene bajo sus &#243;rdenes a treinta y tres fusileros, a los tenientes Jos&#233; Ontoria y Jacinto Ruiz Mendoza, al subteniente Tom&#225;s Bruguera y a los cadetes Andr&#233;s Pacheco, Juan Manuel V&#225;zquez y Juan Rojo. La instrucci&#243;n verbal que recibe Goicoechea es no emprender actos de hostilidad contra ninguna fuerza francesa. Tras lo cual, provistos de munici&#243;n, fusiles al hombro, con su jefe y oficiales al frente, los Voluntarios del Estado abandonan el cuartel y bajan por San Bernardo hacia la fuente de Matalobos, la calle de San Jos&#233; y el parque de artiller&#237;a. Los acompa&#241;an Velarde, Rovira y una veintena de paisanos alborozados. Los vecinos aplauden y vitorean, palmean la espalda a los soldados, y algunos se les unen. Precediendo a la tropa, aturdido por su precario estado de salud, inflamado de fiebre y respirando con dificultad, el teniente Jacinto Ruiz se esfuerza por mantenerse erguido. Al pasar por la esquina de la calle de San Dimas, Ruiz observa c&#243;mo el padre del cadete Andr&#233;s Pacheco, el exento de Guardias de Corps Jos&#233; Pacheco, que desde el balc&#243;n de su casa ha visto a su hijo pasar con los otros camino de Montele&#243;n, baja a toda prisa ci&#241;&#233;ndose un sable, y sin decir palabra se une a la tropa.


&#161;Ah&#237; est&#225;n! &#161;Vienen delante los moros!

Cuando la vanguardia de jinetes desemboca de San Jer&#243;nimo en la puerta del Sol, entre el hospital e iglesia del Buen Suceso y el convento de la Victoria, el primer movimiento de la multitud desarmada es dispersarse por las calles pr&#243;ximas, esquivando los caballos lanzados al galope y los alfanjes de los mamelucos, que hacen molinetes sobre sus cabezas tocadas con turbantes y descargan tajos contra la gente que corre indefensa. Empujado entre la desbandada general, el presb&#237;tero de Fuencarral don Ignacio P&#233;rez Hern&#225;ndez intenta refugiarse en un portal. All&#237; ayuda a un anciano que ha ca&#237;do al suelo y se expone a ser pisoteado, cuando por todas partes surgen voces de c&#243;lera, incitando a no retroceder y plantar cara.

&#161;A ellos, redi&#243;s! &#161;A por esos moros gabachos! &#161;Que no pasen! &#161;Que no pasen!

A su alrededor, espantado, el presb&#237;tero escucha el clac, clac, clac, de innumerables navajas que se abren. Cachicuernas albacete&#241;as de siete muelles, con hojas de entre uno y dos palmos de longitud, que los hombres sacan de las fajas, de los bolsillos, de bajo los capotes y las chaquetas, y con ellas en las manos se lanzan ciegos, gritando encolerizados, al encuentro de los jinetes que avanzan.

&#161;Viva Espa&#241;a y viva el rey! &#161;A ellos! &#161;A ellos!

El choque es brutal, de un salvajismo nunca visto. Tan ebrios de ira que algunos ni se preocupan por su seguridad personal, los madrile&#241;os se meten entre las patas de los caballos, se agarran a las bridas y se cuelgan de las sillas, apu&#241;alando a los mamelucos en las piernas, en el vientre, destripando a los caballos que caen patas al aire coceando sus propias entra&#241;as.

&#161;A ellos! &#161;Que no quede moro vivo!

Contin&#250;an llegando mamelucos a brida suelta. Tropiezan los caballos con los cuerpos ca&#237;dos y siguen adelante a saltos y trompicones, dando corvetas con hombres agarrados a ellos en racimos testarudos y feroces que intentan derribar a los jinetes sin precaverse de los sablazos, mientras de todos los rincones de la plaza acuden corriendo paisanos enloquecidos con navajas en las manos, con escopetas de caza y trabucos que descargan a bocajarro en la cara de los caballos y en el pecho de sus jinetes. No hay mameluco que caiga o ruede por tierra sin ocho o diez pu&#241;aladas, y a medida que acuden m&#225;s jinetes, y los uniformes verdes y cascos relucientes de los dragones franceses se mezclan con la ropa multicolor de los mercenarios egipcios, la matanza se extiende al centro de la plaza, con la gente disparando carabinas y escopetas desde los balcones, tirando tejas, botellas, ladrillos y hasta muebles. Algunas mujeres arremeten desde los portales con tijeras de coser o cuchillos de cocina, muchos vecinos arrojan armas a quienes pelean abajo, y los m&#225;s osados, desorbitados los ojos por el ansia de matar, aullando de furia, saltan a la grupa de los caballos y, agarrados a sus jinetes, los acuchillan y deg&#252;ellan, matan, mueren, se desploman abiertos a sablazos, caen de rodillas bajo los caballos o se revuelcan por el suelo con los enemigos agonizantes, envueltos en sangre de todos, clavando navajas entre los gritos de unos y otros, los relinchos de las bestias desventradas, las coces de sus patas en el aire. Perecen as&#237;, deshechos a pu&#241;aladas, veintinueve de los ochenta y seis mamelucos que integran el escuadr&#243;n; entre ellos el legendario Mustaf&#225;, h&#233;roe de Austerlitz, a quien sujetan los asturianos Francisco Fern&#225;ndez, criado del conde de la Puebla, y Juan Gonz&#225;lez, criado del marqu&#233;s de Villaseca, mientras el alba&#241;il Antonio Mel&#233;ndez &#193;lvarez, leon&#233;s de treinta a&#241;os, le rebana el cuello con su cachicuerna. Y al coronel Daumesnil, jefe de la vanguardia francesa, le matan dos caballos a navajazos, libr&#225;ndose de ser acuchillado porque en ambas ocasiones lo socorren sus mamelucos y dragones.

&#161;Vienen m&#225;s, aguantad! &#161;Viva el rey Fernando! &#161;Viva Espa&#241;a!

Ensangrentadas hasta las cachas, las navajas no descansan. Muchos jinetes, espantados por el muro humano que se les opone, vuelven grupas y se alejan rodeando el Buen Suceso hacia la calle de Alcal&#225;, donde otra gente los acomete; pero la carrera de San Jer&#243;nimo sigue vomitando oleadas de caballer&#237;a imperial, y los paisanos combatientes sufren terribles bajas. Junto a la fuente de la Mariblanca, el alba&#241;il Mel&#233;ndez &#193;lvarez recibe un sablazo que le abre la cabeza. Un mancebo de tienda de la calle Montera llamado Buenaventura L&#243;pez del Carpio, que acude a batirse junto a su compa&#241;ero Pedro Rosal, encaja un tiro en la cara; y a su lado, pisoteados por los caballos a cuyas riendas se aferran, caen el menorqu&#237;n Luis Monge, el mozo de cuerda Ram&#243;n Huerto, el napolitano Blas Falcone, el jornalero Basilio Adrao Sanz y la vecina de la calle Jacometrezo Mar&#237;a Teresa de Guevara. Mucha gente empieza a chaquetear y corre en busca de amparo, y al poco rato no quedan en la puerta del Sol m&#225;s de tres centenares de hombres y algunas mujeres que pelean como pueden, refugi&#225;ndose en las esquinas y zaguanes para tomar respiro o esquivar las cargas de los grupos m&#225;s compactos de caballer&#237;a, volviendo a saltar sobre los jinetes sueltos que van y vienen para despejar la plaza. Los hermanos Rej&#243;n y su compa&#241;ero el cazador colmenarense Mateo Gonz&#225;lez, que luchan a brazo partido, se ven obligados a recular hasta el atrio enrejado del Buen Suceso cuando una nueva oleada de dragones a caballo dispersa su grupo a tiros y golpes de sable, matando a la manola Ezequiela Carrasco, al herrador Antonio Iglesias L&#243;pez y al zapatero de diecinueve a&#241;os Pedro S&#225;nchez Celem&#237;n. Entre los que, navaja en mano, se resguardan en el Buen Suceso, Mateo Gonz&#225;lez reconoce con estupor al actor Isidoro M&#225;iquez, que ha salido a batirse con el pueblo.

Redi&#243;s. No me diga que usted es M&#225;iquez

El famoso representante, que tiene cuarenta a&#241;os, viste a lo castizo: chaquetilla corta de majo, calz&#243;n de ante, polainas de pa&#241;o y pa&#241;uelo recogi&#233;ndole el pelo. Al o&#237;r su nombre sonr&#237;e con aire fatigado, mientras se enjuga la sangre de la cara -sangre ajena, parece- con el dorso de una mano.

S&#237;, amigo -responde, afable-. En persona y a su servicio.

A Mateo Gonz&#225;lez, que no le han temblado las piernas frente a los mamelucos, se le corta el aliento. L&#225;stima, se lamenta, que no quede vino en la bota de los hermanos Rej&#243;n, para celebrar el encuentro.

Lo vi hacer de don Pedro en La comedia nueva &#161;Impresionante!

Se lo agradezco mucho, pero no es momento. Vayamos a lo nuestro.

El descanso dura poco. Apenas pasa el grueso del nuevo ataque franc&#233;s, todos, M&#225;iquez incluido, salen otra vez a la calle, sobre el empedrado de la acera, resbaladizo de sangre. Jos&#233; Antonio L&#243;pez Regidor, de treinta a&#241;os, recibe un balazo a bocajarro en el mismo instante en que, encaramado a la grupa del caballo de un mameluco, le parte a &#233;ste el coraz&#243;n de una pu&#241;alada. Caen tambi&#233;n en esas cargas francesas, entre otros, Andr&#233;s Fern&#225;ndez y Su&#225;rez, contador de la Real Compa&#241;&#237;a de La Habana, de sesenta y dos a&#241;os; Valerio Garc&#237;a L&#225;zaro, de veintiuno; Juan Antonio P&#233;rez Bohorques, de veinte, mozo de caballos de las Reales Guardias de Corps, y Antonia Fayola Fern&#225;ndez, vecina de la calle de la Abada. El noble guipuzcoano Jos&#233; Manuel de Barrenechea y Lapaza, de paso por Madrid, que al o&#237;r el tumulto sali&#243; esta ma&#241;ana de su fonda con un bast&#243;n estoque, dos pistolas de duelo al cinto y seis cigarros habanos en un bolsillo de su levita, recibe un sablazo que le parte la clav&#237;cula izquierda, abri&#233;ndola hasta el pecho. Y unos pasos m&#225;s all&#225;, en la esquina de la casa del Correo con la calle Carretas, los ni&#241;os Jos&#233; del Cerro, de diez a&#241;os, que va descalzo y con las piernas desnudas, y Jos&#233; Crist&#243;bal Garc&#237;a, de doce, resisten a pedradas, cara a cara, el embate de un drag&#243;n de la Guardia Imperial bajo cuyo sable pierden la vida. Para entonces, el presb&#237;tero don Ignacio P&#233;rez Hern&#225;ndez, espantado por cuanto presencia, ha abierto la navaja que tra&#237;a en el bolsillo. Remangados hasta la cintura los faldones de la sotana, pelea a pie firme entre los caballos, junto a sus feligreses foncarraleros.



4

Cuando el capit&#225;n Pedro Velarde llega al parque de Montele&#243;n con la fuerza de Voluntarios del Estado y los paisanos que los acompa&#241;an, el gent&#237;o en la calle de San Jos&#233; supera el millar de personas. Viendo aparecer los uniformes blancos con un capit&#225;n de artiller&#237;a al frente, todos prorrumpen en v&#237;tores y aplausos, y a duras penas logra Velarde abrirse paso hasta la puerta. Al encontrarla cerrada, la golpea con firmeza y autoridad. Se entreabre &#233;sta un poco, y al ver los de dentro -dos franceses y un artillero espa&#241;ol- sus charreteras de capit&#225;n, le franquean el paso sin m&#225;s tr&#225;mite, aunque s&#243;lo permiten que entren &#233;l y otro oficial, que resulta ser el teniente Jacinto Ruiz. En cuanto pisa el recinto, Velarde ve al capit&#225;n franc&#233;s con sus oficiales y la gente formada; y antes de presentarse a Luis Daoiz, que se encuentra con el teniente Arango en la sala de oficiales, se dirige en l&#237;nea recta, resuelto y escoltado por Ruiz, hacia el jefe de los imperiales.

Est&#225; usted perdido -le suelta a bocajarro- si no se oculta con toda su gente.

El capit&#225;n franc&#233;s, inseguro ante la ruda actitud del espa&#241;ol e impresionado por su casaca verde de estado mayor, se queda mir&#225;ndolo desconcertado.

El primer batall&#243;n de granaderos est&#225; en la puerta -farolea Velarde, impert&#233;rrito, se&#241;alando al teniente Ruiz-. Y los dem&#225;s vienen marchando.

El franc&#233;s lo observa fijamente, y luego a Jacinto Ruiz. Despu&#233;s se quita el chac&#243;, sec&#225;ndose la frente con la manga de la casaca. Velarde casi puede o&#237;r sus pensamientos: desde el d&#237;a anterior carece de &#243;rdenes superiores, desconoce la situaci&#243;n en el exterior, y ninguno de los enlaces que mand&#243; en busca de noticias ha regresado. Ni siquiera sabe si llegaron a su cuartel o han sido despedazados en las calles.

Que los suyos entreguen las armas -lo intima Velarde-, pues el pueblo est&#225; a punto de forzar la entrada y no respondemos de que sea usted atropellado.

El otro contempla a sus hombres, que se agrupan como un reba&#241;o antes del sacrificio, mir&#225;ndose inquietos mientras oyen arreciar los gritos de la gente que pide armas y cabezas de gabachos. Luego balbucea unas palabras en mal espa&#241;ol, intentando ganar tiempo. No sabe qui&#233;n es este capit&#225;n ni lo que representa, aunque la autoridad con que se expresa, el gesto exaltado y el brillo fan&#225;tico de sus ojos, lo desconciertan. A Velarde, que advierte el &#225;nimo de su oponente, ya no hay quien lo pare. En el mismo tono, apoyada la mano izquierda en la empu&#241;adura del sable, exige al franc&#233;s que haga de buena voluntad lo que, de negarse, le obligar&#225;n a hacer a la fuerza. El tiempo es precioso, y urge.

Rinda las armas inmediatamente.

Cuando el capit&#225;n Luis Daoiz sale al patio a ver qu&#233; ocurre, el jefe imperial, desmoronado, acaba de rendirse a Velarde con toda su tropa y los Voluntarios del Estado se encuentran ya dentro del parque. De modo que Daoiz, como comandante del recinto, asume las disposiciones adecuadas: los fusiles franceses a la armer&#237;a, el capit&#225;n y los mandos al pabell&#243;n de oficiales con &#243;rdenes de ser exquisitamente tratados, y los setenta y cinco soldados en las cuadras al otro extremo del edificio, lo m&#225;s lejos posible de la puerta y bajo la vigilancia de media docena de Voluntarios del Estado. Luego de ordenar todo eso, coge aparte a Velarde y, encerr&#225;ndose con &#233;l en la sala de banderas, le echa una bronca.

Que sea la &#250;ltima vez que das una orden en este cuartel sin contar conmigo &#191;Est&#225; claro?

Las circunstancias

&#161;Al diablo las circunstancias! &#161;Esto no es un juego, maldita sea!

Por muy exaltado que sea, Velarde aprecia mucho a su amigo. Lo respeta. Su tono se vuelve conciliador, y las excusas son sinceras.

Disc&#250;lpame, Luis. Yo s&#243;lo quer&#237;a

&#161;S&#233; perfectamente lo que quer&#237;as! Pero no hay nada que hacer. &#161;Nada! A ver si te lo metes de una vez en la cabeza.

Pero la ciudad est&#225; en armas.

S&#243;lo cuatro infelices, al final. Y sin ninguna posibilidad. Est&#225;s hablando de batir al ej&#233;rcito m&#225;s poderoso del mundo con paisanos y unas cuantas escopetas &#191;Es que te has vuelto loco? L&#233;ete la orden que me dio Navarro cuando sal&#237; esta ma&#241;ana -Daoiz golpetea con los dedos sobre el papel que ha sacado de una vuelta de la casaca-. &#191;Ves? Prohibido tomar iniciativas o unirse al pueblo.

&#161;Las &#243;rdenes ya no valen, tal como est&#225;n las cosas!

&#161;Las &#243;rdenes valen siempre! -al levantar la voz, Daoiz tambi&#233;n eleva su escasa estatura empin&#225;ndose sobre las puntas de las botas-. &#161;Incluidas las que yo doy aqu&#237;!

Velarde no est&#225; convencido, ni lo estar&#225; nunca. Se roe las u&#241;as, agita con violencia la cabeza. Le recuerda a su amigo el compromiso para la sublevaci&#243;n de los artilleros.

Lo decidimos hace unos d&#237;as, Luis. T&#250; estabas de acuerdo. Y la situaci&#243;n

Eso ya es imposible de ejecutar -lo interrumpe Daoiz.

El plan puede seguir adelante.

El plan se ha ido al traste. La orden del capit&#225;n general nos destroza a ti, a m&#237; y a unos pocos m&#225;s, pero es una disculpa estupenda para los indecisos y los cobardes. No disponemos de fuerza suficiente para sublevarnos.

Sin darse por vencido, llev&#225;ndolo hasta la ventana, Velarde se&#241;ala a los Voluntarios del Estado que fraternizan con los artilleros.

Te he tra&#237;do casi cuarenta soldados. Y ya sabes todos los paisanos que hay afuera, esperando armas. Tambi&#233;n veo que han venido algunos compa&#241;eros fieles, como Juanito C&#243;nsul, Jos&#233; Dalp y Pepe C&#243;rdoba. Si armamos al pueblo

M&#233;tetelo en la cabeza, Pedro. De una vez. Nos han dejado solos, &#191;comprendes? Hemos perdido. No hay nada que hacer.

Pero la gente se est&#225; batiendo en Madrid.

Eso no puede durar. Sin los militares, est&#225;n sentenciados. Y nadie va a salir de los cuarteles.

Demos ejemplo y nos seguir&#225;n.

No digas simplezas, hombre.

Dejando a Velarde murmurar sus in&#250;tiles argumentos, Daoiz se aleja de &#233;l, sale al patio y se pone a pasear solo, descubierta la cabeza, las manos cruzadas a la espalda sobre los faldones de la casaca, sinti&#233;ndose blanco de todas las miradas. Fuera del parque, al otro lado de la gran puerta cerrada bajo el arco de ladrillo y hierro, la gente sigue dando mueras a Francia y vivas a Espa&#241;a, al rey Fernando y al arma de artiller&#237;a. Por encima de sus voces, amortiguado en la distancia, resuena crepitar de fusiler&#237;a. A Luis Daoiz, que vive el momento m&#225;s amargo de su vida, cada uno de esos gritos y sonidos le desgarra el coraz&#243;n.


Mientras el capit&#225;n Daoiz se debate con su conciencia en el patio del parque de Montele&#243;n, al sur de la ciudad, en el extremo opuesto, a Joaqu&#237;n Fern&#225;ndez de C&#243;rdoba, marqu&#233;s de Malpica, y a los paisanos voluntarios, se les seca la boca cuando ven aparecer la caballer&#237;a francesa que sube hacia la puerta de Toledo. M&#225;s tarde, al hacer balance de la jornada, se confirmar&#225; que esa fuerza imperial, que viene de su campamento en los Carabancheles bajo el mando del general de brigada Rigaud, consta de dos regimientos de coraceros: novecientos veintis&#233;is jinetes que ahora remontan la cuesta al trote, entre las rectas arboledas que se inclinan hasta el Manzanares, con intenci&#243;n de dirigirse por la calle de Toledo hacia la plaza de la Cebada y la plaza Mayor.

Cristo misericordioso -murmura el sirviente Olmos.

Con pocas esperanzas, el marqu&#233;s de Malpica mira alrededor. En torno al embudo de la puerta de Toledo, por donde forzosamente deben penetrar los franceses en la ciudad, hay apostados cuatrocientos vecinos de los barrios de San Francisco y Lavapi&#233;s. Decir que abundan entre ellos los tipos populares -chaquetillas pardas, pa&#241;uelos de franjas blancas y negras, calzones con las boquillas sueltas y la pierna al aire- es quedarse corto: en su mayor parte son manolos y gente baja, rufianes de navaja f&#225;cil y mujeres de las calles de mala fama pr&#243;ximas al lugar, aunque no falten vecinos honrados de la Paloma y las casas cercanas, carniceros y curtidores del Rastro, mozos y criadas de los mesones y tabernas de esa parte de la ciudad. Pese a sus esfuerzos por plantear una defensa razonable en lo militar, y tras muchas discusiones y voces desabridas, el de Malpica no ha podido impedir que se organicen a su manera, seg&#250;n grupos y afinidades, de forma que cada cual toma las disposiciones que cree oportunas: unos bloquean la calle con carros, vigas, cestones y ladrillos de una obra cercana, y aguardan detr&#225;s, confiados en sus navajas, cuchillos, machetes, chuzos, espetones de asador u hoces de segar. Otros, los que tienen fusiles, carabinas o pistolas, han ido a apostarse en el hospital de San Lorenzo y en los balcones, ventanas y terrazas que dominan la puerta de Toledo y la calle, donde hay mujeres que disponen ollas de aceite y agua hirviendo. El de Malpica, que por su grado de capit&#225;n en la reserva del regimiento de M&#225;laga es el &#250;nico con verdadera experiencia militar, apenas consigue imponer algunos consejos t&#225;cticos. Sabe que los jinetes franceses acabar&#225;n forzando la d&#233;bil barrera, as&#237; que ha situado algo m&#225;s atr&#225;s, escalonada al amparo de un soportal pr&#243;ximo a la esquina de la calle de los Cojos, a la gente que acata sus &#243;rdenes: una treintena de personas que incluye a sus criados y la partida levantada en la calle de la Almudena, la mujer con el hacha, el mancebo de botica y algunos m&#225;s que se unieron por el camino. Su misi&#243;n, ha explicado, ser&#225; atacar por el flanco a los jinetes enemigos que pasen la barrera. Y a quienes tienen fusiles de reglamento -el drag&#243;n de Lusitania, los cuatro desertores de Guardias Walonas, el criado Olmos y el conserje de los Consejos- les recomienda disparar con preferencia a los oficiales, abanderados y cornetas. En cualquier caso, a los que cabalguen delante, den &#243;rdenes o muevan mucho las manos.

Y si nos dispersan, corred y reun&#237;os de nuevo, retrocediendo poco a poco hacia la plaza de la Cebada Si hay que retirarse, nos juntaremos all&#237;.

Uno de los voluntarios, el caballerizo de Palacio que empu&#241;a un trabuco, sonr&#237;e confiado. Para el pueblo espa&#241;ol, acostumbrado a la obediencia ciega a la Religi&#243;n y la Monarqu&#237;a, un t&#237;tulo nobiliario, una sotana o un uniforme son la &#250;nica referencia posible en momentos de crisis. Eso quedar&#225; patente muy pronto, en la composici&#243;n de las juntas que hagan la guerra a los franceses.

&#191;Cree us&#237;a que vendr&#225;n nuestros militares?

Claro que s&#237; -miente el arist&#243;crata, que no se hace ilusiones-. Ya lo ver&#233;is Por eso hay que aguantar lo que se pueda.

Cuente con nosotros, se&#241;or marqu&#233;s.

Pues vamos. Cada uno en su puesto, y que Dios nos ayude.

Am&#233;n.

Al otro lado de la puerta de Toledo, el sol hace relucir, elocuente, corazas, cascos y sables. Los gritos y vivas con los que hace un momento se animaba la gente han cesado por completo. Las bocas est&#225;n ahora mudas, abiertas; y todos los ojos, desorbitados, fijos en la brigada de caballer&#237;a que se acerca en masa compacta. Arrodillado tras el pilar de madera de un soportal, con una carabina en las manos, dos pistolas cargadas y un machete al cinto, el sombrero inclinado sobre la frente para que no lo deslumbre el sol, el marqu&#233;s de Malpica piensa en su mujer y en sus hijos. Luego se persigna. Aunque es hombre piadoso que no oculta sus devociones, procura hacerlo con disimulo; pero el adem&#225;n no pasa inadvertido. Su criado Olmos lo imita, y al cabo hacen lo mismo cuantos se encuentran pr&#243;ximos.

&#161;Ah&#237; est&#225;n! -exclama alguien.

Por un instante, el marqu&#233;s no presta atenci&#243;n a la puerta de Toledo. Intenta averiguar la causa de una extra&#241;a vibraci&#243;n creciente que nota bajo la rodilla apoyada en tierra. Entonces comprende que se trata del suelo que tiembla con las herraduras de los caballos que se acercan.


A mediod&#237;a, el centro de Madrid es un continuo y confuso combate. En el espacio comprendido entre la embocadura de la calle de Alcal&#225; y la carrera de San Jer&#243;nimo, la casa de Correos, San Felipe y la calle Mayor hasta los portales de Roperos, hay cad&#225;veres de ambos bandos: franceses degollados y madrile&#241;os que yacen en el suelo o son retirados a rastras dejando regueros de sangre, entre relinchos de caballos moribundos. Y la lucha sigue sin cuartel, por una ni otra parte. Los pocos fusiles y escopetas cambian de manos al morir sus due&#241;os, arrebatados por quienes esperan a que alguien caiga para coger su arma. Los grupos dispersos en la puerta del Sol vuelven a reunirse despu&#233;s de cada carga de caballer&#237;a, y saltando desde los zaguanes y soportales, el claustro del Buen Suceso, la Victoria, San Felipe y las calles adyacentes, acometen de nuevo a cuerpo descubierto, navajas contra sables, trabucos contra ca&#241;ones, tanto a los dragones y mamelucos que siguen llegando de San Jer&#243;nimo y vuelven grupas por Alcal&#225;, como a los soldados de la Guardia Imperial que, bajo el mando del coronel Friederichs, avanzan por Mayor y Arenal, desde Palacio, barriendo las calles con fusiler&#237;a y fuego de las piezas de campa&#241;a que emplazan en cada esquina. Uno de los primeros heridos por estas descargas es el joven Le&#243;n Ortega y Villa, el disc&#237;pulo del pintor Francisco de Goya, que lleva un rato desjarretando a navajazos caballos de los franceses. Y cerca de los Consejos, tras retirarse ante una carga de jinetes polacos junto a sus feligreses de Fuencarral, el presb&#237;tero don Ignacio P&#233;rez Hern&#225;ndez es alcanzado por una andanada de metralla francesa, da unos pasos vacilantes y se desploma. Pese al nutrido fuego enemigo, sus compa&#241;eros logran rescatarlo, aunque herido de gravedad, y ponerlo a cubierto. Llevado m&#225;s tarde y con muchas peripecias al Hospital General, don Ignacio salvar&#225; la vida.


Por toda la ciudad se suceden casos particulares, combates que a veces llegan a ser individuales. Tal es el que libra frente a la residencia de la duquesa de Osuna, en solitario, el carbonero Fernando Gir&#243;n: top&#225;ndose en una esquina con un drag&#243;n franc&#233;s, lo desmonta de un garrotazo y, tras rematarlo a golpes, le quita el sable y con &#233;l se enfrenta a un pelot&#243;n de granaderos antes de ser muerto a bayonetazos. Un mallorqu&#237;n llamado Crist&#243;bal Oliver, antiguo soldado de Dragones del Rey al servicio del bar&#243;n de Benifay&#243;, sale de la hoster&#237;a donde se alojan ambos en la calle de los Peligros, y con un espad&#237;n de su amo como &#250;nica arma, camina hasta la esquina de la calle de Alcal&#225;, donde acomete a cuanto franc&#233;s pasa a su alcance, mata a uno y hiere a dos; y al romp&#233;rsele en el &#250;ltimo la hoja del espad&#237;n, con s&#243;lo la empu&#241;adura en la mano, regresa tranquilamente a su hoster&#237;a. De ese modo, las relaciones de los combates y sus incidencias registrar&#225;n, m&#225;s tarde, la actuaci&#243;n de muchos hombres y mujeres an&#243;nimos, como el que los vecinos de la calle del Carmen ven desde sus ventanas, vestido con ropa de cazador, polainas de becerro y una canana llena de cartuchos, que parapetado en una esquina de la calle del Olivo dispara uno tras otro diecinueve tiros contra los franceses, hasta que, sin munici&#243;n, arroja la escopeta, saca un cuchillo de monte y se defiende espalda contra la pared, hasta que lo matan. Tampoco llega a saber nadie el nombre del calesero -conocido s&#243;lo como El Aragon&#233;s- que, emboscado en un zagu&#225;n de la calle de la Ternera, dispara un trabuco cargado con puntas de tapicero, a bocajarro, contra todo franc&#233;s que pasa por la calle. Ni los nombres de cuatro chisperos que pelean a navajazos con unos polacos en la calle de la Bola. Ni el de la mujer todav&#237;a joven que, en Puerta Cerrada, tras derribar del caballo a pedradas a un batidor franc&#233;s mientras le grita &#161;date, perro!, lo deg&#252;ella con su propio sable. Nunca se conocer&#225;, tampoco, el nombre del granadero de Marina desarmado -desertor de su cuartel o del piquete del alf&#233;rez de fragata Esquivel- que en la calle de Postas pone a salvo a un grupo de mujeres y ni&#241;os acosado por los franceses; y cayendo luego sobre un drag&#243;n desmontado, lo estrangula con las manos desnudas; aunque m&#225;s tarde, en la relaci&#243;n de bajas de la jornada, figurar&#225;n los nombres de tres soldados que hoy visten ese uniforme: Esteban Casales Riera, catal&#225;n -muerto-, Antonio Dur&#225;n, valenciano, y Juan Antonio Cebri&#225;n Ruiz, de Murcia.


Quedar&#225; memoria documentada, en cambio, de los nueve alba&#241;iles que al iniciarse el enfrentamiento trabajaban en la obra de reparaci&#243;n de la iglesia de Santiago: el capataz de sesenta y seis a&#241;os Miguel Casta&#241;eda Antelo, los hermanos Manuel y Fernando Madrid, Jacinto Candamo, Domingo M&#233;ndez, Jos&#233; Amador, Manuel Rubio, Antonio Zambrano y Jos&#233; Reyes Magro. Todos ellos pelean en la calle de Luz&#243;n, acorralados entre la caballer&#237;a francesa que llega de la puerta del Sol y la infanter&#237;a que avanza por Mayor y Arenal. Hace media hora, al pasar bajo sus andamios un pelot&#243;n de polacos que daba caza a paisanos en fuga, los alba&#241;iles atacaron a los jinetes, tir&#225;ndoles cuanto hallaron a mano, desde tejas hasta herramientas; y bajando luego, descamisados, abiertas las navajas que todos llevaban encima, se arrojaron a luchar con la ingenua rudeza de su oficio. Ahora, acosados por todas partes, batidos a mosquetazos, deben retroceder calle arriba y resguardarse en la parroquia. El capataz Casta&#241;eda acaba de recibir un tiro en el vientre que le hace doblar las rodillas y acurrucarse en la acera, de donde lo levanta el alba&#241;il Manuel Madrid. Con su compa&#241;ero a cuestas, viendo que la iglesia queda lejos, Madrid busca reparo en la plaza de la Villa; con tan mala fortuna que, al pasar una zona enfilada, suena una descarga, chascan plomazos contra los muros pr&#243;ximos, y aunque Madrid resulta ileso, una bala rompe un brazo al infeliz Casta&#241;eda. Caen los dos, y mientras m&#225;s tiros zurrean sobre sus cabezas, Madrid arrastra como puede al compa&#241;ero, tirando de su brazo sano, para ponerlo a cubierto.

D&#233;jame, hombre -murmura d&#233;bilmente el capataz-. Peso demasiado D&#233;jame y vete S&#225;lvate mientras puedas.

&#161;Ni hablar! &#161;As&#237; me maten esos mosi&#250;s hijoputas, te vienes conmigo!

No vale la pena Yo estoy servido, y me voy por la posta.

Un vecino llamado Juan Corral, que observa la escena desde un portal, se acerca agachado, y cogiendo al herido por los pies ayuda a ponerlo a salvo. De esa forma, cargados con Casta&#241;eda a trav&#233;s de la ciudad llena de franceses, aventur&#225;ndose por calles desiertas y por otras donde los enemigos hacen fuego de lejos, Madrid y Corral logran llevarlo a su casa de la calle Jes&#250;s y Maria, donde le hacen la primera cura. Trasladado en los d&#237;as siguientes al Hospital General, el capataz vivir&#225; tres a&#241;os hasta morir, al fin, a causa de sus heridas.

Los otros alba&#241;iles de la obra de Santiago corren una suerte m&#225;s inmediata y tr&#225;gica. Refugiados en la iglesia, al poco rato se ven rodeados por un pelot&#243;n de fusileros que busca vengar a sus camaradas polacos. Jacinto Candamo intenta resistir y apu&#241;ala al primer franc&#233;s que se acerca, por lo que es reventado a culatazos y dejado agonizante con siete heridas. A Fernando Madrid, Jos&#233; Amador, Manuel Rubio, Jos&#233; Reyes, Antonio Zambrano y Domingo M&#233;ndez se los llevan atados entre empujones, insultos y golpes. Los seis se contar&#225;n entre los ejecutados la madrugada del d&#237;a siguiente, en la monta&#241;a del Pr&#237;ncipe P&#237;o.


&#161;Viva Espa&#241;a y viva el rey! &#161;A ellos! &#161;A ellos!

En la puerta de Toledo, bajo las patas de los caballos rabones y los sables de los coraceros franceses, la manoler&#237;a de los barrios bajos de Madrid combate enloquecida, con la ferocidad de la gente que nada tiene que perder y el odio insensato de quien s&#243;lo anhela venganza y sangre. Apenas los primeros jinetes cruzaron bajo el arco, top&#225;ndose con la barricada, una turba de hombres y mujeres salt&#243; sobre ellos a pecho descubierto, acometiendo con palos, cuchillos, piedras, chuzos, tijeras, agujas de espartero y cuantos enseres dom&#233;sticos pueden ser usados como armas, mientras desde los tejados, ventanas y balcones pr&#243;ximos se hac&#237;a un fuego irregular, pero nutrido, de escopetas, fusiles y carabinas. Cogidos por sorpresa, los primeros coraceros se amontonan ahora desordenados, derriban gente a sablazos, intentan volver atr&#225;s o espolean sus monturas para salvar los obst&#225;culos; mas los estorba el enjambre de civiles vociferantes que corta las riendas, apu&#241;ala a los caballos, se encarama a las grupas y da en tierra con los imperiales, entorpecidos por sus pesados cascos y corazas de acero, por cuyas junturas y golas, una vez en tierra, los atacantes meten sus enormes navajas.

&#161;Sin piedad! &#161;No dej&#233;is franc&#233;s vivo!

El deg&#252;ello se extiende m&#225;s all&#225; de la puerta y la barricada, a medida que m&#225;s caballer&#237;a atropella a la multitud e intenta abrirse paso hacia la calle de Toledo. Viene ahora el turno de las mujeres que est&#225;n en las ventanas, con sus calderos de aceite y agua hirviendo que encabritan a los caballos y hacen revolcarse por tierra a los jinetes abrasados, cuyos alaridos cesan cuando grupos de paisanos los acometen, matan y descuartizan sin misericordia. Algunos arrojan tiestos, botellas y muebles. Las balas de los tiradores -el drag&#243;n de Lusitania y los Guardias Walonas disparan con eficacia profesional- abren orificios en cascos y corazas, y cada vez que un franc&#233;s pica espuelas y se lanza al galope en direcci&#243;n a Puerta Cerrada, rufianes de burdel, mujerzuelas de taberna, honradas amas de casa y vecinos airados, dej&#225;ndose pisotear por los cascos del caballo, arrastrados por el suelo sin soltar la silla o la cola recortada del animal, unen sus esfuerzos en derribar al jinete, clavarle cuanto tienen a mano, arrancarle la coraza y reventarle las tripas a golpes y cuchilladas. Cuando Mar&#237;a Delgado Ram&#237;rez, de cuarenta a&#241;os, casada, se enfrenta a un jinete franc&#233;s con una hoz de segar, recibe un balazo que le rompe el f&#233;mur del muslo derecho. Una bala atraviesa la boca a Mar&#237;a G&#243;mez Carrasco, y un sablazo acaba con Ana Mar&#237;a Guti&#233;rrez, de cuarenta y nueve a&#241;os, vecina de la Ribera de Curtidores. A su lado es herido de muerte el joven de veinte a&#241;os Mariano C&#243;rdova, natural de Arequipa, Per&#250;, presidiario del puente de Toledo, de donde escap&#243; esta ma&#241;ana para unirse a los que combaten. La manola Mar&#237;a Ramos y Ramos, de veintis&#233;is a&#241;os, soltera, que vive en la calle del Estudio, recibe un sablazo que le abre un hombro cuando, espet&#243;n de asar en mano, intenta derribar del caballo a un coracero. Cerca de ella caen el pe&#243;n de alba&#241;il Antonio Gonz&#225;lez L&#243;pez -pobre de solemnidad, casado y con dos hijos-, el carbonero gallego Pedro Real Gonz&#225;lez y los manolos del barrio Jos&#233; Mel&#233;ndez Mote&#241;o y Manuel Garc&#237;a, domiciliados en la calle de la Paloma. La pescadera Benita Sandoval S&#225;nchez, de veintiocho a&#241;os, que pelea junto a su marido Juan G&#243;mez, grita &#161;cochinos gabachos!, se aferra a un caballo y le clava unas tijeras de limpiar pescado en el cuello, derribando a bestia y jinete; y antes de que el franc&#233;s se reponga de la ca&#237;da, lo apu&#241;ala en la cara y los ojos, revolvi&#233;ndose luego contra otros que llegan. A su lado, cuchillos en mano y cubiertos de sangre francesa, pelean el manolo Miguel Cubas Salda&#241;a, carpintero de Lavapi&#233;s, y sus amigos el lavandero Manuel de la Oliva y el vidriero Francisco L&#243;pez Silva. Otro compadre, el jornalero Juan Pati&#241;o, se arrastra por el suelo con las tripas fuera, intentando esquivar las patas de los caballos.

&#161;Resistid! &#161;Por Espa&#241;a y por el rey Fernando!

El marqu&#233;s de Malpica, que ha descargado su carabina y las dos pistolas, empu&#241;a el machete, abandona el resguardo de los soportales y se une a la pelea, seguido por el sirviente Olmos y la gente de su grupo; pero a los pocos pasos vacila, espantado. Nada en su anterior vida militar lo hab&#237;a preparado para una escena como &#233;sta. Hombres y mujeres con la cara abierta a sablazos se retiran de la pelea dando traspi&#233;s, los franceses que caen chillan como animales en manos de matarifes mientras se debaten y son degollados, y muchos caballos desventrados a navajazos van de un lado a otro sin jinete, pis&#225;ndose las entra&#241;as. Un oficial de coraceros de ojos despavoridos, que ha perdido el casco en la refriega, se abre camino con golpes de sable, espoleando su montura. El criado Olmos, la mujer del hacha de carnicero y el manolo Cubas Salda&#241;a se arrojan bajo las patas del caballo, que los arrastra y atropella, no sin que Cubas logre darle al franc&#233;s una pu&#241;alada en el vientre. Se descompone el jinete, tambale&#225;ndose en la silla, y eso basta para que uno de los soldados de Guardias Walonas -el polaco Lorenz Leleka- lo derribe de un bayonetazo, antes de caer &#233;l mismo con un tajo de sable en el cuello. Resuena el jinete franc&#233;s con estr&#233;pito de acero al dar en el suelo, y Malpica, por instintivo impulso de honor militar, le pone el machete ante los ojos, intim&#225;ndolo a rendirse. Asiente el otro, aturdido, m&#225;s por interpretar el adem&#225;n que por comprender lo que se le dice; pero en ese instante la mujer se acerca por detr&#225;s, ensangrentada y cojeando, y le abre al coracero la cabeza de un hachazo, hasta los dientes.

&#191;Cu&#225;ndo vienen a ayudarnos nuestros militares, se&#241;or marqu&#233;s?

Ya falta menos -murmura Malpica, mirando al franc&#233;s.

Al otro lado de la puerta de Toledo suenan clarines, crece el rumor de caballer&#237;as al galope, y Malpica, que reconoce el toque de carga, mira inquieto m&#225;s all&#225; de la matanza que lo rodea. Una masa de acero centelleante, cascos, corazas y sables, empieza a cruzar compacta bajo el arco de la puerta de Toledo. Entonces comprende que hasta ahora no se las han visto m&#225;s que con la avanzadilla de la columna francesa. El verdadero ataque empieza en este momento.

Esto no puede durar, piensa.


El capit&#225;n Luis Daoiz est&#225; inm&#243;vil y pensativo en el patio del parque de Montele&#243;n, escuchando los gritos de la multitud que reclama armas al otro lado de la puerta. Procura evitar las miradas que, a pocos pasos, en grupo junto a la entrada de la sala de banderas, le dirigen Pedro Velarde, el teniente Arango y los otros jefes y oficiales. En la &#250;ltima media hora han llegado ante el parque nuevas partidas, y las noticias corren como p&#243;lvora inflamada. Habr&#237;a que estar sordo para ignorar lo que ocurre, pues el ruido de disparos se extiende por toda la ciudad.

Daoiz sabe que no hay nada que hacer. Que el pueblo que combate en las calles se queda solo. Los cuarteles cumplir&#225;n las &#243;rdenes recibidas, y ning&#250;n jefe militar arriesgar&#225; su carrera ni su reputaci&#243;n sin instrucciones del Gobierno o de los franceses, seg&#250;n las lealtades de cada cual. Con Fernando VII en Bayona y la Junta que preside el infante don Antonio abrumada y sin autoridad, pocos de quienes tienen algo que perder se pronunciar&#225;n hasta que se perfilen vencedores y vencidos. Por eso no hay esperanza. S&#243;lo una insurrecci&#243;n militar que arrastrase al resto de guarniciones espa&#241;olas habr&#237;a tenido posibilidades de &#233;xito; pero todo se ha torcido, y no ser&#225; la voluntad de unos pocos la que lo enderece. Ni siquiera abrir las puertas del parque a quienes reclaman afuera, armarlos contra los franceses, cambiar&#225; las cosas. S&#243;lo extender&#225; la matanza. Adem&#225;s est&#225;n las &#243;rdenes, la disciplina y todo el resto.

&#211;rdenes. Con gesto maquinal, Daoiz extrae de la vuelta de su casaca el papel que le entreg&#243; el coronel Navarro Falc&#243;n antes de salir de la Junta Superior de Artiller&#237;a, lo desdobla y vuelve a leerlo por en&#233;sima vez:


No tomar&#225; en ning&#250;n momento iniciativa propia sin &#243;rdenes superiores por escrito, ni fraternizar&#225; con el pueblo, ni mostrar&#225; hostilidad ninguna contra las fuerzas francesas.


Con amargura, el artillero se pregunta qu&#233; har&#225;n en ese momento el ministro de la Guerra, el capit&#225;n general, el gobernador militar de Madrid, para justificarse ante Murat. A Daoiz le parece o&#237;rlos: el populacho y sus bajas pasiones, Alteza. Gente descarriada, inculta, agitadores ingleses. Etc&#233;tera. Lamiendo las botas al franc&#233;s pese a la ocupaci&#243;n, al rey prisionero, a la sangre que corre por todas partes. Sangre espa&#241;ola, en suma; vertida con raz&#243;n o sin ella -hoy la raz&#243;n es lo de menos- mientras se ametralla al pueblo indefenso. El recuerdo del incidente de ayer por la tarde en la fonda de Genieys asalta de nuevo a Daoiz, produci&#233;ndole una insoportable verg&#252;enza. Al capit&#225;n de artiller&#237;a le escuece su honor maltrecho. Aquellos oficiales extranjeros insolentes, burl&#225;ndose de un pueblo desgraciado &#161;C&#243;mo se arrepiente ahora de no haberse batido! &#161;Y c&#243;mo, sin duda, se arrepentir&#225; ma&#241;ana!

Estupefacto, Daoiz mira el papel de la orden a sus pies. No es consciente de haberlo roto, pero ah&#237; est&#225;, arrugado y hecho pedazos. Al fin, como si despertara de un sue&#241;o inc&#243;modo, mira alrededor, observa el asombro de Velarde y los otros, las expresiones ansiosas de artilleros y soldados. De pronto se siente liberado de un peso enorme, casi con ganas de re&#237;r. No se recuerda tan sereno y l&#250;cido jam&#225;s. Entonces se yergue, comprueba que lleva bien abotonadas casaca y chupa, saca el sable de la vaina y apunta con &#233;l hacia la puerta.

&#161;Las armas al pueblo! &#161;A batirnos! &#191;No son nuestros hermanos?


Adem&#225;s del presb&#237;tero de Fuencarral, a quien sus feligreses retiraron malherido del combate, hay otro sacerdote que pelea en las inmediaciones de la puerta del Sol: se llama don Francisco Gallego D&#225;vila. Capell&#225;n del convento de la Encarnaci&#243;n, se ech&#243; a la calle a primera hora de la ma&#241;ana, y tras batirse en Palacio y junto al Buen Suceso huye ahora fusil en mano, con un grupo de civiles, hasta la calle de la Flor baja. El ayudante de la Real Caballeriza Rodrigo P&#233;rez, que lo conoce, lo encuentra arengando a los vecinos a tomar las armas para defender a Dios, al rey y a la patria.

Qu&#237;tese usted de ah&#237;, don Francisco Que lo van a matar, y &#233;stas no son cosas de su ministerio. &#161;Qu&#233; dir&#225;n sus monjas!

&#161;Qu&#233; monjas ni qu&#233; ni&#241;o muerto! Hoy, mi ministerio se ejerce en la calle. As&#237; que &#250;nase a nosotros, o vaya a su casa a esconderse.

Prefiero irme a casa, con su permiso.

Pues vaya con Dios y no importune m&#225;s.

Animados por su tonsura, sotana y actitud decidida, varios fugitivos se congregan alrededor del sacerdote. Entre ellos se encuentran el conductor de Correos Pedro Linares, de cincuenta y dos a&#241;os, que lleva en la mano una bayoneta francesa y al cinto una pistola sin munici&#243;n, y el zapatero de treinta a&#241;os Pedro Iglesias L&#243;pez, vecino de la calle del Olivar, armado con un sable de su propiedad, a quien hace media hora vieron matar a un soldado enemigo en la esquina de la calle Arenal.

&#161;Volvamos a pelear! -los exhorta el sacerdote-. &#161;Que no digan que los espa&#241;oles damos la espalda!

El grupo -seis hombres y un muchacho provistos de cuchillos, bayonetas y un par de carabinas cogidas a los dragones enemigos- se encamina resuelto hacia la calle de los Capellanes, junto a cuya fuente, agazapados tras un guardacant&#243;n, turn&#225;ndose para apuntar y disparar mientras el compa&#241;ero carga, hay tres soldados haciendo fuego con fusiles.

&#161;Ya est&#225;n aqu&#237; nuestros militares! -exclama don Francisco Gallego, gozoso.

La desilusi&#243;n llega pronto. Uno de los uniformados es el sargento segundo de Inv&#225;lidos V&#237;ctor Morales Mart&#237;n, de cincuenta y cinco a&#241;os, veterano de los dragones de Mar&#237;a Luisa, que se ha echado a la calle por su cuenta, abandonando sin permiso el cuartel de la calle de la Ballesta con algunos compa&#241;eros de los que se vio separado en la refriega. Los otros dos soldados son j&#243;venes, visten casaca azul con cuello del mismo color y solapas rojas, y llevan en la escarapela roja del sombrero la cruz blanca que distingue a los regimientos suizos al servicio de Espa&#241;a. Uno de ellos no tarda en confirmar a los reci&#233;n llegados, en un espa&#241;ol de rudas resonancias germ&#225;nicas, que &#233;l y su camarada -se trata de su hermano, pues son los soldados Mathias y Mario Schleser, del cant&#243;n de Aargau- se encuentran all&#237; combatiendo por gusto, pues su regimiento, el 6. suizo de Preux, tiene &#243;rdenes de no salir a la calle. Ellos iban al cuartel cuando se vieron en mitad del tumulto; as&#237; que desarmaron a unos franceses a los que sorprendieron fugitivos y aislados, y aqu&#237; est&#225;n. Librando su propia guerra.

Que Dios os bendiga, hijos m&#237;os.

Ap&#225;rrtese de ah&#237;, reverrendo. Vienen m&#225;s frranzosen. Ja.

En efecto. Desde la plazuela del Celenque suben, con muchas precauciones, dos dragones franceses desmontados parapet&#225;ndose tras sus caballos, seguidos por un peque&#241;o grupo de uniformes azules. Apenas ven a los concentrados en la esquina, se detienen y hacen fuego. Algunas balas levantan desconchones en el yeso de las paredes.

&#161;De lejos no hacemos nada! -grita el sacerdote- &#161;A ellos!

Y acto seguido, pese a los esfuerzos de los militares por detenerlo, se lanza blandiendo el fusil como una maza, seguido ciegamente por los paisanos. La nueva descarga francesa, cerrada y bien dirigida, los encuentra al descubierto, mata al sargento de Inv&#225;lidos Morales, hiere de muerte al soldado Mathias Schleser -que hace dos d&#237;as cumpli&#243; veintinueve a&#241;os- y alcanza con un rebote superficial a su hermano Mario, mientras don Francisco Gallego, aturdido, es arrastrado por los otros en busca de refugio. Cargan ahora los franceses con sus bayonetas, y los supervivientes corren despavoridos hacia las Descalzas golpeando las puertas que encuentran al paso, aunque ninguna se abre. El zapatero Iglesias y el conductor de Correos Linares logran escabullirse hacia la plazuela de San Mart&#237;n; pero el sacerdote, que cojea por haberse lastimado un pie, s&#243;lo llega hasta la puerta principal del convento. All&#237;, dando golpes con la culata del fusil, pide refugio; mas nadie responde dentro, y los franceses le dan alcance. Resignado a su suerte, se vuelve mientras reza el acto de contrici&#243;n, dispuesto a entregar a Dios su alma. Pero al ver su sotana y su tonsura, el oficial que manda el grupo, un veterano de bigote cano, aparta con el sable a los que quieren atravesarlo all&#237; mismo.

&#161;Herejes y malditos hijos de Lucifer! -les escupe don Francisco.

Los soldados se limitan a molerlo a culatazos y llev&#225;rselo maniatado en direcci&#243;n a Palacio.


No s&#243;lo corren los fugitivos de la plaza de las Descalzas. Algo m&#225;s al sur de la ciudad, al otro lado de la plaza Mayor, los supervivientes tras la carga de la caballer&#237;a pesada en la puerta de Toledo se retiran como pueden, cuesta arriba, hacia el Rastro y la plaza de la Cebada. La refriega ha sido tan dura, y tan enorme la matanza, que los franceses no conceden cuartel a nadie. Para dar esquinazo a los coraceros que lo sablean todo a su paso, el exhausto marqu&#233;s de Malpica busca resguardo en las calles pr&#243;ximas a la Cava Baja mientras sostiene a su sirviente Olmos, que despu&#233;s de verse entre las patas de un caballo enemigo orina sangre como un cerdo degollado.

&#191;Ad&#243;nde vamos ahora, se&#241;or marqu&#233;s?

A casa, Olmos.

&#191;Y los gabachos?

No te preocupes. Has hecho suficiente por hoy. Y creo que yo tambi&#233;n.

El criado se mira el calz&#243;n, te&#241;ido de rojo hasta las rodillas.

Me estoy vaciando por el pitorro del botijo.

Pues aguanta.

En la esquina de la calle de Toledo con la de la Sierpe, el drag&#243;n de Lusitania Manuel Ruiz Garc&#237;a, que se retira con los Guardias Walonas supervivientes Paul Monsak, Gregor Franzmann y Franz Weller -los tres extranjeros y &#233;l se conocen desde hace poco rato, pero les parece haber pasado juntos media vida-, se detiene muy sereno a cargar el fusil al reparo de un portal, encara el arma apuntando con cuidado y derriba de un tiro en el pecho a un franc&#233;s que galopaba calle arriba, sable en alto.

Era mi &#250;ltimo cartucho -le dice a Weller.

Despu&#233;s los cuatro echan a correr, agachados, esquivando el fuego que les hacen unos franceses desmontados que avanzan bajo los soportales. Lo empinado de la calle los fatiga. Ruiz Garc&#237;a les ha propuesto a los otros ampararse con &#233;l en su cuartel, que est&#225; en la plaza de la Cebada. Todos se apresuran mucho, pues zurrean las balas y tambi&#233;n suena pr&#243;ximo el trote de m&#225;s caballos enemigos. Al llegar Monsak, Franzmann y Weller al cruce con la calle de las Velas, este &#250;ltimo advierte que el drag&#243;n no va con ellos; se vuelve y lo ve tirado boca arriba en mitad de la calle. Scheisse, piensa el alsaciano. Suerte de mierda. Primero su camarada Leleka, y ahora el espa&#241;ol. Por un momento piensa en ayudarlo, pues tal vez s&#243;lo se encuentre herido; pero suenan m&#225;s disparos y los coraceros est&#225;n cerca. As&#237; que sigue corriendo.


Perseguida por los jinetes franceses, llevando en una mano sus tijeras de pescadera, la manola de veintiocho a&#241;os Benita Sandoval S&#225;nchez, que ha luchado hasta el &#250;ltimo instante en la puerta de Toledo, pasa corriendo junto al cuerpo del drag&#243;n Manuel Ruiz Garc&#237;a. En el combate y la posterior espantada ha perdido de vista a su marido, Juan G&#243;mez, y ahora intenta ponerse a salvo por la puerta de Moros, a fin de dar un rodeo y regresar a su casa, en el 17 de la calle de la Paloma. Pero los caballos de los perseguidores corren m&#225;s que ella, entorpecida por la falda que levanta con la mano libre mientras pretende esquivarlos, desesperada. Al ver que es imposible, entra por la calle del Humilladero, refugi&#225;ndose en un portal que cierra con el pestillo. Se queda de ese modo inm&#243;vil y a oscuras, el coraz&#243;n sali&#233;ndosele por la boca, sofocada por la carrera, atenta a los ruidos de afuera, que no tardan en desenga&#241;arla: el rumor de caballer&#237;as se detiene, suenan voces airadas en franc&#233;s, y una sucesi&#243;n de golpes estremece la puerta. Sin hacerse ilusiones sobre su suerte -morir no ser&#237;a lo peor, piensa-, la mujer sube desatinada por las escaleras, golpea una puerta tras otra, y al ver una abierta se mete por ella, mientras abajo crujen los maderos del portal y ruido de botas y metal atruena los pelda&#241;os. No hay nadie en la casa; y tras recorrer las habitaciones pidiendo auxilio en vano, Benita sale al pasillo para darse de boca con unos coraceros que lo destrozan todo.

Viens, salope!

La ventana m&#225;s pr&#243;xima est&#225; demasiado lejos para tirarse a la calle, de modo que la mujer le cruza la cara de un tijeretazo al primer franc&#233;s que la toca. Luego retrocede e intenta defenderse entre los muebles. Exasperados por su resistencia, los imperiales la acribillan a balazos, dej&#225;ndola por muerta en un charco de sangre. Pese a la extrema gravedad de sus heridas, los due&#241;os de la casa la encontrar&#225;n m&#225;s tarde, a&#250;n con aliento. Curada in extremis en el hospital de la Orden Tercera, Benita Sandoval vivir&#225; el resto de su vida respetada por sus vecinos, famosa entre la manoler&#237;a protagonista del terrible combate de la puerta de Toledo.


Con los coraceros pis&#225;ndole los talones, otro grupo de paisanos huye hacia el cerrillo del Rastro. Se trata del manolo Miguel Cubas Salda&#241;a, sus compadres Francisco L&#243;pez Silva y Manuel de la Oliva Ure&#241;a, el aguador de quince a&#241;os Jos&#233; Garc&#237;a Caballero, la vecina de la calle Manguiteros Vicenta Reluz, y el hijo de &#233;sta, de once a&#241;os, Alfonso Esperanza Reluz. Todos, hasta el ni&#241;o, han intervenido en el combate de la puerta de Toledo e intentan ponerse a salvo; pero un destacamento de caballer&#237;a que sube desde Embajadores les corta el paso, acometi&#233;ndolos a sablazos. Cae herido de un tajo en la cabeza Garc&#237;a Caballero, alcanzan a Manuel de la Oliva cuando intenta saltar una tapia, y huye el resto hacia la plaza de la Cebada, donde a&#250;n hay choques entre paisanos dispersos y jinetes. All&#237;, Miguel Cubas Salda&#241;a logra escabullirse meti&#233;ndose en San Isidro, pero Francisco L&#243;pez, alcanzado por los franceses, es roto a culatazos que le hunden el pecho. En las escaleras de la iglesia, en el momento de volverse para arrojar una piedra, cae muerto a balazos el ni&#241;o Alfonso Esperanza, y herida la madre cuando intenta protegerlo.


En su progresi&#243;n hacia el centro de la ciudad, la caballer&#237;a pesada que viene de los Carabancheles por la calle de Toledo y la infanter&#237;a que sube desde la Casa de Campo por la calle de Segovia encontrar&#225;n, todav&#237;a, otro n&#250;cleo de resistencia en Puerta Cerrada. All&#237; se ven acometidos los franceses por fusiler&#237;a desde ventanas y azoteas, y por ataques de vecinos que los hostigan desde las calles pr&#243;ximas. Eso da ocasi&#243;n a varias cargas despiadadas con p&#233;rdida de muchas vidas, el incendio de algunas casas y la explosi&#243;n del dep&#243;sito de p&#243;lvora de la plazuela, donde muere abrasado el empleado de almac&#233;n Mariano Panadero. Cae combatiendo, alcanzado por un balazo, el zapatero gallego Francisco Doce, vecino de la calle del Nuncio; y tambi&#233;n Jos&#233; Guesuraga de Ayarza, natural de Zornoza, Joaqu&#237;n Rodr&#237;guez Oca&#241;a -pe&#243;n alba&#241;il de treinta a&#241;os, casado y con tres hijos- y Francisco Planillas, de Crevillente, que logra retirarse herido hasta las cercan&#237;as de su casa, en la calle del Tesoro, donde morir&#225; sin socorro y desangrado. Muere tambi&#233;n el asturiano de Llanes Francisco Teresa, soltero, con madre anciana en su tierra: hombre bravo, licenciado de la guerra del Rosell&#243;n y sirviente en el mes&#243;n nuevo de la calle de Segovia, hace fuego de fusil por las ventanas, matando a un oficial franc&#233;s. Cuando se le acaba la munici&#243;n, los franceses entran a por &#233;l y, tras maltratarlo mucho, lo fusilan en la puerta.


El avance imperial se complica, pues ni siquiera las grandes calles que conducen al centro son seguras. El capit&#225;n Marcellin Marbot, que tras el primer ataque en la puerta del Sol intenta establecer contacto con el general Rigaud y sus coraceros, se ve obligado a detenerse y desmontar en la plazuela de la Provincia hasta que una tropa de infanter&#237;a despeje el camino. Escarmentados de anteriores emboscadas, los soldados avanzan despacio, pegados a las casas y resguard&#225;ndose en los zaguanes, apuntando a ventanas y tejados, y disparan contra cualquier vecino, hombre, mujer o ni&#241;o, que se asoma.

&#191;Se puede pasar sin problemas? -le pregunta Marbot al caporal de infanter&#237;a que al fin le hace se&#241;as de seguir adelante.

Pasar, se puede -responde indiferente el otro-. De los problemas no me hago responsable.

Picando espuelas con su escolta de dragones, el joven capit&#225;n de estado mayor avanza al trote, cauto. No llega, sin embargo, m&#225;s que hasta la calle de la Lechuga, donde se detiene al ver m&#225;s fusileros agazapados tras unos carros con las caballer&#237;as muertas entre los varales. M&#225;s all&#225;, le dicen, los golpes de mano de la gente que ataca a saltos desde las calles cercanas y la acci&#243;n de tiradores ocultos hacen el avance imposible.

&#191;Cu&#225;ndo podr&#233; pasar?

Ni idea -responde un sargento con aretes en las orejas, mostacho gris y la cara tiznada de p&#243;lvora-. Tendr&#225; que esperar a que despejemos la calle Aventurarse es peligroso.

Marbot mira en torno. Sentados contra una pared hay tres soldados franceses con vendajes ensangrentados. Un cuarto yace boca abajo, inm&#243;vil en un charco rojo parduzco sobre el que zumba un enjambre de moscas. En cada bocacalle hay cad&#225;veres que nadie se atreve a retirar.

&#191;Tardar&#225;n mucho nuestros jinetes?

El sargento se hurga la nariz. Parece muy cansado.

Por los tiros y gritos que se oyen, no andan lejos. Pero han tenido p&#233;rdidas enormes.

&#191;Frente a mujeres y paisanos? &#161;Es caballer&#237;a pesada, por Dios!

A m&#237; qu&#233; me cuenta. Con estos brutos enloquecidos, todo es posible. Y matarlos lleva su tiempo.


Mientras el capit&#225;n Marbot intenta cumplir su misi&#243;n de enlace, algunos madrile&#241;os sufren las primeras represalias organizadas. Adem&#225;s de las ejecuciones en caliente, rematando heridos o tirando sobre gente indefensa que observa los combates, los franceses empiezan a fusilar, sin tr&#225;mite previo, a quienes apresan con armas en la mano. Tal es la suerte que corre Vicente G&#243;mez S&#225;nchez, de treinta a&#241;os, de profesi&#243;n tornero de marfil, capturado tras una escaramuza frente a San Gil y arcabuceado en la alcantarilla de Leganitos. Lo mismo ocurre con los hortelanos de la duquesa de Fr&#237;as Juan Jos&#233; Postigo y Juan Toribio Arjona, que los imperiales capturan tras la matanza del portillo de Recoletos. Sacados de la huerta donde se escond&#237;an y llevados fuera de la puerta de Alcal&#225;, junto a la plaza de toros, los fusilan y rematan a bayonetazos en compa&#241;&#237;a de los hermanos alfareros Miguel y Diego Manso Mart&#237;n, y del hijo de &#233;ste, Miguel.


Sobre las doce y media, a excepci&#243;n de los puntos de resistencia que los madrile&#241;os mantienen entre Puerta Cerrada, la calle Mayor, Ant&#243;n Mart&#237;n y la puerta del Sol, las columnas que convergen hacia el centro avanzan ya sin demasiada dificultad, asegurando sus comunicaciones por las grandes avenidas. Tal es el caso de la calle de Atocha, hacia la que se han retirado numerosos paisanos que combat&#237;an en el paseo del Prado. Algunos traen noticia de las atrocidades cometidas por los franceses en la puerta de Alcal&#225; y en el Resguardo de Recoletos, donde acaban de apresar a los funcionarios que all&#237; estaban, interviniesen o no en los combates.

Se los han llevado a todos -cuenta alguien-: Ram&#237;rez de Arellano, Requena, Parra, Calvillo y los otros Tambi&#233;n a un hortelano del marqu&#233;s de Perales que tuvo la mala suerte de esconderse con ellos. Llegaron los gabachos, les quitaron las armas y los caballos, y los bajaron al Prado como a una recua de bestias Y cuando el brigadier don Nicol&#225;s Galet acudi&#243; de uniforme a reclamar a su gente, le pegaron un tiro en la ingle.

Conozco a Ram&#237;rez de Arellano. Su mujer es Manuela Franco, la hermana de Lucas. Tienen dos hijos y ella est&#225; embarazada del tercero &#161;Pobres!

Por lo visto est&#225;n fusilando a mucha gente.

Y la que van a fusilar A nosotros, por ejemplo, si nos agarran.

&#161;Cuidado, que vuelven!

Atacados por un destacamento de dragones procedente del Buen Retiro y por una columna de infanter&#237;a que avanza desde el paseo de las Delicias, una docena de paisanos y cuatro soldados de los cinco que abandonaron el cuartel de Guardias Espa&#241;olas -el quinto, Eugenio Garc&#237;a Rodr&#237;guez, ha muerto junto a la verja del Jard&#237;n Bot&#225;nico- se baten en retirada protegi&#233;ndose en las calles pr&#243;ximas. Empieza de ese modo una sucia pelea de esquinas, zaguanes y soportales, en la que los espa&#241;oles terminan cercados. Apresan as&#237;, cuando huye hacia las tapias de Jes&#250;s, a Domingo Bra&#241;a Balb&#237;n, mozo de tabaco de la Real Aduana. Tres soldados de Guardias Espa&#241;olas que van con &#233;l logran escapar de casa en casa, derribando tabiques y saltando por los tejados, mientras que el sevillano Manuel Alonso Albis, cuyo uniforme atrae la atenci&#243;n de los franceses, recibe un tiro de refil&#243;n que le destroza un carrillo; y al volverse dejando caer el fusil mientras desenvaina el sable, recibe otro disparo en el pecho que lo derriba junto al muro trasero del Hospital General. Capturan despu&#233;s al arriero Baltasar Ruiz, que ser&#225; fusilado al poco rato en la alcantarilla de Atocha. Los dem&#225;s, perseguidos por los imperiales que les dan caza a la bayoneta y los ametrallan con una pieza de artiller&#237;a que enfila calle de Atocha arriba, pelean al arma blanca, sin esperanza, sucumbiendo uno tras otro. El que m&#225;s lejos llega es Juan Bautista Coronel, m&#250;sico de cincuenta a&#241;os nacido en San Juan de Panam&#225;, quien, corriendo cerca de la plazuela de Ant&#243;n Mart&#237;n, recibe una esquirla de metralla que le desgarra un muslo y el vientre. Otros miembros de esa partida, Jos&#233; Juan Bautista Montenegro, el gallego de Mondo&#241;edo Juan Fern&#225;ndez de Chao y el zapatero de diecinueve a&#241;os Jos&#233; Pe&#241;a, acorralados y sin municiones, levantan las manos y se rinden a los franceses. Por la tarde, los tres se contar&#225;n entre los fusilados en la cuesta del Buen Retiro.


En el Hospital General, situado en la esquina de la calle de Atocha con la puerta del mismo nombre, donde dos mil enfermos franceses se salvaron esta ma&#241;ana de verse degollados por el populacho, el mozo de sala Serapio Elvira, de diecinueve a&#241;os, acaba de llegar de la calle trayendo a un compa&#241;ero, maltrecho de un balazo que le fractur&#243; dos costillas cuando ambos recog&#237;an heridos en Ant&#243;n Mart&#237;n. Dejando al compa&#241;ero en manos de un cirujano, Elvira atraviesa el corredor atestado de heridos y agonizantes en busca de otro mozo que se atreva a salir a la calle. En ese momento, un practicante de cirug&#237;a sube dando voces por la escalera principal.

&#161;Los gabachos quieren fusilar a los presos de las cocinas!

Serapio Elvira corre abajo, con otros, y encuentra all&#237; a un sargento imperial que, con un pelot&#243;n de soldados, se lleva al zapador, los mozos y los enfermeros que hace rato pretendieron pasar a cuchillo a los franceses del hospital. Sin pensarlo dos veces, Elvira coge un trinchante y se arroja sobre el suboficial, que saca su espada y le da un sablazo. Cae herido el joven, desenvainan los otros soldados, y se les arrojan encima, en tropel, todos los mozos de la cocina -en su mayor parte asturianos- y algunos enfermeros y practicantes de cirug&#237;a que acuden al tumulto. De los espa&#241;oles, adem&#225;s de Serapio Elvira, resulta muerto Francisco de Labra, de diecinueve a&#241;os, y heridos sus compa&#241;eros Francisco Blanco Encalada, de diecis&#233;is, Silvestre Fern&#225;ndez, de treinta y dos, y Jos&#233; Pereira M&#233;ndez, de veintinueve, as&#237; como el cirujano Jos&#233; Quiroga, el lavandero Patricio Cosmea, el mozo de patio Antonio Amat y el enfermero Alonso P&#233;rez Blanco -que morir&#225; de sus heridas d&#237;as m&#225;s tarde-. Pero entre todos hacen retroceder a los franceses, llen&#225;ndolos de golpes y heridas. El marmit&#243;n Vicente P&#233;rez del Valle, un robusto mozo de Cangas que empu&#241;a un hierro de asar, se enfrenta al suboficial hasta que &#233;ste suelta el sable y huye descalabrado con sus hombres.

&#161;Gabachos hijos de la gran puta! &#161;No volv&#225;is aqu&#237;!

Pero los franceses vuelven, y con ansias de revancha. Tras pedir ayuda en el piso superior, el suboficial agredido -lleva ahora la cabeza vendada y viene ciego de c&#243;lera- regresa con un pelot&#243;n de granaderos, irrumpe en las cocinas a punta de bayoneta y se&#241;ala a cuantos se distinguieron en la refriega. Se llevan de ese modo hacia la alcantarilla de Atocha, descalzos y en camisa, a P&#233;rez del Valle, a otro mozo de cocina y a cinco practicantes de cirug&#237;a. En una declaraci&#243;n posterior sobre los sucesos del d&#237;a, un testigo presencial, el juez Pedro la Hera, declarar&#225; que ninguno volvi&#243; al hospital ni jam&#225;s se supo de ellos.


El capit&#225;n Luis Daoiz est&#225; preocupado por la defensa del parque de artiller&#237;a. La mayor parte de la gente que reclamaba fusiles, al abr&#237;rsele las puertas y hacerse con ellos se dispers&#243; por la ciudad, dispuesta a combatir por su cuenta -muchos, poco familiarizados con las armas de fuego, s&#243;lo cogieron sables y bayonetas-. Entre Daoiz, el capit&#225;n Velarde y los otros oficiales han podido retener a algunos paisanos, convenci&#233;ndolos de que ser&#225;n m&#225;s &#250;tiles all&#237;. En una viva discusi&#243;n mantenida en la sala de banderas, confrontado el orgullo fr&#237;o de Daoiz con los apasionados arrebatos de Velarde, este &#250;ltimo se manifest&#243; seguro de que, cuando en los otros cuarteles sepan que la lucha empieza en Montele&#243;n, las tropas espa&#241;olas saldr&#225;n a la calle.

&#191;De qu&#233; sirve batirnos? -preguntaba uno de los compa&#241;eros, el capit&#225;n de artiller&#237;a Jos&#233; C&#243;rdoba-. Somos cuatro gatos.

Porque dando ejemplo animaremos a otros -fue la respuesta optimista de Velarde-. Ning&#250;n militar de honor se quedar&#225; cruzado de brazos, dejando que nos liquiden.

&#191;T&#250; crees?

Me va la vida en ello. O mejor dicho, nos va.

El esc&#233;ptico Daoiz, siempre prudente y l&#250;cido, duda que eso ocurra. Conoce el estado de apat&#237;a y desconcierto en que se encuentra el Ej&#233;rcito, as&#237; como la cobard&#237;a moral de los mandos superiores. Sabe perfectamente -lo sab&#237;a al tomar la decisi&#243;n de entregar fusiles al pueblo- que quienes ocupan el parque, cuando peleen, lo har&#225;n solos. Por el honor, y punto. Adem&#225;s, pocos lugares hay en Madrid menos adecuados para una defensa eficaz. Montele&#243;n no es cuartel sino edificio civil, o conglomerado de varios, antiguo palacio de los duques de Montele&#243;n cedido por Godoy al arma de artiller&#237;a: medio mill&#243;n de pies cuadrados imposibles de defender, circunvalados por una tapia que ni siquiera es muro, tan alta como d&#233;bil, que discurre recta y cuadrangular a lo largo de las Rondas en su parte posterior, por la calle de San Bernardo al oeste, por San Andr&#233;s al este, y al sur por San Jos&#233;. Lo dilatado del recinto, rodeado de casas y alturas que lo dominan, sin otra posici&#243;n para observar el exterior que algunas ventanas del tercer piso del edificio -retirado de la tapia, s&#243;lo puede verse desde &#233;l un trecho de la calle de San Jos&#233;-, hace que la vigilancia de eventuales fuerzas enemigas deba efectuarse con centinelas en las casas pr&#243;ximas o en la calle, al descubierto. Adem&#225;s, excepto los Voluntarios del Estado y los pocos artilleros, la gente carece de disciplina y formaci&#243;n militar. Para colmo de males, seg&#250;n acaba de informar el sargento Rosendo de la Lastra, los ca&#241;ones s&#243;lo disponen de diez cargas de p&#243;lvora encartuchadas y otras veinte que se preparan a toda prisa; y aunque sobran balas de todos los calibres, no hay saquetes ni botes de metralla. Con ese panorama, Luis Daoiz sabe que una victoria militar est&#225; descartada, y que cuanta acci&#243;n emprenda no puede ser sino dilatoria. Una vez comience el ataque franc&#233;s, lo que Montele&#243;n aguante depender&#225; de la desesperaci&#243;n de quienes lo defiendan.

Con su permiso, mi capit&#225;n -dice el teniente Arango-. Ya est&#225; la gente distribuida en escuadras, como orden&#243;

El capit&#225;n Velarde se ocupa ahora de situarla en sus puestos.

&#191;Cu&#225;nta hay?

Poco m&#225;s de doscientos civiles entre la calle y el parque, aunque todav&#237;a se nos une alg&#250;n vecino del barrio A eso hay que sumar los Voluntarios del Estado, los artilleros que ten&#237;amos aqu&#237; y la media docena de se&#241;ores oficiales que han venido a reforzarnos.

Trescientos, m&#225;s o menos -concluye Daoiz.

S&#237;, bueno Quiz&#225; algunos m&#225;s.

Arango, cuadrado ante Daoiz, aguarda instrucciones. El capit&#225;n observa su gesto preocupado por la enormidad de lo que preparan, y siente alg&#250;n remordimiento. El joven oficial, ajeno a la conspiraci&#243;n, se encuentra all&#237; porque esta ma&#241;ana le tocaba estar de servicio, dolido al constatar que todo se organiz&#243; a sus espaldas. El comandante del parque ni siquiera sabe qu&#233; piensa Arango de la ocupaci&#243;n francesa, ni de las medidas que se toman, y desconoce sus opiniones pol&#237;ticas. Lo ve cumplir sus obligaciones, y es lo que cuenta. De cualquier modo, concluye, la suerte o el futuro de ese joven cuentan poco. No es el &#250;nico imposibilitado de elegir hoy su destino, en Madrid.

Haga traer cerca de la puerta dos ca&#241;ones de a ocho libras y otros dos de a cuatro -le ordena Daoiz-. Limpios, cargados y listos para hacer fuego.

No tenemos metralla, mi capit&#225;n.

Ya lo s&#233;. Que los carguen con bala. De todas formas, encargue a alguien buscar clavos viejos, balas de mosquete o lo que sea Hasta las piedras de fusil pueden valer, y de &#233;sas tenemos muchas. Que las metan en saquetes, por si acaso.

A la orden.

El capit&#225;n observa a las mujeres que est&#225;n en el patio, mezcladas con los civiles y los militares. En su mayor parte son familiares de soldados o de los paisanos armados: madres, esposas e hijas, vecinas de las calles pr&#243;ximas que han venido acompa&#241;ando a los suyos. Bajo la direcci&#243;n del cabo artillero Jos&#233; Monta&#241;o, algunas traen s&#225;banas, colchas y manteles, y rasg&#225;ndolos hacen en el patio una pila de hilas y vendas para cuando empiece a caer gente. Otras abren cajas de munici&#243;n, meten manojos de cartuchos en capazos y cestos de mimbre, y los llevan a los hombres que se parapetan en los edificios del parque o en la calle.

Otra cosa, Arango. Procure sacar a esas mujeres de ah&#237; antes de que lleguen los franceses &#201;ste no es sitio para ellas.

El teniente suspira hondo.

Ya lo he intentado, mi capit&#225;n. Y se r&#237;en en mi cara.


Frente a la puerta del parque y con talante muy distinto al de Luis Daoiz, el infatigable Pedro Velarde supervisa la distribuci&#243;n de los tiradores, seguido por las sombras fieles de los escribientes Rojo y Almira. Su presencia y el calor convencido que derrocha a cada paso animan a militares y a paisanos, que lo secundan con fervor, dispuestos a seguirlo al mismo infierno. El capit&#225;n de estado mayor -hoy lo demuestra de sobra- es de los raros jefes capaces de inflamar a la gente bajo su mando. Hasta puede aprenderse de memoria, en el acto, los nombres de todos sus subordinados y dirigirse a ellos, incluidos los civiles m&#225;s torpes y biso&#241;os, como si hubiesen luchado juntos toda la vida.

&#161;Les vamos a dar a los franceses con todo lo que tenemos! -dice de grupo en grupo, mientras se frota las manos-. &#161;Esos mosi&#250;s no saben la que les espera!

Por todas partes sus palabras confortan a la gente, que hace punto de honra en cumplir las &#243;rdenes. As&#237;, con el est&#237;mulo y la actitud resuelta del capit&#225;n, aquellos paisanos desorientados, las partidas an&#225;rquicas hechas de gente casi toda humilde, comerciantes modestos, artesanos, chisperos, mozos, criados y vecinos que empu&#241;an un fusil por primera vez en sus vidas -algunos sintieron flaquear su &#225;nimo al ver marcharse, una vez armados, a la mayor parte de quienes los acompa&#241;aban en la calle-, toman conciencia de grupo, se organizan y apoyan unos a otros, atienden las instrucciones y acuden con buen talante donde se les requiere.

Hay que arrimar esos andamios a la tapia del parque, junto a la puerta, para que nuestra gente pueda asomarse y disparar por encima &#191;Le parece bien, Goicoechea?

S&#243;lo podr&#225;n encaramarse cuatro o cinco.

Cuatro o cinco fusiles ah&#237; son un mundo.

A la orden.

De acuerdo con el capit&#225;n de Voluntarios del Estado, Velarde ha dividido en dos a los soldados tra&#237;dos del cuartel de Mejorada, reforz&#225;ndolos con cuadrillas de paisanos. Quince de los treinta y tres fusileros, bajo el mando del teniente Jos&#233; Ontoria y el subteniente Tom&#225;s Bruguera, vigilan la parte trasera del recinto -las cocinas, los talleres y las cuadras, contiguas a la calle de San Bernardo y a la Ronda-. El resto, del que se har&#225;n cargo Goicoechea y su ayudante Francisco Alver&#243; cuando empiece el combate, ocupa las pocas ventanas que dan a la fachada principal, la puerta del parque y la calle de San Jos&#233;, con gente de la partida de paisanos reunida por el oficial de obras Francisco Mata. A los dem&#225;s civiles los deja Velarde bajo el mando de quienes vinieron acaudill&#225;ndolos, pero con supervisi&#243;n de los capitanes C&#243;nsul, C&#243;rdoba, Rovira y Dalp. De ese modo los sit&#250;a junto a la tapia y en los edificios particulares que hay al otro lado de la calle, al abrigo de portales y zaguanes o parapetados con muebles, fardos, colchones y cuanto amontonan los vecinos. Tambi&#233;n destaca avanzadillas de paisanos en la esquina de San Bernardo, la calle de San Pedro, que desemboca junto al convento de las Maravillas -el edificio de las monjas carmelitas est&#225; frente a la puerta principal del parque-, y la esquina de la calle Fuencarral, con &#243;rdenes de avisar cuando aparezcan enemigos. En ese &#250;ltimo punto, Velarde sit&#250;a la partida del estudiante asturiano Jos&#233; Guti&#233;rrez, al que acompa&#241;an, entre otros, el peluquero Mart&#237;n de Larrea y su mancebo Felipe Barrio. Sus &#243;rdenes son dar aviso, replegarse y entrar en las casas pr&#243;ximas para combatir all&#237;.

Sobre todo, que nadie dispare sin &#243;rdenes. En cuanto vean enemigos, se retiran ustedes con mucha cautela y vienen a avisar. Es mejor pillarlos desprevenidos &#191;Est&#225; claro?

Clar&#237;simo, mi capit&#225;n. Ver, callar y volver a contarlo.

Justo. As&#237; que hala, espabilen. Y viva Espa&#241;a.

&#161;Viva!

&#191;Qu&#233; hacemos nosotros, se&#241;or capit&#225;n?

Velarde se vuelve hacia otro grupo que aguarda instrucciones: la partida de Jos&#233; Fern&#225;ndez Villamil, el hostelero de la plazuela de Matute, cuya gente -Jos&#233; Mu&#241;iz Cueto y su hermano Miguel, otros mozos de la hoster&#237;a, algunos vecinos del barrio y el mendigo de Ant&#243;n Mart&#237;n- lleg&#243; armada por su cuenta, tras apoderarse de fusiles del ret&#233;n de Inv&#225;lidos de las Casas Consistoriales. El hostelero y los suyos son de los pocos civiles presentes en el parque que han olido hoy la p&#243;lvora, bati&#233;ndose en varios lugares de la ciudad. Esa experiencia les da aplomo. Incluso, le cuenta Fern&#225;ndez Villamil al capit&#225;n de artiller&#237;a, su mozo Jos&#233; Mu&#241;iz mat&#243; de un tiro a un oficial franc&#233;s. Al escuchar aquello, Velarde asiente y felicita a Mu&#241;iz. Sabe lo que significa el elogio de un superior, sobre todo viniendo de un militar y en estas circunstancias. Con lo que se avecina.

D&#237;ganme una cosa &#191;Se ven capaces de aguantar en la calle, a pecho descubierto?

Espere y lo ver&#225; -gallea el hostelero.

La duda ofende -apunta otro.

Velarde sonr&#237;e aprobador, procurando poner cara de que lo han impresionado. Est&#225; en su salsa.

No se hable m&#225;s, porque voy a encomendarles una misi&#243;n crucial De momento emb&#243;squense enfrente, en el huerto de las Maravillas, sin pegar un tiro hasta que empiece el fuego en serio. Tenemos intenci&#243;n de sacar luego los ca&#241;ones a la calle, y har&#225; falta quien nos proteja. Cuando eso ocurra, ustedes salen del huerto y se tumban en la acera, unos apuntando hacia Fuencarral y otros hacia San Bernardo. &#191;Entendido? As&#237; impedir&#225;n que los tiradores franceses se acerquen y disparen contra nuestros artilleros.

&#191;Y por qu&#233; no sacamos ya los ca&#241;ones? -pregunta con mucho desparpajo el mendigo de Ant&#243;n Mart&#237;n.

Los escribientes Rojo y Almira, que siguen pegados a Velarde, estudian al mendigo con ojo cr&#237;tico: nariz roja de vino, calz&#243;n sucio y chupa vieja sobre una camisa llena de mugre. Los dedos que aferran el mosquete reluciente tienen las u&#241;as rotas y negras. Pero Velarde sonr&#237;e con naturalidad. Es un hombre m&#225;s, a fin de cuentas. Un fusil, una bayoneta y dos manos. Esta ma&#241;ana no sobra nada de eso.

Es pronto para arriesgarlos sin saber por d&#243;nde vendr&#225; el ataque -responde, paciente-. Los sacaremos cuando tengamos claro d&#243;nde disparar.

Fern&#225;ndez Villamil y los otros miran al artillero, entusiasmados. Todos muestran una confianza ciega.

&#191;Vendr&#225;n m&#225;s militares, se&#241;or capit&#225;n?

Por supuesto -responde Velarde, impasible-. En cuanto empiecen los tiros &#191;Imaginan que nos van a dejar solos peleando?

&#161;Claro que no! &#161;Cuente con nosotros, mi capit&#225;n! &#161;Viva el rey Fernando! &#161;Viva Espa&#241;a!

Viva siempre. Y ahora ocupen sus puestos.

Vi&#233;ndolos irse, fanfarrones y bulliciosos como una pandilla de chicos dispuestos a jugar a la guerra, Velarde siente una punzada inc&#243;moda. Sabe que los manda a una posici&#243;n expuesta. Haciendo como que no advierte las miradas que le dirigen los escribientes Rojo Palmira -los dos saben que no hay tropas espa&#241;olas que esperar, ni mucho menos-, prosigue la distribuci&#243;n de gente que acord&#243; con Luis Daoiz.

A ver, &#191;qui&#233;n manda en este grupo? Usted es Cosme, &#191;verdad?

S&#237;, mi capit&#225;n -responde el almacenista de carb&#243;n Cosme de Mora, encantado de que el militar haya retenido su nombre-. Para servirle a usted y a la patria.

&#191;Saben todos manejar los fusiles?

M&#225;s o menos. Yo cazo con escopeta.

No es lo mismo. Estos dos se&#241;ores les dir&#225;n lo m&#225;s b&#225;sico.

Mientras los escribientes explican a Mora y los suyos el modo de morder el cartucho con rapidez, cargar, atacar, disparar y cargar de nuevo, Velarde observa a los hombres que tiene alrededor. Algunos son s&#243;lo unos chicos. Con ellos est&#225; un ni&#241;o peque&#241;o que lo mira imp&#225;vido.

&#191;Y este cr&#237;o?

Es nuestro hermano, se&#241;or capit&#225;n -dice un joven que est&#225; junto a otro que se le parece mucho-. No hay forma de convencerlo de que vuelva a casa Ni peg&#225;ndole se va.

Ser&#225; peligroso para &#233;l. Y vuestra madre estar&#225; angustiada.

&#191;Y qu&#233; quiere que hagamos? No consiente en irse.

&#191;C&#243;mo se llama?

Pepillo Amador.

Velarde decide olvidarse del ni&#241;o, pues tiene cosas urgentes que atender. Aqu&#233;lla es la partida m&#225;s numerosa de las que han llegado a Montele&#243;n, y los rostros traslucen sentimientos diversos: inquietud, decisi&#243;n, desconcierto, angustia, esperanza, valor Tambi&#233;n muestran una ingenua fe en el capit&#225;n que tienen delante, o m&#225;s bien en su graduaci&#243;n y uniforme. La palabra capit&#225;n suena bien, inspira confianza elemental a esos voluntarios valerosos, sencillos, hu&#233;rfanos de su rey y su Gobierno, dispuestos a seguir a quien los gu&#237;e. Todos han dejado familias, casas y trabajos, arriesg&#225;ndose para acudir al parque impulsados por la rabia, el pundonor, el patriotismo, el coraje, el odio a la arrogancia francesa. Dentro de un rato, concluye Velarde, muchos quiz&#225;s est&#233;n muertos. Incluso &#233;l mismo, con ellos. El pensamiento lo deja absorto, silencioso, hasta que se percata de que todos lo miran expectantes. Entonces se yergue y alza la voz.

En cuanto al manejo de la bayoneta y el arma blanca -a&#241;ade-, trat&#225;ndose de hombres como ustedes, seguro que no hace falta que nadie les ense&#241;e nada.

La bravata da en el blanco: los rostros se relajan, hay algunas carcajadas y palmadas en los hombros. Ni sobre bayonetas ni sobre navajas, alardean algunos golpeando la cachicuerna que llevan en la faja. Que se lo pregunten, si no, a los gabachos.

Lo bueno de esta munici&#243;n -remata Velarde, tocando a su vez la empu&#241;adura del sable- es que ni se acaba nunca, ni precisa quemar p&#243;lvora &#161;Y ning&#250;n franc&#233;s la maneja como los espa&#241;oles!

&#161;&#161;Ninguno!!

Le responde una ovaci&#243;n. Y de ese modo, tras alentarles un poco m&#225;s el entusiasmo -el capit&#225;n sabe que, como el miedo, el valor es contagioso-, env&#237;a al almacenista de carb&#243;n y a su gente a cubrir las barricadas, aceras y balcones de las casas contiguas al jard&#237;n y al huerto del convento de las Maravillas, con la orden de batir, cuando empiece la lucha, la mayor extensi&#243;n posible de la embocadura de San Jos&#233; a San Bernardo.

&#191;Qu&#233; opina usted, mi capit&#225;n? -pregunta en voz baja el escribiente Almira, que mueve dubitativo la cabeza.

Velarde encoge los hombros. Lo que importa es el ejemplo. Tal vez eso remueva conciencias y favorezca el milagro. Pese al pesimismo de Daoiz, sigue creyendo que, si Montele&#243;n resiste, las tropas espa&#241;olas no permanecer&#225;n con los brazos cruzados. Tarde o temprano se echar&#225;n a la calle.

Hay que aguantar como sea -responde.

S&#237;, pero &#191;Cu&#225;nto tiempo?

Lo que podamos.

Mientras conversan en voz baja, capit&#225;n y escribiente miran irse a los voluntarios. Van con ese grupo, hasta un total de quince hombres y muchachos, el oficial sangrador Jer&#243;nimo Moraza, el portero de juzgado F&#233;lix Tordesillas, el carpintero Pedro Navarro, el botillero de la calle Hortaleza Jos&#233; Rodr&#237;guez -acompa&#241;ado por su hijo Rafael- y los hermanos Antonio y Manuel Amador, seguidos de cerca por Pepillo, su hermanito de once a&#241;os, que los sigue arrastrando una pesada cesta llena de munici&#243;n.


Despu&#233;s de conseguir un fusil y un paquete de cartuchos, el joven de dieciocho a&#241;os Francisco Huertas de Vallejo, segoviano de familia acomodada, va a apostarse donde le ordenan: el balc&#243;n de un primer piso situado frente a la tapia del parque de artiller&#237;a. Desde all&#237; puede ver la esquina con San Bernardo. Lo acompa&#241;an un hombre joven, flaco y con lentes, armado tambi&#233;n con mosquete, que tras estrecharle la mano con ceremonia se identifica de nombre y oficio como Vicente G&#243;mez Pastrana, cajista de imprenta, y el inquilino o due&#241;o de la casa: un tipo risue&#241;o de patillas grises y cierta edad que lleva polainas de cazador, escopeta y dos cananas de balas cruzadas al pecho.

&#201;ste es el mejor sitio -comenta el cazador-. En cuanto los franceses aparezcan por esa esquina, los tendremos enfilados.

Se ha equipado usted bien.

Iba a salir temprano por Fuencarral, con mi perro. Pero al fin decid&#237; quedarme aqu&#237; Es mejor que tirarles a los conejos.

El cazador, que se presenta como Francisco Garc&#237;a -don Curro, precisa, para amigos y camaradas-, parece hombre de permanente buen humor, poco preocupado por la suerte de sus enseres dom&#233;sticos. Aun as&#237;, con ayuda de Francisco Huertas y del cajista de imprenta, aparta muebles para despejar las inmediaciones del balc&#243;n y coloca dos colchones enrollados contra la barandilla de hierro, a modo de parapeto, por si alguna bala perdida, dice, quiere colarse dentro. Luego retira algunas porcelanas y una imagen de Jes&#250;s Nazareno que estaba junto a un aparador, y lo pone todo a salvo en el dormitorio. Al cabo mira en torno, satisfecho, y les gui&#241;a un ojo a sus acompa&#241;antes.

He mandado a mi mujer a casa de su hermana. No quer&#237;a irse, pero pude convencerla. Espero que no haya muchos destrozos Le puede dar un soponcio.

Asomados al balc&#243;n, los tres hombres observan el ir y venir de gente armada que se distribuye por el huerto de las Maravillas o se tumba en la acera junto a la tapia, al otro lado de la calle. Hay gritos, carreras y &#243;rdenes contradictorias, pero todos mantienen una disciplina razonable. Los uniformes blancos de los Voluntarios del Estado asoman por las ventanas del &#250;nico edificio interior del parque que se encuentra cerca de la calle, y en la puerta destaca el azul turqu&#237; de los artilleros. Francisco Huertas observa al capit&#225;n de casaca verde que da &#243;rdenes en la entrada. Ignora su nombre, pero militares y paisanos lo obedecen sin rechistar. Eso inspira confianza al joven segoviano, que sali&#243; esta ma&#241;ana de casa de su t&#237;o don Francisco Lorrio -el sobrino est&#225; en Madrid pretendiendo un empleo del Estado merced a las buenas relaciones de la familia- sin otra intenci&#243;n que observar el tumulto, pero no pudo sustraerse al entusiasmo popular. Cuando se abrieron las puertas del parque y la gente entr&#243; en busca de fusiles, le pareci&#243; vergonzoso quedarse afuera, mirando. As&#237; que fue con los dem&#225;s, y antes de darse cuenta ten&#237;a en las manos un fusil reluciente y en los bolsillos provisi&#243;n de cartuchos.

Vamos a tomarnos una copita mientras esperamos, porque una cosa no quita la otra &#191;Ustedes gustan?

Don Curro ha aparecido con una botella de an&#237;s dulce, tres vasos y tres cigarros habaneros. Francisco Huertas bebe un sorbo de licor, sinti&#233;ndose tonificado.

Estar&#237;a bien -dice el cajista de imprenta- despachar a alg&#250;n gabacho.

Brindemos por la intenci&#243;n -el due&#241;o de la casa vuelve a llenar los vasos-. Y tambi&#233;n a la salud del rey Fernando.

Hay tumulto en la calle. Francisco Huertas, con el cigarro en la boca y sin encender -no es partidario de ponerse a echar humo en este momento-, apura su an&#237;s y se asoma al balc&#243;n, mosquete en mano. La gente est&#225; tumbada en tierra, y junto a la esquina algunos apuntan sus fusiles. Otros corren hacia el convento de las Maravillas. El capit&#225;n de casaca verde ha desaparecido dentro del parque, cuyas puertas se cierran lentamente, suscitando en el joven una extra&#241;a sensaci&#243;n de desamparo. Cuando mira hacia las ventanas del edificio, comprueba que los Voluntarios del Estado se han agachado y s&#243;lo asoman las bocas de sus armas.

Murat nos invita a bailar, se&#241;ores -dice don Curro, que echa humo con mucha flema.

Francisco Huertas observa que al cajista de imprenta le tiemblan las manos cuando, tras apagar su cigarro, vac&#237;a la p&#243;lvora en el ca&#241;&#243;n del fusil, mete la bala con el resto del cartucho y lo ataca todo con la baqueta. Sintiendo un escalofr&#237;o que le recorre la espina dorsal, los brazos y las ingles, el joven hace lo mismo y despu&#233;s se arrodilla con sus dos compa&#241;eros tras el improvisado parapeto, con la culata pegada a la cara. Huele a metal, madera y aceite.

&#191;Qu&#233; hago aqu&#237;?, se interroga de pronto, asustado.

Desde un balc&#243;n vecino, alguien grita que vienen los franceses.


La &#250;nica partida de voluntarios que todav&#237;a no ha llegado al parque de artiller&#237;a es la de Blas Molina Soriano. En un alarde de prudencia, escarmentado por las escenas que presenci&#243; ante Palacio, el cerrajero lleva a su cuadrilla en silencio y dando rodeos para evitar toparse con una fuerza francesa que los desbarate. De ese modo, procurando pasar inadvertido, el grupo ha ido desde Tudescos a la corredera de San Pablo, de all&#237; a la plazuela de San Ildefonso, y luego de callejear un poco desemboca ahora en la calle de San Vicente, camino de la Palma alta y el convento de las Maravillas. La cercan&#237;a del parque de Montele&#243;n anima a Molina y los suyos, que empiezan a perder la discreci&#243;n y prorrumpen en vivas a Espa&#241;a y mueras a los franceses. Pero al doblar la esquina de San Andr&#233;s y San Vicente, el cerrajero levanta una mano y hace alto.

&#161;Callarse! -ordena-. &#161;Callarse!

La gente de la partida se congrega a su lado, pegada a la esquina, mirando calle arriba. Escuchando. Los vivas y mueras han cesado, los rostros est&#225;n mortalmente serios. Como Molina, cada hombre permanece atento al ruido inconfundible que se oye con claridad entre los edificios interpuestos: un crepitar siniestro, seco, nutrido y constante.

Se combate en el parque de Montele&#243;n.



5

Entre las doce y media y la una de la tarde, Madrid queda cortado en dos. Desde el paseo del Prado hasta el Palacio Real, las v&#237;as principales se encuentran ocupadas por tropas francesas, cuya caballer&#237;a va y viene al galope barriendo las calles con feroces cargas, reforzada por ca&#241;ones que tiran contra cuanto se mueve y por destacamentos de infanter&#237;a que avanzan de esquina en esquina. Sin embargo, pese a que la m&#225;quina de guerra napole&#243;nica se impone poco a poco, su control est&#225; lejos de ser absoluto. Los coraceros de la brigada Rigaud siguen en Puerta Cerrada, sin tener el paso expedito. Con la artiller&#237;a imperial batiendo la plaza Mayor, la de Santa Cruz y Ant&#243;n Mart&#237;n, grupos de madrile&#241;os se dispersan por las callejas adyacentes despu&#233;s de cada acometida, pero vuelven a reunirse y atacan de nuevo, tenaces, desde zaguanes y soportales. Sin esperanza de victoria, buena parte de la gente sensata, desenga&#241;ada o aterrada por la matanza, anda en fuga o procura retirarse a su casa. Pero a&#250;n quedan madrile&#241;os empe&#241;ados en disputar, a tiros y navajazos, cada portal y cada esquina. Quienes se baten de ese modo son los desesperados sin escapatoria posible, los que nada tienen que perder, los que quieren vengar a amigos y parientes, la gente de los barrios bajos dispuesta a todo, y quienes, m&#225;s all&#225; de cualquier raz&#243;n, ya s&#243;lo buscan cobrarse caro en los franceses, ojo por ojo y diente por diente, el estrago de la jornada.

&#161;A ellos! &#161;Que lo paguen, esos gabachos! &#161;Que lo paguen!

Para unos y otros, el precio es terrible. Hay muertos en cada calle del centro, en cada portal y en cada esquina. El fuego de artiller&#237;a, que no escatima la metralla, ha hecho desaparecer de balcones y ventanas a casi todos los tiradores espa&#241;oles, y descargas continuas de fusileros, cazadores y granaderos mantienen desiertas las fachadas superiores, tejados y terrazas de los edificios. Varias mujeres perecen as&#237;, alcanzadas cuando arrojan desde sus casas macetas, floreros y muebles contra los franceses. Entre ellas se cuentan la aragonesa de treinta y seis a&#241;os &#193;ngela Villalpando, que muere en la calle Fuencarral; en la de Toledo, las vecinas Catalina Calder&#243;n, de treinta y siete a&#241;os, y Mar&#237;a Antonia Monroy, de cuarenta y ocho; en la del Soldado, la chispera de treinta y ocho a&#241;os Teresa Rodr&#237;guez Palacios; y en la de Jacometrezo, la viuda Antonia Rodr&#237;guez Fl&#243;rez. Por su parte, el comerciante Mat&#237;as &#193;lvarez recibe un disparo en el pecho cuando hostiga a los imperiales con una escopeta desde un balc&#243;n de la calle de Santa Ana. Y en su casa de la calle de Toledo, esquina a la Concepci&#243;n Jer&#243;nima, desde donde arroja tejas y enseres de cocina contra todo franc&#233;s que pasa por debajo, a Segunda L&#243;pez del Postigo le atraviesan el muslo izquierdo de un balazo.

Sin embargo, muchos de quienes hoy mueren o quedan heridos en ventanas y balcones son ajenos al combate, alcanzados al asomarse o mientras intentan resguardarse del tiroteo. Es as&#237; como, en la calle del Espejo, una misma bala perdida, o intencionada, mata a la joven Catalina Casanova y Perrona -hija del alcalde de Casa y Corte don Tom&#225;s de Casanova- y a su hermano Joselito, de pocos a&#241;os; y en la esquina de la calle de la Rosa con la de Luz&#243;n, otra descarga francesa cuesta la vida, en v&#237;speras de su boda, a la joven de diecis&#233;is a&#241;os Catalina Pajares de Carnicero, hiriendo a la criada de la casa, Dionisia Arroyo. De ese modo mueren tambi&#233;n, entre numerosas v&#237;ctimas no combatientes, Escol&#225;stica L&#243;pez Mart&#237;nez, de treinta y seis a&#241;os, natural de Caracas; el pinche de cocina de treinta a&#241;os Jos&#233; Pedrosa, en la plaza de la Cebada; Josefa Dolz de Castellar, en la calle de Panaderos; la viuda Mar&#237;a Francisca de Partearroyo, en la plaza del Cord&#243;n; y muchos otros, entre los que se cuentan los ni&#241;os Esteban Castarera, Marcelina Izquierdo, Clara Michel Cazervi y Luisa Garc&#237;a Mu&#241;oz. Tras poner a esta &#250;ltima, de siete a&#241;os, en manos de su madre y de un cirujano, su padre y el mayor de sus hermanos, que no hab&#237;an participado hasta ahora en los acontecimientos de la jornada, cogen un viejo sable de la familia, un cuchillo de monte y dos pistolas, y se echan a la calle.


Los franceses tiran a bulto, sin avisar. En la calle del Tesoro, un destacamento de la Guardia Imperial y un ca&#241;&#243;n emplazado en la esquina de la Biblioteca Real disparan contra un grupo nutrido donde se mezclan fugitivos de los combates, vecinos y curiosos. Mueren en el acto Juan Antonio &#193;lvarez, jardinero de Aranjuez, y el septuagenario napolitano Lorenzo Daniel, profesor de italiano de los infantes de la familia real; y queda herido Domingo de Lama, aguador del retrete de la reina Mar&#237;a Luisa. Cuando acude a ayudar a este &#250;ltimo, que se arrastra por el suelo dejando un reguero de sangre, Pedro Bl&#225;zquez, maestro de primeras letras, soltero, es acometido por un granadero franc&#233;s, al que se enfrenta sin otra arma que un cortaplumas que lleva en el bolsillo. Perseguido hasta un patio interior, Bl&#225;zquez logra despistar al granadero y regresa para ayudar a Domingo de Lama, a quien pone al cuidado de unos vecinos. El maestro de primeras letras se encamina entonces a su casa, situada en la calle Hortaleza, con tan mala suerte que al doblar una esquina se da de boca con un centinela franc&#233;s, all&#237; apostado con fusil y bayoneta. Consciente de que, si se aleja, el otro disparar&#225; su arma, Bl&#225;zquez se abraza a &#233;l, intentando acuchillarlo en el cuello con su cortaplumas, recibiendo a cambio un bayonetazo en un costado. Al fin logra desasirse y huir por la calle de las Infantas, refugi&#225;ndose en casa de una conocida, Teresa Miranda, soltera, maestra de ni&#241;as. Atemorizada por el tumulto, la maestra abre la puerta a Bl&#225;zquez tras mucho hacerse de rogar y lo encuentra ante s&#237;, ensangrentado, todav&#237;a con el cortaplumas en la mano, con aspecto que m&#225;s tarde, entre sus amistades, calificar&#225; de hom&#233;rico y varonil. Haci&#233;ndolo pasar, y mientras el hombre se desnuda de cintura para arriba a fin de que le cure la herida, la solterona se enamorar&#225; perdidamente del maestro de primeras letras. Transcurrido el tiempo de noviazgo al uso y hechas las amonestaciones pertinentes, Pedro Bl&#225;zquez y Teresa Miranda se casar&#225;n un a&#241;o m&#225;s tarde, en la iglesia de San Salvador.


Mientras el maestro Bl&#225;zquez es curado de su bayonetazo, en el centro de la ciudad prosiguen los combates. Aunque las tropas imperiales se mantienen desplegadas en las grandes avenidas, ni las cargas de caballer&#237;a ni el fuego nutrido de la infanter&#237;a logran despejar del todo la puerta del Sol, donde grupos de paisanos siguen atacando desde el Buen Suceso y las calles pr&#243;ximas sin desmayar por las enormes p&#233;rdidas y la dureza de la respuesta. Lo mismo pasa en Ant&#243;n Mart&#237;n, Puerta Cerrada, la parte alta de la calle de Toledo y la plaza Mayor. En &#233;sta, bajo el arco de la calle Nueva, los artilleros franceses de un ca&#241;&#243;n de a ocho libras se ven acometidos por medio centenar de hombres mal vestidos, sucios e hirsutos, que se han ido acercando a saltos, en peque&#241;os grupos, resguardados en zaguanes y soportales. Se trata de los presos liberados de la cercana C&#225;rcel Real, en la plazuela de la Provincia, que tras dar un rodeo caen sobre los franceses con la contundencia propia de su cruda condici&#243;n, armados con pinchos, navajas y cuantas armas han podido coger por el camino. Atacados desde varios sitios a la vez, los artilleros son descuartizados sin misericordia junto al ca&#241;&#243;n y despojados de ropa, fusiles, sables y bayonetas. Luego de aliviar a conciencia los cad&#225;veres, dientes de oro incluidos, los atacantes, asesorados por un gallego llamado Souto -que hace tres a&#241;os, seg&#250;n afirma, sirvi&#243; a bordo del nav&#237;o San Agust&#237;n en Trafalgar-, dan la vuelta al ca&#241;&#243;n y enfilan la desembocadura de la calle Nueva con la puerta de Guadalajara, disparando contra la infanter&#237;a francesa que viene desde los Consejos.

&#161;Metralla! &#161;Meted metralla, que es lo que m&#225;s da&#241;o hace! &#161;Y refrescad antes, no se inflame la p&#243;lvora! &#161;As&#237;! &#161;Venga ac&#225; ese botafuego!

Alentados por su ferocidad, otros paisanos dispersos o fugitivos engrosan el grupo, atrincherado en el &#225;ngulo noroeste de la plaza. Se unen a los presos, entre otros, los asturianos Domingo Gir&#243;n, de treinta y seis a&#241;os de edad, casado, carbonero de la calle Bordadores, y Tom&#225;s G&#252;ervo Tejero, de veintiuno, criado de la casa de monsieur Laforest, embajador de Francia. Tambi&#233;n se incorporan a la partida, tras venir corriendo por la calle de Postas a causa de una nueva carga francesa y la consiguiente dispersi&#243;n, el murciano de cuarenta y dos a&#241;os Felipe Garc&#237;a S&#225;nchez, inv&#225;lido de la 3&#170; compa&#241;&#237;a, su hijo -zapatero de oficio- Pablo Policarpo Garc&#237;a V&#233;lez, el tahonero Antonio Maseda, el guarnicionero Manuel Rem&#243;n L&#225;zaro, y Francisco Calder&#243;n, de cincuenta a&#241;os, que vive de pedir limosna en las gradas de San Felipe.

&#191;Qu&#233; pasa con los militares, amigo? &#191;Salen o no salen a echar una mano?

&#191;Salir? Ya lo ve. &#161;Aqu&#237; los &#250;nicos que salen son gabachos!

Pues en la plaza de la Cebada acabo de cruzarme con unos de Guardias Walonas

Son desertores, seguro Todav&#237;a los fusilaran si los cogen, o cuando vuelvan a su cuartel.

Llega a congregarse en aquel &#225;ngulo de la plaza una nutrida fuerza que, pese a estar mal organizada y peor armada, impone respeto a los franceses procedentes de la puerta de Guadalajara, oblig&#225;ndolos a retirarse hacia los Consejos. Eso envalentona a algunos presos, que se aventuran bajo los soportales y acometen a los rezagados, entabl&#225;ndose confusos combates parciales al arma blanca, bayonetas contra navajas, entre la Plater&#237;a, la cava de San Miguel y la plazuela del mismo nombre. Ese ir y venir, que despeja un trecho de la calle Mayor, permite llevar a varios heridos hasta la botica de don Mariano P&#233;rez Sandino, en la vecina calle de Santiago, que su propietario mantiene abierta desde que empezaron los combates. Entre los all&#237; atendidos se cuenta Manuel Calvo del Maestre, oficial de archivo del Ministerio de la Guerra y veterano de la campa&#241;a del Rosell&#243;n, que tiene un carrillo destrozado de un balazo. Al poco rato llegan el guarnicionero Rem&#243;n, con los dedos de una mano cercenados por un sable franc&#233;s, y el criado de la embajada francesa Tom&#225;s G&#252;ervo, que grita de dolor mientras contiene con ambas manos sus tripas abiertas. Seg&#250;n comenta el preso Francisco Xavier Cay&#243;n, que trae al herido, G&#252;ervo parece el caballo de un picador despu&#233;s de que lo empitone un toro.


&#161;Alto el fuego! &#161;No gastemos m&#225;s cartuchos!

Tumbados en la esquina de las calles de San Jos&#233; y San Bernardo, al extremo de la tapia de Montele&#243;n, los hombres de la partida de Jos&#233; Fern&#225;ndez Villamil cargan y disparan sus fusiles, ensordecidos por las detonaciones, irritados los ojos por el humo de la p&#243;lvora quemada. Han salido desde el huerto de las Maravillas por iniciativa propia, antes de tiempo, y disparan a ciegas, derrochando munici&#243;n para nada. Los franceses que se acercaban al parque -veinte hombres y un oficial queriendo entrar en el recinto- hace rato que desaparecieron calle abajo, ahuyentados a tiros, a excepci&#243;n de dos cuerpos inm&#243;viles en el suelo, junto a la Visitaci&#243;n, y un herido que se arrastra hacia la fuente de Matalobos. Imponi&#233;ndose al fin a sus compa&#241;eros, el hostelero de la plazuela de Matute logra que dejen de disparar. Se incorporan mir&#225;ndose unos a otros, desconcertados. En la confusi&#243;n del primer tiroteo salieron todos a la calle contraviniendo las &#243;rdenes del capit&#225;n Velarde, que les hab&#237;a encargado permanecer ocultos en el huerto del convento. La escaramuza real, intensa de fuego, apenas dur&#243; un minuto; pero el tiroteo se prolong&#243; un rato, ya sin objeto, a causa del ardor de los voluntarios, a quienes s&#243;lo las advertencias de los soldados del cuartel han impedido meterse en San Bernardo detr&#225;s de los franceses fugitivos.

&#161;&#201;sos no paran de correr!

&#161;Recuerdos a Napole&#243;n, mosi&#250;s!

&#161;Cobardes! &#161;Les hemos dado para el pelo!

Ahora se abren un poco las puertas del parque, y el capit&#225;n Luis Daoiz, con semblante hosco, sale y se dirige a grandes zancadas hacia Fern&#225;ndez Villamil y su gente. Viene sin sombrero, y pese a las charreteras de la casaca azul, el sable y las botas altas, su peque&#241;a estatura no impondr&#237;a gran cosa, de no ser por la autoridad de su aire resuelto y la mirada furiosa que perfora a los paisanos.

&#161;No vuelvan a desobedecer las &#243;rdenes! &#191;Me oyen? &#161;Ustedes se someten a la disciplina militar, o se van todos a casa!

Protesta d&#233;bilmente el hostelero, arropado por su gente. S&#243;lo pretend&#237;an ayudar, argumenta. Al ver a los franceses, creyeron su deber unirse a los que disparaban.

De los franceses se han encargado, y muy bien, el capit&#225;n Goicoechea y los Voluntarios del Estado -lo corta Daoiz-. Aqu&#237; cada uno tiene su obligaci&#243;n. La de ustedes es quedarse en el huerto, como les dijo don Pedro Velarde, hasta que salgan los ca&#241;ones.

&#161;Pero si los hemos hecho correr como conejos! &#161;&#201;sos no vuelven!

Era s&#243;lo una patrulla despistada. Vendr&#225;n m&#225;s, se lo aseguro. Y no ser&#225; tan f&#225;cil ahuyentarlos la pr&#243;xima vez &#191;Les queda munici&#243;n?

Alguna queda, se&#241;or oficial.

Pues no malgasten la que tienen. Hoy cada bala vale una onza de oro. &#191;Entendido? Ahora, regresen a sus puestos inmediatamente.

A sus &#243;rdenes.

Eso. A ver si es verdad. A mis &#243;rdenes.

Desde el primer piso de la casa contigua, en el balc&#243;n protegido por los colchones de don Curro Garc&#237;a, el joven Francisco Huertas de Vallejo asiste a la conversaci&#243;n del artillero y la gente de Fern&#225;ndez Villamil. Est&#225; sentado en el suelo, la espalda apoyada en la pared y el mosquete entre las piernas, y experimenta una extra&#241;a sensaci&#243;n de euforia. Durante la escaramuza ha disparado dos de los veinte cartuchos que tra&#237;a en los bolsillos, y ahora se lleva a los labios la tercera copa de an&#237;s que el due&#241;o de la casa acaba de ofrecerles a &#233;l y al cajista de imprenta G&#243;mez Pastrana. Para celebrar, argumenta, el bautismo de fuego.

Tiene raz&#243;n ese capit&#225;n -dice don Curro, filos&#243;fico, fumando con parsimonia el resto de su cigarro habanero-. Sin disciplina, Espa&#241;a se ir&#237;a al carajo.

Esta vez Francisco Huertas apenas prueba el licor. Alguien se acerca a la carrera desde el otro extremo de la calle, dando voces junto al convento de las Maravillas. Los tres hombres empu&#241;an sus armas y se incorporan, asom&#225;ndose a mirar desde el balc&#243;n. Quienes llegan, sin aliento, son el estudiante Jos&#233; Guti&#233;rrez, el peluquero Mart&#237;n de Larrea y su mancebo Felipe Barrio, que estaban de avanzadilla en la esquina de las calles San Jos&#233; y Fuencarral. Por las trazas, traen prisa.

&#161;Gabachos! &#161;Vienen m&#225;s gabachos! &#161;Ahora es por lo menos un regimiento!

En un abrir y cerrar de ojos, la calle se vac&#237;a, El capit&#225;n Daoiz da tres o cuatro &#243;rdenes secas y se encamina despacio a la puerta del parque, con mucha serenidad y sin descomponer el paso. Jos&#233; Guti&#233;rrez y los suyos se meten en el huerto del convento con la partida del hostelero Fern&#225;ndez Villamil. En balcones y ventanas, soldados y paisanos se agachan, ocult&#225;ndose lo mejor que pueden.

&#191;Quer&#237;amos bailar? Pues ah&#237; traen la m&#250;sica -comenta don Curro, amartillando su escopeta tras despachar, con mirada ya un poco turbia, la cuarta copita de an&#237;s.


Cuando las puertas de Montele&#243;n se cierran tras Luis Daoiz, el teniente Rafael de Arango, que supervisa la tra&#237;da de cargas de p&#243;lvora para balas de ca&#241;&#243;n y las hace apilar en lugar seguro cerca de la entrada, observa que Pedro Velarde va al encuentro de su superior, que ambos discuten en voz baja, y que Daoiz mueve la cabeza con adem&#225;n rotundo, se&#241;alando los cuatro ca&#241;ones dispuestos junto a la entrada. Despu&#233;s, los dos capitanes se acercan a las piezas reci&#233;n engrasadas, pulidas y relucientes en sus cure&#241;as.

&#161;Los militares, a formar! -ordena Daoiz.

Sorprendidos, Arango, Velarde, los otros oficiales, los diecis&#233;is artilleros y los Voluntarios del Estado que est&#225;n en el patio se alinean en dos grupos, junto a los ca&#241;ones. Tambi&#233;n el capit&#225;n Goicoechea y los suyos se asoman arriba, por las ventanas. Daoiz se adelanta tres pasos y mira a los hombres casi uno por uno, impasible. Luego saca el sable de la vaina.

Hasta ahora -dice en voz alta y clara-, todo cuanto ha ocurrido aqu&#237; es de mi exclusiva responsabilidad, y de ello responder&#233; ante mis superiores, mi patria y mi conciencia En lo que pase a partir de ahora, las cosas son diferentes. Quien se una al grito que me dispongo a dar, no podr&#225; volverse atr&#225;s &#191;Est&#225; claro?

Una pausa. El silencio es mortal. A lo lejos empieza a o&#237;rse el redoble de un tambor que se aproxima. Todos saben que se trata de un tambor franc&#233;s.

&#161;Viva el rey don Fernando S&#233;ptimo! -grita Daoiz-. &#161;Viva la libertad de Espa&#241;a!

El teniente Arango, por supuesto, grita con todos. Sabe que a partir de ese momento no podr&#225; alegar que s&#243;lo cumple &#243;rdenes, pero el honor militar le impide hacer otra cosa. De los dem&#225;s, oficiales o soldados, nadie se queda callado: dos sonoros &#161;viva! de respuesta atruenan el patio. Sin poderse contener, exaltado como suele, Pedro Velarde rompe la formaci&#243;n, saca su espada y la levanta, cruz&#225;ndola en alto con la de Daoiz.

&#161;Muertos antes que esclavos! -exclama a su vez.

Un tercer oficial se adelanta de las filas. Es el teniente Jacinto Ruiz, con paso vacilante por la fiebre, que se acerca a los dos capitanes, saca tambi&#233;n su sable y sin decir una palabra cruza su hoja con las otras dos. Tropas y oficiales los vitorean. Por su parte, Rafael de Arango permanece inm&#243;vil en la fila, el sable en la vaina. Resignado. El joven tiene la boca seca y amarga como si hubiera masticado granos de p&#243;lvora. Se batir&#225;, por supuesto, si no queda otro remedio. Hasta la muerte, como es su obligaci&#243;n. Pero malditas las ganas que tiene de morir all&#237;.


Impresionados, la boca abierta de estupor, el almacenista de carb&#243;n Cosme de Mora y su gente se mantienen con la cabeza baja y en silencio, espiando a los franceses por las rendijas de las puertas y tras los postigos entornados de las ventanas. Los quince hombres, entre los que se cuentan Antonio y Manuel Amador y su hermanito Pepillo, ocupan el almac&#233;n de un espartero que da a la calle de San Jos&#233;, situado en la planta baja de una casa vecina al convento de las Maravillas.

Madre del Amor Hermoso -murmura entre dientes el carpintero Pedro Navarro.

Silencio, carajo.

Los franceses que llegan desde la calle Fuencarral son muchos. Por lo menos una compa&#241;&#237;a entera, calcula el portero de juzgado F&#233;lix Tordesillas, que tuvo en su juventud alguna experiencia militar. Vienen con redoble de tambor y bien formados, arrogantes, llevando desplegado un bander&#237;n tricolor. Para sorpresa de los paisanos que los observan ocultos, tanto oficiales como soldados se cubren con el alto chac&#243; caracter&#237;stico de los franceses, pero sus casacas de uniforme no son azules, sino blancas con pecheras abotonadas de color azul. Los preceden gastadores con hachas, granaderos y un par de oficiales.

&#201;sos traen malas pulgas -susurra Cosme de Mora-. Que a nadie se le escape un tiro ni haga ruido, o estamos apa&#241;ados.

El tambor franc&#233;s ha enmudecido, y por las rendijas se ve a dos oficiales acercarse a la puerta del cuartel, llamar a ella a voces y con los pu&#241;os, y mirar a los lados de la calle. Despu&#233;s uno de los oficiales da una orden, y una veintena de gastadores y soldados se acerca a la puerta y empieza a dar hachazos y golpes. En el almac&#233;n de esparto, arrodillado sobre un mont&#243;n de sacos nuevos de arpillera, un ojo pegado a la rendija del postigo, el lencero Benito Am&#233;gide y M&#233;ndez se pasa la lengua por los labios y cuchichea con el sangrador Jer&#243;nimo Moraza, que est&#225; a su lado.

No creo que los de adentro vayan a

Un estampido ensordecedor le corta las palabras y el aliento, mientras la onda expansiva de tres explosiones encadenadas, rebotando en los muros de la calle, revienta los vidrios de las ventanas y arroja una nube de astillas, esquirlas y fragmentos de yeso y ladrillo que crujen y saltan por todas partes. Aturdidos, sin reponerse de su asombro, Cosme de Mora y sus hombres se asoman a la calle, fusil en mano, y lo que ven los deja estupefactos: las puertas del parque han desaparecido, y bajo el arco de hierro forjado penden s&#243;lo maderas rotas colgadas de sus bisagras. Frente a ellas, en una extensi&#243;n semicircular de quince o veinte varas de di&#225;metro, el suelo est&#225; cubierto de escombros, sangre y cuerpos mutilados de franceses, mientras los supervivientes de la tropa corren en completo desorden, atropell&#225;ndose unos a otros.

&#161;Les han tirado desde dentro! &#161;Han disparado los ca&#241;ones a trav&#233;s de la puerta!

&#161;Viva Espa&#241;a! &#161;Que no escape ninguno! &#161;A ellos, a ellos!

La calle se llena de paisanos que disparan contra los franceses fugitivos, perseguidos casi hasta la fuente Nueva de los Pozos, en el cruce con la calle Fuencarral. El entusiasmo es delirante. De las casas salen hombres, mujeres y ni&#241;os que se apoderan de las armas abandonadas por el enemigo en fuga, disparan contra los franceses que a&#250;n se hallan a la vista, rematan a los heridos a navajazos y cuchilladas y despojan los cuerpos de cuanto &#250;til, arma, munici&#243;n, dinero, anillos o ropa intacta llevan encima.

&#161;Victoria! &#161;Van de huida! &#161;Victoria! &#161;Mueran los gabachos!

Con toda ingenuidad, la multitud -m&#225;s grupos de vecinos quieren unirse ahora a los paisanos armados- pretende lanzarse tras los franceses, d&#225;ndoles alcance hasta sus cuarteles. El teniente Arango, a quien Luis Daoiz ha hecho salir con varios artilleros para impedirlo, debe emplearse a fondo para convencer a la gente de que entre en raz&#243;n.

&#161;No est&#225;n vencidos! -grita hasta volverse ronco-. &#161;Cuando se reorganicen, volver&#225;n! &#161;Volver&#225;n!

&#161;&#161;Viva Espa&#241;a y viva el rey!! &#161;&#161;Muera Napole&#243;n!! &#161;&#161;Abajo Murat!!

Al fin, casi a golpes y empujones, Arango y los artilleros logran restablecer el orden. Los ayuda la llegada oportuna de la partida de civiles que acaudilla el cerrajero Blas Molina Soriano, que tras prolongados rodeos para evitar a los franceses -y una prudente espera en la calle de la Palma hasta ver en qu&#233; terminaba el &#250;ltimo episodio-, se incorpora, al fin, al n&#250;mero de defensores de Montele&#243;n. Recibido el refuerzo con alborozo y conducido al interior del parque, es Molina quien informa al capit&#225;n Daoiz de la presencia de m&#225;s fuerzas imperiales en las proximidades. Acuden con mucha prisa, se&#241;ala, desde la puerta de Santa B&#225;rbara. Por su parte, observando los uniformes y divisas de la docena de enemigos muertos en la calle, el capit&#225;n Velarde, que por su experiencia de estado mayor conoce la composici&#243;n de las fuerzas napole&#243;nicas, identifica a la tropa que llev&#243; a cabo el &#250;ltimo intento. Se trata de una compa&#241;&#237;a adelantada del batall&#243;n de Westfalia, que suma al completo m&#225;s de medio millar de hombres. Los mismos que, seg&#250;n el cerrajero Molina, acuden a paso ligero hacia Montele&#243;n.


Junto a la fuente de la Mariblanca, en la puerta del Sol, Dionisio Santiago Jim&#233;nez, mozo de labor conocido por Coscorro en el real sitio de San Fernando, de donde es natural, ve morir a su amigo Jos&#233; Fern&#225;ndez Salcedo, de cuarenta y seis a&#241;os, cuando una bala francesa le arranca media cara.

&#161;No os qued&#233;is al descubierto, carajo! &#161;Cubr&#237;os!

Coscorro y otros que andan cerca forman parte de los grupos de gente forastera, robusta y decidida, que entr&#243; ayer en Madrid para pronunciarse a favor de Fernando VII; y que hoy, lejos de sus casas y sin refugio posible, pelean en las calles con la determinaci&#243;n de quien no tiene ad&#243;nde ir. Tal es el caso de muchos de los que integran la partida numerosa, casi un centenar de hombres, que lleva hora y media tenazmente pegada a los aleda&#241;os de la plaza, retir&#225;ndose dispersa ante cada acometida francesa y volviendo a juntarse y pelear en cuanto puede. Est&#225;n all&#237; el sexagenario Jos&#233; P&#233;rez Hern&#225;n de la Fuente y sus hijos Francisco y Juan, que vinieron ayer de Miraflores de la Sierra endomingados con marsell&#233;s, gorro de pelo y capote de grana, y tambi&#233;n el jardinero del marqu&#233;s de Santiago en Gri&#241;&#243;n Miguel Facundo Revuelta Mu&#241;oz, de diecinueve a&#241;os, a quien acompa&#241;a su padre Manuel Revuelta, jardinero del real sitio de Aranjuez. Andan cerca, lanzando golpes de mano contra los franceses desde las puertas del hospital del Buen Suceso que dan a San Jer&#243;nimo y a Alcal&#225;, los hermanos Rej&#243;n, con su bota de vino vac&#237;a y sus navajas ensangrentadas, en compa&#241;&#237;a de Mateo Gonz&#225;lez, el actor Isidoro M&#225;iquez, el oficial de imprenta Antonio Tom&#225;s de Oca&#241;a, que va armado con un trabuco, los vecinos de Perales del R&#237;o Francisco del Pozo y Francisco Maroto, y los muchachos Tom&#225;s Gonz&#225;lez de la Vega, de quince a&#241;os, y Juanito Vie &#193;ngel, de catorce. Este &#250;ltimo se encuentra en compa&#241;&#237;a de su padre, el antiguo soldado inv&#225;lido de Guardias Walonas Juan Vie del Carmen.

&#161;Ah&#237; vienen m&#225;s!

Cuatro jinetes polacos y unos dragones sables en mano se acercan al galope, dispuestos a dispersar el peque&#241;o grupo que de nuevo se ha formado junto a la Mariblanca. En ese momento, saliendo del Buen Suceso, el oficial de imprenta Oca&#241;a descerraja un trabucazo en el pecho de uno de los caballos, que cae arrastrando al jinete. A&#250;n no ha tocado &#233;ste el suelo cuando los hermanos Rej&#243;n y Mateo Gonz&#225;lez lo cosen a pu&#241;aladas, y M&#225;iquez, que acaba de cargar una pistola, dispara contra los otros. Acuden los dem&#225;s paisanos, sablean polacos y dragones, suenan mosquetazos de infantes franceses que cargan a la bayoneta desde la calle de Alcal&#225;, y en medio de una confusi&#243;n enorme, entre gritos y maldiciones, se baten todos con r&#225;pida ferocidad. Un sablazo deja fuera de combate a Mateo Gonz&#225;lez, que se arrastra como puede, desangr&#225;ndose, hasta un portal cercano. Suenan tiros, llegan m&#225;s enemigos, cae Antonio Oca&#241;a atravesado de un balazo, Francisco del Pozo retrocede dando alaridos con un profundo tajo de sable que casi le cercena un hombro, y el resto busca resguardo en el claustro del Buen Suceso, donde varias mujeres aterrorizadas gritan e intentan esconderse mientras suenan las descargas y los franceses fuerzan la entrada.

Estoy sin balas -dice Isidoro M&#225;iquez- y ya tengo bastante.

Escapando por la puerta frontera al convento de la Victoria, el actor sale disparado hacia su casa, que est&#225; cerca de Santa Ana. Lo acompa&#241;an corriendo los hermanos Rej&#243;n, a los que ofrece refugio. Al intentar seguirlos, una bala alcanza por la espalda a Francisco Maroto, que se desploma en medio de la calle, frente a la botiller&#237;a de La Canosa. El ex soldado Juan Vie del Carmen, que sale detr&#225;s con su hijo, coge a &#233;ste de la mano y se lanza en direcci&#243;n opuesta, hacia la esquina de Carretas, mientras las balas zumban alrededor y suenan con chasquidos en el suelo y contra las fachadas de las casas.

&#161;Corre, Juanito! &#161;Corre! &#161;Piensa en tu madre! &#161;Corre!

Subiendo por Carretas, a punto de torcer a la derecha por detr&#225;s de Correos, el muchacho se suelta de la mano, trastabilla y cae.

&#161;Pap&#225;! &#161;Pap&#225;!

Con la muerte en el alma, Juan Vie se detiene y da la vuelta. Una bala le ha pasado un muslo a Juanito. Aterrado, el padre lo coge en brazos e intenta ponerlo a resguardo mientras lo cubre con su cuerpo, pero en un instante se ven rodeados de soldados enemigos. &#201;stos son muy j&#243;venes y llevan los uniformes sucios y los rostros ennegrecidos por el humo de la p&#243;lvora. Con sistem&#225;tica brutalidad, usando las culatas de sus fusiles, los franceses revientan a golpes a padre e hijo.


&#161;Llegan m&#225;s gabachos!

En la calle de San Jos&#233;, ante el parque de Montele&#243;n, el capit&#225;n Daoiz contiene a los paisanos que, envalentonados, quieren ir al encuentro de los franceses que se acercan. Esta vez los imperiales vienen sin redoble de tambores; aunque, seg&#250;n las avanzadillas que regresan a la carrera para informar, son numerosos.

No nos precipitemos, muchachos. Dejadlos que se aproximen y los escarmentaremos mejor.

El tuteo complace a los paisanos, satisfechos por verse tratados de igual a igual por el capit&#225;n de artiller&#237;a. El cerrajero Molina, que se ha ofrecido a tender una emboscada cerca de la fuente Nueva, convence a los suyos de que el se&#241;or oficial tiene raz&#243;n y lo mejor es seguir sus instrucciones. As&#237; que Luis Daoiz, tras recomendar prudencia, ahorro de munici&#243;n y mantenerse a cubierto, env&#237;a a Molina y su gente a las casas de la esquina con San Andr&#233;s. Contando la cuadrilla tra&#237;da por el cerrajero, Daoiz tiene ahora bajo su mando a poco m&#225;s de cuatrocientas personas entre artilleros, Voluntarios del Estado y gente civil, con el refuerzo de una docena de mujeres resueltas. &#201;stas incluso ayudan a sacar a la calle los cuatro ca&#241;ones que, tras hacer buen papel en la emboscada de la puerta, el capit&#225;n ordena colocar afuera. Cubrir&#225;n la transversal de San Jos&#233; en ambas direcciones, hacia San Bernardo y la fuente de Matalobos por la derecha y hacia Fuencarral y la fuente Nueva por la izquierda, enfilando tambi&#233;n hacia abajo la calle de San Pedro, que desde la misma puerta del parque discurre perpendicular junto al convento de las Maravillas. El problema consiste en que los ca&#241;ones, con munici&#243;n para treinta tiros -y s&#243;lo unos pocos saquetes improvisados de metralla-, ser&#225;n servidos por gente al descubierto, expuesta al fuego franc&#233;s sin otra protecci&#243;n que los tiradores apostados en las ventanas del parque, encima de la tapia y en los edificios cercanos; cuya munici&#243;n, pese a que artilleros y soldados trabajan en el polvor&#237;n encartuchando a toda prisa bajo la vigilancia del sargento Lastra, no supera los veinte o treinta disparos por fusil.

A tus &#243;rdenes, Luis. Est&#225;n listos los ca&#241;ones.

Daoiz, que observa preocupado las esquinas de la calle de San Jos&#233;, pregunt&#225;ndose por cu&#225;l asomar&#225; el enemigo, se vuelve al o&#237;r la voz de Pedro Velarde. Siguiendo sus instrucciones, &#233;ste ha supervisado la instalaci&#243;n de las cuatro piezas: tres enfilando cada posible eje de la progresi&#243;n enemiga y otra dispuesta a ser orientada en una u otra direcci&#243;n, seg&#250;n las necesidades. Con cada ca&#241;&#243;n hay una dotaci&#243;n de artilleros reforzada por voluntarios civiles para municionar y mover las cure&#241;as. El plan consiste en que Velarde dirija la defensa desde el interior del cuartel mientras Daoiz manda personalmente el fuego de ca&#241;&#243;n, asistido por los tenientes Arango y Ruiz -este &#250;ltimo se ha ofrecido voluntario, pues sirvi&#243; como artillero en el campo de Gibraltar-. Humean los botafuegos en las manos de cada cabo de pieza, y todos, militares y paisanos, miran expectantes a los dos capitanes. La fe ciega que Daoiz advierte en sus rostros, las sonrisas bravuconas y confiadas, las mujeres que van de un ca&#241;&#243;n a otro repartiendo vino a los artilleros o llevando cartuchos al huerto y las casas cercanas, inquietan a &#233;ste, No saben, piensa, lo que nos espera.

&#191;Mandaste al muchacho? -pregunta Velarde.

Asiente Daoiz. A esas horas, el cadete de Voluntarios del Estado Juan V&#225;zquez Af&#225;n de Ribera, a quien se le ha confiado la misi&#243;n a causa de su juventud y agilidad, debe de correr como un gamo por la calle de San Bernardo, llevando un escrito para el capit&#225;n general de Madrid. En pocas l&#237;neas, y m&#225;s a instancias de Velarde que por aut&#233;ntica esperanza de que sirva para algo, Daoiz, como comandante del parque de Montele&#243;n, explica las razones por las que se baten con los franceses, expresa su resoluci&#243;n de resistir hasta el final y pide ayuda a sus camaradas para que el sacrificio de los hombres y paisanos bajo mi mando no sea in&#250;til.

Vete adentro, Pedro -le dice a Velarle-. Y que Dios nos la depare buena.

Sonr&#237;e el otro. Parece a punto de decir algo; tal vez una frase que tiene preparada para la ocasi&#243;n. Conoci&#233;ndolo como lo conoce, a Daoiz no le sorprender&#237;a en absoluto. Al cabo, Velarde se limita a encoger los hombros.

Buena suerte, mi capit&#225;n.

Buena suerte, amigo m&#237;o.

&#161;Viva Espa&#241;a!

Que s&#237;, hombre. Vete adentro de una vez.

A tus &#243;rdenes.

Daoiz se queda inm&#243;vil, viendo a Velarde desaparecer dentro del parque. Genio y figura, piensa. Luego se vuelve a los que aguardan junto a los ca&#241;ones. Alguien grita desde un balc&#243;n que los franceses est&#225;n a punto de doblar la esquina. Daoiz traga saliva, suspira y saca el sable.

&#161;Todos a sus puestos! -ordena-. &#161;Fuego a mi voz!


En la esquina de la calle de la Palma con San Bernardo, Juan V&#225;zquez Af&#225;n de Ribera, cadete de la 2&#170; compa&#241;&#237;a, 3&#186; batall&#243;n de Voluntarios del Estado, se detiene a tomar aliento. Con la agilidad de sus doce a&#241;os, ha bajado a la carrera desde el parque de Montele&#243;n, llevando el mensaje del capit&#225;n Daoiz en la vuelta izquierda de la manga de su casaca, y ahora se dispone a atravesar una zona descubierta. El hecho de que el cruce de calles est&#233; desierto, sin un alma a la vista ni vecinos en los balcones, le da mala espina. Pero el comandante del parque, al despedirlo hace un rato, encareci&#243; lo importante de la misi&#243;n.

De usted depende -le dijo- que nos socorran o no.

El jovenc&#237;simo aspirante a oficial se pasa una mano por el pelo revuelto y sudoroso. Ha dejado el sombrero en el cuartel para ir m&#225;s desembarazado, y s&#243;lo lleva al cinto su daga de cadete. Con ojos suspicaces observa los alrededores. Nadie a la vista, comprueba de nuevo. Las puertas est&#225;n cerradas, los postigos echados, las tiendas tienen puestos los tablones por fuera. Y reina un silencio inquietante, roto a intervalos por algunos disparos lejanos.

Hay que decidirse, piensa el muchacho. El mensaje de socorro de sus compa&#241;eros parece quemarle en la manga. Prudente, recordando las ense&#241;anzas recibidas en la escuela militar, reflexiona sobre el recorrido que va a hacer en la siguiente carrera. Cruzar&#225; la calle hasta el guardacant&#243;n de enfrente, y de all&#237; seguir&#225; hasta el carro abandonado en la puerta de lo que parece una posada. Ojal&#225;, se dice, no haya tiradores enemigos cerca. Luego respira hondo tres veces, agacha la cabeza, y echa a correr de nuevo.

Recibe el tiro casi antes de escucharlo. Un golpe en el pecho y un chasquido. Pero no siente dolor. Creo que me han disparado, concluye. Tengo que salir de aqu&#237;. Ay&#250;dame, Dios m&#237;o. De pronto advierte que tiene la cara pegada al suelo y que todo se vuelve oscuro. Tengo que entregar el mensaje, piensa angustiado. Hace un esfuerzo para levantarse, y muere.


La llegada de m&#225;s infanter&#237;a enemiga por San Jer&#243;nimo y desde Palacio ha hecho insostenible la situaci&#243;n en la puerta del Sol. El suelo est&#225; cubierto de cad&#225;veres de franceses y espa&#241;oles, caballos muertos, sangre y escombros. Desiertos balcones y ventanas, marcados los edificios con viruela de balas y metralla, el lugar queda al fin en manos imperiales. En los &#250;ltimos combates, huyendo hacia las calles pr&#243;ximas o luchando como perros acorralados, caen el carbonero de veinticuatro a&#241;os Andr&#233;s Cano Fern&#225;ndez, Juan Alfonso Tirado, de ochenta a&#241;os, el jornalero F&#233;lix S&#225;nchez de la Hoz, de veintitr&#233;s, y muchos otros que, sin poder escapar, quedan heridos o presos. Mientras huyen calle Montera arriba, una descarga mata al tejedor septuagenario Joaqu&#237;n Ruesga y a la manola de Lavapi&#233;s Francisca P&#233;rez de P&#225;rraga, de cuarenta y seis a&#241;os. El &#250;ltimo disparo espa&#241;ol en la puerta del Sol lo hace, con una carabina y desde su casa -situada cerca de la esquina con Arenal-, el oficial de la Real Loter&#237;a Jos&#233; de Fumagal y Salinas, de cincuenta y tres a&#241;os, a quien la fusilada francesa que llega como respuesta deja muerto sobre los hierros del balc&#243;n, ante los ojos espantados de su esposa. Y abajo, junto a la fuente de la Soledad, el maestro de esgrima Pedro Jim&#233;nez de Haro, que sali&#243; a batirse en compa&#241;&#237;a de su primo el tambi&#233;n maestro de armas Vicente Jim&#233;nez, cae tras v&#233;rselas a sablazos con un grupo de dragones franceses mientras el primo, desarmado por los imperiales, es hecho prisionero. A golpes, los franceses llevan a Vicente Jim&#233;nez a las covachuelas de San Felipe, bajo las gradas de la iglesia, donde est&#225;n concentrando a cuantos capturan cerca. All&#237; es puesto con otros hombres que aguardan a que se decida su suerte.

Nos van a fusilar -comenta alguien.

Ya veremos.

En la penumbra de la covacha, unos rezan y otros blasfeman. Alguno conf&#237;a en una intervenci&#243;n de las autoridades espa&#241;olas, y no falta quien manifiesta su esperanza en un alzamiento general de los militares contra los franceses; pero el comentario s&#243;lo suscita un silencio esc&#233;ptico. De vez en cuando se abre la puerta y los centinelas meten dentro a otro prisionero. De ese modo, a medida que sus captores los traen atados, sangrando y maltratados, llegan el contador del Ayuntamiento Gabino Fern&#225;ndez Godoy, de treinta y cuatro a&#241;os, y el corredor de letras de cambio aragon&#233;s Gregorio Moreno y Medina, de treinta y ocho.

Nos van a fusilar, seguro -insiste el de antes.

No sea usted cenizo, hombre &#161;Habrase visto mala sombra!


No todos los fusilamientos se hacen esperar. En algunos lugares de Madrid, los franceses pasan de las represalias individuales a las ejecuciones en grupo, sin juicio previo. En la zona oriental de la ciudad, apenas se despeja de resistencia la amplia alameda del paseo del Prado, los funcionarios del Resguardo de Recoletos y otros paisanos capturados con las armas en la mano son empujados a culatazos hasta la fuente de la Cibeles, donde se les obliga a desnudarse para no estropear la ropa con las balas y la sangre. En la calle de Alcal&#225;, asomado a un balc&#243;n del palacio del marqu&#233;s de Alca&#241;ices, el oficial de contadur&#237;a Luis Antonio Palacios ve traer del Buen Retiro a una de esas cuerdas de prisioneros, custodiada por mucha tropa francesa. Tumbado en el balc&#243;n para no recibir un balazo desde abajo, con un catalejo para observar mejor la escena, Palacios reconoce entre los prisioneros a algunos de los funcionarios del Resguardo y a un amigo suyo, de familia distinguida, llamado F&#233;lix de Salinas Gonz&#225;lez. Aterrado, el contador ve a trav&#233;s de la lente c&#243;mo a Salinas, tras despojarlo de su levita y su reloj, lo hacen arrodillarse y le disparan en la cabeza, desde atr&#225;s. A su lado ve caer, uno tras otro, a los aduaneros Gaudosio Calvillo, Francisco Parra y Francisco Requena, y al hortelano de la duquesa de Fr&#237;as Juan Fern&#225;ndez L&#243;pez.


Atruena de punta a punta, entre turbonadas de humo de p&#243;lvora, la calle de San Jos&#233;, frente al parque de Montele&#243;n. Las balas crepitan por todas partes, punteadas por estampidos y fogonazos de artiller&#237;a.

&#161;Cubrirse! -grita ronco el capit&#225;n Daoiz-. &#161;Los que no est&#233;n en los ca&#241;ones, que se protejan!

Los franceses han aprendido la lecci&#243;n de los dos fracasos anteriores: no intentan ya forzar el asalto, sino que aprietan el cerco desde San Bernardo, Fuencarral y la Palma, destacando tiradores que hacen fuego graneado sobre los defensores del parque. De vez en cuando, resueltos a apoderarse de un zagu&#225;n o a desalojar un edificio, lanzan ataques puntuales, con grupos reducidos que avanzan pegados a las casas; pero sus esfuerzos se ven obstaculizados por el fuego de los paisanos parapetados en las viviendas pr&#243;ximas, el de los Voluntarios del Estado que disparan desde el tercer piso del edificio del parque, y el de los cuatro ca&#241;ones situados ante la puerta que enfilan las calles a lo largo, en todas direcciones. Aun as&#237;, entre quienes sirven las piezas de artiller&#237;a o combaten tumbados en la acera junto a la tapia, hay varias bajas. Muy castigado por los tiradores franceses, con las balas estrell&#225;ndose sobre sus cabezas o rebotando en el suelo, el grupo del hostelero Fern&#225;ndez Villamil, cegado por el humo de las descargas, se ve obligado a retirarse al interior del parque, luego que la fusilada enemiga mate al mendigo de Ant&#243;n Mart&#237;n -nunca llegar&#225; a saberse su nombre- y hiera en la cabeza a Antonio Claudio Dadina, platero de la calle de la Gorguera, a quien los hermanos Mu&#241;iz, con los fusiles terciados a la espalda y a gatas por el suelo bajo las balas francesas, arrastran por los pies hasta poner en resguardo.

&#161;S&#243;lo quedan dos saquetes de metralla, mi capit&#225;n!

Usad bala rasa Y guardad los saquetes para cuando los franceses est&#233;n m&#225;s cerca.

&#161;A la orden!

De pie entre los ca&#241;ones, pase&#225;ndose con el sable apoyado en el hombro como si estuviera en una parada militar, el semblante en apariencia tranquilo, Luis Daoiz dirige con mucho oficio el fuego de los que sirven las cuatro piezas, mientras el tiroteo enemigo busca su cuerpo. La fortuna, sin embargo, sonr&#237;e al capit&#225;n: ninguno de los moscardones de plomo que pasan zumbando da en el blanco.

&#161;Ruiz!

El teniente Ruiz, que ayuda a cargar una de las piezas de a ocho libras, se yergue entre el humo de la refriega. Est&#225; m&#225;s p&#225;lido que la casaca de su uniforme, pero los ojos le brillan enrojecidos de fiebre.

&#161;A sus &#243;rdenes, mi capit&#225;n!

Una bala roza la charretera derecha de Daoiz, haci&#233;ndole sentir un hondo vac&#237;o en el est&#243;mago. Esto no puede durar mucho, piensa. De un momento a otro, esos cabrones se har&#225;n conmigo.

Mire aquellos franceses que se agrupan en la esquina de San Andr&#233;s. &#191;Cree que podr&#225; alcanzarlos con un disparo?

Si movemos el ca&#241;&#243;n unos pasos all&#225;, podr&#237;a intentarse.

Pues a ello.

Otras dos balas francesas zumban entre los dos hombres. El teniente Ruiz mira de d&#243;nde provienen con aire molesto, como si alg&#250;n inoportuno maleducado se inmiscuyera en la conversaci&#243;n. Buen muchacho, piensa Daoiz. Nunca lo hab&#237;a visto antes de hoy, pero le gusta el tenientucho. Desea que salga de &#233;sta.

&#161;Alonso! &#161;Portales! &#161;Ayuden a mover esta pieza!

El cabo segundo Eusebio Alonso y el artillero valenciano de treinta y tres a&#241;os Jos&#233; Portales S&#225;nchez, que acaban de municionar un ca&#241;&#243;n cuyo fuego dirige el teniente Arango, acuden con la cabeza baja, esquivando balazos, y empujan las ruedas de la cure&#241;a. A medio camino es alcanzado Portales, que se desploma sin abrir la boca. Al verlo caer, una mujer de buen palmito que, desafiando el tiroteo, remangada la basqui&#241;a, trae dos cartuchos de ca&#241;&#243;n desde la puerta del parque, se une al grupo.

&#161;Qu&#237;tese de ah&#237;, se&#241;ora! -la intima el cabo Alonso.

&#161;Qu&#237;tate t&#250;, malasombra!

La maja -lo sabr&#225;n m&#225;s tarde los artilleros- se llama Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez, tiene treinta y cuatro a&#241;os y vive en la cercana calle de San Gregorio. Al poco rato la releva un artillero. No es la &#250;nica que en este momento participa en el combate. La inquilina del n&#250;mero 11 de la calle de San Jos&#233;, Clara del Rey y Calvo, de cuarenta y siete a&#241;os, ayuda al teniente Arango y al artillero Sebasti&#225;n Blanco a cargar y apuntar uno de los ca&#241;ones, en compa&#241;&#237;a de su marido, Juan Gonz&#225;lez, y sus tres hijos. Otras mujeres traen cartuchos, vino o agua para los que pelean. Entre ellas est&#225; la joven de diecisiete a&#241;os Benita Pastrana, vecina del barrio, que sali&#243; a la calle al saber herido a su novio Francisco S&#225;nchez Rodr&#237;guez, cerrajero de la plazuela del Gato. Tambi&#233;n combaten la malague&#241;a Juana Garc&#237;a, de cincuenta a&#241;os; la vecina de la calle de la Magdalena Francisca Olivares Mu&#241;oz; Juana Calder&#243;n, que tumbada en un zagu&#225;n carga y pasa fusiles a su marido Jos&#233; Begu&#237;; y una muchachita quincea&#241;era que cruza a menudo la calle sin inmutarse por las descargas francesas, llevando en el delantal munici&#243;n para su padre y el grupo de paisanos que disparan contra los franceses desde el huerto de las Maravillas, hasta que en una descarga cerrada cae muerta por una bala. El nombre de esta joven nunca llegar&#225; a saberse con certeza, aunque algunos testigos y vecinos afirman que se llama Manolita Malasa&#241;a.


&#191;Que el parque de artiller&#237;a qu&#233;? -pregunta Murat, fuera de s&#237;.

Alrededor del duque de Berg, instalado en el Campo de Guardias con toda su plana mayor y fuerte escolta, sus generales y edecanes tragan saliva. Los partes de bajas propias son estremecedores. El capit&#225;n Marcellin Marbot -quien acaba de informar de que la infanter&#237;a del coronel Friederichs ha tomado la puerta del Sol, pero contin&#250;an los combates en Ant&#243;n Mart&#237;n, Puerta Cerrada y la plaza Mayor- ve a Murat estrujar entre las manos el informe del comandante del batall&#243;n de Westfalia, empe&#241;ado en el parque de Montele&#243;n. All&#237;, la resistencia de los sublevados est&#225; siendo tenaz. Los artilleros, reforzados con algunos soldados, se han unido al pueblo. Sus ca&#241;ones, bien situados en la calle, hacen estragos.

Quiero que los borren de la faz de la tierra -exige Murat-. Inmediatamente.

Se est&#225; en ello, Alteza. Pero tenemos muchas bajas.

Me importan poco las bajas. &#161;A ver si nos enteramos de una vez! &#161;Me importan un r&#225;bano!

Murat, que se ha inclinado sobre el plano de Madrid extendido en una mesa de campa&#241;a, golpea con el dedo un punto de la parte superior: un contorno cuadrangular rodeado de calles rectas, que hasta ahora tra&#237;a a todos sin cuidado. Montele&#243;n. Ni siquiera tiene un nombre en el plano.

&#161;Quiero que se tome a cualquier precio! &#191;Me oyen? &#161;A cualquier precio! Esos canallas necesitan un escarmiento ejemplar A ver, Lagrange. &#191;A qui&#233;n tenemos cerca?

El general de divisi&#243;n Joseph Lagrange, que hoy oficia de ayudante personal del duque de Berg, echa un vistazo al mapa y consulta las notas que le muestra un edec&#225;n. Parece aliviado al confirmar que, en efecto, disponen de alguien en las inmediaciones.

El comandante Montholon, Alteza. Coronel en funciones del Cuarto de infanter&#237;a. Espera &#243;rdenes con un batall&#243;n entre la puerta de Santa B&#225;rbara y la de los Pozos.

Perfecto. Que refuerce a los westfalianos inmediatamente &#161;Mil quinientos hombres bastar&#225;n para planchar a esa chusma, maldita sea!

Supongo, Alteza.

&#191;Lo supone? &#191;Qu&#233; co&#241;o que lo supone?


En la plazuela de Ant&#243;n Mart&#237;n, situada a media subida de Atocha hacia la plaza Mayor, al manolo Miguel Cubas Salda&#241;a, que tras batirse en la puerta de Toledo pudo escapar refugi&#225;ndose en San Isidro, se le acaba la suerte. Ha llegado hasta all&#237; peleando donde pod&#237;a, unido a un peque&#241;o grupo que al final se ve disperso por una andanada de metralla. Aturdido Salda&#241;a por el impacto, sangrando por los o&#237;dos y la nariz, cuando levanta la cabeza del suelo se encuentra rodeado de bayonetas francesas. Mientras lo llevan a empujones, tambaleante y maniatado, en direcci&#243;n al Prado, el manolo observa con desconsuelo que se apaga la resistencia de los que pelean en las callejas pr&#243;ximas. Apoyada por un ca&#241;&#243;n que bate la ancha avenida, la infanter&#237;a francesa avanza de casa en casa, disparando de modo preventivo hacia cada balc&#243;n, ventana o bocacalle. Por tierra hay numerosos muertos y heridos que nadie retira.


Poco despu&#233;s de que Cubas Salda&#241;a caiga prisionero, las dos &#250;ltimas partidas que combaten en Atocha y Ant&#243;n Mart&#237;n son aniquiladas. Acosados hasta la puerta de una corrala de la Magdalena, ametrallados por el ca&#241;&#243;n que tira desde la plaza, caen Francisco Balseyro Mar&#237;a, jornalero de cuarenta y nueve a&#241;os, la gallega de treinta Manuela Fern&#225;ndez, herida en la cabeza por una esquirla, y el sirviente asturiano Francisco Fern&#225;ndez G&#243;mez, a quien la metralla arranca el brazo derecho. De esa cuadrilla s&#243;lo consiguen escapar el cabrero Mat&#237;as L&#243;pez de Uceda, moribundo de un balazo, y dos hombres tambi&#233;n heridos que lo transportan: su hijo Miguel y el jornalero palentino Domingo Rodr&#237;guez Gonz&#225;lez. Dando un rodeo intentan dirigirse al Hospital General, sin que en ninguna de las casas a las que llaman se les abra ni socorra.

&#161;Dispersaos! &#161;S&#225;lvese quien pueda!

El otro grupo corre la misma suerte. Deshecho a metrallazos, en plena fuga, caen junto a la calle de la Flor, cazados como conejos, el m&#250;sico de veintisiete a&#241;os Pedro Sess&#233; y Mazal el criado de la Inclusa Manuel Anv&#237;as P&#233;rez, de treinta y tres, y el mozo de cuerda leon&#233;s Fulgencio &#193;lvarez, de veinticuatro. Este &#250;ltimo, al que dan alcance los franceses por ir herido en una pierna, se defiende con su navaja hasta que lo rematan a bayonetazos. No es mucho mejor la suerte que corre el joven de dieciocho a&#241;os Donato Archilla y Valiente, a quien su compadre y compa&#241;ero de combate Pascual Montalvo, panadero, que huye con &#233;l por la calle del Le&#243;n, ve capturar y llevarse atado calle del Prado abajo. Desprendi&#233;ndose en un portal del sable franc&#233;s que lleva en la mano, Montalvo camina detr&#225;s de su amigo, sigui&#233;ndolo de lejos para ver ad&#243;nde lo conducen y procurar, si puede, su liberaci&#243;n. Poco despu&#233;s, escondido tras unos setos del paseo del Prado, lo ver&#225; fusilar en las tapias de Jes&#250;s Nazareno, en compa&#241;&#237;a de Miguel Cubas Salda&#241;a.


No todos los muertos en Ant&#243;n Mart&#237;n son combatientes. Tal es el caso del cirujano de ochenta y dos a&#241;os Fernando Gonz&#225;lez de Pereda, que fallece de un balazo junto a la fuente de la plaza cuando, con algunos camilleros voluntarios, socorre a las v&#237;ctimas de uno y otro bando. Como &#233;l, varios m&#233;dicos, cirujanos y mozos de hospital caen hoy mientras realizan su tarea humanitaria: el cirujano Juan de la Fuente y Casas, de treinta y dos a&#241;os, muere cuando intenta cruzar la plazuela de Santa Isabel con enfermeros y material sanitario; Francisco Javier Aguirre y Angulo, m&#233;dico de treinta y tres a&#241;os, recibe un balazo de un centinela franc&#233;s mientras atiende a unos heridos abandonados en la calle de Atocha; y a Carlos Nogu&#233;s y Pedrol, catedr&#225;tico de cl&#237;nica de la universidad de Barcelona, una bala le rompe la cadera cuando, tras atender a innumerables heridos en la puerta del Sol, se retira a su casa de la calle del Carmen. Caen tambi&#233;n Miguel Blanco L&#243;pez, de sesenta a&#241;os, enfermero de la sacramental de San Luis; el mancebo de cirug&#237;a Saturnino Vald&#233;s Regalado, que con otro compa&#241;ero transporta en camilla a un herido por la calle de Atocha; y el capell&#225;n de las Descalzas Jos&#233; Cremades Garc&#237;a, a quien los franceses matan de un tiro mientras da los auxilios espirituales a un moribundo, en la puerta misma de la iglesia.


De las muertes que hoy enlutan Madrid, la m&#225;s singular y misteriosa, nunca del todo aclarada, es la de Mar&#237;a Beano: la mujer bajo cuyo balc&#243;n pasaba temprano cada d&#237;a, visit&#225;ndola por las tardes, el capit&#225;n Pedro Velarde. A&#250;n joven y hermosa, viuda de un oficial de artiller&#237;a, respetada por sus vecinos y de honorabilidad sin tacha, esa madre de cuatro hijos peque&#241;os, un var&#243;n y tres hembras, lleva toda la ma&#241;ana con la ventana abierta, reclamando noticias del parque de Montele&#243;n. Y cuando al fin le confirman que los artilleros luchan all&#237; con los franceses, se precipita al tocador, peina sus cabellos, ordena su vestido, toma una toquilla negra y se echa a la calle tras encomendar sus hijos a una criada vieja y fiel, sin m&#225;s explicaciones. De ese modo, corriendo por las calles, demudado el rostro y descompuesta de ansiedad, seg&#250;n testimoniar&#225;n m&#225;s tarde quienes se cruzan con ella, Mar&#237;a Beano se dirige al parque de artiller&#237;a, probando suerte por diversos lugares para aventurarse por las calles que all&#237; conducen. Pero el cerco es absoluto, y nadie puede ir m&#225;s all&#225; de los destacamentos que bloquean cada acceso. Rechazada por los soldados imperiales, contenida a duras penas por algunos vecinos que intentan disuadirla de su empe&#241;o, la viuda termina desasi&#233;ndose de quienes la estorban, deja atr&#225;s un ret&#233;n franc&#233;s, y sin atender los gritos de los centinelas corre calle de San Andr&#233;s arriba, hasta que la mata una bala. El cuerpo, sobre un charco de sangre y envuelto en la toquilla negra, permanecer&#225; todo el d&#237;a tirado en la acera. Tan extra&#241;a conducta, el secreto de su af&#225;n por llegar al parque de Montele&#243;n, quedar&#225; velado para siempre por las sombras del misterio.


Ajeno a la muerte de Mar&#237;a Beano, el capit&#225;n Velarde supervisa desde hace cuarenta y cinco minutos el fuego de los hombres apostados en el edificio y bajo el arco del parque de Montele&#243;n. Luis Daoiz le ha pedido que no se exponga junto a los ca&#241;ones, con objeto de que tome el mando en caso de que &#233;l caiga. En este momento Velarde se encuentra junto a la entrada, dirigiendo a los tiradores que, tumbados all&#237; y encaramados a un andamio apoyado en la tapia, protegen con su mosqueter&#237;a a los que afuera sirven las cuatro piezas. Los franceses s&#243;lo han adelantado infanter&#237;a hasta las calles pr&#243;ximas, sin fuego de ca&#241;&#243;n, y Velarde est&#225; satisfecho de c&#243;mo van las cosas. Artilleros y Voluntarios del Estado se baten con oficio y firmeza, y casi todos los paisanos hacen su papel, sosteniendo un fuego que, si bien no es muy preciso, tiene a los atacantes en respeto. Aun as&#237;, el capit&#225;n observa preocupado que los tiradores enemigos, saltando de portal en portal y de casa en casa, est&#225;n cada vez m&#225;s cerca. Eso obliga a algunos civiles a retroceder, abandonando la esquina con San Bernardo y San Andr&#233;s. Los franceses han ocupado un primer piso en esta &#250;ltima calle, y desde all&#237; hostigan a quienes transportan heridos aL convento de las Maravillas. Dispuesto a desalojarlos, Velarde re&#250;ne un peque&#241;o grupo formado por el escribiente Almira -el otro escribiente, Rojo, est&#225; sirviendo un ca&#241;&#243;n con el teniente Ruiz-, los Voluntarios del Estado Juli&#225;n Ruiz, Jos&#233; Acha y Jos&#233; Romero, y el criado de la calle Jacometrezo Francisco Maseda de la Cruz.

&#161;Vengan conmigo!

A la carrera, uno tras otro, los seis hombres cruzan la calle, pasan entre los ca&#241;ones y se pegan a la fachada de enfrente. Desde all&#237;, por se&#241;as, Velarde indica a Luis Daoiz cu&#225;les son sus intenciones. El comandante del parque, que permanece de pie en medio del tiroteo, sereno como si estuviese de paseo, hace un gesto que podr&#237;a interpretarse como afirmativo; aunque tambi&#233;n, sospecha Velarde, puede haberse encogido de hombros. De cualquier modo, el capit&#225;n avanza con los otros pegado a la pared, protegi&#233;ndose de portal en portal, hasta llegar al dep&#243;sito de esparto donde se encuentra la partida del almacenista de carb&#243;n Cosme de Mora.

&#191;Cu&#225;ntos son ustedes? -pregunta Velarde.

Quince, se&#241;or oficial.

La mitad, conmigo.

Saliendo a la calle uno por uno, a intervalos que les marca el propio Velarde, Almira, los tres Voluntarios del Estado, Maseda, Cosme de Mora y seis m&#225;s, pasan corriendo el cruce de San Jos&#233; con San Andr&#233;s y se re&#250;nen al otro lado.

Somos trece -murmura Maseda-. Mal n&#250;mero.

&#161;Silencio! Calen bayonetas.

Obedecen los Voluntarios del Estado, con movimientos mec&#225;nicos y profesionales. Varios paisanos los imitan, torpes.

Algunos no tenemos bayoneta, se&#241;or oficial -dice el lencero Benito Am&#233;gide y M&#233;ndez. -Pues a culatazos, entonces &#161;Arriba!

En tropel, Velarde a la cabeza, los trece hombres suben el tramo de escalera que lleva al primer piso, hacen astillas la puerta y se lanzan contra los franceses que hay en la casa.

&#161;Viva Espa&#241;a! &#161;Viva Espa&#241;a y viva Dios!

La refriega se lleva a cabo acuchillando en corto, sin cuartel, entre los muebles destrozados, de habitaci&#243;n en habitaci&#243;n, a gritos, golpes y mosquetazos. El lencero Am&#233;gide recibe once heridas, y a su lado caen el Voluntario del Estado Jos&#233; Acha, que recibe un bayonetazo en un muslo, y el criado Francisco Maseda, con un balazo en el pecho. De los enemigos, cuatro quedan degollados y cinco saltan por la ventana. En el &#250;ltimo instante, el Voluntario del Estado Juli&#225;n Ruiz, de veintitr&#233;s a&#241;os, recibe un tiro tan a quemarropa que muere antes de que se apague el papel del cartucho franc&#233;s que le humea en la casaca.


Afloja un poco el fuego enemigo, y los espa&#241;oles economizan munici&#243;n. Frente a la puerta del parque, donde est&#225;n los ca&#241;ones -a uno se le ha rajado el fog&#243;n, por lo que s&#243;lo quedan tres cubriendo las calles-, el teniente Jacinto Ruiz tiene cargada y apuntada la pieza que enfila San Jos&#233; hacia la esquina de San Andr&#233;s, Fuencarral y la fuente Nueva, pero retiene el tiro hasta dar con un blanco que merezca la pena. Est&#225; auxiliado por el escribiente Domingo Rojo, el Voluntario del Estado Jos&#233; Abad Leso y dos artilleros del parque: el cabo segundo Eusebio Alonso y el soldado Jos&#233; Gonz&#225;lez S&#225;nchez. La fiebre tiene a Ruiz sumido en un estado de alucinaci&#243;n que le hace despreciar el peligro. Se mueve como si la p&#243;lvora quemada estuviese dentro de su cabeza, y no fuera. Intentando ver a trav&#233;s de la humareda, el teniente se&#241;ala con el sable desnudo los posibles objetivos a batir, mientras el cabo Alonso y los otros, bien abierta la boca para que no les revienten los t&#237;mpanos con los estampidos, se agachan detr&#225;s de la pieza, botafuego en mano, esperando la orden.

&#161;All&#237;, all&#237;! &#161;Miren a la izquierda!

Desde atr&#225;s, mientras vigila la actuaci&#243;n de los otros ca&#241;ones, el capit&#225;n Luis Daoiz ve c&#243;mo una repentina fusilada francesa graniza sobre el ca&#241;&#243;n del teniente, hiere a &#233;ste en un brazo y derriba al cabo Alonso, al Voluntario del Estado Jos&#233; Abad y al artillero Gonz&#225;lez S&#225;nchez. En dos zancadas se acerca a ellos: Gonz&#225;lez S&#225;nchez tiene los sesos al aire, y Abad una bala en el cuello, aunque sigue vivo. El cabo Alonso, al que s&#243;lo un rebote ha rozado la frente, se incorpora tap&#225;ndose la brecha con una mano, dispuesto a seguir cumpliendo con su obligaci&#243;n. A Jacinto Ruiz, que tiene un desgarr&#243;n de un palmo en la manga izquierda, el brazo le sangra mucho.

&#191;C&#243;mo se encuentra? -pregunta Daoiz, a gritos para hacerse o&#237;r por encima del tiroteo.

El teniente se tambalea y busca apoyo en el ca&#241;&#243;n. Al cabo respira hondo y mueve la cabeza.

Estoy bien, mi capit&#225;n, no se preocupe Puedo seguir aqu&#237;.

Ese brazo tiene mala pinta. Vaya a cur&#225;rselo.

Luego Ya ir&#233; luego.

Tres hombres y dos mujeres j&#243;venes -una es la que antes ayud&#243; a mover el ca&#241;&#243;n, Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez- acuden desde los portales cercanos y arrastran a Gonz&#225;lez S&#225;nchez y a Jos&#233; Abad, dejando un rastro de sangre, hasta el convento de las Maravillas. El exento Jos&#233; Pacheco, que con su hijo el cadete Andr&#233;s Pacheco trae cuatro cargas de p&#243;lvora encartuchada, saca un pa&#241;uelo del bolsillo y se lo ata a Jacinto Ruiz en torno a la herida. Un estampido pr&#243;ximo -el ca&#241;&#243;n mandado por el teniente Arango, que dispara hacia la calle de San Pedro- los ensordece a todos. Ahora el fuego de mosqueter&#237;a francesa se dirige a la puerta del parque, y ninguno de los artilleros que se resguardan all&#237; acude a cubrir los puestos vac&#237;os. Dirigiendo se&#241;as a unos paisanos tumbados junto a la tapia del huerto de las Maravillas, Daoiz hace venir a dos: el botillero de Hortaleza Jos&#233; Rodr&#237;guez y su hijo Rafael.

&#191;Saben manejar un ca&#241;&#243;n?

No Pero llevamos un rato mirando c&#243;mo lo hacen.

Pues ayuden aqu&#237;. Ahora est&#225;n a las &#243;rdenes de este oficial.

&#161;S&#237;, se&#241;or capit&#225;n!

No todos parecen tan dispuestos, comprueba Daoiz. Artilleros, soldados y voluntarios aguantan lo mejor que pueden; pero cada vez que se intensifica el fuego franc&#233;s, m&#225;s gente busca refugio dentro del parque o se queda en el convento con pretexto de llevar a los heridos. Es l&#243;gico, concluye desapasionado el capit&#225;n. No hay como los metrallazos y la sangre para templar entusiasmos. Tampoco todos los oficiales que esta ma&#241;ana se presentaron voluntarios asoman la nariz. Alguno de los que m&#225;s alto hablaban en tertulias y caf&#233;s prefiere ahora quedarse dentro. Daoiz suspira, resignado, el sable sobre el hombro y roz&#225;ndole la hoja la patilla derecha. All&#225; cada cual. Mientras &#233;l mismo, Velarde y algunos otros sigan dando ejemplo, la mayor parte de militares y civiles aguantar&#225;; ya sea por confianza ciega en los uniformes que los gu&#237;an -si esos pobres paisanos supieran, concluye-, o por mantener las formas y el qu&#233; dir&#225;n. A falta de otra triste cosa, la palabra cojones sigue obrando efectos prodigiosos entre el pueblo llano.

&#161;Apunten esta pieza! &#161;Ya!

Las &#243;rdenes de Jacinto Ruiz vuelven a resonar junto a su ca&#241;&#243;n. Satisfecho, Daoiz comprueba que tambi&#233;n las otras dos piezas cumplen su cometido. Las balas pasan zumbando como abejorros, y el sevillano se sorprende de seguir vivo en vez de tirado en el suelo, como otros infelices que est&#225;n junto a la tapia con los ojos abiertos y las caras rebozadas de sangre, o los que gritan mientras los llevan camino del convento, la amputaci&#243;n o la muerte. As&#237;, tarde o temprano, vamos a terminar todos, piensa. En el suelo o en el convento. La idea le hace torcer la boca en una mueca sin esperanza. Por un instante su mirada se cruza con la del teniente Rafael de Arango, negro de p&#243;lvora, sudoroso y con la casaca y el chaleco desabrochados, que da &#243;rdenes a su gente. El comportamiento del joven es correcto, pero en sus ojos puede leerse un reproche. Creer&#225; que disfruto con esto, deduce Daoiz. Un chico extra&#241;o, de todas formas: suspicaz y poco simp&#225;tico. Debe de pensar que, si sale vivo de Montele&#243;n y no acaba fusilado o en un castillo, le hemos reventado para siempre la carrera. Pero al diablo. Que cada palo aguante su vela. Tenientes, capitanes o soldados, no hay vuelta atr&#225;s para nadie. Eso vale para todos, paisanos incluidos. Lo dem&#225;s carece de importancia.

Con tales pensamientos en la cabeza, cuando Daoiz se vuelve a mirar hacia otro lado, encuentra al capit&#225;n Velarde.

&#191;Qu&#233; haces aqu&#237;?

Pedro Velarde, con el escribiente Almira pegado a &#233;l como una sombra, viene tiznado y roto de su refriega en la esquina de San Andr&#233;s, donde acaba de mandar como refuerzo a la otra mitad de la partida de Cosme de Mora. Daoiz observa que su amigo ha perdido algunos botones de la elegante casaca verde de estado mayor y trae una charretera partida de un sablazo.

&#191;Crees que vendr&#225;n a socorrernos? -pregunta Velarde.

Ha debido gritar para hacerse o&#237;r entre el tiroteo. Daoiz encoge los hombros. Hoy no sabe qu&#233; soporta menos: los reproches mudos del teniente Arango o el optimismo desaforado de Velarde.

No creo. Estamos solos No hay m&#225;s cera que la que arde.

Pues los franceses aflojan el fuego.

De momento.

Velarde se acerca m&#225;s, intentando que no los oiga Almira.

A&#250;n hay esperanza, &#191;no? Ya le habr&#225; llegado tu mensaje al capit&#225;n general Tal vez reaccionen &#161;Nuestro ejemplo los estar&#225; haciendo enrojecer de verg&#252;enza!

Una bala francesa zumba entre los dos militares, que se miran a los ojos. Exaltado como siempre el uno, sereno el otro.

No digas tonter&#237;as, hombre -responde Daoiz-. Y vete adentro, que te van a matar.



6

Disparando sus &#250;ltimos cartuchos, los soldados de Guardias Walonas Paul Monsak, Gregor Franzmann y Franz Weller se repliegan en buen orden desde Puerta Cerrada a la plaza Mayor por el arco de Cuchilleros. Retroceden cubri&#233;ndose unos a otros, amparados en los portales y sin dejar de batirse con tenacidad germ&#225;nica, desde que la &#250;ltima carga de coraceros e infanter&#237;a francesa los desaloj&#243; de la plaza de la Cebada, donde se hab&#237;an juntado con un grupo que intentaba resistir all&#237;, y en el que se contaban, entre otros, el vecino de la Arganzuela Andr&#233;s Pinilla, el zapatero de viejo Francisco Doce Gonz&#225;lez, el guarda de la Casa de Campo Le&#243;n S&#225;nchez y el maestro veterinario Manuel Fern&#225;ndez Coca. Entre todos mataron a un oficial y dos soldados franceses cerca de la casa del arzobispo de Toledo, lo que dio lugar a que los imperiales asaltaran la vivienda, saque&#225;ndola con mucho estrago. Ahora, acosada por jinetes franceses, la cuadrilla se dispersa. S&#225;nchez y Fern&#225;ndez Coca escapan hacia la plazuela del Cord&#243;n, y el resto hacia la Cava Alta, donde una bala de fusil destroza las piernas de Andr&#233;s Pinilla y otra mata al zapatero Doce Gonz&#225;lez. Cuando los supervivientes -los tres Guardias Walonas, un m&#233;dico militar de treinta y un a&#241;os llamado Esteban Rodr&#237;guez Velilla, el pe&#243;n de alba&#241;il Joaqu&#237;n Rodr&#237;guez Oca&#241;a y el vizca&#237;no Cayetano Art&#250;a, dependiente del marqu&#233;s de Villafranca- intentan parapetarse tras dos carros abandonados al pie de las escaleras de Cuchilleros, un pelot&#243;n de infanter&#237;a imperial baja desde la puerta de Guadalajara disparando contra todo lo que se mueve.

,V&#225;monos! &#161;Aprisa! &#161;V&#225;monos de aqu&#237;!

Cogidos entre dos fuegos, caen heridos de muerte el alba&#241;il y el vizca&#237;no, escapan Monsak, Franzmann y Weller escaleras arriba, y a Esteban Rodr&#237;guez Velilla, que tocado de bala en un muslo pretende refugiarse en la posada de la Soledad, donde vive, un coracero lo alcanza y derriba de dos sablazos, uno de los cuales le abre la cabeza y otro le deja un tajo hondo en el cuello. Malherido, desangr&#225;ndose, el m&#233;dico se arrastra de portal en portal hasta Puerta Cerrada, donde unos vecinos piadosos, de los pocos que se aventuran a asomarse a la calle, lo recogen y llevan a la posada. Sale al patio su joven esposa, Rosa Ubago, espantada por el aspecto del marido, que viene ex&#225;nime y empapadas las ropas de sangre. En ese momento entran detr&#225;s varios soldados enemigos, que han visto retirar al herido y pretenden rematarlo.

Coquin! Salaud! -lo insultan los imperiales, enfurecidos.

Llueven empujones y culatazos, maltratan a la mujer, huyen los vecinos, dejan los franceses por muerto a Rodr&#237;guez Velilla y saquean el lugar. El m&#233;dico agonizar&#225; penosamente hasta morir al d&#233;cimo d&#237;a, maltrecho por las heridas y golpes. Retirada a Galicia, su viuda Rosa Ubago, seg&#250;n una carta familiar que ser&#225; conservada, no volver&#225; a casarse en respeto a la memoria del que muri&#243; como un h&#233;roe.


&#161;Vivan los valientes! &#161;Que Dios los bendiga! &#161;Viva Espa&#241;a!

Los gritos los da una monja, sor Eduarda de San Buenaventura: una de las cinco religiosas de velo que, con otras catorce profesas, una priora y una subpriora, residen en el convento de clausura de las Maravillas, justo enfrente del parque de Montele&#243;n. A diferencia de sus compa&#241;eras, sor Eduarda no atiende a los heridos que traen de la calle, ni ayuda al capell&#225;n don Manuel Rojo a administrarles auxilio espiritual. Se encuentra encaramada a una de las ventanas del convento que dan a la puerta del parque, enardeciendo a los hombres que luchan y arroj&#225;ndoles a trav&#233;s de la reja estampas de santos y escapularios, que los combatientes recogen, besan y se meten entre la ropa.

&#161;Qu&#237;tese de ah&#237;, hermana, por el amor de Dios! -le ruega la superiora, madre sor Mar&#237;a de Santa Teresa, intentando retirarla de la ventana.

&#161;Salve! &#161;Salve! -sigue gritando la religiosa, sin hacer caso-. &#161;Viva Espa&#241;a!

Los ca&#241;onazos han roto los vidrios del crucero y las ventanas del convento, convertido en hospital de campa&#241;a. Atrio, templo, locutorio y sacrist&#237;a albergan a los heridos que llegan sin cesar, y largos regueros rojos, que al principio las monjas limpiaban con bayetas y cubos de agua y ahora a nadie preocupan, manchan corredores y pasillos. Olvidadas las rejas y la clausura, abierta la cancela y los portones de la calle, las carmelitas recoletas van y vienen con hilas, vendajes, bebidas calientes y alimentos, sus h&#225;bitos y delantales manchados de sangre. Algunas llegan hasta la puerta para hacerse cargo de los combatientes que vienen destrozados por las balas y la metralla, tra&#237;dos por compa&#241;eros o por sus propios medios, tambaleantes, cojeando mientras intentan taponarse las heridas.

&#161;Vivan los valientes! &#161;Viva la Inmaculada madre de Jes&#250;s!

Algunos se persignan al escuchar las voces de sor Eduarda. Desde la calle, donde sigue junto a los ca&#241;ones, Luis Daoiz observa a la monja asomada a la ventana, temiendo que una bala fr&#237;a o un rebote de metralla la despache al otro mundo. Hace falta estar como una cabra, concluye. O ser patriota hasta las cachas. Aunque no es hombre aficionado a estampas piadosas ni gasta m&#225;s rezos que los imprescindibles, el capit&#225;n acepta una medallita de la Virgen que un paisano le entrega a instancias de la monja.

Para el se&#241;or oficial, ha dicho.

Daoiz coge la medalla y la contempla en la palma de la mano. Hay gente para todo. De cualquier manera, concluye, aquello no hace mal a nadie, y el entusiasmo de la religiosa es de agradecer. Adem&#225;s, su presencia en la ventana anima a los que luchan. As&#237; que, procurando lo vean quienes est&#225;n cerca, besa con gravedad la medalla, se la mete en el bolsillo interior de la casaca y luego saluda a la monja con una inclinaci&#243;n de cabeza. Eso atiza los gritos y el entusiasmo de &#233;sta.

&#161;Vivan los oficiales y los soldados espa&#241;oles! -grita desde su reja-. &#161;No desmayen, que Dios los mira desde el Cielo! &#161;All&#237; los espera a todos!

El cabo Eusebio Alonso, negro de p&#243;lvora, costra de sangre seca en la frente y el bigote chamuscado por los fogonazos, que limpia el &#225;nima de uno de los ca&#241;ones de a ocho libras, se queda mirando a la monja con la boca abierta y luego se vuelve hacia Daoiz.

Por m&#237;, que espere. &#191;No le parece, mi capit&#225;n?

Eso mismo estaba pensando yo, Alonso. Tampoco es cosa de ir con prisas.


Dos manzanas de casas m&#225;s all&#225;, en el tramo de la calle Fuencarral comprendido entre las de San Jos&#233; y la Palma, el comandante en funciones de coronel Charles Tristan de Montholon, jefe del 4. regimiento provisional de la brigada Salm-Isemburg, la divisi&#243;n de infanter&#237;a, se asoma prudente a una esquina y echa un vistazo. El comandante es apuesto y de buena familia, hijastro del diplom&#225;tico, senador y marqu&#233;s de Semonville, anta&#241;o intransigente revolucionario y hoy bien situado en el c&#237;rculo &#237;ntimo del Emperador. Esa favorable conexi&#243;n familiar tiene mucho que ver con el hecho de que Charles de Montholon ostente a los veinticinco a&#241;os de edad una alta graduaci&#243;n militar, aunque en su hoja de servicios figuren m&#225;s tareas de estado mayor junto a generales influyentes que combates en primera l&#237;nea. Lo que el joven coronel no puede imaginar en esta turbulenta ma&#241;ana de mayo junto al parque de artiller&#237;a de Madrid -cuyo nombre, Montele&#243;n, tiene singular semejanza con su apellido familiar-, es que el futuro le reserva, adem&#225;s del grado de mariscal de campo y el t&#237;tulo de conde del Imperio, un puesto de observador privilegiado de los &#250;ltimos d&#237;as del Emperador, cuyos ojos cerrar&#225; tras acompa&#241;arlo en la isla de Santa Helena. Mas para eso faltan todav&#237;a trece a&#241;os. De momento est&#225; en Madrid, al sol, sombrero bajo el brazo y pa&#241;uelo en mano para enjugarse la frente, en compa&#241;&#237;a de dos oficiales; su corneta de &#243;rdenes y un int&#233;rprete.

Que los tiradores intenten despejar la calle y eliminar a los que sirven los ca&#241;ones El ataque ser&#225; simult&#225;neo: los westfalianos desde San Bernardo y la Cuarta compa&#241;&#237;a por esa otra calle &#191;C&#243;mo se llama?

San Pedro. Desemboca en la puerta misma del parque.

Por San Pedro, entonces. Y desde aqu&#237;, la Segunda y Tercera compa&#241;&#237;as por San Jos&#233;. Tres puntos a la vez dar&#225;n a esos b&#225;rbaros en qu&#233; pensar mientras les caemos encima. As&#237; que vamos all&#225; Mu&#233;vanse.

Los capitanes que acompa&#241;an a Montholon se miran entre s&#237;. Se llaman Hiller y Labedoyere. Son veteranos, fogueados en campos de batalla de media Europa y no entre edecanes y mapas de cuartel general.

&#191;No conviene esperar a que lleguen los ca&#241;ones? -pregunta Hiller, cauto-. Quiz&#225; sea mejor barrer antes la calle con metralla.

Montholon hace un moh&#237;n desde&#241;oso.

Podemos arreglarnos solos. Son pocos militares y algunos paisanos. Apenas tendr&#225;n tiempo de disparar una andanada y les habremos ca&#237;do encima.

Pero los de Westfalia han recibido lo suyo.

Fueron confiados y torpes. No perdamos m&#225;s tiempo.

Seguro de la tropa bajo su mando, el comandante mira alrededor. Desde hace rato, mientras avanzadas de tiradores hacen fuego de diversi&#243;n sobre los ca&#241;ones enemigos, el grueso de la fuerza de asalto toma posiciones esperando la orden de avanzar. Desde la fuente Nueva hasta la puerta de los Pozos, la calle Fuencarral est&#225; llena de casacas azules, calzones blancos, polainas y chac&#243;s negros de la infanter&#237;a de l&#237;nea imperial. Los soldados son j&#243;venes, como de costumbre en Espa&#241;a, aunque encuadrados por cabos y suboficiales disciplinados y con experiencia. Quiz&#225; por eso se muestran tranquilos pese a los cad&#225;veres de camaradas que se ven a lo lejos, tirados en la calle. Desean vengarlos, y verse numerosos les inspira confianza. Se trata, a fin de cuentas, de la infanter&#237;a del ej&#233;rcito m&#225;s poderoso del mundo. Tampoco Montholon alberga dudas. Cuando empiece el ataque, la defensa de los sublevados se desmoronar&#225; en un momento.

Vamos all&#225; de una vez.

A la orden.

Suenan toques de corneta, redoblan las cajas de los tambores, el capit&#225;n Hiller saca su sable, grita Viva el Emperador y se planta en mitad de la calle mientras los noventa y seis soldados de su compa&#241;&#237;a se ponen en movimiento. Avanzan primero los tiradores saltando de puerta en puerta, seguidos por filas de infantes que se pegan a las fachadas y caminan tras los oficiales. Desde su esquina, el comandante los ve progresar por ambos lados de la calle de San Jos&#233; mientras crepita la fusiler&#237;a y la humareda se extiende como niebla baja. Por los redobles que llegan de las cercan&#237;as, Montholon sabe que en ese instante se registra un movimiento similar en la calle de San Pedro, junto al convento de monjas, y que los westfalianos, escarmentados de su experiencia anterior, avanzan tambi&#233;n por San Bernardo. La idea es que tres ataques simult&#225;neos confluyan en la puerta misma del parque.

Algo no va bien -dice Labedoyere, que ha permanecido junto a Montholon.

Muy a su pesar, &#233;ste opina lo mismo. Pese a la granizada de fusiler&#237;a que cae sobre los ca&#241;ones rebeldes, los espa&#241;oles aguantan. Innumerables fogonazos relumbran entre la humareda. Un estampido hace temblar las fachadas y arroja un proyectil que restalla contra los muros, haciendo saltar fragmentos de yeso, ladrillo y astillas. A poco empiezan a aparecer soldados franceses que regresan heridos, apoy&#225;ndose en las paredes o dando traspi&#233;s, tra&#237;dos a rastras por sus camaradas. Uno es el capit&#225;n Hiller con el rostro ensangrentado, pues un rebote se le acaba de llevar el chac&#243;, hiri&#233;ndolo en la frente.

No se arrugan -informa mientras se quita la sangre de los ojos, se hace vendar y vuelve a meterse, estoico y profesional, en la humareda.

Vi&#233;ndolo irse, Labedoyere tuerce el gesto.

Me parece que no va a ser tan f&#225;cil -comenta.

Montholon le impone silencio con una orden seca.

Avance con su compa&#241;&#237;a.

Labedoyere se encoge de hombros, saca el sable, hace redoblar el tambor, grita calen bayonetas y luego adelante a sus hombres, y se mete en la neblina de p&#243;lvora detr&#225;s de Hiller, seguido por ciento dos soldados que agachan la cabeza cada vez que relumbra enfrente un rosario de fogonazos.

&#161;Adelante! &#161;Viva el Emperador! &#161;Adelante!

En su esquina, inquieto, el comandante Montholon se roe la u&#241;a del dedo anular de la mano izquierda, donde luce un sello de oro con el escudo familiar. Es imposible, piensa, que en un episodio de orden p&#250;blico, sucio, oscuro, sin gloria, unos cuantos insurrectos desharrapados resistan a los vencedores de Jena y Austerlitz. Pero el capit&#225;n Labedoyere tiene raz&#243;n. No va a ser f&#225;cil.


La bala le entra a Jacinto Ruiz por la espalda, sali&#233;ndole por el pecho. Desde cinco o seis pasos de distancia, Luis Daoiz lo ve erguirse como si de pronto hubiese recordado algo importante. Despu&#233;s el teniente suelta el sable, se mira aturdido el orificio de salida en la tela rota de su casaca blanca, y al fin, sofocado por la sangre que le sale de la boca, cae primero sobre el ca&#241;&#243;n y luego al suelo, resbalando contra la cure&#241;a.

&#161;Recojan a ese oficial! -ordena Daoiz.

Unos paisanos agarran a Ruiz y se lo llevan parque adentro, pero Daoiz no dispone de tiempo para lamentar la p&#233;rdida del teniente. Dos artilleros y cuatro de los civiles que atienden los ca&#241;ones han ca&#237;do ya bajo la granizada de balas que los franceses dirigen contra las piezas, y varios de los que ayudan a cargar y apuntar se encuentran heridos. A cada momento, en cuanto los enemigos logran acercarse un poco y afirmar su fuego, nuevos abejorros de plomo pasan zumbando, golpean el metal de los ca&#241;ones o hacen saltar astillas de las cure&#241;as. Mientras Daoiz mira en torno, el roce de un balazo hace vibrar con tintineo met&#225;lico la hoja del sable que tiene apoyada en el hombro. Al echar un vistazo, comprueba que el impacto ha hecho en &#233;sta una mella de media pulgada.

De aqu&#237; no salgo vivo, se dice otra vez.

M&#225;s zumbidos y chasquidos alrededor. A Daoiz le duelen la espalda y el pecho por la tensi&#243;n de los m&#250;sculos que esperan recibir un tiro de un momento a otro. Otro artillero que sirve el ca&#241;&#243;n del teniente Arango, Sebasti&#225;n Blanco, de veintiocho a&#241;os, se lleva las manos a la cabeza y se desploma con un gemido.

&#161;M&#225;s gente ah&#237;! &#161;No desatiendan esa pieza!

Satisfecho, Daoiz observa que, aun bati&#233;ndose muy expuestos en mitad de la calle, al descubierto, los ca&#241;ones se manejan con regularidad y razonable eficacia, y sus andanadas, aunque de bala rasa, infunden respeto a los franceses, junto con el feroz fuego de fusiler&#237;a que se hace por la tapia y las ventanas altas del parque, donde el capit&#225;n Goicoechea y sus Voluntarios del Estado se ganan el jornal. Desde las casas de enfrente y el huerto de las Maravillas, los paisanos, todav&#237;a con buen &#225;nimo, tambi&#233;n disparan o alertan sobre movimientos enemigos. Daoiz observa que uno de ellos abandona su refugio, corre veinte pasos bajo el fuego para registrar los bolsillos de un franc&#233;s muerto junto a la arcada del convento, y tras desvalijarlo regresa a la carrera, sin un rasgu&#241;o.

&#161;Hay gabachos agrup&#225;ndose all&#237;! &#161;Van a cargarnos a la bayoneta!

&#161;Traed metralla! &#161;Hay que tirarles con metralla!

Los saquetes de lona cargados con balas de mosquete o fragmentos de metal se han terminado hace rato. Alguien trae un talego relleno con piedras de chispa para fusil.

Es lo que hay, mi capit&#225;n.

&#191;Quedan m&#225;s de &#233;stos?

Otro.

Siempre es mejor que nada &#161;Cargad la pieza!

Uniendo sus esfuerzos a los de los sirvientes, Daoiz ayuda a apuntar el ca&#241;&#243;n hacia San Bernardo. Una bala enemiga golpea junto a su mano derecha, resonando metal contra metal, y cae al suelo aplastada, del tama&#241;o de una moneda. Ayudan al capit&#225;n el artillero Pascual Iglesias y un chispero de veintisiete a&#241;os, achulado y con buena planta, llamado Antonio G&#243;mez Mosquera. Como las ruedas de la cure&#241;a se traban en los escombros de la calle, Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez, que sigue trayendo cartuchos del parque o agua para que se refresquen ca&#241;ones y artilleros, ayuda a los que empujan.

&#161;Los veo flojos, se&#241;ores soldados! -zahiere guasona, resoplando con los dientes apretados, un hombro contra los radios de una rueda. Con el esfuerzo se le ha roto la redecilla del pelo, que le cae sobre los hombros.

Ol&#233; las mujeres bravas -dice G&#243;mez Mosquera, garboso, ech&#225;ndole un vistazo al corpi&#241;o algo suelto de la maja.

Menos verbos, gal&#225;n. Y m&#225;s punter&#237;a Que me he encaprichado de un abanico con plumeros de los gabachos, para ir el domingo a los toros.

Eso est&#225; hecho. Prenda.

Apenas situado el ca&#241;&#243;n, el artillero Iglesias clava la aguja en el fog&#243;n, ceba con un estop&#237;n y levanta la mano.

&#161;Pieza lista!

&#161;Fuego! -ordena Daoiz, mientras se apartan todos.

Es G&#243;mez Mosquera quien aplica el botafuego humeante. Con una violenta sacudida de retroceso, el ca&#241;&#243;n env&#237;a su andanada de piedras de fusil convertidas en metralla a los franceses agrupados a cincuenta pasos. Aliviado, Daoiz ve c&#243;mo el grupo enemigo se deshace: algunos soldados caen y otros corren, despejando aquel lugar de la calle. Desde la tapia y balcones pr&#243;ximos, los tiradores aplauden a los artilleros. Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez, despu&#233;s de limpiarse la nariz con el dorso de la mano, piropea al capit&#225;n con mucho garbo.

Vivan los se&#241;ores oficiales guapos, aunque sean bajitos. Y viva la madre que los pari&#243;.

Gracias. Pero v&#225;yase, que disparan otra vez.

&#191;Irme? De aqu&#237; no me sacan ni los moros de Murat, ni la emperatriz Agripina, ni el desabor&#237;o de Nabole&#243;n Malaparte en persona Yo s&#243;lo salto por el rey Fernando.

Que se vaya, le digo -insiste Daoiz, malhumorado-. Estar al descubierto es peligroso.

Sonr&#237;e con media boca la maja, ahumada la cara de p&#243;lvora, mientras se anuda un pa&#241;uelo en torno a la cabeza para recogerse el pelo. El sudor, observa Daoiz, le oscurece la camisa en las axilas.

Mientras usted siga aqu&#237;, mi brigadier, Ramona Garc&#237;a se le atornilla Como dice una prima m&#237;a soltera, a un hombre hay que seguirlo hasta el altar, y a un hombre valiente hasta el fin del mundo.

&#191;De verdad dice eso su prima?

Como lo oye, sentra&#241;as.

Y arrim&#225;ndose un poco m&#225;s, ante las sonrisas fatigadas de los otros artilleros y paisanos, Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez le canta al capit&#225;n Daoiz, en voz baja, dos o tres compases de una copla.


El postrer combate en el centro de Madrid tiene lugar en la plaza Mayor, donde se han retirado las &#250;ltimas partidas que a&#250;n disputan la calle a los franceses. Ampar&#225;ndose bajo los soportales, en zaguanes y callejones aleda&#241;os, ya sin municiones y con la &#250;nica ayuda de sables, navajas y cuchillos, unos pocos hombres libran una lucha sin esperanza, mueren o son capturados. El tahonero Antonio Maseda, que acorralado por un piquete de infanter&#237;a francesa se niega a soltar la vieja espada enmohecida que tiene en la mano, es cosido a bayonetazos en el portal de Pa&#241;eros. La misma suerte corre el mendigo Francisco Calder&#243;n, muerto de un balazo cuando intenta escapar por el callej&#243;n del Infierno.

&#161;Aqu&#237; ya no hay quien aguante m&#225;s! &#161;Que cada perro se lama su cipote!

Un estampido final, y todos a correr. En la embocadura de la calle Nueva, los presos de la C&#225;rcel Real han hecho su &#250;ltimo disparo de ca&#241;&#243;n contra los granaderos franceses que vienen de la Plater&#237;a. Despu&#233;s lo inutilizan, siguiendo el consejo del gallego Souto, aplast&#225;ndole un clavo en el orificio de la p&#243;lvora antes de dispersarse buscando el amparo de las calles pr&#243;ximas. Un disparo abate al preso Domingo Pal&#233;n, que es recogido con vida por los compa&#241;eros. En su fuga, apenas se meten corriendo a ciegas por la calle de la Amargura, el carbonero asturiano Domingo Gir&#243;n y los presos Souto, Francisco Xavier Cay&#243;n y Francisco Fern&#225;ndez Pico se dan de boca con seis jinetes polacos, que los intiman a rendirse. Est&#225;n a punto de hacerlo cuando interviene desde un balc&#243;n la joven de quince a&#241;os Felipa Vic&#225;lvaro S&#225;ez, que arroja macetas sobre los polacos, derribando a uno del caballo. Suena un tiro, cae la muchacha pasada de un balazo, y aprovechan los presos para acometer cuchillo en mano.

&#161;Gabachos cabrones! &#161;Os vamos a meter los sables por el culo!

En la refriega deg&#252;ellan al ca&#237;do y vuelven grupas los otros, mientras los cuatro hombres cruzan corriendo la calle Mayor. Acuden al galope m&#225;s polacos, suenan tiros, y en la esquina de la calle Bordadores cae muerto el carbonero Gir&#243;n. Unos pasos m&#225;s all&#225;, en la de las Aguas, una bala le destroza una rodilla a Fern&#225;ndez Pico, y da con &#233;l en tierra.

&#161;No me dej&#233;is aqu&#237;! &#161;Socorredme!

Los cascos de los jinetes enemigos suenan cerca. Ni Souto ni Cay&#243;n se vuelven a mirar atr&#225;s. El ca&#237;do intenta arrastrarse hasta el resguardo de un portal, pero un polaco refrena su caballo junto a &#233;l e, inclinado y sin desmontar, lo remata despacio, a sablazos. Muere as&#237; el preso Francisco Fern&#225;ndez Pico, de dieciocho a&#241;os, vecino de la calle de la Paloma y pastor de profesi&#243;n. Se encontraba en la c&#225;rcel por apu&#241;alar a un tabernero que le hab&#237;a aguado el vino.


Los avatares de la &#250;ltima resistencia en la plaza Mayor han reunido en el mismo grupo, junto al arco de Cuchilleros, al vecino de la escalera de las &#193;nimas Teodoro Arroyo, al conductor de Correos Pedro Linares -superviviente de varias escaramuzas-, a los Guardias Walonas Monsak, Franzmann y Weller, al napolitano Bartolom&#233; Pechirelli, al inv&#225;lido de la 3&#170; compa&#241;&#237;a Felipe Garc&#237;a S&#225;nchez y su hijo el zapatero Pablo Garc&#237;a V&#233;lez, a los oficiales jubilados de embajadas Nicol&#225;s Canal y Miguel G&#243;mez Morales, al sastre Antonio G&#225;lvez y a los restos de la partida formada por el platero de Atocha Juli&#225;n Tejedor de la Torre, su amigo el guarnicionero Lorenzo Dom&#237;nguez y varios oficiales y aprendices. Son diecisiete hombres los que se resguardan en la desembocadura del arco con la plaza, y su n&#250;mero llama la atenci&#243;n de un pelot&#243;n enemigo que en ese momento recupera el ca&#241;&#243;n abandonado. Al no poder alcanzarlos con el fuego de sus fusiles, pues los espa&#241;oles se protegen en los zaguanes y en las gruesas columnas de los soportales, cargan los otros a la bayoneta y se entabla un re&#241;ido cuerpo a cuerpo. Caen varios imperiales, y tambi&#233;n Teodoro Arroyo con la ingle abierta de un bayonetazo, mientras el conductor de Correos Pedro Linares, abrazado en el suelo a un sargento franc&#233;s, intercambia pu&#241;aladas con &#233;l hasta que lo matan entre varios enemigos.

&#161;Paul! &#161;Qu&#237;tate de ah&#237;, Paul!

El grito de advertencia del soldado de Guardias Walonas Franz Weller a su camarada Monsak llega tarde, cuando a &#233;ste ya le han atravesado los pulmones y cae ahog&#225;ndose en sangre. Fuera de s&#237;, Weller y Gregor Franzmann acometen a los franceses, manejando sus fusiles armados con bayonetas contra las aceradas puntas enemigas. Hay golpes, culatazos, cuchilladas. Gritan los de uno y otro bando para inspirarse valor o infundir miedo al enemigo, cae m&#225;s gente, salpica la sangre por todas partes. Aguantan los insurgentes y retroceden los imperiales.

&#161;A ellos! -a&#250;lla Pablo Garc&#237;a V&#233;lez-. &#161;Se retiran! &#161;Acabemos con ellos!

Weller y Franzmann, que han recibido heridas ligeras -el primero tiene una ceja abierta hasta el hueso y el segundo un bayonetazo en un hombro-, saben que la palabra retirada aplicada al enemigo es una quimera; as&#237; que, tras cambiar un r&#225;pido vistazo de inteligencia, arrojan los fusiles y salen corriendo bajo los soportales, esquivando como pueden el fuego de mosqueter&#237;a que les hacen desde el otro lado de la plaza. Llegan de ese modo a la plazuela de la Provincia, donde tropiezan con unos soldados franceses. Para su sorpresa, al verlos solos, de uniforme y desarmados, los imperiales no se muestran hostiles. Cambian con ellos unas palabras en franc&#233;s y alem&#225;n, e incluso los ayudan a vendar sus heridas cuando los Guardias Walonas cuentan que las recibieron intentando poner paz entre los combatientes.

Estos espa&#241;oles, vous savez -apunta Franzmann- Verdaderas bestias, todos ellos. Ja.

Luego, orientados por los franceses sobre el mejor camino para no encontrar problemas, los dos camaradas se dirigen calle Atocha abajo, para curarse en el Hospital General. Horas despu&#233;s, avanzada la tarde, el h&#250;ngaro y el alsaciano regresar&#225;n sin otros incidentes a su cuartel. Y all&#237;, tras presentarse convencidos de que los espera un severo castigo por deserci&#243;n, comprobar&#225;n con alivio que, a causa de la confusi&#243;n reinante, nadie ha advertido su ausencia.


Menos suerte que los Guardias Walonas Franzmann y Weller tiene el sastre Antonio G&#225;lvez, que intenta escapar tras deshacerse el grupo en la refriega del arco de Cuchilleros. Cuando corre de la calle Nueva a la plazuela de San Miguel, un disparo de metralla barre el lugar, arranca esquirlas del empedrado de la acera y alcanza a G&#225;lvez en las piernas, derrib&#225;ndolo. Consigue incorporarse y correr de nuevo, maltrecho, dando traspi&#233;s, mientras unos pocos vecinos asomados a los balcones pr&#243;ximos lo animan a escapar; pero s&#243;lo avanza unos pasos antes de caer de nuevo. Sigue arrastr&#225;ndose cuando los imperiales le dan alcance, disparan contra los balcones para ahuyentar a los vecinos y le tunden sin piedad el cuerpo a culatazos. Dejado por muerto, reanimado m&#225;s tarde gracias a la caridad de dos mujeres que salen a recogerlo y lo llevan a una casa cercana, Antonio G&#225;lvez quedar&#225; inv&#225;lido para el resto de su vida.


No lejos de all&#237;, tras escapar de la plaza Mayor, el zapatero Pablo Garc&#237;a V&#233;lez, de veinte a&#241;os, busca a su padre. Cuando la segunda carga a la bayoneta francesa se vio apoyada por unos coraceros venidos de la calle Imperial, y los restos del grupo del arco de Cuchilleros acabaron deshechos bajo una lluvia de sablazos, Garc&#237;a V&#233;lez y su padre -el murciano de cuarenta y dos a&#241;os Felipe Garc&#237;a S&#225;nchez- se vieron separados, pues cada uno procur&#243; salvarse como pudo. Ahora, con la navaja metida en la faja y un tajo de sable que le sangra un poco en el cuero cabelludo, exhausto por el combate y las carreras que se ha dado con los franceses detr&#225;s, el zapatero recorre prudente los alrededores, guareci&#233;ndose de portal en portal, preocupado por la suerte de su padre; ignorando que a estas horas, despu&#233;s de huir hasta las cercan&#237;as de la calle Preciados, Felipe Garc&#237;a S&#225;nchez yace en el suelo con dos balas en la espalda.

&#161;Tenga cuidado, se&#241;or! &#161;Hay franceses en los Consejos!

Garc&#237;a V&#233;lez se vuelve, sobresaltado. Sentada en los escalones de madera, en la penumbra del zagu&#225;n donde acaba de refugiarse, hay una joven de diecis&#233;is o diecisiete a&#241;os.

S&#250;bete arriba, ni&#241;a. Eso de afuera no es para ti.

&#201;sta no es mi casa. Estoy esperando a poder irme.

Pues qu&#233;date un poco m&#225;s, hasta que amaine.

El joven permanece en el umbral, espiando las inmediaciones. Parecen tranquilas, aunque hacia la plaza Mayor suenan tiros sueltos. Alcanza a ver un hombre muerto: un paisano boca abajo en la acera, a quince pasos.

Espero -se dice- que mi padre haya logrado escapar.

Luego piensa en los otros. En toda la gente dispersa con la &#250;ltima arremetida francesa. Antes de echar a correr tuvo tiempo de ver a alguno con las manos levantadas, rindi&#233;ndose. No le gustar&#237;a estar en su pellejo, concluye, con tanto gabacho muerto en la plaza.

&#191;Quiere un poco de pan?

Garc&#237;a V&#233;lez no ha probado bocado desde que sali&#243; de su casa, muy temprano. As&#237; que va a sentarse en la escalera, junto a la muchacha que le ofrece medio pan de los dos que lleva en una cesta. No es ni fea ni bonita. Dice llamarse Antonia Nieto Colmenar, costurera y vecina del barrio, con casa junto a la iglesia de Santiago. Hab&#237;a salido a comprar en la plaza cuando se vio sorprendida por las cargas de los franceses, y busc&#243; refugio.

Tienes sangre en la falda, chica -observa el zapatero.

Tambi&#233;n usted la lleva en las manos y en la cabeza.

Sonr&#237;e el joven, mirando el rojo oscuro que se coagula en sus dedos y en la navaja. Luego se toca la herida del pelo. Le escuece.

La de las manos es sangre francesa -dice, pavone&#225;ndose un poco.

La m&#237;a es del hombre muerto ah&#237; afuera. Me arrodill&#233; a socorrerlo, pero no pude hacer nada. Luego vine aqu&#237; Por culpa de esta sangre no me han dejado entrar en ninguna casa. Todo era verme y cerrar la puerta, los que abr&#237;an La gente no quiere problemas.

El zapatero escucha distra&#237;do mientras mordisquea el pan con voracidad, pero el tercer bocado se hace imposible de tragar, a causa de la boca seca. Dar&#237;a la vida, decide, por un cuartillo de vino. Con ese pensamiento se levanta y sube por la escalera, llamando a tres o cuatro puertas. Nadie abre ni atiende a sus voces, as&#237; que vuelve a bajar, resignado.

Cobardes hijos de Satan&#225;s Son peores que los gabachos.

Encuentra a la joven observando la calle, con su cesta al brazo.

Se ve todo tranquilo. Voy a irme a casa.

A Garc&#237;a V&#233;lez no le parece buena idea. Hay franceses por todas partes, dice. Y no respetan nada.

Deber&#237;as esperar un poco.

Llevo mucho rato fuera. Mi madre estar&#225; preocupada.

Tras mirar con cautela a uno y otro lado de la calle, la muchacha se recoge un poco la falda con una mano y camina apresurada y temerosa. Desde el portal, Garc&#237;a V&#233;lez la ve alejarse. En ese momento, hacia los Consejos, oye cascos de caballos; se vuelve y ve a cinco coraceros franceses que trotan calle arriba. Al descubrir a la chica, espolean sus monturas y cruzan frente al portal, gritando de j&#250;bilo. Vi&#233;ndolos pasar, el zapatero blasfema para sus adentros. La pobrecita no tiene ninguna posibilidad de escapar.

Y aqu&#237; se acaba tu suerte, compa&#241;ero.

Es lo que se dice a s&#237; mismo, resuelto a encarar lo inevitable. Despu&#233;s, con el chasquido de siete muescas cachicuernas, Pablo Garc&#237;a V&#233;lez abre la navaja.


En la ventana del segundo piso de una casa de la calle Mayor, desde donde observa tras una persiana, el oficial de la Biblioteca Real Lucas Espejo, de cincuenta a&#241;os, que vive con su madre inv&#225;lida y una hermana soltera, ve a cinco coraceros franceses perseguir a una joven, que corre delante de los caballos hasta que &#233;stos la atropellan y derriban. Tres de los jinetes siguen adelante, pero los otros hacen caracolear a sus monturas en torno a la muchacha, que se incorpora aturdida. De improviso, intenta escapar. Un coracero se inclina desde la silla y la agarra brutal por el pelo. Ella se debate furiosa, le muerde la mano, y el franc&#233;s la derriba de un sablazo.

Dios m&#237;o -murmura Lucas Espejo, apartando a su hermana, que pretende acercarse a mirar.

Horrorizado, el oficial de la Biblioteca Real est&#225; a punto de retirarse de la ventana cuando, de un portal pr&#243;ximo, ve salir a un hombre joven con alpargatas, faja, chaleco y en mangas de camisa, que se arroja navaja en mano contra el coracero, apu&#241;ala al caballo en el cuello hasta hacerle doblar las patas delanteras, y aferr&#225;ndose al jinete, encaramado sobre la montura, le clava al franc&#233;s una y otra vez la navaja de dos palmos de hoja por la escotadura de la coraza, antes de que el segundo coracero, acerc&#225;ndose por detr&#225;s, lo mate de un tiro de pistola a bocajarro.


Una granizada de balas francesas obliga a meterse dentro a los tres hombres que combaten parapetados tras los colchones, en el balc&#243;n que da a la calle de San Jos&#233;, frente a la tapia del parque de Montele&#243;n.

Esto se pone feo -dice el due&#241;o de la casa, don Curro Garc&#237;a, apurando el chicote de un cigarro habanero.

La botella de an&#237;s, que rueda vac&#237;a a sus pies, no le afloja el pulso. Ha estado disparando su escopeta de postas, con eficacia de cazador, sobre los franceses que asoman por la esquina de San Bernardo. Pero el fuego enemigo, cada vez m&#225;s intenso, apenas permite ya asomar la cabeza. Junto a don Curro, el joven de dieciocho a&#241;os Francisco Huertas de Vallejo tiene la boca amarga y &#225;spera, llena de un desagradable sabor a p&#243;lvora. Sus labios y lengua est&#225;n grises, pues ha mordido y metido en el ca&#241;o del fusil, con sus respectivas balas, diecisiete de los veinte cartuchos de papel encerado -cada uno contiene una bala y la carga necesaria para el disparo- que le dieron antes de empezar el combate. Nadie ha tra&#237;do m&#225;s munici&#243;n desde el parque de artiller&#237;a, difuminado entre la humareda de los ca&#241;onazos y el fogonear de los disparos. Lo ha intentado el cajista de imprenta Vicente G&#243;mez Pastrana, que hace rato quem&#243; su &#250;ltimo cartucho y ahora se apoya en la pared del revuelto sal&#243;n de la casa -hay impactos de bala en el techo y astillazos en los muebles-, con las manos en los bolsillos y mirando disparar a sus compa&#241;eros. Hace un rato quiso ir en busca de munici&#243;n, pero los enemigos est&#225;n muy cerca, su fuego es graneado y no hay quien salga a la calle. Abajo no queda nadie, y en las otras viviendas, tampoco. De un momento a otro, ha dicho preocupado el cajista, los gabachos pueden aparecer en la escalera.

Habr&#237;a que irse -sugiere.

&#191;Por d&#243;nde?

Por detr&#225;s. Al convento de las Maravillas.

Francisco Huertas muerde otro cartucho, mete p&#243;lvora y bala en el ca&#241;&#243;n, y usando el papel encerado como taco lo presiona todo con la baqueta. Luego mueve la cabeza, poco convencido. Aquello no se parece a lo que imaginaba cuando, al o&#237;r el tumulto, sali&#243; de casa de su t&#237;o dispuesto a batirse por la patria. En realidad est&#225; empezando a batirse por s&#237; mismo. Para seguir vivo.

Yo creo que deber&#237;amos juntarnos con los del parque. All&#237; podemos seguir luchando.

Por la calle, imposible -opone G&#243;mez Pastrana-. Los mosi&#250;s est&#225;n a veinte pasos y no se puede cruzar A lo mejor yendo por los patios llegamos hasta nuestros ca&#241;ones. Seguir aqu&#237; es quedarnos en la ratonera.

Indeciso, Francisco Huertas consulta con el due&#241;o de la casa. Don Curro se rasca las patillas grises y mira alrededor, impotente. Aqu&#233;l es su hogar, y no le apetece dej&#225;rselo al enemigo.

V&#225;yanse ustedes -dice al fin, hosco-, que yo me quedo.

Los gabachos est&#225;n al llegar.

Por eso mismo &#161;Qu&#233; dir&#237;an mis vecinos, si desamparo esto!

Pues bien que lo han desamparado ellos.

Cada uno es cada cual.

Resulta imposible determinar si el valor de don Curro proviene de que defiende su casa o de la botella vac&#237;a que hay en el suelo. Prudente, agachado tras los colchones, el joven Huertas se asoma al balc&#243;n para echar un &#250;ltimo vistazo. Los uniformes azules son cada vez m&#225;s numerosos en la esquina con San Bernardo, hostigados por los Voluntarios del Estado que tiran desde las ventanas altas del parque. Calle de San Jos&#233; abajo, frente a la puerta principal de Montele&#243;n, los tres ca&#241;ones siguen disparando a intervalos, y algunos paisanos todav&#237;a hacen fuego desde las casas contiguas. Junto a las piezas de artiller&#237;a permanece un grupo numeroso de hombres y algunas mujeres, indiferentes al hecho de hallarse al descubierto en mitad de la calle enfilada por la mosqueter&#237;a enemiga.

Yo me voy -concluye, meti&#233;ndose dentro.

El cajista G&#243;mez Pastrana aparta la espalda de la pared.

&#191;Ad&#243;nde?

Con los que luchan abajo.

El otro coge el fusil, le pone la bayoneta y se pasa la lengua por los labios, tan ennegrecidos de p&#243;lvora como los de Francisco Huertas.

Pues andando -dice, tras pensarlo un instante-. No se nos pegue el arroz.

&#191;Viene usted, don Curro?

El due&#241;o de la casa, que se inclina para encender con un mixto otro habanero, mueve la cabeza.

Ya he dicho que no -dice echando humo, el aire heroico-. Aqu&#237; caer&#225; Sans&#243;n con todos los filisteos.

&#191;Y su mujer?

Por ella lo hago Y por mis hijos, si los tuviera -nueva bocanada de humo-. Lo que no es el caso.

Francisco Huertas se cuelga el fusil del hombro:

Que Dios lo proteja, entonces.

Y a ustedes, criaturas.

Los dos j&#243;venes bajan por la escalera, y dando la espalda al zagu&#225;n principal cruzan un patio con macetas de geranios y un aljibe y salen a la parte de atr&#225;s. Algunas balas pasan alto, zurreando en el aire, y les hacen agachar la cabeza. A G&#243;mez Pastrana se le rompe un cristal de los espejuelos.

Maldita sea mi estampa. El ojo de apuntar.

Ayud&#225;ndose mutuamente, saltan una tapia y se encuentran al otro lado, junto al huerto de las Maravillas. Hay humo a lo lejos, sobre los tejados. En la calle y los alrededores sigue el tiroteo.

Detr&#225;s viene alguien -susurra el cajista.

&#191;Gabachos?

Puede.

A&#250;n no ha terminado de decirlo cuando ante su bayoneta, que apunta hacia lo alto de la tapia, aparecen las patillas grises y el rostro enrojecido de don Curro. El cazador viene sudoroso, terciada la escopeta a la espalda, sofocado por el esfuerzo.

Me lo he pensado mejor -dice.


El cerrajero Blas Molina Soriano, que ha ayudado a retirar al teniente Ruiz, regresa a la puerta del parque con los bolsillos llenos de cartuchos. All&#237;, apoyado en una jamba destrozada de la puerta, dispara contra los franceses que se adelantan desde la fuente Nueva y la calle Fuencarral. Le parece que han pasado d&#237;as enteros desde que, a primera hora de la ma&#241;ana, encabez&#243; el estallido del mot&#237;n junto a Palacio. Y empieza a sentirse decepcionado. La gente que combate es poca, habida cuenta de la poblaci&#243;n que tiene Madrid. Y los militares, salvo los de Montele&#243;n, donde casi todos los uniformados baten el cobre como buenos, no muestran prisa por unirse a la lucha. De cualquier modo, Molina a&#250;n conf&#237;a en que los soldados espa&#241;oles salgan de sus cuarteles. Es imposible, se dice, que hombres con sangre en las venas permitan a los franceses ametrallar impunemente al pueblo, como hasta ahora, sin mover un dedo para evitarlo. Pero tanta demora y falta de noticias da mala espina. A medida que el tiempo pasa, los enemigos estrechan el cerco y cae m&#225;s gente, el cerrajero siente menguar sus esperanzas. No llegan los anhelados refuerzos, cada vez hay m&#225;s paisanos y militares que chaquetean, hartos o asustados, retir&#225;ndose del fuego para resguardarse en la parte de atr&#225;s del parque o las casas vecinas, y los franceses menudean como abejas en una colmena. As&#237; que, en un claro del tiroteo, Molina se acerca al oficial de artiller&#237;a que, sable en mano, dirige el fuego de los ca&#241;ones.

&#191;Cu&#225;ndo vienen los militares a socorrernos, mi capit&#225;n?

Pronto.

&#191;Seguro?

Luis Daoiz lo mira impasible, el aire ausente. Como si no lo viera.

Tal que hay Dios.

Molina, impresionado por la actitud del oficial, traga saliva con dificultad, pues tiene el gaznate seco como la mojama.

Hombre, si usted lo dice

La mujer que asiste en el ca&#241;&#243;n m&#225;s pr&#243;ximo, Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez, se pasa el dorso de una mana sucia por la nariz y mira al cerrajero entre los p&#225;rpados entornados, ennegrecidos de humo de p&#243;lvora.

&#191;No ha o&#237;do usted al se&#241;or capit&#225;n, so malaentra&#241;a? Si dice que vienen, vendr&#225;n. Y punto&#161; Ahora eche aqu&#237; una mano, o v&#225;yase y no estorbe. Que no est&#225; el d&#237;a para ch&#225;charas.

No se ponga as&#237;, se&#241;ora.

Me pongo como me sale del refajo. No te fastidia.

La &#250;ltima palabra es ahogada por un estampido. Otro de los ca&#241;ones acaba de disparar, y el retroceso de la cure&#241;a casi atropella a Molina, que da un respingo y se aparta a un lado. Como respuesta, llega una, furiosa fusilada francesa. Entre el humo y los plomazos que pasan, uno de los sirvientes de la pieza se vuelve a gritar hacia la puerta del parque.

&#161;P&#243;lvora y balas! &#161;Aqu&#237;! &#161;R&#225;pido!

Desde la puerta vienen varios paisanos, entre ellos dos mujeres -la joven Benita Pastrana y la vecina de la calle de San Gregorio Juana Garc&#237;a- con munici&#243;n encartuchada que traen en serones de esparto, agach&#225;ndose para esquivar las descargas enemigas. Abastecen as&#237; el ca&#241;&#243;n del teniente Arango, que sigue enfilando la calle de San Pedro servido por el artillero Antonio Mart&#237;n Magdalena, al que ayudan con la lanada y los espeques los vecinos Juan Gonz&#225;lez, la mujer de &#233;ste, Clara del Rey, y sus hijos Juanito, de diecinueve a&#241;os, Ceferino, de diecisiete, y Estanislao, de quince. Tambi&#233;n queda provisto el ca&#241;&#243;n de a ocho libras que antes mandaba el teniente Ruiz, cuyo fuego hacia Fuencarral y la fuente Nueva dirige ahora el cabo Eusebio Alonso, y donde combaten el escribiente Rojo, el botillero de Hortaleza Jos&#233; Rodr&#237;guez y su hijo Rafael. Recibe asimismo cuatro balas y cargas de p&#243;lvora la tercera pieza, que apunta hacia la calle de San Bernardo y la fuente de Matalobos, servida por los artilleros Pascual Iglesias y Juan Domingo Serrano, el chispero Antonio G&#243;mez Mosquera y el soldado de Voluntarios del Estado Antonio Luque Rodr&#237;guez. Algunos soldados y paisanos se encuentran entre ellos, tumbados en tierra, de rodillas o en pie los m&#225;s atrevidos, disparando en todas direcciones para protegerlos del fuego franc&#233;s. Otros se resguardan tras las cure&#241;as y en la puerta del parque mientras cargan fusiles y pistolas o reciben armas que les pasan cargadas desde el interior del recinto. A cada momento cae alguno. Es el caso de Juan Rodr&#237;guez Llerena, curtidor, natural de Cartagena de Levante; del soldado de Voluntarios del Estado Esteban Vilmendas Qu&#237;lez, de diecinueve a&#241;os, y de Francisca Olivares Mu&#241;oz, vecina de la calle de la Magdalena, a la que un balazo traspasa el cuello cuando lleva una damajuana con vino a los artilleros. Las cure&#241;as de los ca&#241;ones est&#225;n manchadas de sangre, hay charcos rojos en el suelo y regueros que dejan los cuerpos que son llevados a rastras, apenas caen, a la puerta del parque o al convento de las Maravillas; en una de cuyas ventanas, la monja sor Eduarda sigue arrojando medallas y estampas mientras anima a los que combaten.

&#161;Que Dios los bendiga a todos! &#161;Viva Espa&#241;a!

Benditos o sin bendecir, piensa amargamente Luis Daoiz, lo cierto es que los defensores del parque caen como conejos. Se lo dice -discreto y entre dientes- al capit&#225;n Velarde cuando &#233;ste se acerca a ver c&#243;mo andan las cosas afuera.

En menudo l&#237;o hemos metido a estos infelices, Pedro.

Velarde, que trae su habitual cara de alucinado, lo mira como si acabara de caer de la luna.

Es cosa de aguantar un poco m&#225;s -dice, componi&#233;ndose la charretera partida de un sablazo-. Los compa&#241;eros no pueden dejarnos as&#237;.

&#191;Compa&#241;eros? &#191;Qu&#233; compa&#241;eros? -Daoiz baja cuanto puede la voz-. Est&#225;n todos escondidos en sus cuarteles Y si salimos de &#233;sta, a ti y a m&#237; nos espera el pared&#243;n. Acabe como acabe, estamos fritos.

Un par de balas francesas pasan zumbando, cerca. Tras mirar con calma a uno y otro lado de la calle, Velarde se acerca un poco m&#225;s a su amigo.

Vendr&#225;n -susurra, confidencial-. Te lo digo yo.

Qu&#233; co&#241;o van a venir.

Velarde se vuelve al interior del parque, y Luis Daoiz echa un nuevo vistazo en torno, sintiendo remordimientos por las miradas confiadas que ve fijas en &#233;l: su uniforme y su actitud siguen confortando a los que pelean. En cualquier caso, concluye, no hay vuelta atr&#225;s. La fatiga, las muchas bajas, el castigo franc&#233;s, empiezan a sentirse. Daoiz no quiere pensar lo que ocurrir&#225; si los franceses, profesionales a fin de cuentas, llegan al cuerpo a cuerpo en una carga a la bayoneta. Eso, suponiendo que quede alguien para recibirlos. La masa de combatientes en torno a las tres piezas de artiller&#237;a atrae lo m&#225;s nutrido del fuego enemigo, cuyos tiradores afinan la punter&#237;a. Otro balazo tintinea en la culata de un ca&#241;&#243;n, y el rebote, que pasa a un palmo del capit&#225;n, alcanza en la garganta al artillero Pascual Iglesias, que se derrumba con el atacador en las manos, vomitando sangre como un jarame&#241;o apuntillado. Llama Daoiz para que releven al ca&#237;do, pero ninguno de los artilleros guarecidos en la puerta del parque se atreve a ocupar el puesto. Acude en su lugar un soldado de Voluntarios del Estado llamado Manuel Garc&#237;a, veterano de rostro aguile&#241;o, patillas frondosas y piel atezada.

&#161;No se agrupen junto a los ca&#241;ones! -grita Daoiz-. &#161;Disp&#233;rsense un poco! &#161;Busquen resguardo!

Es in&#250;til, comprueba. A los paisanos que todav&#237;a no se amilanan y aflojan, poco hechos a los rudimentos de t&#225;ctica militar, su propio ardor los expone demasiado. Otra descarga francesa acaba de cobrarse las vidas del vecino del barrio Vicente Fern&#225;ndez de Herosa, alcanzado cuando tra&#237;a cartuchos para los fusiles, y del mozo de pala de tahona Amaro Otero M&#233;ndez, de veinticuatro a&#241;os, a quien el ama, C&#225;ndida Escribano -que observa la lucha escondida tras la ventana de su panader&#237;a-, ve caer pasado de dos balazos, tras batirse junto a sus compa&#241;eros Guillermo Degrenon D&#233;rber, de treinta a&#241;os, Pedro del Valle Prieto, de dieciocho, y Antonio Vigo Fern&#225;ndez, de veintid&#243;s. Agarrando al ca&#237;do, los tres panaderos lo cargan hasta el convento, sin poder evitar que por el camino -su sangre les chorrea por los brazos- muera desangrado. Al regreso, apenas pisan la calle, una nueva fusilada francesa hiere en la cabeza, de gravedad, a Guillermo Degrenon, alcanza en el pecho a Antonio Vigo y mata en el acto a Pedro del Valle. En s&#243;lo diez minutos, la panader&#237;a de la calle de San Jos&#233; pierde a sus cuatro mozos de tahona.


Charles Tristan de Montholon, comandante en funciones de coronel del 4.&#186; regimiento provisional de infanter&#237;a imperial, comprueba que todos los botones de su casaca est&#225;n abrochados seg&#250;n las ordenanzas, se ajusta bien el sombrero y saca el sable. Est&#225; harto de que a sus soldados los cacen uno a uno. As&#237; que, tras recibir los informes de sus capitanes de compa&#241;&#237;a y las malas noticias de los westfalianos, que siguen bloqueados en la esquina de San Jos&#233; con San Bernardo, resuelve poner toda la carne en la sart&#233;n. El ataque simult&#225;neo por las tres calles no progresa, sus hombres sufren demasiadas bajas, y los mensajes del cuartel general son cada vez m&#225;s irritados y acuciantes. Acabe con eso, ordena, lac&#243;nico, el &#250;ltimo, firmado de pu&#241;o y letra por Joachim Murat. De modo que, ordenando un repliegue t&#225;ctico, Montholon no ha dejado en primera l&#237;nea m&#225;s que a los de Westfalia y a destacamentos de tiradores para que hostiguen desde terrazas y tejados. El resto de la fuerza lo concentrar&#225; en un solo punto.

Iremos en columna cerrada -ha dicho a sus oficiales-. Desde la fuente Nueva, calle de San Jos&#233; adelante, hasta el parque mismo. Bayonetas caladas, y sin detenerse Yo ir&#233; a la cabeza.

Los oficiales terminan de disponer a los hombres y se sit&#250;an en sus puestos. Montholon comprueba que la columna imperial es una masa compacta, erizada de ochocientas bayonetas, que ocupa toda la calle; y que los soldados j&#243;venes, al verse amparados entre sus camaradas, muestran m&#225;s confianza. Para abrir la marcha ha escogido a los mejores granaderos del regimiento. El ataque en columna cerrada es, adem&#225;s, temible especialidad del ej&#233;rcito imperial. Los campos de batalla de toda Europa atestiguan que resulta dif&#237;cil soportar la presi&#243;n de un ataque franc&#233;s en columnas, formaci&#243;n que expone a los hombres a sufrir mayor castigo durante el avance, pero que, dirigida por buenos oficiales y con tropas entrenadas, permite llevar hasta las filas enemigas, a modo de ariete, una cu&#241;a compacta y disciplinada, de gran cohesi&#243;n y potencia de fuego. Decenas de combates se han ganado as&#237;.

&#161;Viva el Emperador!

La corneta de &#243;rdenes emite la nota oportuna, y en el acto empiezan a redoblar los tambores.

&#161;Adelante! &#161;Adelante!

Azul, s&#243;lida, impresionante por su tama&#241;o y el brillo de las bayonetas, con r&#237;tmico ruido de pasos, la columna se pone en marcha embocando San Jos&#233;. Montholon camina en cabeza, expuesto como el que m&#225;s, con la extra&#241;a sensaci&#243;n de irrealidad que siempre le produce entrar en combate: los movimientos mec&#225;nicos, el adiestramiento y la disciplina, reemplazan la voluntad y los sentimientos. Procura, por otra parte, que la aprensi&#243;n a recibir un balazo se mantenga relegada al rinc&#243;n m&#225;s remoto de su pensamiento.

&#161;Adelante! &#161;Paso ligero!

El ritmo de las pisadas se acelera y resuena ahora en toda la calle. Montholon escucha a su espalda la respiraci&#243;n entrecortada de los hombres que lo siguen, y al frente la fusilada de los que cubren el ataque. Mientras avanza, los ojos del joven comandante no pierden detalle: los soldados muertos, la sangre, los impactos de metralla y balas en las fachadas de las casas, los cristales rotos, la tapia de Montele&#243;n, el convento de las Maravillas m&#225;s all&#225; del cruce con San Andr&#233;s, la puerta del parque algo m&#225;s lejos, con los ca&#241;ones y el grupo de gente que se arremolina en torno. Uno de los ca&#241;ones hace fuego, y la bala, que llega alta, golpea el alero de un tejado, arrojando sobre la columna francesa una lluvia de ladrillo desmenuzado, yeso y tejas rotas. Despu&#233;s, un espeso tiroteo estalla desde la tapia y la puerta.

&#161;Apretad el paso!

Los espa&#241;oles no disponen de metralla, confirma con j&#250;bilo el comandante franc&#233;s. Volvi&#233;ndose a medias, echa un vistazo a su espalda y comprueba que, pese a los disparos que derriban a algunos hombres, la columna sigue su marcha, imperturbable.

&#161;Paso de carga! -grita de nuevo, enardeciendo a la gente para el asalto- &#161;Viva el Emperador!

&#161;&#161;&#161;Viva!!!

Ahora s&#237; tienen al fin, concluye Montholon, la victoria al alcance de la mano.


Reuniendo a cuantos hombres puede en el patio, Pedro Velarde, el sable desnudo, se echa con ellos a la calle.

&#161;Calad bayonetas! &#161;Ah&#237; vienen!

Aunque muchos se quedan parapetados en la puerta o disparando desde las tapias, lo siguen afuera cinco Voluntarios del Estado y media docena de paisanos, entre los que se cuentan el cerrajero Molina y los restos de la partida del hostelero Fern&#225;ndez Villamil, con el platero Antonio Claudio Dadina y los hermanos Mu&#241;iz Cueto.

&#161;No van a pasar! -a&#250;lla Velarde, ronco de furia y de p&#243;lvora- &#161;Esos gabachos no van a pasar! &#191;Me o&#237;s? &#161;Viva Espa&#241;a!

Entre confuso tiroteo, el grupo se ve reforzado por gente de la partida de Cosme de Mora, que retrocede en desorden desamparando la casa de la esquina de San Andr&#233;s que hace rato tomaron al asalto con Velarde, y por paisanos sueltos: el estudiante Jos&#233; Guti&#233;rrez, el peluquero Mart&#237;n de Larrea y su mancebo Felipe Barrio, el cajista de imprenta G&#243;mez Pastrana, don Curro Garc&#237;a y el joven Francisco Huertas de Vallejo, que han logrado llegar hasta all&#237; por el convento de las Maravillas. Se congregan as&#237; en torno a los ca&#241;ones, incluyendo a los que manejan las piezas, medio centenar de combatientes, incluidas Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez, que permanece cerca del capit&#225;n Daoiz, y Clara del Rey, que con su marido e hijos sigue atendiendo el ca&#241;&#243;n que manda el teniente Arango.

&#161;Aguantad! &#161;Bayonetas y navajas! &#161;Aguantad!

El agrupamiento se paga con sangre, pues facilita la punter&#237;a de los tiradores desplegados por los edificios y tejados cercanos. Recibe as&#237; un balazo en un pie la joven de diecisiete a&#241;os Benita Pastrana, que morir&#225; de la infecci&#243;n a los pocos d&#237;as. Tambi&#233;n caen heridos el jornalero de diecisiete a&#241;os Manuel Illana, el soldado asturiano de Voluntarios del Estado Antonio L&#243;pez Su&#225;rez, de veintid&#243;s, y recibe un disparo en la cabeza el aserrador Antonio Matarranz y Sacrist&#225;n, de treinta y cuatro.

&#161;Ah&#237; vienen! &#161;Ah&#237; llegan!

Con la manga de la casaca, Luis Daoiz se enjuga el sudor de la frente y levanta el sable. Dos de los tres ca&#241;ones est&#225;n cargados, y sus sirvientes los empujan a toda prisa para enfilar la calle de San Jos&#233;, por donde se acerca, a paso de carga y bayonetas por delante, la inmensa columna francesa, imperturbable en su avance aunque la gente del capit&#225;n Goicoechea, desde las ventanas del parque, la fusila con cuanto tiene. De los dem&#225;s oficiales que acudieron a presentarse por la ma&#241;ana, apenas hay rastro. Deben de estar, piensa agriamente Daoiz, vigilando con mucho denuedo la pac&#237;fica retaguardia. En cuanto a la fuerza enemiga que se encuentra a punto de caerle encima, el veterano capit&#225;n de artiller&#237;a sabe que no hay modo de detener su ataque, y que cuando las disciplinadas bayonetas francesas lleguen al cuerpo a cuerpo, los defensores acabar&#225;n arrollados sin remedio. S&#243;lo queda, por tanto, rendirse o morir matando. Y antes que verse ante un pelot&#243;n de ejecuci&#243;n -de eso no lo libra nadie, si lo cogen vivo-, Daoiz es partidario de acabar all&#237;, de pie y sable en mano. Cual debe hacer, a tales alturas, un hombre que, como &#233;l, no est&#225; dispuesto a levantarse la tapa de los sesos de un pistoletazo. Antes prefiere levant&#225;rsela a cuantos franceses pueda. Por eso, desentendi&#233;ndose del mundo y de todo, el capit&#225;n afirma los pies y se dispone a bajar el sable, gritar fuego para la descarga de los ca&#241;ones -si al menos tuvieran metralla, se lamenta por en&#233;sima vez- y luego usar ese sable para vender su vida al mayor precio en que su coraje y desesperaci&#243;n puedan tasarla. Por un instante, su mirada encuentra los ojos enfebrecidos de Pedro Velarde, que amartilla una pistola y la dispara contra los franceses, sin dejar de dar voces y empujones para contener a los que, ante la cercan&#237;a de aqu&#233;llos, chaquetean y pretenden echarse atr&#225;s. Maldito y querido loco de atar, piensa. Hasta aqu&#237; nos han tra&#237;do tu patriotismo y el m&#237;o, dignos de una Espa&#241;a mejor que esta otra, triste, infeliz, capaz de hacernos envidiar a los mismos franceses que nos esclavizan y nos matan.

&#191;Cu&#225;ndo llegan los refuerzos, se&#241;or capit&#225;n? -pregunta Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez, que se ha situado junto a Daoiz, cuchillo en una mano y bayoneta en la otra- Porque la verdad es que tardan, sentra&#241;as.

Pronto.

La maja sonr&#237;e, hombruna y feroz, sucio el rostro de p&#243;lvora.

Pues como tarden m&#225;s de minuto y medio, a buenas horas.

Daoiz abre la boca para ordenar la &#250;ltima andanada: los franceses est&#225;n a punto de rebasar la esquina de San Andr&#233;s, a cuarenta pasos. Y en ese instante, cuando la columna enemiga llega al mismo cruce, suenan clarinazos y alguien uniformado, un oficial espa&#241;ol, aparece en la esquina con un sable en alto y, anudada en el, una bandera blanca.


&#161;Deteneos! &#161;Alto el fuego!

La tentaci&#243;n de evitar m&#225;s efusi&#243;n de sangre es poderosa. El comandante Montholon sabe que, aunque tome el parque de artiller&#237;a por asalto, las bajas entre su tropa ser&#225;n muchas. Y ese oficial que llega agitando bandera de parlamento mientras hace esfuerzos desesperados para que cese el combate, ofrece una oportunidad que ser&#237;a suicida -literalmente, pues el propio Montholon avanza a la cabeza de sus hombres- desaprovechar. Por eso el franc&#233;s ordena detenerse a la columna y colgar los fusiles al hombro culata arriba, a la funerala. El momento es de extrema tensi&#243;n, pues a&#250;n hay disparos y la actitud de los espa&#241;oles no est&#225; clara. Desde la puerta del parque llegan gritos con &#243;rdenes y contra&#243;rdenes, mientras un oficial de baja estatura y casaca azul se mueve entre los ca&#241;ones con los brazos en alto, conteniendo a su gente. Un disparo abate a un soldado imperial, que se desploma entre las protestas de indignaci&#243;n de sus camaradas. Confuso, Montholon est&#225; a punto de ordenar que prosiga el ataque cuando, tras otros dos tiros sueltos, el fuego cesa por completo, y desde las tapias y ventanas del parque algunos insurrectos se incorporan para ver qu&#233; ocurre. El oficial de la bandera blanca ha llegado hasta los ca&#241;ones, donde todos gritan y discuten. Montholon no entiende una palabra del idioma, as&#237; que ordena al int&#233;rprete, pegado a sus talones con el corneta y un tambor, que traduzca cuanto oiga. Luego ordena a la columna seguir adelante a paso ordinario, manteniendo los fusiles culata arriba, hasta que llegan a diez pasos de los ca&#241;ones. All&#237;, un oficial sin sombrero y con una charretera de su casaca verde partida de un sablazo les sale al encuentro, y gesticulando con malos modos suelta una &#225;spera parrafada en espa&#241;ol, que remata en mal franc&#233;s:

Si continu&#233;s, ye ordone vu tirer des&#250;s &#191;Compr&#237; o no compr&#237;?

Dice -empieza a traducir el int&#233;rprete.

Comprendo perfectamente lo que dice -responde Montholon.

Ordenando hacer alto a la columna, el comandante franc&#233;s se adelanta seguido por el int&#233;rprete, el corneta y los capitanes Hiller y Labedoyere, hacia el grupo formado por el oficial de la bandera blanca, el de la casaca azul -capit&#225;n de artiller&#237;a, comprueba al ver de cerca los ribetes rojos del uniforme-, el de la casaca verde, que es otro capit&#225;n, y media docena de militares y paisanos que se adelantan entre los ca&#241;ones, m&#225;s curiosos que los dem&#225;s, agolpados detr&#225;s de las cure&#241;as, en la puerta, sobre las tapias y en las ventanas del parque, armas en mano, en actitud al tiempo curiosa y hostil. Hasta del convento de las Maravillas salen hombres armados a ver qu&#233; ocurre, y escuchan y miran desde la verja retorcida de balazos. El oficial reci&#233;n llegado discute vivamente con los otros dos. Montholon observa que tambi&#233;n lleva distintivos de capit&#225;n y viste uniforme blanco con vueltas carmes&#237;es, como algunos de los soldados que defienden el parque. Eso lo identifica con el mismo regimiento al que pertenece esa tropa. Sin embargo, entre &#233;sta se ven tambi&#233;n casacas azules de artiller&#237;a, como la que lleva el capit&#225;n bajito. Y aunque el capit&#225;n alto lleva en el cuello las bombas de artillero, su casaca verde lo distingue como perteneciente al estado mayor de esa arma. Desconcertado, el comandante franc&#233;s se pregunta a qui&#233;n tiene enfrente, en realidad, y qui&#233;n diablos manda all&#237;.


Adem&#225;s de sudoroso y jadeante, el capit&#225;n Melchor &#193;lvarez, del regimiento de infanter&#237;a Voluntarios del Estado, est&#225; irritado. El sudor y el jadeo se deben a la carrera que acaba de darse desde el cuartel de Mejorada, donde el coronel don Esteban Giraldes lo comision&#243; hace quince minutos con la instrucci&#243;n de ordenar a los responsables del parque de Montele&#243;n que cesen el fuego y entreguen el recinto a los franceses. En cuanto a la irritaci&#243;n, proviene de que, pese al riesgo que ha corrido interponi&#233;ndose entre los contendientes sin m&#225;s resguardo que un pa&#241;uelo blanco en la punta del sable, ninguno de los oficiales al mando de aquel disparate le hace el menor caso. El capit&#225;n Luis Daoiz le ha dicho que se vaya por donde vino, y el otro insurrecto, Pedro Velarde, acaba de re&#237;rse con todo descaro en su cara:

El coronel Giraldes no manda aqu&#237;.

&#161;No es cosa de Giraldes, sino de la Junta de Gobierno! -insiste &#193;lvarez, mostrando el documento-. La orden viene firmada por el ministro de la Guerra en persona Lo indigna esta sinraz&#243;n, y ordena cesar el fuego inmediatamente.

El ministro pierde el tiempo -declara Velarde-. Y usted, tambi&#233;n.

Est&#225;n solos. Nadie va a secundarlos, y en el resto de la ciudad reina la calma.

&#161;Le digo que pierde el tiempo, redi&#243;s! &#191;Est&#225; sordo?

El capit&#225;n &#193;lvarez mira malhumorado al oficial de estado mayor. Al entregarle la orden, el coronel Giraldes lo previno sobre la exaltaci&#243;n y fanatismo de ese Pedro Velarde, aunque sin detallarle que llegara a tal extremo. M&#225;s inquietante resulta que el otro capit&#225;n, cuya reputaci&#243;n es de hombre ecu&#225;nime y sereno, se enroque de tal manera. Lo cierto, concluye &#193;lvarez observando los estragos y los regueros de sangre en el suelo, la gente agolpada y expectante, es que todo ha ido demasiado lejos.

Son ustedes unos irresponsables -insiste severo-. Est&#225;n precipitando al pueblo, y lo exponen a consecuencias a&#250;n m&#225;s desastrosas &#191;No les basta la sangre derramada por unos y otros?

El capit&#225;n Daoiz estudia a los franceses. El jefe de la columna se mantiene a cuatro pasos, acompa&#241;ado de dos capitanes y un corneta. A su lado, un int&#233;rprete traduce cuanto se habla. El comandante escucha atento, inclinada a un lado la cabeza, fruncido el ce&#241;o y manoseando la hebilla del cintur&#243;n, el sable todav&#237;a en la otra mano.

Al pueblo lo ametrallan y su sangre la vierten estos se&#241;ores -dice Daoiz, se&#241;alando al franc&#233;s-. Y el Gobierno, y usted mismo, capit&#225;n &#193;lvarez, y muchos otros, siguen cruzados de brazos, mirando.

Eso -interviene Velarde, muy acalorado- cuando no lo hacen en connivencia directa con el enemigo.

&#193;lvarez, que es hombre poco sufrido, siente que la c&#243;lera le sube a la cabeza. No es partidario de los franceses, sino militar fiel a las ordenanzas y al rey Fernando VII. Est&#225; all&#237;, &#243;rdenes aparte, porque considera la resistencia a los imperiales una aventura temeraria e in&#250;til. Ni el pueblo y los militares juntos, ni Espa&#241;a entera levantada en armas, tendr&#237;an la menor posibilidad frente al ej&#233;rcito m&#225;s poderoso del mundo.

&#191;Enemigo? -protesta, amoscado-. Aqu&#237; el &#250;nico enemigo es el populacho sin freno y el desorden &#161;Y lo de la connivencia lo tomo como un insulto personal!

Pedro Velarde se adelanta un paso, duros los rasgos, la mano izquierda crispada en torno a la empu&#241;adura del sable.

&#191;Y qu&#233;? &#191;Quiere que le d&#233; satisfacci&#243;n? &#191;Le apetece batirse conmigo? Pues retire esa vergonzosa bandera blanca y j&#250;ntese con estos se&#241;ores franceses, que ellos y usted se ver&#225;n bien servidos.

Tranquil&#237;zate -tercia Daoiz, sujet&#225;ndolo por un brazo.

&#191;Que me tranquilice? -Velarde se libera de la mano del otro, con malos modos-. &#161;Que se vayan ellos al diablo, maldita sea!

&#193;lvarez est&#225; a pique de abandonar. Es in&#250;til, concluye. Que se maten, si no queda otra. Y sea lo que Dios quiera. Sin embargo, tras cambiar una mirada con el comandante de la columna francesa -parece un joven distinguido y razonable, no como otras malas bestias cuarteleras del ej&#233;rcito imperial- decide insistir un poco. De los dos capitanes rebeldes, Luis Daoiz parece el m&#225;s sensato. Por eso se dirige a &#233;l.

&#191;Usted no tiene nada que decir? Sea razonable, por amor de Dios.

El artillero parece reflexionar.

Se ha ido muy lejos por ambas partes -dice al fin-. Habr&#237;a que ver en qu&#233; condiciones se detendr&#237;a el fuego -en ese punto mira al comandante franc&#233;s- Preg&#250;ntele.

Todos se vuelven a mirar al jefe de la columna imperial, que, inclinado hacia el int&#233;rprete, escucha con atenci&#243;n. Luego niega con la cabeza y responde en su idioma. El capit&#225;n &#193;lvarez no habla franc&#233;s; pero antes de que el int&#233;rprete traduzca, advierte el tono desabrido, inequ&#237;voco, del comandante. Despu&#233;s de todo, se dice, tiene sus motivos. Los del parque le han matado a no poca tropa.

El se&#241;or comandante lamenta no poder ofrecer condiciones -traduce el int&#233;rprete-. Tienen que devolver a los rehenes franceses sanos y salvos y dejar las armas. Les ruega que piensen sobre todo en la gente del pueblo, pues ya hay muchos muertos en Madrid. S&#243;lo puede aceptar de ustedes la rendici&#243;n inmediata.

&#191;Rendirnos? &#161;Y un cuerno! -exclama Velarde.

Luis Daoiz levanta una mano. El capit&#225;n &#193;lvarez observa que el comandante franc&#233;s y &#233;l se miran a los ojos, de profesional a profesional. Quiz&#225;s haya alguna esperanza.

Vamos a ver -dice Daoiz con calma-. &#191;No hay otra forma de acomodarlo?

Niega de nuevo el franc&#233;s despu&#233;s de que su int&#233;rprete traduzca la pregunta. Y cuando el artillero lo mira a &#233;l, &#193;lvarez se encoge de hombros.

No nos dejan salida, entonces -comenta Daoiz, con una extra&#241;a sonrisa a un lado de la boca.

El capit&#225;n de Voluntarios del Estado exhibe de nuevo la orden firmada por el ministro OFarril.

Esto es lo que hay. Sean sensatos.

Ese papel no vale ni para las letrinas -opina Velarde.

Ignor&#225;ndolo, el capit&#225;n &#193;lvarez observa a Luis Daoiz. &#201;ste mira el documento, pero no lo coge.

En cualquier caso -solicita &#193;lvarez, desalentado al fin- permitan que me lleve de aqu&#237; a mi gente.

Daoiz lo mira como si hubiese hablado en chino,

&#191;Su gente?

Me refiero al capit&#225;n Goicoechea y los Voluntarios del Estado No vinieron a luchar. El coronel insisti&#243; mucho en eso.

No.

&#191;Perd&#243;n?

Que no se los lleva.

Daoiz ha respondido seco y distante, mirando alrededor como si de repente aquella situaci&#243;n le fuese ajena y &#233;l se hallase lejos. Est&#225;n como cabras, decide de pronto &#193;lvarez, asustado de sus propias conclusiones. Es lo que ocurre, y no lo hab&#237;a previsto nadie: Velarde con su exaltaci&#243;n lun&#225;tica y este otro con su frialdad inhumana, est&#225;n locos de atar. Por un momento, dej&#225;ndose llevar por el automatismo de su graduaci&#243;n y oficio, &#193;lvarez considera la posibilidad de arengar a los soldados que pertenecen a su regimiento y ordenarles que lo sigan lejos de all&#237;. Eso debilitar&#237;a la posici&#243;n de aquellos dos visionarios, y tal vez los inclinase a aceptar rendirse a discreci&#243;n del franc&#233;s. Pero entonces, como si le hubiera advertido el pensamiento, Daoiz se inclina un poco hacia &#233;l, casi cort&#233;s, con la misma sonrisa extra&#241;a de antes.

Si intenta amotinarme a la tropa -le dice confidencial, en voz baj&#237;sima-, lo llevo adentro y le pego un tiro.


Francisco Huertas de Vallejo asiste al parlamento de los oficiales espa&#241;oles y franceses, entre el resto de paisanos que se congregan junto a los ca&#241;ones. El joven voluntario se encuentra con don Curro y el cajista de imprenta G&#243;mez Pastrana, la culata del fusil apoyada en el suelo y las manos cruzadas sobre la boca del ca&#241;&#243;n. No todo lo que se dice llega hasta sus o&#237;dos, pero parece clara la postura de los jefes, tanto por las voces que da el capit&#225;n Velarde, que es quien habla m&#225;s alto de todos, como por las actitudes de unos y otros. En su &#225;nimo, el joven voluntario conf&#237;a en que lleguen a un acuerdo honorable. Hora y media de combate le ha cambiado ciertos puntos de vista. Nunca imagin&#243; que defender a la patria consistiera en morder cartuchos agazapado tras los colchones enrollados en un balc&#243;n, o en la zozobra de correr como una liebre, saltando tapias con los franceses detr&#225;s. De aquello a las estampas coloreadas con heroicas gestas militares media un abismo. Tampoco imagin&#243; nunca los charcos de sangre coagulada en el suelo, los sesos desparramados, los cuerpos mutilados e inertes, los alaridos espantosos de los heridos y el hedor de sus tripas abiertas. Tampoco la feroz satisfacci&#243;n de seguir vivo donde otros no lo est&#225;n. Vivo y entero, con el coraz&#243;n latiendo y cada brazo y cada pierna en su sitio. Ahora, la breve tregua le permite reflexionar, y la conclusi&#243;n es tan simple que casi lo averg&#252;enza: desear&#237;a que todo acabara, y regresar a casa de su t&#237;o. Con ese pensamiento mira alrededor, buscando el mismo sentimiento en los rostros que tiene cerca; pero no encuentra en ellos -no lo advierte, al menos- sino decisi&#243;n, firmeza y desprecio hacia los franceses. Eso lo lleva a erguirse y endurecer el gesto, por miedo a que sus facciones delaten sus pensamientos. As&#161; que, como todos, el joven procura mirar con desd&#233;n a los enemigos, muchos de ellos tan imberbes como &#233;l, que aguardan a pocos pasos en formaci&#243;n de columna. Vistos de cerca impresionan menos, concluye, aunque se les vea amenazadores en su compacta disciplina, con los vistosos uniformes azules, correajes blancos y fusiles colgados del hombro culata arriba; tan distintos a la desastrada fuerza espa&#241;ola, hosca y silenciosa, que tienen enfrente.

Esto no va bien -murmura don Curro.

El capit&#225;n Daoiz est&#225; dici&#233;ndole algo aparte al capit&#225;n de Voluntarios del Estado que vino con la bandera blanca, quien no parece satisfecho con lo que escucha. Francisco Huertas los ve conversar, y tambi&#233;n c&#243;mo el int&#233;rprete que est&#225; junto al comandante franc&#233;s se aproxima un poco, atento a lo que dicen. Entonces, un chispero que se encuentra apoyado en uno de los ca&#241;ones -el joven Huertas sabr&#225; m&#225;s tarde que su nombre es Antonio G&#243;mez Mosquera- aparta al franc&#233;s de un violento empuj&#243;n, haci&#233;ndolo caer de espaldas.

&#161;Carajo! -grita el chispero-. &#161;Viva Fernando S&#233;ptimo!

Lo que viene a continuaci&#243;n, inesperado y brutal, ocurre muy r&#225;pido. Sin que medie orden de nadie, de forma deliberada o por aturdimiento, un artillero que tiene el botafuego encendido en la mano aplica la mecha al fog&#243;n cebado de la pieza. Atruena la calle un estampido que a todos sobresalta, retrocede la cure&#241;a con el ca&#241;onazo, y la bala rasa, pasando junto al comandante enemigo y los oficiales, abre una brecha sangrienta en la columna francesa, inm&#243;vil e indefensa. Gritan todos a un tiempo, confusos los oficiales espa&#241;oles, espantados los franceses, y al vocer&#237;o se suman los lamentos de los heridos imperiales que se revuelcan en el suelo entre sus propios pedazos, el horror de los miembros mutilados, los aullidos de p&#225;nico de la columna deshecha que se desbanda y corre en busca de refugio. Tras el primer momento de estupor, Francisco Huertas, como el resto de sus compa&#241;eros, se echa el fusil a la cara y arcabucea a quemarropa a los enemigos en desorden. Luego, entre el fragor de la matanza, observa c&#243;mo el capit&#225;n Daoiz grita in&#250;tilmente &#161;Alto el fuego!, pero aquello ya no hay quien lo pare. El capit&#225;n Velarde, que ha sacado su sable, se precipita sobre el comandante imperial y lo intima a &#233;l y a sus oficiales a la rendici&#243;n. El franc&#233;s, de rodillas y conmocionado por el disparo del ca&#241;&#243;n -tan pr&#243;ximo que le ha chamuscado la ropa-, al ver la punta reluciente del sable ante sus ojos, alza los brazos, confuso, sin comprender lo que est&#225; pasando; y lo imitan sus oficiales, el corneta y el int&#233;rprete. Tambi&#233;n muchos de los soldados que formaban la vanguardia de la columna, los que todav&#237;a no han escapado por las calles de San Jos&#233; y San Pedro, hacen lo mismo: arrojan los fusiles, levantan las manos y piden cuartel rodeados por una turba de paisanos, artilleros y soldados espa&#241;oles que a empujones y culatazos, cerc&#225;ndolos con las bayonetas, los meten en el parque con sus oficiales, mientras la gente alborozada grita victoria y da vivas a Espa&#241;a y al rey Fernando y a la Virgen Sant&#237;sima; y las ventanas, las tapias y la verja del convento hormiguean de civiles y militares que aplauden y festejan lo ocurrido. Entonces, Francisco Huertas, que con don Curro, el cajista G&#243;mez Pastrana y los dem&#225;s, vitorea entusiasmado mientras levanta en lo alto de su fusil el chac&#243; manchado de sangre de un franc&#233;s, advierte al fin la enormidad de lo ocurrido. En un instante, los defensores de Montele&#243;n, adem&#225;s de cautivar al comandante y a varios oficiales de la columna enemiga, han hecho un centenar de prisioneros. Por eso le sorprende tanto que el capit&#225;n don Luis Daoiz, inm&#243;vil y pensativo en medio del tumulto, en vez de participar de la alegr&#237;a general, tenga el rostro ce&#241;udo y ausente, p&#225;lido como si un rayo hubiera ca&#237;do a sus pies.



7

Desde la una de la tarde, un silencio siniestro se extiende por el centro de Madrid. En torno a la puerta del Sol y la plaza Mayor s&#243;lo se oyen tiros aislados de las patrullas o pasos de piquetes franceses que caminan apuntando sus fusiles en todas direcciones. Los imperiales controlan ya, sin oposici&#243;n, las grandes avenidas y las principales plazas, y los &#250;nicos enfrentamientos consisten en escaramuzas individuales protagonizadas por quienes intentan escapar, buscan refugio o llaman a puertas que no se abren. Aterrados, escondidos tras postigos, celos&#237;as y cortinas, asomados a portales y ventanas los m&#225;s osados, algunos vecinos ven c&#243;mo patrullas francesas recorren las calles con cuerdas de presos. Una la forman tres hombres maniatados que caminan por la calle de los Milaneses bajo custodia de un grupo de fusileros que los hacen avanzar a golpes. Un platero de esa calle, Manuel Arn&#225;ez, que pese a los ruegos de su mujer se encuentra asomado a la puerta del taller, reconoce en uno de los cautivos a su compa&#241;ero de profesi&#243;n Juli&#225;n Tejedor de la Torre, que tiene tienda en la calle de Atocha.

&#161;Juli&#225;n! &#191;Ad&#243;nde te llevan, Juli&#225;n?

Los guardias franceses le gritan al platero que se meta dentro, y uno llega a amenazarlo con el fusil. Arn&#225;ez ve c&#243;mo Juli&#225;n Tejedor se vuelve a mostrarle las manos atadas y levanta los ojos al cielo con gesto resignado. M&#225;s tarde sabr&#225; que Tejedor, tras echarse a la calle para batirse junto a sus oficiales y aprendices, ha sido capturado en la plaza Mayor en compa&#241;&#237;a de uno de los hombres que van atados con &#233;l: su amigo el guarnicionero de la plazuela de Matute Lorenzo Dom&#237;nguez.

El tercer preso del grupo se llama Manuel Antol&#237;n Ferrer, y es ayudante de jardinero del real sitio de la Florida, de donde vino ayer para mezclarse en los tumultos que se preparaban. Es hombre corpulento y recio de manos, como lo ha probado bati&#233;ndose en los Consejos, la puerta del Sol y la plaza Mayor, donde result&#243; contuso y capturado por los franceses en la &#250;ltima desbandada. Testarudo, callado, ce&#241;udo, camina junto a sus compa&#241;eros de infortunio con la cabeza baja y el ojo derecho hinchado de un culatazo, barruntando el destino que le aguarda. Confortado por la satisfacci&#243;n de haber despachado, con sus propias manos y navaja, a dos soldados franceses.


La escena de la calle de los Milaneses se repite en otros lugares de la ciudad. En el Buen Retiro y en las covachuelas de la calle Mayor, los franceses siguen encerrando gente. En estas &#250;ltimas, bajo las gradas de San Felipe, el n&#250;mero de presos asciende a diecis&#233;is cuando los franceses meten dentro, empuj&#225;ndolo a culatazos, al napolitano de veintid&#243;s a&#241;os Bartolom&#233; Pechirelli y Falconi, ayuda de c&#225;mara del palacio que el marqu&#233;s de Cerralbo tiene en la calle de Cedaceros. De all&#237; sali&#243; esta ma&#241;ana con otros criados para combatir, y acaban de apresarlo cuando hu&#237;a tras deshacerse la &#250;ltima resistencia en la plaza Mayor.

Cerca, por la plaza de Santo Domingo, otro piquete imperial conduce en cuerda de presos a Antonio Mac&#237;as de Gamazo, de sesenta y seis a&#241;os, vecino de la calle de Toledo, al palafrenero de Palacio Juan Antonio Alises, a Francisco Escobar Molina, maestro de coches, y al banderillero Gabriel L&#243;pez, capturados en los &#250;ltimos enfrentamientos. Desde la puerta de las caballerizas reales, el ayudante Lorenzo Gonz&#225;lez ve venir de Santa Mar&#237;a a unos granaderos de la Guardia que conducen, entre otros, a su amigo el oficial jubilado de embajadas Miguel G&#243;mez Morales, con quien hace unas horas asisti&#243; a los incidentes de la plaza de Palacio y que luego, no pudiendo sufrir el desafuero de la fusilada francesa, fue a batirse en los alrededores de la plaza Mayor. Al pasar maniatado y ver a Gonz&#225;lez, G&#243;mez Morales le pide ayuda.

&#161;Acuda usted a alguien, por Dios! &#161;A quien sea! &#161;Estos b&#225;rbaros van a fusilarme!

Impotente, el ayudante de caballerizas ve c&#243;mo un caporal franc&#233;s le cierra la boca a su amigo con una bofetada.


El mismo camino sigue otra cuerda de presos en la que figuran Domingo Bra&#241;a Calb&#237;n, mozo de tabaco de la Real Aduana, y Francisco Berm&#250;dez L&#243;pez, ayuda de c&#225;mara de Palacio. Bra&#241;a y Berm&#250;dez se cuentan entre quienes con m&#225;s coraje se han batido en las calles de Madrid, y diversos testigos acreditar&#225;n puntualmente su historia. Bra&#241;a, asturiano, tiene cuarenta y cuatro a&#241;os y ha sido capturado cuando peleaba al arma blanca, con un valor extremo, cerca del Hospital General. En cuanto a Francisco Berm&#250;dez, vecino de la calle de San Bernardo, sali&#243; al estallar los tumultos armado con una carabina de su propiedad, y tras pelear durante toda la ma&#241;ana donde la refriega era m&#225;s intensa -bizarramente, afirmar&#225;n los testigos en un memorial-, fue apresado cuando, herido y exhausto, rodeado de enemigos y a&#250;n con su carabina en las manos, ya no pod&#237;a valerse. Antonio Sanz, portero de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, lo identifica al pasar llevado por los franceses, junto a la parroquia de Santa Mar&#237;a. Al poco rato, tambi&#233;n Juliana Garc&#237;a, una conocida que vive en la calle Nueva, lo ve desde su balc&#243;n, entre otros presos, cojeando de una herida en la pierna y con la cara quemada de p&#243;lvora.


Otros tienen m&#225;s suerte. Es el caso del joven Bartolom&#233; Fern&#225;ndez Castilla, que en la plazuela del &#193;ngel salva la vida de milagro. Sirviente en casa del marqu&#233;s de Ariza, donde se aloja el general franc&#233;s Emmanuel Grouchy, Fern&#225;ndez Castilla sali&#243; a pelear con el primer alboroto del d&#237;a, armado de una escopeta. Asisti&#243; as&#237; a los combates de la puerta del Sol, y tras batirse en las callejuelas que van de San Jer&#243;nimo a Atocha, result&#243; herido por una descarga hecha desde la plaza Mayor. Disperso su grupo, llevado por tres compa&#241;eros de aventura hasta la casa de su amo, donde lo dejan en el portal, es rodeado por la guardia del general franc&#233;s, que pretende acabarlo a bayonetazos. Lo advierte una criada, pide socorro, acuden los dem&#225;s sirvientes y se oponen todos a los franceses. Porf&#237;an unos y otros, amagan empujones y golpes, logran los criados meter a Fern&#225;ndez Castilla en la casa, y s&#243;lo se calman los &#225;nimos cuando acude un ayudante del general Grouchy, quien ordena respetar la vida del mozo y llevarlo preso en una camilla al Buen Retiro. Vuelven a amotinarse los criados, neg&#225;ndose a entregarlo, y hasta las cocineras salen a forcejear con los imperiales. El propio marqu&#233;s, don Vicente Mar&#237;a Palafox, termina por intervenir y convence a los franceses de que respeten al herido. Bajo su cuidado personal, el joven permanecer&#225; en cama cuatro meses, convaleciente de sus heridas. A&#241;os m&#225;s tarde, acabada la guerra contra Napole&#243;n, el marqu&#233;s de Ariza comparecer&#225; por iniciativa propia ante la comisi&#243;n correspondiente, para que las autoridades concedan a su criado una pensi&#243;n por los servicios prestados a la patria.


Mientras en la plazuela del &#193;ngel se decide sobre la vida o muerte de Bartolom&#233; Fern&#225;ndez Castilla, cerca de all&#237;, en la de la Provincia, el portero jefe de la C&#225;rcel Real, F&#233;lix &#193;ngel, oye golpes en la parte trasera del edificio y acude a ver qui&#233;n llama. Al cabo empiezan a llegar presos de los que salieron a combatir por la ma&#241;ana. Muchos vienen ahumados de p&#243;lvora, rotos de la lucha, ayudando a caminar a sus camaradas; pero todos se tienen, m&#225;s o menos, sobre sus pies. Acuden solos, en parejas o peque&#241;os grupos, sofocados por el esfuerzo de la carrera que se han dado para escapar de los franceses.

Nunca pens&#233; que me alegrar&#237;a de volver aqu&#237; -comenta uno.

No falta quien conserva &#225;nimo para alardear de lo que hizo afuera, ni quien tuvo tiempo de remojarse en la taberna del arco de Botoneras. Varios traen las ropas manchadas de sangre, no siempre propia, y tambi&#233;n armas capturadas al enemigo: sables, fusiles y pistolas que van dejando en el zagu&#225;n y que, a toda prisa, el portero jefe hace desaparecer arroj&#225;ndolas al pozo. Entre ellos vienen el gallego Souto -vestido con una casaca de artillero franc&#233;s- y un sonriente Francisco Xavier Cay&#243;n, el recluso que escribi&#243; la petici&#243;n para que los dejaran salir a la calle bajo palabra de reintegrarse a prisi&#243;n cuando todo acabase.

&#191;Ha sido duro?

A ratos.

Sin m&#225;s comentarios, con el aplomo de la gente cruda, Cay&#243;n se va derecho al porr&#243;n de vino que el portero jefe tiene sobre la mesa de la entrada, echa atr&#225;s la cabeza y se mete un largo chorro en el gaznate. Luego se lo pasa a Souto, que hace lo mismo.

&#191;Muchas desgracias? -se interesa F&#233;lix &#193;ngel.

Cay&#243;n se seca la boca con el dorso de la mano.

Que yo sepa, han matado a Pico.

&#191;A Frasquito? &#191;El pastor mozo de la Paloma?

Ese mismo. Y a Domingo Pal&#233;n tambi&#233;n se lo llevaron herido al hospital, pero no s&#233; si habr&#225; llegado o no Tambi&#233;n me parece que vi caer a otros dos, pero de &#233;sos no estoy seguro.

&#191;Qui&#233;nes?

Quico S&#225;nchez y el Gitano.

&#191;Y los dem&#225;s que faltan?

El preso cambia una mirada guasona con su compa&#241;ero Souto y luego se encoge de hombros.

No s&#233;. Estar&#225;n por ah&#237;.

Prometieron volver.

El otro le gui&#241;a un ojo.

Pues si lo prometieron, volver&#225;n, &#191;no? Supongo.

El pron&#243;stico de Francisco Xavier Cay&#243;n se cumple casi al pie de la letra. El &#250;ltimo preso llamar&#225; a la puerta principal de la C&#225;rcel Real al mediod&#237;a del d&#237;a siguiente, bien afeitado y vestido con ropa limpia, tras haber pasado tranquilamente la noche en su casa del Rastro, con la familia. Y el recuento definitivo, remitido dos d&#237;as m&#225;s tarde por el portero jefe al director de la c&#225;rcel, concluir&#225; con la siguiente lista:


Presos: 94

Se negaron a salir: 38 

Salieron: 56 

Muertos: 1

Heridos: 1

Desaparecidos (que se dan por muertos): 2 

Pr&#243;fugos: 1

Regresaron: 51


En la cuesta de San Vicente, a Joachim Murat se lo llevan los diablos. Sus ojos de brutal espad&#243;n echan chispas entre los rizos negros y las frondosas patillas. Un ayudante lo est&#225; poniendo al corriente de los sucesos en el parque de artiller&#237;a.

&#191;Prisioneros? -Murat no da cr&#233;dito a lo que oye-. &#161;Imposible! &#191;Cu&#225;ntos?

El ayudante traga saliva. Tampoco &#233;l daba cr&#233;dito hasta que acudi&#243; en persona a comprobarlo. Acaba de regresar con las espuelas ensangrentadas, reventando a su caballo.

Han cogido al comandante Montholon con varios oficiales y unos cien soldados de su columna -dice con cuanta suavidad le es posible, viendo enrojecer el rostro de su interlocutor- Si se les suman los heridos que han metido dentro y el destacamento de setenta y cinco hombres que ten&#237;amos all&#237; cuando se sublev&#243; el cuartel, salen unos En fin Alrededor de doscientos.

El gran duque de Berg, los ojos inyectados en sangre, lo agarra por los alamares bordados de la pelliza.

&#191;Doscientos? &#191;Me est&#225; diciendo que esa gentuza tiene en su poder a doscientos prisioneros franceses?

M&#225;s o menos, Alteza.

&#161;Hijos de puta! &#161;Hijos de la grand&#237;sima puta!

Ciego de ira, Murat dirige una mirada homicida a dos dignatarios espa&#241;oles que aguardan algo m&#225;s lejos, descubiertos y a pie. Se trata de los ministros de Hacienda, Azanza, y de la Guerra, OFarril, a los que hace esperar desde hace rato. A &#250;ltima hora de la ma&#241;ana, Murat mand&#243; un mensaje al Consejo de Castilla para que aplacase al pueblo, so pena de males mayores. Y los dos ministros, tras recorrer -in&#250;tilmente y con riesgo para su integridad f&#237;sica- las calles pr&#243;ximas al Palacio Real, se han presentado al jefe de las tropas francesas para pedirle que no extreme el rigor en la venganza.

&#161;Que no lo extreme, dicen! &#161;Van a ver todos lo que es extremar de verdad!

Acto seguido, descompuesto y a gritos, Murat ordena una sucesi&#243;n de represalias que incluyen arcabucear sobre el terreno a todo madrile&#241;o culpable de la muerte de un franc&#233;s, as&#237; como el juicio sumar&#237;simo, condena de muerte incluida, de cuantos hombres, mujeres o muchachos sean apresados con armas en la mano, desde las de fuego hasta simples navajas, tijeras y cualquier instrumento que pinche o corte. Tambi&#233;n ordena la detenci&#243;n inmediata, en su domicilio, de todo sospechoso de haber intervenido en el mot&#237;n, y autoriza a los imperiales a entrar en casas desde las que se haya disparado contra ellos.

&#191;Qu&#233; hacemos con los insurrectos del parque de artiller&#237;a, Alteza?

Fus&#237;lenlos a todos.

Antes habr&#225; que Bueno. Tendremos que tomar el parque.

Con violencia, Murat se vuelve hacia el general de divisi&#243;n Joseph Lagrange.

Oiga, Lagrange. Quiero que se ponga usted al mando del Sexto regimiento de la brigada Lefranc, que se est&#225; moviendo desde la carretera de El Pardo y San Bernardino hacia Montele&#243;n. Y que con &#233;sta, auxiliado de artiller&#237;a y de cuantas fuerzas necesite, incluido lo que quede del batall&#243;n de Westfalia y del Cuarto provisional, acabe con la resistencia del parque. &#191;Me oye? P&#225;selos a cuchillo a todos.

El otro, un soldado veterano y duro, con las campa&#241;as de los Pirineos, Egipto y Prusia en la hoja de servicios, se cuadra con un taconazo.

A la orden, Alteza.

No quiero recibir de usted ning&#250;n parte, ning&#250;n informe, ning&#250;n mensaje. &#191;Comprende? No quiero saber una maldita palabra de nada que no sea el completo exterminio de los rebeldes &#191;Lo ha entendido bien, general?

Perfectamente, Alteza.

Pues mu&#233;vase.

A&#250;n no ha montado Lagrange a caballo, cuando Murat se vuelve hacia Augustin-Daniel Belliard, tambi&#233;n general de divisi&#243;n y jefe de su estado mayor.

&#161;Belliard!

A la orden.

El gran duque de Berg se&#241;ala, despectivo, a los dos ministros espa&#241;oles que aguardan mansamente a que los reciba. Semanas m&#225;s tarde, ambos se pondr&#225;n sin reservas al servicio del rey intruso Jos&#233; Bonaparte. Ahora siguen esperando, sin que nadie los atienda. Hasta los batidores y granaderos de la escolta de Murat se les r&#237;en en la cara.

Oc&#250;pese de esos dos imb&#233;ciles. Que sigan ah&#237;, pero lejos de mi vista Ganas me dan de hacerlos fusilar a ellos tambi&#233;n.


Apoyado en una jamba rota de la puerta de Montele&#243;n, el capit&#225;n Luis Daoiz no se hace ilusiones. Desde el desastre de la columna francesa no han sufrido ning&#250;n ataque serio, pero los tiradores enemigos mantienen la presi&#243;n. El cerco es total, y los servidores de los ca&#241;ones espa&#241;oles se mantienen lo m&#225;s a cubierto que pueden para eludir los disparos. Todo el que cruza entre la puerta del parque, el convento de las Maravillas y las casas contiguas, debe hacerlo a la carrera, con riesgo de recibir un balazo. Y por si fuera poco, el capit&#225;n Goicoechea, que con sus Voluntarios del Estado y buen n&#250;mero de paisanos sigue apostado en las ventanas altas del edificio principal, anuncia movimiento de ca&#241;ones enemigos por la parte de San Bernardo, junto a la fuente de Matalobos. Todo indica que los franceses preparan un nuevo asalto en toda regla, y que esta vez no tienen intenci&#243;n de fracasar.

&#191;C&#243;mo ves el panorama? -pregunta Pedro Velarde.

Daoiz mira a su amigo, que viene fumando una pipa. Lleva el sable en la funda y dos pistolas metidas en el cinto. Con algunos botones menos en la casaca, la charretera partida y la mugre del combate, m&#225;s parece contrabandista de Ronda que oficial de estado mayor. Tampoco yo, piensa el capit&#225;n, debo de tener mejor aspecto.

Mal -responde.

Los dos militares permanecen callados, atentos a los sonidos del exterior. Salvo alg&#250;n disparo espor&#225;dico de los tiradores ocultos, la ciudad est&#225; en silencio.

&#191;C&#243;mo sigue el teniente Ruiz? -se interesa Daoiz.

Grav&#237;simo. No ha perdido el conocimiento, y sufre horrores Un chico valiente, &#191;verdad? Un buen muchacho.

&#191;No ser&#237;a mejor llevarlo al convento, con las monjas?

No conviene moverlo. Ha perdido mucha sangre y podr&#237;a quedarse en el camino. Lo tengo en la sala de oficiales, con otros heridos nuestros y franceses.

&#191;C&#243;mo va lo dem&#225;s?

En pocas palabras, Velarde lo pone al corriente. Los defensores del parque ya se reducen a media docena de oficiales, diez artilleros, una treintena de Voluntarios del Estado y menos de trescientos paisanos: el medio centenar que ayuda en los ca&#241;ones y defiende las casas contiguas al convento, los que est&#225;n con el propio Velarde en la puerta y las tapias o con Goicoechea en las ventanas del tercer piso, y los que se ocupan de proteger la parte posterior del recinto, aunque de &#233;sos desertan muchos. Adem&#225;s, no toda la fuerza atiende a la defensa, pues parte se emplea en vigilar al comandante y a los trece oficiales franceses prisioneros en el pabell&#243;n de guardia, as&#237; como a los doscientos soldados encerrados en las cocheras y cuadras. En lo que se refiere a municiones, escasea la cartucher&#237;a; la falta de cargas de p&#243;lvora para los ca&#241;ones es angustiosa, y la de metralla, absoluta: un saquete con piedras de chispa de fusil se reserva para emplearlo como metralla si la infanter&#237;a francesa vuelve a acercarse lo suficiente.

Que se acercar&#225; -apunta Daoiz, sombr&#237;o.

Su amigo chupa la pipa mientras se agita, inc&#243;modo. Ha perdido fuelle, advierte Daoiz. Ni siquiera un exaltado como &#233;l puede enga&#241;arse a estas alturas.

&#191;Cu&#225;ntos ataques m&#225;s podremos aguantar? -pregunta Velarde.

M&#225;s que pregunta, parece una reflexi&#243;n en voz alta. Daoiz mueve la cabeza, esc&#233;ptico.

Si los franceses lo hacen bien, s&#243;lo habr&#225; uno.

Los dos capitanes permanecen otro rato en silencio, observando c&#243;mo algunos soldados y paisanos intentan mejorar la protecci&#243;n en torno a los ca&#241;ones. Aprovechando la pausa en el combate, las piezas se resguardan con dos armones del parque y algunos muebles sacados de las casas. Velarde tuerce el gesto.

&#191;Crees que eso sirve de algo?

Levanta un poco la moral.

Viniendo del interior del parque, una jovencita de falda sucia y desgarrada, brazos desnudos y el pelo recogido bajo un pa&#241;uelo, se les acerca con una garrafa en cada mano y les ofrece vino. Le dicen que no, gracias, que atienda a la tropa; y ella, agachada la cabeza y apresur&#225;ndose, se dirige hacia la gente que guarnece los ca&#241;ones. Daoiz nunca llegar&#225; a conocer su nombre, pero esa muchacha, vecina de la cercana calle de San Vicente, se llama Manoli Armayona y Ceide, y a&#250;n no ha cumplido trece a&#241;os.

Me temo que en Madrid ha terminado todo -comenta de pronto Velarde-. Y t&#250; ten&#237;as raz&#243;n Nadie mueve un dedo por nosotros.

&#191;Y qu&#233; esperabas?

Esperaba decencia. Patriotismo. Coraje No s&#233; Espa&#241;a es una verg&#252;enza Confiaba en que nuestro ejemplo moviera a otros.

Pues ya ves.

Quisiera preguntarte algo, Luis. Antes, cuando parlament&#225;bamos con los franceses &#191;Llegaste a pensar en rendirnos?

Un silencio. Al cabo, Daoiz se encoge de hombros.

Quiz&#225;s.

Velarde lo mira de reojo, pensativo, dando chupadas a la pipa. Luego mueve la cabeza.

Bueno -concluye-. De cualquier manera, no importa. Despu&#233;s de la salvajada del ca&#241;onazo con bandera blanca, ya no podemos capitular, &#191;verdad?

Sonr&#237;e Daoiz, casi a su pesar.

No estar&#237;a bien visto.

Y que lo digas -tambi&#233;n Velarde esboza ahora una sonrisa torcida-. Mejor terminar aqu&#237;, sable en mano, que fusilados de madrugada en el foso de un castillo.

Con adem&#225;n cansado, adelantando el ment&#243;n, Daoiz se&#241;ala a los hombres y mujeres agazapados tras los muebles rotos y las cure&#241;as de los ca&#241;ones.

Diles eso a ellos.

Los rostros de artilleros y paisanos, ahumados de p&#243;lvora, parecen m&#225;scaras grises relucientes de sudor. El sol calienta lo suyo a estas horas, y es evidente que el cansancio, la tensi&#243;n y los estragos del combate hacen efecto. Pese a todo, la mayor&#237;a sigue mirando confiada a los dos capitanes. Junto a la tapia del huerto de las Maravillas, entre un grupo de vecinos armados con fusiles que descansa a resguardo de los tiradores franceses, Daoiz observa al ni&#241;o de diez u once a&#241;os -Pepillo Amador le han dicho que se llama- que vino acompa&#241;ando a sus hermanos y ahora lleva puesto un chac&#243; franc&#233;s. Algo m&#225;s ac&#225;, sentada en el suelo entre el chispero G&#243;mez Mosquera y el cabo artillero Eusebio Alonso, con un enorme cuchillo de cocina metido en el refajo, la manola Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez le dedica una sonrisa radiante al capit&#225;n cuando se cruzan sus miradas.

Siguen creyendo en ti -dice Velarde-. En nosotros.

Daoiz se encoge otra vez de hombros.

Si no fuera por eso -responde con sencillez- hace rato que me habr&#237;a rendido.


Entre la una y las dos de la tarde, desde el balc&#243;n de una casa de la calle Fuencarral, junto al Hospicio, el literato e ingeniero retirado de la Armada Jos&#233; Mor de Fuentes presencia con su amigo Venancio Luna y el cu&#241;ado de &#233;ste, que es sacerdote, el espect&#225;culo de los batallones franceses entrando con redoble de tambores y &#225;guilas desplegadas por la puerta de Santa B&#225;rbara. Luego de dar vueltas por la ciudad, Mor de Fuentes ha buscado refugio all&#237; al toparse con los imperiales cuando se dirig&#237;a a echar un vistazo al parque de artiller&#237;a. Detenido en la esquina de la calle de la Palma por un piquete, pudo desembarazarse sin inconveniente por hablar bien el idioma.

Esto tiene fea pinta -comenta Luna.

Vaya si la tiene. Menos mal que pude meterme aqu&#237;.

&#191;Qu&#233; ha visto por el camino? -se interesa el cu&#241;ado sacerdote.

Mor de Fuentes tiene una copa de vino oloroso en una mano. Con la otra hace un adem&#225;n de suficiencia, como si nada de cuanto ha visto fuese digno de su combatividad patri&#243;tica.

Mucho franc&#233;s. Y a &#250;ltima hora, vecinos muertos de miedo y poca gente en la calle. Casi todos los insurrectos se han ido a Montele&#243;n o andan dispersos.

Dicen que en el Prado est&#225;n arcabuceando gente -apunta Luna.

Eso no lo s&#233;. Pese a mis esfuerzos no pude pasar de la fuente de la Cibeles, porque encontr&#233; caballer&#237;a francesa Quer&#237;a llegar hasta el cuartel de Guardias Espa&#241;olas, donde tengo conocidos. Naturalmente, con intenci&#243;n de unirme a la tropa si &#233;sta hubiera intervenido. Pero no tuve oportunidad.

&#191;Lleg&#243; usted al cuartel?

Bueno. No del todo Por el camino supe que el coronel Marim&#243;n orden&#243; cerrar las puertas y que no saliera nadie, as&#237; que comprend&#237; que no val&#237;a la pena. All&#237;, por lo visto, se limitaron a entregar a los vecinos, por encima de la tapia, unas docenas de fusiles.

Lo mismo habr&#225;n hecho en otros cuarteles, imagino.

Que den armas al pueblo, s&#243;lo lo he o&#237;do de Guardias Espa&#241;olas y de Inv&#225;lidos. Tambi&#233;n los de Montele&#243;n, claro Del resto, Walonas, los de Corps y dem&#225;s, no s&#233; nada.

&#191;Cree que al fin saldr&#225;n a la calle? -pregunta el cu&#241;ado sacerdote.

&#191;A estas horas, con los de Murat por todas partes? Lo dudo. Es demasiado tarde.

Pues crea que no lo lamento. Esa chusma armada es peor que los franceses. A fin de cuentas, Napole&#243;n ha restaurado los altares que profan&#243; en Francia la Revoluci&#243;n Lo que importa es que se restablezca el orden y acabe este disparate. La gente de bien, moderada y amante del reposo p&#250;blico, no est&#225; para sobresaltos.

En la calle resuena un tiro de fusil, muy cerca, y los tres hombres retroceden inquietos, abandonando el balc&#243;n. En la sala de estar, sentado en un sof&#225;, Mor de Fuentes bebe otro sorbito de oloroso.

No ser&#233; yo quien discuta eso.


El coronel Giraldes, marqu&#233;s de Casa Palacio y comandante del regimiento de infanter&#237;a de l&#237;nea Voluntarios del Estado, se apoya en la mesa de su despacho como si fuera a caerse al suelo de un momento a otro.

Es su parque, por Dios &#161;Son sus artilleros quienes lo empezaron todo!

&#191;Y sus soldados? -replica el coronel Navarro Falc&#243;n-. &#161;Algo habr&#225;n tenido que ver!

Est&#225;n bajo su jurisdicci&#243;n, diantre &#161;Es su responsabilidad, y no la m&#237;a!

Hace quince minutos que intercambian reproches. Jos&#233; Navarro Falc&#243;n, director de la junta de Artiller&#237;a y superior directo de los capitanes Daoiz y Velarde, se ha presentado en el cuartel de Mejorada asustado por las noticias que llegan de Montele&#243;n. No menos preocupaci&#243;n embarga a Giraldes, enterado de que la tropa que encomend&#243; a Velarde y al capit&#225;n Goicoechea se encuentra mezclada en el combate. Adem&#225;s, la mortandad entre las tropas francesas est&#225; siendo terrible. Con tales antecedentes, a ambos jefes se les descompone el cuerpo imaginando las consecuencias.

&#191;C&#243;mo se le ocurri&#243; confiarle tropa a Pedro Velarde, en el estado en que se hallaba ese oficial? -pregunta Navarro Falc&#243;n.

Me dej&#233; liar -responde Giraldes-. Ese loco de capit&#225;n suyo pretend&#237;a amotinarme a la tropa.

&#161;Haberlo arrestado!

&#191;Y por qu&#233; no lo hizo usted, que es su superior inmediato? No me fastidie, hombre. Mis oficiales tambi&#233;n andaban calientes, queriendo echarse a la calle. Para quit&#225;rmelo de encima, no tuve m&#225;s remedio que mandar a Goicoechea con treinta y tres soldados &#161;Y mire que lo dej&#233; claro! Nada de confraternizar con el pueblo, nada de oposici&#243;n a los franceses Ya ve. Una desgracia, de verdad. Le aseguro, por mi honor, que esto es una completa desgracia.

Y que lo diga. Para todos.

Pero mucho ojo, &#191;eh? Quien dej&#243; salir de la Junta Superior a Velarde, y luego envi&#243; a Montele&#243;n al capit&#225;n Daoiz, fue usted. &#191;Estamos? Es su parque de artiller&#237;a, Navarro, y su gente. Insisto: la m&#237;a no tuvo m&#225;s remedio que obedecer.

&#191;Y c&#243;mo sabe que ocurri&#243; as&#237;?

Bueno. Lo supongo.

&#191;Lo supone? &#191;Eso es lo que piensa decir al capit&#225;n general, en su descargo?

Giraldes alza un dedo.

Es lo que he dicho ya, si usted me permite. Le he enviado un oficio a Negrete asegur&#225;ndole que soy ajeno a esa barbaridad &#191;Y sabe qu&#233; responde? Pues que &#233;l se lava las manos &#161;Otro que tal! -Giraldes coge un pliego manuscrito que tiene sobre la mesa y se lo muestra al coronel de artiller&#237;a-. Para dejarlo claro, me ha remitido con acuse de recibo una copia de la carta que Murat mand&#243; esta ma&#241;ana a la junta. Lea, lea Me la trajeron hace un momento.


Es preciso que la tranquilidad se restablezca inmediatamente, o que los habitantes de Madrid esperen sobre s&#237; todas las consecuencias de su resoluci&#243;n


&#191;Qu&#233; le parece? -prosigue Giraldes recuperando el papel-. M&#225;s claro, agua. Y todav&#237;a, cuando mando a uno de mis ayudantes a Montele&#243;n para que reduzca a esos caribes a la obediencia, cosa que deber&#237;a haber hecho usted, no se les ocurre m&#225;s que disparar un ca&#241;onazo en mitad del parlamento y hacer una sarracina As&#237; que lo de menos es c&#243;mo termine el parque. Lo que me preocupa ahora son las consecuencias.

&#191;Se refiere a usted y a m&#237;?

En cierta manera, s&#237;. A nosotros como responsables Quiero decir a todos, naturalmente. Ya ha visto c&#243;mo las gasta Murat. En mala hora, Navarro. Le digo que en mala hora.

Exasperado, lleno de irritaci&#243;n y sin saber qu&#233; hacer, el coronel Navarro Falc&#243;n se despide de Giraldes. Una vez afuera decide echar un vistazo por la parte de Montele&#243;n y camina San Bernardo arriba, hasta que en la esquina de la calle de la Palma un ret&#233;n le corta el paso con malos modos, sin deferencia hacia su uniforme y charreteras.

Arr&#234;tez-vous!

En su torpe franc&#233;s, aprendido durante la campa&#241;a de los Pirineos, el jefe de la junta de Artiller&#237;a de Madrid pide hablar con un oficial; pero lo m&#225;s que logra es que se acerque un subteniente bigotudo con granos en la cara. Por las insignias, Navarro Falc&#243;n comprueba que pertenece al 5. regimiento de la 2.&#170; divisi&#243;n de infanter&#237;a, que a primera hora de la ma&#241;ana, seg&#250;n sus noticias, se hallaba acampada en la carretera de El Pardo. Los imperiales est&#225;n metiendo en danza, deduce, todo lo que tienen.

&#191;Puedo paser un peu avant, silvupl&#233;?

Interdit! Reculez!

Navarro Falc&#243;n se toca las bombas doradas del cuello de la casaca.

Soy el director de la junta

Reculez!

Un par de soldados levantan sus fusiles, y el coronel, prudente, da media vuelta. Est&#225; enterado de que al brigadier Nicol&#225;s Galet y Sarmiento, gobernador del Resguardo, que esta ma&#241;ana quiso interceder por sus funcionarios del portillo de Recoletos, los franceses le han pegado un tiro. As&#237; que mejor ser&#225; no tentar la suerte. Para Navarro Falc&#243;n, sus a&#241;os de juventud intr&#233;pida, Brasil, R&#237;o de la Plata, la colonia de Sacramento, el asedio de Gibraltar y la guerra contra la Rep&#250;blica francesa est&#225;n demasiado lejos. Ahora tiene un ascenso en puertas -lo ten&#237;a hasta esta ma&#241;ana- y dos nietos a los que desea ver crecer. Mientras se aleja procurando hacerlo despacio y sin perder la compostura, oye a lo lejos descargas aisladas de fusiler&#237;a. Antes de volver la espalda ha tenido ocasi&#243;n de ver mucha infanter&#237;a y cuatro ca&#241;ones franceses frente al palacio de Montemar, junto a la fuente de Matalobos. Dos de las piezas apuntan hacia San Bernardo y la cuesta de Santo Domingo; y a su ojo experto no escapa que est&#225;n all&#237; para impedir todo socorro a los cercados. Los otros ca&#241;ones enfilan la calle de San Jos&#233; y el parque de artiller&#237;a. Y mientras sigue alej&#225;ndose del lugar sin mirar atr&#225;s, el coronel los oye abrir fuego.


El primer disparo de metralla arroja sobre los defensores una nube de polvo, yeso pulverizado y fragmentos de ladrillos.

&#161;Tiran de Matalobos! &#161;Cuidado! &#161;Cuidado!

Advertida de los movimientos franceses por el capit&#225;n Goicoechea y los que observan desde las ventanas altas del parque, la gente tiene tiempo de buscar cobijo, y la primera andanada s&#243;lo se cobra dos heridos. Bernardo Ramos, de dieciocho a&#241;os, y &#193;ngela Fern&#225;ndez Fuentes, de veintiocho, que se encuentra all&#237; acompa&#241;ando a su marido, un piconero de la calle de la Palma llamado &#193;ngel Jim&#233;nez, son evacuados al convento de las Maravillas.

&#161;Los artilleros en la calle, y agachados! -vocea el capit&#225;n Daoiz-. &#161;Los dem&#225;s, busquen resguardo! &#161;A cubierto, r&#225;pido! &#161;A cubierto!

La orden es oportuna. Siguen al poco rato un segundo disparo franc&#233;s y un tercero, antes de que el fuego se haga preciso y constante, con gran despliegue de fusiler&#237;a desde todas las esquinas, terrazas y tejados. Para Luis Daoiz, &#250;nico que se mantiene en pie entre los ca&#241;ones pese al horroroso fuego que bate la calle, la intenci&#243;n de los franceses est&#225; clara: impedir el descanso de los defensores y mantenerlos con la cabeza baja, sometidos a intenso desgaste como preparaci&#243;n de un asalto general. Por eso sigue gritando a la gente que se proteja y economice munici&#243;n hasta que la infanter&#237;a enemiga se ponga a tiro. Tambi&#233;n ordena al capit&#225;n Velarde, que se ha acercado entre el fuego para pedir instrucciones, que mantenga a los suyos dentro del parque, listos para salir cuando asomen bayonetas enemigas.

Y t&#250; qu&#233;date con ellos, Pedro. &#191;Me oyes? Aqu&#237; no haces nada, y alguien tiene que tomar el mando si me dan.

Pues como sigas ah&#237;, de pie, tendr&#233; que relevarte pronto.

Adentro, te digo. Es una orden.

Al poco rato, el bombardeo ensordecedor -la onda expansiva de los ca&#241;onazos emboca la calle, retumbando en todos los pechos junto al estr&#233;pito de la metralla- y la intensa fusilada francesa empiezan a hacer da&#241;o. Crece el castigo, corre la sangre, y alguna gente de la que se resguarda en los portales cercanos, en la huerta y tras la verja del convento, se desbanda y desaparece por donde puede. Es el caso del joven Francisco Huertas de Vallejo y su compa&#241;ero don Curro, que se cobijan en las Maravillas despu&#233;s de que al cajista de imprenta G&#243;mez Pastrana una esquirla le seccione la yugular y muera desangrado. Tambi&#233;n son heridos un cerrajero llamado Francisco S&#225;nchez Rodr&#237;guez, el presb&#237;tero de treinta y siete a&#241;os don Benito Mendiz&#225;bal Palencia -que viste ropa seglar y se ha estado batiendo con una escopeta- y el estudiante Jos&#233; Guti&#233;rrez, que hoy frecuenta todos los lugares de peligro. La herida de este asturiano de Covadonga es ya la cuarta -a&#250;n ha de recibir hoy treinta y nueve m&#225;s, y pese a ello sobrevivir&#225;-: un rebote le arranca el l&#243;bulo de una oreja. Guti&#233;rrez acude por su pie a hacerse vendar donde las monjas antes de volver al combate. Luego contar&#225; que lo que m&#225;s lo impresiona es la cantidad enorme de sangre -como si hubieran echado en el suelo cubos y cubos- que pisa mientras camina por los pasillos del convento.

En la calle, mientras tanto, el resto de la partida de Jos&#233; Guti&#233;rrez es casi aniquilado cuando otra descarga francesa mata, en la puerta misma del parque, a dos de los tres &#250;ltimos hombres que quedaban en pie de quienes lo siguieron a Montele&#243;n: el peluquero Mart&#237;n de Larrea y su mancebo Felipe Barrio. Tambi&#233;n derriba malherido al artillero Juan Domingo Serrano, cuyo puesto ocupa el cochero del marqu&#233;s de San Sim&#243;n: un mozo alto y fornido, de fuertes brazos, llamado Tom&#225;s &#193;lvarez Castrill&#243;n. Cae poco despu&#233;s, junto al ca&#241;&#243;n que atiende con su marido y sus hijos, la vecina del barrio Clara del Rey, alcanzada por un cascote de metralla que le destroza la frente. La p&#233;rdida m&#225;s sensible es la del ni&#241;o de once a&#241;os Pepillo Amador &#193;lvarez, que durante toda la jornada se ha mantenido junto a sus hermanos Antonio y Manuel, asisti&#233;ndolos en el combate. Al cabo, una bala francesa lo alcanza en la cabeza cuando, despu&#233;s de cruzar varias veces corriendo la zona batida con la audacia de su corta edad, trae un cesto lleno de munici&#243;n. Muere as&#237; el m&#225;s joven de los defensores del parque de artiller&#237;a.


Tiene pocos a&#241;os m&#225;s que Pepillo Amador el soldado franc&#233;s que, en el improvisado hospital de las Maravillas, agoniza en brazos de la monja sor Pelagia Revut.

Ma m&#232;re! -exclama, en el momento de morir.

La monja entiende perfectamente las &#250;ltimas palabras del muchacho, porque ella misma es francesa: lleg&#243; a Espa&#241;a en 1794 con un grupo de religiosas fugitivas de la Revoluci&#243;n. Esta ma&#241;ana, cuando al primer estampido de ca&#241;&#243;n saltaron los cristales del crucero y las ventanas, las religiosas abandonaron despavoridas sus celdas y se congregaron en la iglesia a rezar, creyendo llegado el fin del mundo. Fue el capell&#225;n mayor del convento, don Manuel Rojo, quien tras alentar a las carmelitas con oraciones y palabras de &#225;nimo, apelando luego a la humanidad y caridad cristiana, mand&#243; abrir la clausura y franquear la cancela del templo y la verja del atrio. Despu&#233;s, auxiliado por algunos vecinos, empez&#243; a meter heridos dentro, sin distinci&#243;n de uniforme -al principio la mayor parte eran franceses-, mientras las monjas, preparando hilas, vendajes, caldos y cordiales, se ocupaban de ellos. Ahora, atrio, templo, locutorio y sacrist&#237;a resuenan con gemidos y gritos de dolor en ambas lenguas, las veintiuna religiosas -en realidad veinte, pues sor Eduarda sigue animando a los patriotas desde una ventana- atienden a los heridos, y el capell&#225;n va de uno a otro entre cuerpos mutilados y charcos de sangre, dando los auxilios espirituales. Los &#250;ltimos defensores de Montele&#243;n que acaban de traer son una mujer moribunda llamada Juana Garc&#237;a, con domicilio en el n&#250;mero 14 de la calle de San Jos&#233;, y un chispero joven y animoso que se sostiene &#233;l mismo el paquete intestinal, desgarrado por un metrallazo, de nombre Pedro Benito Mir&#243;. A &#233;ste lo dejan en el suelo entre otros heridos y agonizantes, sin poder darle m&#225;s socorro que unos trapos con los que le vendan el vientre.

&#161;Padre! -llama sor Pelagia, que cierra los ojos del soldado franc&#233;s.

Acude don Manuel y musita una oraci&#243;n mientras hace la se&#241;al de la cruz en la frente del muerto.

&#191;Era cat&#243;lico?

No s&#233;.

Bueno. Da lo mismo.

Levant&#225;ndose, la monja atiende a otros compatriotas. Sor Mar&#237;a de Santa Teresa, la superiora, le ha encomendado que, por su nacimiento y por dominar la lengua, se encargue de los franceses heridos en el desastre de la columna Montholon, o de los que entran por la parte meridional del convento, a trav&#233;s de la puerta de la iglesia que da a la calle de la Palma. Porque en las Maravillas se da una situaci&#243;n peculiar, s&#243;lo imaginable en el desbarajuste de un combate como el que se libra afuera: mientras los ca&#241;onazos franceses arrasan el jard&#237;n y la huerta, arruinan el Noviciado, maltratan los muros y llenan los patios y galer&#237;as de cascotes y fragmentos de metralla, por San Jos&#233; y San Pedro entran heridos espa&#241;oles, y por la Palma traen a heridos franceses, respetando ambos bandos el recinto como terreno neutral, o sagrado. Ese miramiento no es com&#250;n en las tropas imperiales, que han profanado iglesias y a&#250;n lo har&#225;n con muchas m&#225;s, en Madrid y en toda Espa&#241;a. Pero la circunstancia de que las monjas acojan a las v&#237;ctimas, as&#237; como la presencia mediadora de sor Pelagia, obran el milagro.


Cerca del palacio de Montemar, el general de divisi&#243;n Joseph Lagrange, futuro conde del Imperio con nombre inscrito en el Arco de Triunfo de Par&#237;s, presencia el bombardeo del parque de artiller&#237;a.

Creo que ya los hemos ablandado lo suficiente -apunta el general de brigada Lefranc, que est&#225; a su lado, observando la calle de San Jos&#233; con un catalejo.

Esperemos un poco m&#225;s.

Con el aliento del duque de Berg en el cogote, Lagrange, soldado fr&#237;o y minucioso -por eso le ha encargado Murat resolver la crisis-, no quiere riesgos innecesarios. Los madrile&#241;os, con tan poca preparaci&#243;n militar que ni siquiera tienen milicias ciudadanas, no acostumbran a verse bajo las bombas; y el general franc&#233;s est&#225; seguro de que, cuanto m&#225;s prolongue el castigo, menor ser&#225; la resistencia al asalto, que desea definitivo y final. Lagrange, fogueado militar de cincuenta y cuatro a&#241;os, piel p&#225;lida y nariz aguile&#241;a enmarcada por patillas a la moda imperial, tiene experiencia en sofocar motines: durante la campa&#241;a de Egipto se encarg&#243; de aplastar sin misericordia, ametrallando a la multitud, la revuelta de El Cairo.

&#191;No cree que podr&#237;amos avanzar? -insiste Lefranc, dando golpecitos impacientes en el catalejo.

Todav&#237;a no -responde Lagrange, &#225;spero.

En realidad est&#225; a punto de ordenar el ataque de la infanter&#237;a, pero Lefranc -rubio, nervioso, poco h&#225;bil en ocultar sus emociones- no le cae bien, y desea mortificarlo. El general de divisi&#243;n comprende que su colega, humillado al verse desplazado del mando, no sea el hombre m&#225;s feliz de la tierra. Pero una cosa es el puntillo de pundonor, comprensible en todo militar, y otra el antip&#225;tico recibimiento que le dispens&#243; Lefranc, al extremo de ilustrarlo a rega&#241;adientes sobre la composici&#243;n y distribuci&#243;n t&#225;ctica de la tropa. De modo que el general de divisi&#243;n, poco amigo de malentendidos en cuestiones de servicio, ha puesto firme al de brigada, record&#225;ndole sin rodeos que &#233;l no pidi&#243; el mando de esta operaci&#243;n, que las &#243;rdenes son directas y verbales del gran duque de Berg, y que en el ej&#233;rcito imperial, como en todos los ej&#233;rcitos del mundo, el que manda, manda.

Vamos all&#225; -dice por fin-. Que sigan tirando los ca&#241;ones hasta que la vanguardia llegue a la esquina. Despu&#233;s, a paso de carga.

Sus ayudantes traen los caballos de ambos generales; porque estas cosas, opina Lagrange, hay que hacerlas como es debido. Suena la corneta, redoblan los tambores, se despliega el &#225;guila tricolor, y los oficiales gritan &#243;rdenes mientras forman en columna de ataque a los mil ochocientos hombres del 6. regimiento provisional de infanter&#237;a. Casi el mismo n&#250;mero de efectivos -eso incluye el maltrecho regimiento del apresado Montholon y lo que queda del batall&#243;n de Westfalia- estrechan el cerco alrededor del parque y lo a&#237;slan del exterior. En este instante, obedeciendo los toques de corneta y las se&#241;ales del tambor, se intensifica el fuego de fusiler&#237;a contra los rebeldes. A lo largo de la columna corren ya los acostumbrados vivas al Emperador con que el ej&#233;rcito franc&#233;s suele enardecerse en cada asalto. Para encabezar &#233;ste, Lagrange ha conseguido un destacamento de gastadores, que utilizar&#225; para despejar obst&#225;culos, y algunos mostachudos granaderos de la Guardia Imperial. Est&#225; seguro de que, puestos al frente con su reputaci&#243;n de imbatibles, esos veteranos arrastrar&#225;n con m&#225;s eficacia a los biso&#241;os. Con un &#250;ltimo vistazo, envidiando el soberbio tordo jerezano que monta su colega Lefranc -requisado manu militari hace quince d&#237;as en Aranjuez-, el pacificador de El Cairo monta en su caballo y comprueba que todo est&#225; a punto. As&#237; que, satisfecho de la tropa espesa y reluciente de bayonetas que se extiende desde la plazuela de Monserrate hasta las Comendadoras de Santiago, se acomoda en la silla, afirma las botas en los estribos y pide a Lefranc que se sit&#250;e a su lado.

Ahora, si le parece, general -comenta, seco-, acabemos esto de una vez.


Diez minutos despu&#233;s, de la esquina de San Bernardo al convento de las Maravillas, la calle de San Jos&#233; es una hoguera. La humareda de p&#243;lvora se retuerce en espirales desgarradas por los fogonazos, y sobre el redoble de tambor y los toques de corneta franceses asciende el crepitar violento de la fusiler&#237;a. Tiran contra esa neblina los hombres a los que el capit&#225;n Goicoechea dirige desde las ventanas altas del edificio principal del parque, y tiran cuanto tienen -disparos, piedras, tejas y ladrillos arrancados- los que, encaramados sobre la tapia, intentan obstaculizar mas de cerca el avance franc&#233;s. Frente a la puerta, los ca&#241;ones disparan bala rasa contra la columna enemiga, y en torno a ellos se agrupan los paisanos y soldados que el capit&#225;n Velarde saca del interior para enfrentarse a las bayonetas pr&#243;ximas.

&#161;Aguantad! &#161;Por Espa&#241;a y por Fernando S&#233;ptimo! &#161;Aguantad!

Artilleros, Voluntarios del Estado, paisanos y mujeres, empu&#241;ando fusiles, bayonetas, sables y cuchillos, ven surgir de la humareda, imparables, los chac&#243;s de los granaderos enemigos, las hachas y picas de los gastadores, los chac&#243;s negros y las bayonetas de la temible infanter&#237;a imperial. Pero en vez de vacilar o retroceder, se mantienen firmes en torno a los ca&#241;ones, arcabucean a los franceses casi apoy&#225;ndoles los ca&#241;ones en el pecho, a quemarropa; y un &#250;ltimo tiro de ca&#241;&#243;n arroja, a falta de metralla, una lluvia de piedras de chispa para fusil que hace buen destrozo en la vanguardia francesa y le destripa el caballo jerezano al general Lefranc, dando con &#233;ste en tierra, contuso. Vacilan los franceses ante la brutal descarga, y al detenerse un instante se renueva el &#225;nimo de los defensores.

&#161;Resistid por Espa&#241;a! &#161;Que no se diga! &#161;A ellos!

Acometen los m&#225;s osados, lanz&#225;ndose contra los granaderos, y se traba as&#237; un &#225;spero combate en corto, cuerpo a cuerpo, a golpes de bayoneta y culatazos, usando los fusiles descargados como mazas. Caen muertos en esa refriega Tom&#225;s &#193;lvarez Castrill&#243;n, el jornalero Jos&#233; &#193;lvarez y el soldado de Voluntarios del Estado, de veintid&#243;s a&#241;os, Manuel Velarte Badinas; y quedan heridos el mozo de carnicer&#237;a Francisco Garc&#237;a, el soldado L&#225;zaro Cansanillo y Juana Calder&#243;n Infante, de cuarenta y cuatro a&#241;os, que pelea junto a su marido Jos&#233; Begu&#237;. Por parte francesa las bajas son numerosas. Impresionados ante la ferocidad del contraataque, retroceden los imperiales dejando el suelo cubierto de muertos y heridos, bajo el fuego graneado que les hacen desde ventanas y tapias. Luego, rehaci&#233;ndose, empujados por sus oficiales, hacen una descarga cerrada que diezma a los defensores y avanzan de nuevo, a la bayoneta. La fusilada, intensa y terrible, hiere sobre la tapia al paisano Clemente de Rojas y al capit&#225;n de Milicias Provinciales de Santiago de Cuba Andr&#233;s Rovira, que esta ma&#241;ana vino acompa&#241;ando a Pedro Velarde y a la gente del capit&#225;n Goicoechea. Tambi&#233;n mutila junto a la puerta del parque a Manoli Armayona, la muchacha que durante la &#250;ltima pausa del combate estuvo refrescando con vino a los artilleros, y hiere de muerte en torno a los ca&#241;ones a Jos&#233; Aznar, que pelea junto a su hijo Jos&#233; Aznar Moreno -&#233;ste lo vengar&#225; luchando como guerrillero en las dos Castillas-, al guarnicionero sexagenario Juli&#225;n L&#243;pez Garc&#237;a, al vecino de la calle de San Andr&#233;s Domingo Rodr&#237;guez Gonz&#225;lez, y a los j&#243;venes de veinte a&#241;os Antonio Mart&#237;n Rodr&#237;guez, de profesi&#243;n aguador, y Antonio Fern&#225;ndez Garrido, alba&#241;il.

&#161;Ah&#237; vienen otra vez los gabachos! &#161;Hay que detenerlos, porque no dar&#225;n cuartel!

El &#237;mpetu del segundo asalto lleva a los franceses hasta casi tocar con la mano los ca&#241;ones. No hay tiempo de cargar de nuevo las piezas, de modo que el capit&#225;n Daoiz, agitando en molinetes el sable sobre su cabeza, re&#250;ne a cuanta gente puede.

&#161;Aqu&#237;, conmigo! &#161;Que les cueste caro!

Acuden alrededor, con desesperada resoluci&#243;n, el resto de la partida de Cosme de Mora, el crudo chispero G&#243;mez Mosquera, el artillero Antonio Mart&#237;n Magdalena, el escribiente de artiller&#237;a Domingo Rojo, la manola Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez, el estudiante Jos&#233; Guti&#233;rrez, algunos Voluntarios del Estado y una docena de paisanos de los que todav&#237;a no huyen buscando refugio. Pedro Velarde, tambi&#233;n sable en mano y fuera de s&#237;, corre de un lado a otro, obligando a volver al combate a quienes se esconden en las Maravillas o dentro del parque. Saca as&#237; del convento, a empujones, al joven Francisco Huertas de Vallejo, a don Curro y a algunos heridos leves que hab&#237;an buscado cobijo, y los hace unirse a los que defienden los ca&#241;ones.

&#161;Al que retroceda, lo mato yo! &#161;Viva Espa&#241;a!

Contin&#250;a cuerpo a cuerpo el segundo asalto franc&#233;s, bayonetas por delante. Nadie entre los defensores ha tenido tiempo de morder cartuchos y cargar fusiles, de manera que suenan algunos pistoletazos a bocajarro y se conf&#237;a la matanza a bayonetas, cuchillos y navajas. Ahora, en corto, la ventaja de los enemigos no es otra que la del n&#250;mero, pues a cada paso que dan se ven acometidos por hombres y mujeres que lidian como fieras, borrachos de sangre y de odio.

&#161;Que lo paguen! &#161;Al infierno con ellos! &#161;Que lo paguen!

Abaten de ese modo a muchos franceses; pero tambi&#233;n, revueltos entre enemigos a los que golpean con los fusiles descargados o apu&#241;alan, caen acribillados a tiros y golpes de bayoneta el artillero Mart&#237;n Magdalena, el chispero G&#243;mez Mosquera, los Voluntarios del Estado Nicol&#225;s Garc&#237;a Andr&#233;s, Antonio Luce Rodr&#237;guez y Vicente Grao Ram&#237;rez, el sereno gallego Pedro Dabra&#241;a Fern&#225;ndez y el botillero de San Jer&#243;nimo Jos&#233; Rodr&#237;guez, muerto cuando acomete a un oficial enemigo en compa&#241;&#237;a de su hijo Rafael.

&#161;Se han parado los franceses! -a&#250;lla el capit&#225;n Daoiz-. &#161;Resistid, que los hemos parado!

Es cierto. Por segunda vez, el ataque de los mil ochocientos hombres de la columna Lagrange-Lefranc se ve detenido ante los ca&#241;ones, donde los muertos y heridos de uno y otro bando se amontonan hasta el punto de dificultar el paso. Una nueva andanada artillera -inesperada descarga hecha desde la calle de San Pedro- acribilla al estudiante Jos&#233; Guti&#233;rrez, que se desploma milagrosamente vivo, pero con treinta y nueve impactos de metralla en el cuerpo. La misma descarga mata a la vecina de la calle de la Palma &#193;ngela Fern&#225;ndez Fuentes, de veintiocho a&#241;os, que combate bajo el arco de la puerta del parque, a su comadre Francisca Olivares Mu&#241;oz, al vecino Jos&#233; &#193;lvarez y al paisano de sesenta y seis a&#241;os Juan Olivera Diosa.

&#161;Recargad! &#161;Ah&#237; vienen otra vez!

En esta ocasi&#243;n el asalto franc&#233;s ya no se detiene. Gritando Sacr&#233; nom de Dieu, en avant, en avant!, los granaderos, gastadores y fusileros trepan sobre el mont&#243;n de cad&#225;veres, desbordan a los que defienden los ca&#241;ones y alcanzan la puerta del parque. La humareda y los fogonazos de quienes todav&#237;a tienen armas cargadas se salpican de gritos y alaridos, chasquidos de carne abierta y huesos que se rompen, olor a p&#243;lvora quemada, exclamaciones, blasfemias e invocaciones piadosas. Enloquecidos por la carnicer&#237;a, los &#250;ltimos defensores del parque matan y mueren, rebasadas las fronteras de la desesperaci&#243;n y el coraje. Daoiz, que se defiende a sablazos, ve caer a su lado, muerto, al escribiente Rojo. El veterano cabo Eusebio Alonso es desarmado -un granadero enemigo le arrebata el fusil de las manos- y se desploma malherido tras defenderse con los pu&#241;os, a patadas y golpes. Y cae tambi&#233;n la manola Ramona Garc&#237;a S&#225;nchez, que provista de su enorme cuchillo de cocina tiene arrestos para espetarle a un enemigo: Ven que te saque los ojos, mi alma, antes de que la maten a bayonetazos. En ese momento, cuando desde el interior del parque acude con refuerzos, un balazo mata en la puerta al capit&#225;n Velarde. El cerrajero Blas Molina, que corre detr&#225;s con el escribiente Almira, el hostelero Fern&#225;ndez Villamil, los hermanos Mu&#241;iz Cueto y algunos Voluntarios del Estado, lo ve caer al suelo y, desconcertado, se detiene y retrocede con los otros. S&#243;lo Almira y el sobrestante de la Real Florida Esteban Santirso se inclinan sobre el capit&#225;n, y agarr&#225;ndolo por un brazo intentan ponerlo a resguardo. Otra bala alcanza en el pecho a Santirso, que cae a su vez. Almira desiste al comprobar que s&#243;lo arrastra un cad&#225;ver.


Desde la calle, el joven Francisco Huertas de Vallejo ha visto morir al capit&#225;n Velarde, y tambi&#233;n observa que los franceses empiezan a entrar por la puerta del parque.

Es hora de irse, piensa.

Peleando de cara, pues no se atreve a dar la espalda a los enemigos, caminando hacia atr&#225;s mientras se cubre con el fusil armado de bayoneta, el joven intenta alejarse de la carnicer&#237;a en torno a los ca&#241;ones. De ese modo retrocede con don Curro Garc&#237;a y otros paisanos, formando un grupo al que se unen los hermanos Antonio y Manuel Amador -que cargan con el cuerpo sin vida de su hermano Pepillo-, el impresor Cosme Mart&#237;nez del Corral, el soldado de Voluntarios del Estado Manuel Garc&#237;a, y Rafael Rodr&#237;guez, hijo del botillero de Hortaleza Jos&#233; Rodr&#237;guez, muerto hace rato. Todos intentan llegar a la puerta trasera del convento de las Maravillas, pero en la verja les caen encima los imperiales. Apresan a Rafael Rodr&#237;guez, huyen Mart&#237;nez del Corral y los hermanos Amador, y cae don Curro con la cabeza abierta, abatido por el sablazo de un oficial. Forcejean otros, escapan los m&#225;s, y Francisco Huertas acomete al oficial en un impulso de rabia, resuelto a vengar a su compa&#241;ero. Penetra la bayoneta sin dificultad en el cuerpo del franc&#233;s, y al joven se le eriza la piel cuando siente rechinar el acero entre los huesos de la cadera de su adversario, que lanza un alarido y cae, debati&#233;ndose. Recuperando el fusil, despavorido de su propia acci&#243;n, eludiendo los plomazos que zumban alrededor, Francisco Huertas da media vuelta y se refugia en el interior del convento.


Rodeado de muertos, cercado de bayonetas, aturdido por el estruendo del ca&#241;&#243;n y la fusiler&#237;a, el capit&#225;n Daoiz sigue defendi&#233;ndose a sablazos. En la calle s&#243;lo queda una docena de espa&#241;oles resguardados entre las cure&#241;as, sumergidos en un mar de enemigos, ya sin otro objeto que seguir vivos a toda costa o llevarse por delante a cuantos puedan. Daoiz es incapaz de pensar, ofuscado por el fragor del combate, ronco de dar gritos y cegado de p&#243;lvora. Se mueve entre brumas. Ni siquiera puede concertar los movimientos del brazo que maneja el sable, y su instinto le dice que, de un momento a otro, uno de los muchos aceros que buscan su cuerpo le tajar&#225; la carne.

&#161;Aguantad! -grita a ciegas, al vac&#237;o.

De pronto siente un golpe en el muslo derecho: un impacto seco que le sacude hasta la columna vertebral y hace que le falten las fuerzas. Con gesto de estupor, mira hacia abajo y observa, incr&#233;dulo, el balazo que le desgarra el muslo y hace brotar borbotones de sangre que empapan la pernera del calz&#243;n. Se acab&#243;, piensa atropelladamente mientras retrocede, cojeando, hasta apoyarse en el ca&#241;&#243;n que tiene detr&#225;s. Luego mira en torno y se dice: Pobre gente.


Pie a tierra entre la confusi&#243;n del combate, casi en la vanguardia misma de sus tropas, el general de divisi&#243;n Joseph Lagrange ordena que cese el fuego. Unos pasos atr&#225;s, junto al magullado general de brigada Lefranc, se encuentra un alto dignatario espa&#241;ol, el marqu&#233;s de San Sim&#243;n, que con uniforme de capit&#225;n general y revestido de todas sus insignias y condecoraciones ha logrado abrirse paso hasta all&#237;, a &#250;ltima hora, para rogarles que detengan aquella locura, ofreci&#233;ndose a reducir a la obediencia a quienes a&#250;n resisten dentro del parque de artiller&#237;a. Al general Lagrange, espantado de las terribles bajas sufridas por su gente en el asalto, no le gusta la idea de seguir combatiendo habitaci&#243;n por habitaci&#243;n para despejar los edificios donde se refugian los rebeldes; de modo que accede a la solicitud del anciano espa&#241;ol, a quien conoce. Se agitan pa&#241;uelos blancos, y el toque de corneta, repetido una y otra vez, obra efecto sobre los disciplinados soldados imperiales, que detienen el fuego y dejan de acometer a los pocos supervivientes que permanecen entre los ca&#241;ones. Cesan as&#237; disparos y gritos, mientras se disipa la humareda y los adversarios se miran unos a otros, aturdidos: centenares de franceses alrededor de los ca&#241;ones y en el patio de Montele&#243;n, espa&#241;oles en las ventanas y en las tapias acribilladas de metralla, que arrojan los fusiles o huyen hacia el edificio principal, y el reducido grupo que sigue de pie en la calle, tan sucio y roto que apenas es posible distinguir a paisanos de militares, negros todos de p&#243;lvora, cubiertos de sangre, mirando alrededor con los ojos alucinados de quien ve suspender su sentencia en el umbral mismo de la muerte.

&#161;Rendici&#243;n inmediata o deg&#252;ello! -grita el int&#233;rprete del general Lagrange-. &#161;Armas abajo o ser&#225;n pasados a cuchillo!

Tras unos momentos de duda, casi todos obedecen lentos, agotados. Como son&#225;mbulos. Siguiendo al general Lagrange, que se abre paso entre sus tropas, el marqu&#233;s de San Sim&#243;n contempla con horror la calle cubierta de cad&#225;veres y heridos que se agitan y gimen. Asombra la cantidad de paisanos, entre ellos muchas mujeres, que se encuentran mezclados con los militares.

&#161;Todos ustedes son prisioneros! -vocea el int&#233;rprete franc&#233;s, repitiendo las palabras de su general-. &#161;Queda el parque bajo autoridad imperial por derecho de conquista!

Algo m&#225;s all&#225;, el marqu&#233;s de San Sim&#243;n divisa a un oficial de artiller&#237;a al que increpa el general franc&#233;s. El oficial est&#225; de rodillas y recostado sobre uno de los ca&#241;ones, l&#237;vido el rostro, una mano apret&#225;ndose la herida de una pierna ensangrentada y la otra sosteniendo todav&#237;a un sable. Quiz&#225;s, concluye San Sim&#243;n, se trate del capit&#225;n Daoiz, a quien no conoce en persona, pero al que sabe -a estas horas est&#225; al corriente todo Madrid- responsable de la sublevaci&#243;n del parque. Mientras avanza curioso, dispuesto a echarle un vistazo m&#225;s de cerca, el anciano marqu&#233;s escucha algunas palabras subidas de tono que el general Lagrange, descompuesto por la matanza y en atropellada jerga de franc&#233;s y mal espa&#241;ol, dirige al herido. Habla de responsabilidades, de temeridad y de locura, mientras el otro lo mira impasible a los ojos, sin bajar la cabeza. En ese momento, Lagrange, que tiene su sable en la mano, toca con la punta de &#233;ste, despectivo, una de las charreteras del artillero.

Tra&#238;tre! -lo increpa.

Es evidente que el capit&#225;n herido -ahora el marqu&#233;s de San Sim&#243;n est&#225; seguro de que es Luis Daoiz- entiende el idioma franc&#233;s, o intuye, al menos, el sentido del insulto. Porque su rostro, blanco por la p&#233;rdida de sangre, enrojece de golpe al o&#237;rse llamar traidor. Despu&#233;s, sin pronunciar palabra, incorpor&#225;ndose de improviso con una mueca de dolor y violento esfuerzo sobre la pierna sana, tira un golpe de sable que atraviesa al franc&#233;s. Cae hacia atr&#225;s Lagrange en brazos de sus ayudantes, desmayado y echando sangre por la boca. Y mientras estalla un confuso griter&#237;o alrededor, varios granaderos que est&#225;n detr&#225;s acometen al capit&#225;n espa&#241;ol y lo traspasan por la espalda, a bayonetazos.



8

El coronel Navarro Falc&#243;n llega al parque de Montele&#243;n poco antes de las tres de la tarde, cuando todo ha terminado. Y el panorama lo espanta. La tapia est&#225; picada de balazos y la calle de San Jos&#233;, la puerta y el patio del cuartel, cubiertos de escombros y cad&#225;veres. Los franceses agrupan en la explanada a una treintena de paisanos prisioneros y desarman a artilleros y Voluntarios del Estado, haci&#233;ndolos formar aparte. Navarro Falc&#243;n se identifica ante el general Lefranc, que lo trata muy desabrido -a&#250;n atienden al general Lagrange, maltrecho por la espada de Daoiz-, y luego recorre el lugar, interes&#225;ndose por la suerte de unos y otros. Es el capit&#225;n Juan C&#243;nsul, que pertenece al arma de artiller&#237;a, quien le da el primer informe de la situaci&#243;n.

&#191;D&#243;nde est&#225; Daoiz? -pregunta el coronel.

C&#243;nsul, cuyo rostro muestra los estragos del combate, hace un adem&#225;n vago, de extremo cansancio.

Lo han llevado a su casa, muy grave Muri&#233;ndose. No hab&#237;a camilla, as&#237; que lo pusieron sobre una escalera y una manta.

&#191;Y Pedro Velarde?

El otro se&#241;ala un mont&#243;n de cad&#225;veres agrupados junto a la fuente del patio.

Ah&#237;.

El cuerpo desnudo de Velarde est&#225; tirado de cualquier manera entre otros, pues los franceses lo han despojado de sus ropas. La casaca verde de estado mayor despert&#243; la codicia de los vencedores. Navarro Falc&#243;n se queda inm&#243;vil, paralizado por el estupor. Todo resulta peor de lo que imagin&#243;.

&#191;Y los escribientes de mi despacho que vinieron con &#233;l? &#191;D&#243;nde est&#225; Rojo?

C&#243;nsul lo mira como si le costara entender lo que le dice. Tiene los ojos enrojecidos y la mirada opaca. Al cabo de un instante mueve despacio la cabeza.

Muerto, me parece.

Dios m&#237;o &#191;Y Almira?

Se fue acompa&#241;ando a Daoiz.

&#191;Y qu&#233; hay de los dem&#225;s? Los artilleros y el teniente Arango.

Arango est&#225; bien. Lo he visto por ah&#237;, con los franceses De los artilleros hemos perdido a siete, entre muertos y heridos. M&#225;s de la tercera parte de los que ten&#237;amos aqu&#237;.

&#191;Y los Voluntarios del Estado?

De &#233;sos tambi&#233;n han ca&#237;do muchos. La mitad, por lo menos. Y paisanos, m&#225;s de sesenta.

El coronel no puede apartar la vista del cad&#225;ver de Pedro Velarde: tiene los p&#225;rpados entornados, la boca abierta y la piel p&#225;lida, cer&#250;lea, resalta el orificio del balazo junto al coraz&#243;n.

Ustedes est&#225;n locos &#191;C&#243;mo se les ocurri&#243; hacer lo que han hecho?

C&#243;nsul se&#241;ala un charco de sangre junto a los ca&#241;ones, all&#237; donde cay&#243; Daoiz tras atravesar con su sable al general franc&#233;s.

Luis Daoiz asumi&#243; la responsabilidad -dice encogi&#233;ndose de hombros-. Y nosotros lo seguimos.

&#191;Lo siguieron? &#161;Ha sido una barbaridad! &#161;Una locura que nos costar&#225; cara a todos!

Interrumpe la conversaci&#243;n un capit&#225;n ayudante del general La Riboisi&#233;re, comandante de la artiller&#237;a francesa. Tras preguntarle al coronel en correcto espa&#241;ol si es el jefe de la plaza, le pide las llaves de los almacenes, del museo militar y de la caja de caudales. Al haber sido tomado el cuartel por la fuerza de las armas, a&#241;ade, todos los efectos pertenecen al ej&#233;rcito imperial.

No tengo nada que entregarle -responde Navarro Falc&#243;n-. Ustedes se han apoderado de todo, as&#237; que no necesitan ninguna maldita llave.

&#191;Perd&#243;n?

Que me deje en paz, hombre.

El franc&#233;s lo contempla desconcertado, mira a C&#243;nsul como poni&#233;ndolo por testigo de la descortes&#237;a, y luego, secamente, da media vuelta y se aleja.

&#191;Qu&#233; va a ser de nosotros? -le pregunta C&#243;nsul al coronel.

No s&#233;. No tengo instrucciones, y los franceses van a lo suyo Usted procure salir de aqu&#237; con nuestros artilleros, en cuanto sea posible. Por lo que pueda pasar.

Pero el capit&#225;n general La Junta de Gobierno

No me haga usted re&#237;r.

C&#243;nsul se&#241;ala hacia el grupo de Voluntarios del Estado, que con el capit&#225;n Goicoechea se concentran en un &#225;ngulo del patio, desarmados y exhaustos.

&#191;Qu&#233; pasa con ellos?

No s&#233;. Sus jefes tendr&#225;n que ocuparse, supongo. Sin duda mediar&#225; el coronel Giraldes Yo voy a mandarle una nota al capit&#225;n general, explicando que los artilleros se han involucrado a su pesar, por culpa de Daoiz, y que toda la responsabilidad es de ese oficial. Y de Velarde.

Eso no es exacto, mi coronel Al menos no del todo.

&#191;Qu&#233; m&#225;s da? -Navarro Falc&#243;n baja la voz-. Ni uno ni otro tienen ya nada que perder. Velarde est&#225; ah&#237; tirado, y Daoiz muri&#233;ndose Usted mismo preferir&#225; eso a que lo fusilen.

C&#243;nsul guarda silencio. Parece demasiado aturdido para razonar.

&#191;Qu&#233; les har&#225;n a los paisanos? -inquiere al fin.

El coronel tuerce el gesto.

&#201;sos no pueden alegar que cumpl&#237;an &#243;rdenes. Y tampoco son asunto m&#237;o. Nuestra responsabilidad termina en

A mitad de la frase, Navarro Falc&#243;n se interrumpe, inc&#243;modo. Acaba de advertir un punto de desprecio en los ojos de su subordinado.

Me voy -a&#241;ade, brusco-. Y recuerde lo que acabo de decir. En cuanto sea posible, l&#225;rguese.

Juan C&#243;nsul -morir&#225; poco tiempo despu&#233;s, bati&#233;ndose en la defensa de Zaragoza- asiente con aire ausente, desolado, mientras mira en torno.

Lo intentar&#233;. Aunque alguien debe quedarse al mando de esto.

Al mando est&#225;n los franceses, como ve -zanja el coronel-. Pero dejaremos al teniente Arango, que es el oficial m&#225;s moderno.


La suerte de los paisanos apresados en Montele&#243;n no inquieta s&#243;lo al capit&#225;n C&#243;nsul, sino que angustia, y mucho, a los interesados. Agrupados primero al fondo del patio bajo la estrecha vigilancia de un piquete franc&#233;s, y ahora encerrados en las caballerizas del parque, acomod&#225;ndose como pueden entre el esti&#233;rcol y la paja mugrienta, una treintena de hombres -el n&#250;mero crece a medida que los franceses traen a los que encuentran escondidos o apresan en las casas vecinas- esperan a que se decida su destino. Son los que no lograron saltar la tapia o esconderse en s&#243;tanos y desvanes, y han sido apresados junto a los ca&#241;ones o en las dependencias del parque. Que los hayan puesto aparte de los militares les da mala espina.

Al final s&#243;lo pagaremos nosotros -comenta el oficial de obras Francisco Mata.

Puede que nos respeten la vida -opone uno de sus compa&#241;eros de infortunio, el portero de juzgado F&#233;lix Tordesillas.

Mata lo mira, esc&#233;ptico.

&#191;Con todos los gabachos que hemos aviado hoy? &#161;Qu&#233; carajo nos van a respetar!

Mata y Tordesillas pertenecen al grupo de civiles que lucharon desde las ventanas del edificio principal, bajo las &#243;rdenes del capit&#225;n Goicoechea. Con ellos se encuentran, entre otros, el cerrajero abulense Bernardo Morales, el carpintero Pedro Navarro, el dependiente de Rentas Reales Juan Antonio Mart&#237;nez del &#193;lamo, un vecino del barrio llamado Antonio Gonz&#225;lez Echevarr&#237;a -alcanzado por un astillazo en la frente que a&#250;n sangra-, y Rafael Rodr&#237;guez, hijo del botillero de Hortaleza Jos&#233; Rodr&#237;guez, muerto junto a los ca&#241;ones, a cuyo cad&#225;ver no ha podido dedicar otra piedad filial que cubrirle el rostro con un pa&#241;uelo.

&#191;Alguien ha visto a Pedro el panadero?

Lo mataron.

&#191;Y a Quico Garc&#237;a?

Tambi&#233;n. Lo vi caer donde los ca&#241;ones, con la mujer de Begu&#237;.

Pobrecilla M&#225;s reda&#241;os que muchos, ten&#237;a &#233;sa. &#191;D&#243;nde est&#225; el marido?

No s&#233;. Creo que pudo largarse a tiempo.

Ojal&#225; yo no hubiera esperado tanto. No me ver&#237;a en las que me veo.

Y en las que te vas a ver.

Se abre el port&#243;n de la cuadra, y los franceses empujan dentro a un nuevo grupo de prisioneros. Vienen muy maltratados de golpes y culatazos, tras ser sorprendidos queriendo saltar la tapia desde las cocinas. Se trata del oficial sangrador Jer&#243;nimo Moraza, el arriero leon&#233;s Rafael Canedo, el sastre Eugenio Rodr&#237;guez -que viene cojeando de una herida, sostenido por su hijo Antonio Rodr&#237;guez L&#243;pez- y el almacenista de carb&#243;n Cosme de Mora, que, aunque contuso de los golpes recibidos, muestra su alegr&#237;a por encontrar vivos a Tordesillas, a Mata y al carpintero Navarro, con los que vino al parque formando partida.

&#191;Qu&#233; va a ser de nosotros? -se lamenta Eugenio Rodr&#237;guez, que tiembla mientras su hijo intenta vendarle la herida con un pa&#241;uelo.

Va a ser lo que Dios quiera -apunta Cosme de Mora, resignado.

Recostado en la paja sucia, Francisco Mata blasfema en voz baja. Otros se santiguan, besan escapularios y medallas que sacan por los cuellos de las camisas. Algunos rezan.


Armado con un sable, saltando tapias y huertos por fuera de la puerta de Fuencarral, Blas Molina Soriano ha logrado fugarse del parque de Montele&#243;n. El irreductible cerrajero sali&#243; en el &#250;ltimo momento por la parte de atr&#225;s, despu&#233;s de ver caer al capit&#225;n Velarde, cuando los franceses irrump&#237;an a la bayoneta en el patio. Al principio lo acompa&#241;aban en la fuga el hostelero Jos&#233; Fern&#225;ndez Villamil, los hermanos Jos&#233; y Miguel Mu&#241;iz Cueto y un chispero del Barquillo llamado Juan Su&#225;rez; pero a los pocos pasos tuvieron que separarse al ser descubiertos por una patrulla francesa, bajo cuyos disparos cay&#243; herido el mayor de los Mu&#241;iz. Oculto despu&#233;s de dar un rodeo hasta la calle de San Dimas, Molina ve pasar a Su&#225;rez a lo lejos, maniatado entre franceses, pero ni rastro de Fern&#225;ndez Villamil y de los otros. Tras aguardar un rato, sin soltar el sable y resuelto a vender cara la vida antes que dejarse apresar, Molina decide ir a casa, donde su mujer, imagina, debe de estar consumida de angustia. Sigue adelante por San Dimas hasta el oratorio del Salvador, pero encontrando cortado por retenes franceses el paso de cuantas bocacalles dan a la plazuela de las Capuchinas, toma por la calle de la Cuadra hasta la casa de la lavandera Josefa Lozano, a la que encuentra en el patio, tendiendo ropa.

&#191;Qu&#233; hace usted aqu&#237;, se&#241;or Blas, y con un sable? &#191;Quiere que los gabachos nos deg&#252;ellen a todos?

A eso vengo, do&#241;a Pepa. A librarme de &#233;l, si me lo permite.

&#191;Y d&#243;nde quiere que meta yo eso, hombre de Dios?

En el pozo.

La lavandera levanta la tapa que cubre el brocal, y Molina arroja el arma. Aliviado, tras asearse un poco y dejar que la mujer cepille su ropa para disimular las trazas del combate, prosigue camino. Y as&#237;, adoptando el aire m&#225;s inocente del mundo, el cerrajero pasa entre una compa&#241;&#237;a de fusileros franceses -vascos, parecen por las boinas y el habla- en la plaza de Santo Domingo, y junto a un pelot&#243;n de granaderos de la Guardia en la calle de la Inquisici&#243;n, sin que nadie lo detenga ni moleste. Cerca de casa encuentra a su vecino Miguel Orejas.

&#191;De d&#243;nde viene usted, amigo Molina?

&#191;De d&#243;nde va a ser? Del parque de artiller&#237;a. De batirme por la patria.

&#161;Atiza! &#191;Y c&#243;mo ha sido la cosa?

Heroica.

Dejando a Orejas con la boca abierta, el cerrajero entra en su casa, donde encuentra a su mujer hecha un mar de l&#225;grimas. Tras consolarla con un abrazo, pide un caldo y se lo bebe de pie. Luego sale de nuevo a la calle.


El disparo franc&#233;s impacta en la pared, haciendo saltar fragmentos de yeso. Agachando la cabeza, el joven de dieciocho a&#241;os Francisco Huertas de Vallejo retrocede por la calle de Santa Luc&#237;a mientras a su alrededor zumban los balazos. Se encuentra solo y asustado. Ignora si los franceses le disparar&#237;an con la misma sa&#241;a de no advertir el fusil que lleva en las manos; pero, pese al miedo que le hace correr como un gamo, no est&#225; dispuesto a soltarlo. Aunque ya no le quedan cartuchos que disparar, ese fusil es el arma que le confiaron en el parque de artiller&#237;a, con &#233;l ha combatido toda la ma&#241;ana, y la bayoneta est&#225; manchada de sangre enemiga -el rechinar de acero contra hueso todav&#237;a le eriza la piel al recordar-. No sabe cu&#225;ndo volver&#225; a necesitarlo, as&#237; que procura no dejarlo atr&#225;s. Para eludir los disparos, el joven se mete por debajo de un arco, cruza un patio atropellando gallinas que picotean en el suelo, y tras pasar ante los ojos espantados de dos vecinas que lo miran como si fuese el diablo, sale a un callej&#243;n trasero, donde intenta recobrar el aliento. Est&#225; cansado y no logra orientarse, pues desconoce esas calles. Detente y piensa un poco, se dice, o caer&#225;s como un gorri&#243;n. As&#237; que intenta respirar hondo y tranquilizarse. Le arden los pulmones y la boca, gris de morder cartuchos. Al fin decide volver sobre sus pasos. Hallando de nuevo a las vecinas del patio, les pide un vaso de agua con voz ronca, que ni &#233;l mismo reconoce. Se la traen, asustadas del fusil al principio, compadecidas luego de su juventud y su aspecto.

Est&#225; herido -dice una de ellas.

Pobrecillo. Tan joven.

Francisco Huertas niega primero con la cabeza, luego mira y comprueba que tiene un desgarr&#243;n en la camisa, al costado derecho, por donde mana sangre. La idea de que ha sido herido hace que le flojeen las piernas; pero un breve examen lo tranquiliza en seguida. S&#243;lo es un rebote sin importancia: un impacto de bala fr&#237;a de las que acaban de dispararle en la calle. Las mujeres le hacen una cura de urgencia, le dejan lavarse la cara en un lebrillo con agua y traen un trozo de pan y cecina, que devora con ansia. Poco a poco van acudiendo vecinos para informarse con el joven, que cuenta lo que ha visto en Montele&#243;n; pero cada vez se arremolina m&#225;s gente, hasta el punto de que Francisco Huertas teme que eso atraiga la atenci&#243;n de los franceses. Despidi&#233;ndose, termina el pan y la cecina, pregunta c&#243;mo llegar a la Ballesta y al hospital de los Alemanes, sale de nuevo a la parte de atr&#225;s y callejea con cautela, asom&#225;ndose a cada esquina antes de aventurarse m&#225;s all&#225;. Siempre con su fusil en las manos.


Pasadas las tres de la tarde ya no se combate en la ciudad. Hace rato que las tropas imperiales controlan todas las plazas y avenidas principales, y las comisiones pacificadoras dispuestas por el duque de Berg recorren Madrid aconsejando a la gente que se mantenga tranquila, renuncie a manifestaciones hostiles y evite formar grupos que puedan ser considerados provocaci&#243;n por los franceses. Paz, paz, que todo est&#225; compuesto, es la voz que extienden los miembros de esas comisiones, integradas por magistrados del Consejo y los Tribunales, el ministro de la Guerra O Farril y el general franc&#233;s Harispe. Cada una va acompa&#241;ada por un destacamento de tropas espa&#241;olas y francesas, y a su paso, de calle en calle, se repiten las palabras de tranquilidad y concordia; hasta el punto de que los vecinos, confiados, se asoman a las puertas e intentan averiguar la suerte de familiares y conocidos, acudiendo a cuarteles y edificios oficiales o buscando sus cuerpos entre los cad&#225;veres que los centinelas franceses impiden retirar. Murat desea mantener visibles los ejemplos del escarmiento, y algunos de esos cuerpos permanecer&#225;n varios d&#237;as pudri&#233;ndose donde cayeron. Por incumplir la orden, Manuel Port&#243;n del Valle, de veintid&#243;s a&#241;os, mozo del Real Refugio que ha pasado la ma&#241;ana atendiendo a heridos por las calles, recibe un balazo cuando, junto a unos compa&#241;eros, intenta retirar un cad&#225;ver en las cercan&#237;as de la plaza Mayor.

Mientras las comisiones de paz recorren Madrid, Murat, que ha dejado la cuesta de San Vicente para echar un vistazo al Palacio Real antes de volver a su cuartel general del palacio Grimaldi, dicta a sus secretarios una proclama y una orden del d&#237;a. En la proclama, en&#233;rgica pero conciliadora, garantiza a los miembros de la Junta y a los madrile&#241;os el respeto a sus luces y opiniones, anunciando duras medidas represivas contra quienes alteren el orden p&#250;blico, maten franceses o lleven armas. En la orden del d&#237;a, los t&#233;rminos son m&#225;s duros:


El populacho de Madrid se ha sublevado y ha llegado hasta el asesinato. S&#233; que los buenos espa&#241;oles han gemido por estos des&#243;rdenes. Estoy muy lejos de mezclarlos con aquellos miserables que no desean m&#225;s que el crimen y el pillaje. Pero la sangre francesa ha sido derramada. En consecuencia, mando: 1.&#186; El general Grouchy convocar&#225; esta noche la Comisi&#243;n Militar. 2.&#186; Todos los que han sido presos en el alboroto y con las armas en la mano, ser&#225;n arcabuceados. 3. La Junta de Gobierno va a hacer desarmar a los vecinos de Madrid. Todos los habitantes que despu&#233;s de la ejecuci&#243;n de esta orden se hallaren armados, ser&#225;n arcabuceados. 4. Todo lugar en donde sea asesinado un franc&#233;s ser&#225; quemado. 5. Toda reuni&#243;n de m&#225;s de ocho personas ser&#225; considerada junta sediciosa y deshecha por la fusiler&#237;a. 6  Los amos quedar&#225;n responsables de sus criados; los jefes de talleres, de sus oficiales los padres y madres, de sus hijos; y los ministros de los conventos, de sus religiosos.


Sin embargo, las tropas francesas no esperan a recibir ese documento para aplicar sus t&#233;rminos. A medida que las comisiones pacificadoras recorren las calles y los vecinos regresan a sus hogares o salen confiados de &#233;stos, piquetes imperiales detienen a todo sospechoso de haber participado en los combates, o a quien encuentran con armas, sean navajas, tijeras o agujas de coser sacos. Son as&#237; apresadas personas que nada han tenido que ver con la insurrecci&#243;n, como es el caso del cirujano y practicante &#193;ngel de Ribacova, detenido por llevar encima los bistur&#237;s de su estuche de cirug&#237;a. Tambi&#233;n apresan los franceses, por una lima, al cerrajero Bernardino G&#243;mez; al criado del convento de la Merced Domingo M&#233;ndez Valador, por un cortaplumas; al zapatero de diecinueve a&#241;os Jos&#233; Pe&#241;a, por una chaveta de cortar suela; y al arriero Claudio de la Morena, por una aguja de enjalmar sacos que lleva clavada en la montera. Los cinco ser&#225;n fusilados en el acto: Ribacova, De la Morena y M&#233;ndez en el Prado, G&#243;mez en el Buen Suceso, y Pe&#241;a en la cuesta del Buen Retiro.

Lo mismo ocurre con Felipe Llorente y C&#225;rdenas, un cordob&#233;s de veintitr&#233;s a&#241;os, de buena familia, que vino hace unos d&#237;as a Madrid con su hermano Juan para participar en los actos de homenaje a Fernando VII por su exaltaci&#243;n al trono. Esta ma&#241;ana, sin comprometerse a fondo en ning&#250;n combate, ambos hermanos han ido de un sitio para otro, participando de la algarada m&#225;s como testigos que como actores. Ahora, sosegada la ciudad, al pasar por el arco de la plaza Mayor que da a la calle de Toledo se ven detenidos por un piquete franc&#233;s; pero mientras Juan Llorente logra eludir a los imperiales, meti&#233;ndose en un portal cercano, Felipe es detenido al hall&#225;rsele una peque&#241;a navaja en el bolsillo. Su hermano no volver&#225; a saber nunca de &#233;l. S&#243;lo d&#237;as m&#225;s tarde, entre los despojos recogidos por los frailes de San Jer&#243;nimo a los fusilados en el Retiro y el Prado, la familia de Felipe Llorente podr&#225; identificar su frac y sus zapatos.


Algunos, pese a todo, logran salvarse. Y no faltan actos de piedad por parte francesa. Es el caso de los siete hombres atados que unos dragones conducen por Ant&#243;n Mart&#237;n, a los que un caballero bien vestido consigue liberar convenciendo al teniente que manda el destacamento. O el de los casi cuarenta paisanos a los que una de las comisiones pacificadoras -la encabezada por el ministro OFarril y el general Harispe- encuentra en la calle de Alcal&#225;, junto al palacio del marqu&#233;s de Valdecarzana, cercados como ovejas y a punto de ser conducidos al Buen Retiro. La presencia del ministro espa&#241;ol y el jefe franc&#233;s logra convencer al oficial de la fuerza imperial.

V&#225;yanse de aqu&#237; -dice OFarril a uno de ellos en voz baja- antes de que estos se&#241;ores se arrepientan.

&#191;Llama se&#241;ores a estos b&#225;rbaros?

No abuse de su paciencia, buen hombre. Ni de la m&#237;a.

Otro afortunado que salva la vida en &#250;ltima instancia es Domingo Rodr&#237;guez Carvajal, criado de Pierre Bellocq, secretario int&#233;rprete de la embajada de Francia. Tras haberse batido en la puerta del Sol, donde unos amigos lo recogieron con una herida de bala, un sablazo en un hombro y otro que se le ha llevado tres dedos de la mano izquierda, a Rodr&#237;guez Carvajal lo conducen a casa de su amo, en el n&#250;mero 32 de la calle Montera. All&#237;, mientras al herido lo atiende el cirujano de la diputaci&#243;n del Carmen don Gregorio de la Presa -la bala no puede extraerse, y Rodr&#237;guez Carvajal la llevar&#225; dentro el resto de su vida-, el propio monsieur Bellocq, poniendo una bandera en la puerta, recurrir&#225; a su condici&#243;n diplom&#225;tica para impedir que los soldados franceses detengan al sirviente.

Pocos gozan hoy de esa protecci&#243;n. Guiados por delatores, a veces vecinos que desean congraciarse con los vencedores o tienen cuentas pendientes, los franceses entran en las casas, las saquean y se llevan a quienes se refugiaron en ellas despu&#233;s de la lucha, sin distinci&#243;n entre sanos y heridos. Eso le ocurre a Pedro Segundo Iglesias L&#243;pez, un zapatero de treinta a&#241;os que, tras salir de su casa de la calle del Olivar con un sable y haber matado a un franc&#233;s, al volver en busca de su madre anciana es denunciado por un vecino y detenido por los franceses. Tambi&#233;n a Cosme Mart&#237;nez del Corral, que logr&#243; evadirse del parque de artiller&#237;a, van a buscarlo a su casa de la calle del Pr&#237;ncipe y lo conducen a San Felipe, sin darle tiempo a desprenderse de los 7.250 reales en c&#233;dulas que lleva en los bolsillos. Siguen llen&#225;ndose de ese modo los dep&#243;sitos de prisioneros establecidos en las covachuelas de San Felipe, en la puerta de Atocha, en el Buen Retiro, en los cuarteles de la puerta de Santa B&#225;rbara, Conde-Duque y Prado Nuevo, y en la residencia misma de Murat, mientras una comisi&#243;n mixta, formada por parte francesa por el general Emmanuel Grouchy y por la espa&#241;ola por el teniente general Jos&#233; de Sexti, se dispone a juzgar sumariamente y sin audiencia a los presos, en virtud de bandos y proclamas que la mayor parte de &#233;stos ni siquiera conoce.

Muchos franceses, adem&#225;s, act&#250;an por iniciativa propia. Piquetes, retenes, rondas y centinelas no se limitan a registrar, detener y enviar presos a los dep&#243;sitos, sino que se toman la justicia en caliente y por su mano, roban y matan. En la puerta de Atocha, el cabrero Juan Fern&#225;ndez se considera afortunado porque los franceses lo dejan ir despu&#233;s de quitarle sus treinta cabras, dos borricos, cuanto dinero lleva encima, la ropa y las mantas. Alentados por la pasividad de sus jefes, y a veces incitados por ellos, suboficiales, caporales y simples soldados se convierten en fiscales, jueces y verdugos. Las ejecuciones espont&#225;neas se multiplican ahora en la impunidad de la victoria, teniendo por escenario las afueras en la Casa de Campo, las orillas del Manzanares, las puertas de Segovia y Santa B&#225;rbara y las alcantarillas de Atocha y Leganitos, pero tambi&#233;n en el interior de la ciudad. Son numerosos los madrile&#241;os que mueren as&#237;, cuando el eco de las voces de paz, paz, todo est&#225; compuesto a&#250;n no se extingue en las calles. Caen de ese modo, fusilados o malheridos en esquinas, callejones y zaguanes, tanto paisanos que se batieron, como inocentes que s&#243;lo asoman a la puerta o pasan por all&#237;. Es el caso, entre muchos, de Facundo Rodr&#237;guez S&#225;ez, guarnicionero, a quien los franceses hacen arrodillarse y fusilan ante la casa donde trabaja, n&#250;mero 13 de la calle de Alcal&#225;; del sirviente Manuel Su&#225;rez Villamil, que yendo con un recado de su amo, el gobernador de la Sala de Alcaldes don Adri&#225;n Mart&#237;nez, es apresado por unos soldados que le rompen las costillas a culatazos; del grabador suizo casado con una espa&#241;ola Pedro Chaponier, maltratado y muerto por una patrulla en la calle de la Montera; del empleado de Reales Caballerizas Manuel Pel&#225;ez, a quien dos amigos suyos, el sastre Juan Antonio &#193;lvarez y el cocinero Pedro P&#233;rez, que lo buscan por encargo de su esposa, encuentran tendido boca abajo y con la parte posterior del cr&#225;neo destrozada, cerca del Buen Suceso; del trajinero Andr&#233;s Mart&#237;nez, septuagenario que, ajeno por completo al mot&#237;n, es asesinado con su compa&#241;ero Francisco Ponce de Le&#243;n al encontrarles una navaja los centinelas de la puerta de Atocha, cuando ambos vienen de Vallecas trayendo una carga de vino; y del arriero Eusebio Jos&#233; Mart&#237;nez Picazo, a quien roban los franceses su recua de mulos antes de pegarle un tiro en las tapias de Jes&#250;s Nazareno.

Algunos de los que han combatido y se f&#237;an de las proclamas de la comisi&#243;n pacificadora pagan esa confianza con la vida. Eso ocurre al agente de negocios Pedro Gonz&#225;lez &#193;lvarez, que tras formar parte del grupo que se bati&#243; en el paseo del Prado y el jard&#237;n Bot&#225;nico fue a refugiarse en el convento de los Capuchinos. Ahora, convencido por los frailes de que se han publicado las paces, sale a la calle, es cacheado por un piquete franc&#233;s, y al encontrarle una pistola peque&#241;a en la levita, lo desvalijan, desnudan y fusilan sin m&#225;s tr&#225;mite en la cuesta del Buen Retiro. Tambi&#233;n es la hora del saqueo. Due&#241;os los vencedores de las calles, se&#241;alados los lugares desde donde se les hizo fuego o codiciosos de los bienes de propietarios acomodados, los imperiales disparan contra quien les apetece, derriban puertas, entran a mansalva en donde pueden, roban, maltratan y matan. En la calle de Alcal&#225;, la intervenci&#243;n de oficiales franceses alojados en los palacios del marqu&#233;s de Villamejor y del conde de Talara impide que sus soldados saqueen estos edificios; pero nadie frena a la turba de mamelucos y soldados que a pocos pasos de all&#237; asalta el palacio del marqu&#233;s de Villescas. Ausente el due&#241;o de la casa, sin nadie que imponga respeto a los desvalijadores, invaden &#233;stos el recinto con el pretexto de que por la ma&#241;ana se les hizo fuego; y mientras unos destrozan las habitaciones y se apoderan de cuanto pueden, otros sacan a rastras al mayordomo Jos&#233; Peligro, a su hijo el cerrajero Jos&#233; Peligro Hugart, al portero -un antiguo soldado inv&#225;lido llamado Jos&#233; Espejo- y al capell&#225;n de la familia. La mediaci&#243;n de un coronel franc&#233;s salva la vida al capell&#225;n; pero el mayordomo, su hijo y el portero son asesinados a tiros y sablazos en la puerta misma, ante los ojos espantados de los vecinos que miran desde ventanas y balcones. Entre los testigos que dar&#225;n fe de la escena se cuenta el impresor Dionisio Almagro, vecino de la calle de las Huertas, quien sorprendido por el tumulto se refugi&#243; en casa de su pariente el funcionario de polic&#237;a Gregorio Zambrano Asensio, que hace mes y medio trabajaba para Godoy, antes de tres meses trabajar&#225; para el rey Jos&#233;, y dentro de seis a&#241;os perseguir&#225; liberales por cuenta de Fernando VII.

Quien la hace, la paga -comenta Zambrano, a resguardo tras las cortinas del mirador.


El mismo drama se repite en otros lugares, desde palacios de la nobleza hasta casas de mercaderes ricos o viviendas humildes que se saquean e incendian. Sobre las cinco de la tarde, el alf&#233;rez de fragata Manuel Mar&#237;a Esquivel, que por la ma&#241;ana logr&#243; retirarse al cuartel desde la casa de Correos con su pelot&#243;n de granaderos de Marina, se presenta ante el capit&#225;n general de Madrid, don Francisco Javier Negrete, para recibir el santo y se&#241;a de la noche. All&#237; lo hacen entrar en el despacho del general, y &#233;ste le ordena que tome veinte soldados y acuda a proteger la casa del duque de H&#237;jar, que est&#225; siendo saqueada por los franceses.

Por lo visto -explica Negrete-, cuando esta ma&#241;ana sal&#237;a el general Nosecuantos, que se alojaba all&#237;, el portero le dispar&#243; un pistoletazo a bocajarro. El desgraciado no hizo blanco, pero mat&#243; un caballo. As&#237; que lo arcabucearon sobre la marcha y marcaron la casa para luego Ahora, seg&#250;n parece, quieren usar el pretexto para robar cuanto puedan.

Antes de que termine de hablar el capit&#225;n general, Esquivel ha advertido la enormidad de lo que le viene encima.

Estoy a la orden de us&#237;a -responde, lo m&#225;s sereno que puede-. Pero tenga en cuenta que si ellos persisten y no ceden a mis razones, tendr&#233; que valerme de la fuerza.

&#191;Ellos?

Los franceses.

El otro lo mira en silencio, fruncido el ce&#241;o. Luego baja los ojos y se pone a manosear los papeles que tiene sobre la mesa.

Usted lo que tiene que hacer es infundir respeto, alf&#233;rez.

Esquivel traga saliva.

Tal como est&#225;n las cosas, mi general -apunta con suavidad-, hacerse respetar ser&#225; dif&#237;cil. No estoy seguro de que

Procure no comprometerse -lo interrumpe secamente el otro, sin apartar la vista de los papeles.

El sudor humedece el cuello de la casaca del oficial. No hay orden escrita ni nada que se le parezca. Veinte soldados y un alf&#233;rez echados a los leones con una simple instrucci&#243;n verbal.

&#191;Y si a pesar de todo me veo comprometido?

Negrete no despega los labios, sigue con los papeles y pone cara de dar por terminada la conversaci&#243;n. Esquivel intenta tragar saliva de nuevo, pero tiene la boca seca.

&#191;Puedo al menos municionar a mi tropa?

El capit&#225;n general de Madrid y Castilla la Nueva ni siquiera alza la cabeza.

Ret&#237;rese.

Media hora m&#225;s tarde, al frente de veinte granaderos de Marina a los que ha ordenado calar bayonetas, cargar los fusiles y llevar veinte tiros en las cartucheras, el alf&#233;rez Esquivel llega al palacio de H&#237;jar, en la calle de Alcal&#225;, y distribuye a sus hombres frente a la fachada. Seg&#250;n cuenta un aterrorizado mayordomo, los franceses se han ido tras saquear la planta baja, aunque amenazando con volver para ocuparse del resto. El mayordomo le muestra a Esquivel el cad&#225;ver del portero Ram&#243;n P&#233;rez Villamil, de treinta y seis a&#241;os, que yace en el patio, en un charco de sangre y con una servilleta puesta sobre la cara. Tambi&#233;n refiere el mayordomo que un repostero de la casa, Pedro &#193;lvarez, que intervino con P&#233;rez Villamil en el ataque al general franc&#233;s, logr&#243; escapar hasta la calle de Cedaceros, donde quiso refugiarse en casa de un tapicero conocido suyo; pero al encontrar la puerta cerrada, abandonada la vivienda por haber muerto ante ella un drag&#243;n, fue preso y llevado entre golpes al Prado. Varios chicuelos de la calle, que fueron detr&#225;s, lo han visto fusilar junto con otros.

&#161;Vuelven los franceses, mi alf&#233;rez! &#161;Hay varios en la puerta!

Esquivel acude como un rayo. Al otro lado de la calle se ha congregado una docena de soldados imperiales, que rondan con malas intenciones. No hay oficiales entre ellos.

Que nadie se mueva sin &#243;rdenes m&#237;as. Pero no les quit&#233;is ojo.

Los franceses permanecen all&#237; un buen rato, sentados a la sombra, sin decidirse a cruzar la calle. La disciplinada presencia de los granaderos de Marina, con sus imponentes uniformes azules y gorros altos de piel, parece disuadirlos de intentar nada. Al cabo, para alivio del alf&#233;rez de fragata, terminan alej&#225;ndose. El palacio del duque de H&#237;jar seguir&#225; a salvo durante las cinco horas siguientes, hasta que la fuerza de Esquivel sea relevada por un piquete del batall&#243;n franc&#233;s de Westfalia.


Pocos sitios en Madrid gozan de la misma protecci&#243;n que la casa del duque de H&#237;jar. El temor a represalias francesas hace que numerosos vecinos abandonen sus hogares. No hacerlo cuesta la vida al sastre Miguel Carrancho del Peral, antiguo soldado licenciado tras dieciocho a&#241;os de servicio, a quien los franceses queman vivo en su casa de Puerta Cerrada. A punto est&#225; de cost&#225;rsela, tambi&#233;n, al cerrajero asturiano Manuel Armayor, herido a primera hora en las descargas de Palacio. Cuando lo llevaban a su domicilio de la calle de Segovia, los acompa&#241;antes descubrieron los cuerpos de dos franceses muertos en la calle. No queriendo dejarlo all&#237; aunque se desangraba por varias heridas, avisaron a su mujer, que baj&#243; a toda prisa, con lo puesto; y as&#237;, escoltado el matrimonio por algunos vecinos y conocidos, busc&#243; refugio en casa de un criado del pr&#237;ncipe de Anglona, en la Morer&#237;a Vieja. Tan prudente medida acaba de salvar la vida del cerrajero. Encolerizados los franceses por sus camaradas muertos, interrogan a los vecinos, y uno delata a Manuel Armayor como combatiente de la jornada. Los soldados hunden la puerta y, al no hallarlo dentro, incendian el edificio.


&#161;Suben los franceses!

El grito sobresalta la casa del corredor de Vales Reales Eugenio Aparicio y S&#225;ez de Zald&#250;a, en el n&#250;mero 4 de la puerta del Sol. Se trata del bolsista m&#225;s rico de Madrid. Su vivienda, que en d&#237;as anteriores fue visitada amistosamente por jefes y oficiales imperiales, es confortable y lujosa, llena de cuadros, alfombras y objetos de valor. Nadie ha combatido hoy desde ella. Al comenzar la primera carga de caballer&#237;a francesa, Aparicio orden&#243; a su familia retirarse al interior y a los criados cerrar las ventanas. Sin embargo, seg&#250;n cuenta una sirvienta que sube aterrorizada del piso de abajo, durante el combate con los mamelucos qued&#243; muerto uno en la puerta, atravesado en ella y cosido a navajazos. Es el propio general Guillot -uno de los militares franceses que en d&#237;as pasados visitaron la casa- el que ha ordenado el allanamiento.

&#161;Tranquilos todos! -ordena Aparicio a su familia, parientes y servidumbre, mientras se adelanta al rellano de la escalera-. Yo tratar&#233; con esos caballeros.

La palabra caballeros no es la que cuadra a la soldadesca enfurecida: una veintena de franceses cuyas botas y vocer&#237;o resuenan en los pelda&#241;os de madera, hundiendo puertas en los pisos de abajo, destroz&#225;ndolo todo a su paso. Al primer vistazo, Aparicio se hace cargo de la situaci&#243;n. All&#237; no hay buenas palabras que valgan; de modo que, con presencia de &#225;nimo, vuelve a toda prisa a su gabinete, coge de un secreter un rollizo talego de pesos duros, y de regreso al rellano vac&#237;a las monedas sobre los franceses. Eso no los detiene, sin embargo. Siguen escaleras arriba, llegan hasta &#233;l, y lo zarandean entre golpes y culatazos. Acuden a socorrerlo su sobrino de dieciocho a&#241;os Valent&#237;n de O&#241;ate Aparicio y un dependiente de la empresa familiar, el zaragozano Gregorio Moreno Medina, de treinta y ocho. Se ensa&#241;an con ellos los franceses, matan a bayonetazos al sobrino, arroj&#225;ndolo luego por el hueco de la escalera, y arrastran abajo a Eugenio Aparicio y al empleado Moreno, al que un mameluco hace arrodillarse y deg&#252;ella en el portal. A Aparicio lo sacan a la calle, y tras apalearlo hasta reventarle las entra&#241;as lo rematan en la acera, a sablazos. Despu&#233;s suben otra vez a la casa, buscando m&#225;s gente en la que cebarse. Para entonces la esposa de Aparicio ha logrado escapar por los tejados con su hija de cuatro a&#241;os, una criada y algunos servidores, refugi&#225;ndose por la calle Carretas en la tahona de los frailes de la Soledad. Los franceses saquean la casa, roban todo el dinero y alhajas, y destruyen muebles, cuadros, porcelanas y cuanto no pueden llevarse consigo.


El se&#241;or comandante dice que siente la muerte de tantos compatriotas suyos Que lo siente de verdad.

Al escuchar las palabras que traduce el int&#233;rprete, el teniente Rafael de Arango mira a Charles Tristan de Montholon, coronel en funciones del 4. regimiento provisional. Tras la retirada del grueso de las fuerzas imperiales, innecesarias ya en el conquistado parque de artiller&#237;a, Montholon ha quedado al mando con quinientos soldados. Y lo cierto es que el jefe franc&#233;s est&#225; tratando con humanidad a heridos y prisioneros. Hombre educado, generoso en apariencia, no parece guardar rencor por su breve cautiverio. Azares de la guerra, coment&#243; hace un rato. Ante el estrago de tanto muerto y herido, muestra una expresi&#243;n apenada, noble. Parece sincero en tales sentimientos, as&#237; que el teniente Arango se lo agradece con una inclinaci&#243;n de cabeza.

Tambi&#233;n dice que eran hombres valientes -a&#241;ade el int&#233;rprete-. Que todos los espa&#241;oles lo son.

Arango mira en torno, sin que las palabras del franc&#233;s lo consuelen del triste panorama que se ofrece a sus ojos enrojecidos, donde el humo de p&#243;lvora que le tizna el rostro forma lega&#241;as negras. Sus jefes y compa&#241;eros lo han dejado solo para ocuparse de los heridos y los muertos. Los dem&#225;s se fueron con orden de mantenerse a disposici&#243;n de las autoridades, despu&#233;s de un tira y afloja entre el duque de Berg -que pretend&#237;a fusilarlos a todos- y el infante don Antonio y la Junta de Gobierno. Ahora parece haberse impuesto la cordura. Quiz&#225; los imperiales y las autoridades espa&#241;olas hagan cuenta nueva con los militares sublevados, atribuyendo la responsabilidad de lo ocurrido a los paisanos y a los muertos. De &#233;stos hay donde escoger. Todav&#237;a se identifican cad&#225;veres espa&#241;oles y franceses. En el patio del cuartel, donde los cuerpos se alinean cubiertos unos por s&#225;banas y mantas y descubiertos otros en sus horribles mutilaciones, grandes regueros de sangre apenas coagulada bajo el sol surcan la tierra de fango rojizo.

Un espect&#225;culo lamentable -resume el comandante franc&#233;s.

Es m&#225;s que eso, piensa Arango. El primer balance, sin considerar los muchos que morir&#225;n de sus heridas en las pr&#243;ximas horas y d&#237;as, es aterrador. A ojo, en un primer vistazo, calcula que los franceses han tenido en Montele&#243;n m&#225;s de quinientas bajas, sumando muertos y heridos. Entre los defensores, el precio es tambi&#233;n muy alto. Arango ha contado cuarenta y cuatro cad&#225;veres y veintid&#243;s heridos en el patio, y desconoce cu&#225;ntos habr&#225; en el convento de las Maravillas. Entre los militares, adem&#225;s de los capitanes Daoiz y Velarde y el teniente Ruiz, siete artilleros y quince de los Voluntarios del Estado que vinieron con el capit&#225;n Goicoechea est&#225;n muertos o heridos, y se ignora la suerte reservada al centenar de paisanos apresados al final del combate; aunque seg&#250;n las disposiciones del mando franc&#233;s -fusilar a quienes hayan tomado las armas- &#233;sta tiene mal cariz. Por fortuna, mientras los imperiales entraban por la puerta principal, buena parte de los defensores pudo saltar la tapia de atr&#225;s y darse a la fuga. Aun as&#237;, antes de irse con los capitanes C&#243;nsul y C&#243;rdoba, los oficiales supervivientes y el resto de los artilleros y Voluntarios del Estado -desarmados y con la aprensi&#243;n de que los franceses cambien de idea y los arresten de un momento a otro-, Goicoechea confi&#243; a Arango que en los s&#243;tanos y desvanes del parque hay numerosos civiles escondidos. Eso inquieta al joven teniente, que procura disimularlo ante el comandante franc&#233;s. No sabe que casi todos lograr&#225;n escapar, sacados de all&#237; con sigilo al llegar la noche por el teniente de Voluntarios del Estado Ontoria y el maestro de coches Juan Pardo.

Hay un grupo de heridos puestos aparte, bajo la sombra del porche del pabell&#243;n de guardia. Alej&#225;ndose de Montholon y del int&#233;rprete, Rafael de Arango se acerca a ellos mientras camilleros franceses y espa&#241;oles empiezan a trasladarlos a casa del marqu&#233;s de Mejorada, en la calle de San Bernardo, convertida en hospital por los imperiales. Son los artilleros y Voluntarios del Estado que siguen vivos. Separados de los paisanos, esperan el momento de su evacuaci&#243;n, despu&#233;s de que la buena voluntad del comandante franc&#233;s haya facilitado las cosas.

&#191;C&#243;mo se encuentra, Alonso?

El cabo segundo Eusebio Alonso, tumbado sobre un lodoso charco de sangre con un torniquete y un vendaje empapado de rojo en la ingle, lo mira con ojos turbios. Fue herido de mucha gravedad en el &#250;ltimo instante de la lucha, bati&#233;ndose junto a los ca&#241;ones.

He tenido d&#237;as mejores, mi teniente -responde con voz muy baja.

Arango se pone en cuclillas a su lado, contemplando el rostro del bravo veterano: demacrado y sucio, el pelo revuelto, los ojos enrojecidos de sufrimiento y fatiga. Hay costras de sangre seca en la frente, el bigote y la boca.

Van a llev&#225;rselo ahora al hospital. Se pondr&#225; bien.

Alonso mueve la cabeza, resignado, y con d&#233;bil adem&#225;n se indica la ingle.

&#201;sta es la del torero, mi teniente La femoral, ya sabe. Me voy despacito, pero me voy.

No diga bobadas. Lo van a curar. Yo mismo me ocupar&#233; de usted.

El cabo frunce un poco el ce&#241;o, como si las palabras de su superior lo incomodaran. Muchos a&#241;os m&#225;s tarde, al escribir una relaci&#243;n de esta jornada, Arango recordar&#225; puntualmente sus palabras:

Acuda usted mejor a quien pueda tener remedio Yo no me he quejado ni he llamado a nadie Yo no llamo m&#225;s que a descansar de una vez. Y lo hago conforme, porque muero por mi rey, y en mi oficio.

Tras vigilar el traslado de Alonso -fallecer&#225; poco despu&#233;s, en el hospital- Arango se acerca a echar un vistazo al teniente Jacinto Ruiz, a quien en ese momento colocan en una camilla. Ruiz, que hasta ahora no ha recibido m&#225;s atenci&#243;n que un mal vendaje, est&#225; p&#225;lido por la p&#233;rdida de sangre. Su respiraci&#243;n entrecortada hace temer a Arango -ignora que el teniente de Voluntarios del Estado padece de asma- que haya una lesi&#243;n mortal en los pulmones.

Se lo llevan ahora, Ruiz -le dice Arango, inclin&#225;ndose a su lado-. Se curar&#225;.

El otro lo mira aturdido, sin comprender.

&#191;Van a fusilarme? -pregunta al fin, con voz desmayada.

No diga barbaridades, hombre. Todo acab&#243;.

Morir desarmado De rodillas -balbucea Ruiz, cuya piel sucia reluce de sudor-. Una ignominia No es final para un soldado.

Nadie va a fusilarle, cr&#233;ame. Nos han dado garant&#237;as.

La mano derecha del herido, asombrosamente vigorosa por un momento, se engarf&#237;a en un brazo de Arango.

Fusilado no es manera honrosa de acabar.

Dos enfermeros se hacen cargo del teniente. Al levantar la camilla su cabeza cae a un lado, balance&#225;ndose al paso de quienes lo llevan. Arango lo mira alejarse, y luego echa un vistazo en torno. No tiene nada m&#225;s que hacer all&#237; -los civiles heridos est&#225;n siendo llevados al convento de las Maravillas-, y las palabras de Jacinto Ruiz le producen singular desaz&#243;n. Su experiencia de las &#250;ltimas horas, el trato que se da a los paisanos y la enormidad de las bajas imperiales, lo preocupa. Arango sabe lo que puede esperarse de las garant&#237;as francesas y del poco vigor con que las autoridades espa&#241;olas defienden a su gente. Todo depender&#225;, en &#250;ltima instancia, del capricho de Murat. Y no van a ser pundonorosos gentilhombres como el comandante Montholon los que detengan a su general en jefe, si &#233;ste decide dar amplio y sonado escarmiento. Deber&#237;as poner tierra de por medio, Rafael, se dice con una punzada de alarma. De pronto, el recinto devastado del parque de artiller&#237;a le parece una trampa de las que llevan derecho al cementerio.

Tomando su decisi&#243;n, Arango va en busca del comandante imperial. Por el camino se compone la casaca, abroch&#225;ndola para que adopte el aspecto m&#225;s reglamentario posible. Una vez ante el franc&#233;s, pide a trav&#233;s del int&#233;rprete licencia para ir a su casa.

S&#243;lo un momento, mi comandante. Para tranquilizar a mi familia.

Montholon se niega en redondo. Arango, traduce el int&#233;rprete, es su subordinado hasta nueva orden. Debe permanecer all&#237;.

&#191;Soy prisionero, entonces?

El se&#241;or comandante ha dicho subordinado, no prisionero.

Pues d&#237;gale, por favor, que tengo un hermano mayor que me quiere como un padre. Que tambi&#233;n el se&#241;or comandante tendr&#225; familia, y compartir&#225; mis sentimientos D&#237;gale que le doy mi palabra de honor de reintegrarme aqu&#237; inmediatamente.

Mientras el int&#233;rprete traduce, el comandante Montholon mantiene los ojos fijos en el oficial espa&#241;ol. Pese a la diferencia de graduaci&#243;n, tienen casi la misma edad. Y es evidente que, aunque sus compatriotas han pagado un precio muy alto por tomar el parque, la tenacidad de la defensa tiene impresionado al franc&#233;s. Tambi&#233;n el buen trato recibido de los militares espa&#241;oles cuando fue capturado con sus oficiales -se imaginaba, ha dicho antes, degollado y descuartizado por el populacho- debe de influir en su &#225;nimo.

Pregunta el se&#241;or comandante si lo de su palabra de honor de regresar al parque de artiller&#237;a lo dice en serio.

Arango -que no tiene la menor intenci&#243;n de cumplir su promesa- se cuadra con un taconazo marcial, sin apartar sus ojos de los de Montholon.

Absolutamente.

No lo he enga&#241;ado, piensa con angustia, advirtiendo un destello incr&#233;dulo en la mirada del otro. Luego, desconcertado, observa que el franc&#233;s sonr&#237;e antes de hablar en tono bajo y tranquilo.

Dice el se&#241;or comandante que puede irse usted Que comprende su situaci&#243;n y acepta su palabra.

Familiale -corrige el otro, en su idioma.

Que comprende su situaci&#243;n familiar -rectifica el int&#233;rprete-. Y acepta su palabra.

Arango, que debe hacer un esfuerzo para que el j&#250;bilo no le descomponga el gesto, respira hondo. Luego, sin saber qu&#233; hacer ni decir, extiende torpemente su mano. Tras un momento de duda, Montholon la estrecha con la suya.

Dice el se&#241;or comandante que le desea mucha suerte -traduce el int&#233;rprete-. En casa de su hermano, o en donde sea.


De nuevo se aventura por las calles Jos&#233; Blanco White, despu&#233;s de pasar las &#250;ltimas horas encerrado en su casa de la calle Silva. Camina prudente, atento a los centinelas franceses que vigilan plazas y avenidas. Hace un momento, tras acercarse a la puerta del Sol, tomada por un fuerte destacamento militar -ca&#241;ones de a doce libras apuntan hacia las calles Mayor y Alcal&#225;, y todas las tiendas y caf&#233;s est&#225;n cerrados-, Blanco White se vio obligado a correr con otros curiosos cuando los soldados imperiales hicieron amago de abrir fuego para estorbar que se agruparan. Aprendida la lecci&#243;n, el sevillano se mete por el callej&#243;n que rodea la iglesia de San Luis y se aleja del lugar, apesadumbrado por cuanto ha visto: los muertos tirados en las calles, el temor en los pocos madrile&#241;os que salen en busca de noticias, y la omnipresencia francesa, amenazante y sombr&#237;a.

Jos&#233; Blanco White es hombre atormentado, y a partir de hoy lo ser&#225; m&#225;s. Hasta hace poco, mientras las tropas francesas se aproximaban a Madrid, lleg&#243; a imaginar, como otros de ideas afines, una dulce liberaci&#243;n de las cadenas con las que una monarqu&#237;a corrupta y una Iglesia todopoderosa maniatan al pueblo supersticioso e ignorante. Hoy ese sue&#241;o se desvanece, y Blanco White no sabe qu&#233; temer m&#225;s de las fuerzas que ha visto chocar en las calles: las bayonetas napole&#243;nicas o el cerril fanatismo de sus compatriotas. El sevillano sabe que Francia tiene entre sus partidarios a algunos de los m&#225;s capaces e ilustres espa&#241;oles, y que s&#243;lo la rancia educaci&#243;n de las clases media y alta, su necia indolencia y su desinter&#233;s por la cosa p&#250;blica, impiden a &#233;stas abrazar la causa de quien pretende borrar del mapa a los reyes viejos y a su turbio hijo Fernando. Sin embargo, en un Madrid desgarrado por la barbarie de unos y otros, la fina inteligencia de Blanco White sospecha que una oportunidad hist&#243;rica acaba de perderse entre el fragor de las descargas francesas y los navajazos del pueblo inculto. &#201;l mismo, hombre l&#250;cido, ilustrado, m&#225;s angl&#243;filo que franc&#243;filo, en todo caso partidario de la raz&#243;n libre y el progreso, se debate entre dos sentimientos que ser&#225;n el drama amargo de su generaci&#243;n: unirse a los enemigos del papa, de la Inquisici&#243;n y de la familia real m&#225;s vil y despreciable de Europa, o seguir la simple y recta l&#237;nea de conducta que, dejando aparte lo dem&#225;s, permite a un hombre honrado elegir entre un ej&#233;rcito extranjero y sus compatriotas naturales.

Agitado por sus pensamientos, Blanco White se cruza en el postigo de San Mart&#237;n con cuatro artilleros espa&#241;oles que conducen a un hombre tendido sobre una escalera, cuyos extremos apoyan en los hombros. Al pasar cerca, la escalera se inclina a un lado y el sevillano descubre el rostro agonizante, p&#225;lido por el sufrimiento y la p&#233;rdida de sangre, de su paisano y conocido el capit&#225;n Luis Daoiz.

&#191;C&#243;mo est&#225;? -pregunta.

Muri&#233;ndose -responde un soldado.

Blanco White se queda boquiabierto e inm&#243;vil, las manos en los bolsillos de la levita, incapaz de pronunciar palabra. A&#241;os m&#225;s tarde, en una de sus famosas cartas escritas desde el exilio de Inglaterra, el sevillano rememorar&#225; su &#250;ltima visi&#243;n de Daoiz: El d&#233;bil movimiento de su cuerpo y sus gemidos cuando la desigualdad del piso de la calle hac&#237;a que aumentaran sus dolores.


El teniente coronel de artiller&#237;a Francisco Novella y Az&#225;bal, que se encuentra enfermo en su casa -es &#237;ntimo de Luis Daoiz, pero su dolencia le impidi&#243; acudir al parque de Montele&#243;n-, tambi&#233;n ha visto pasar, desde una ventana, el l&#250;gubre y reducido cortejo que acompa&#241;a al amigo. La debilidad de Novella no le permite bajar, por lo que permanece en su habitaci&#243;n, atormentado por el dolor y la impotencia.

&#161;Esos miserables lo han dejado solo! -se lamenta mientras sus familiares lo devuelven al lecho- &#161;Todos lo hemos dejado solo!

Luis Daoiz apenas sobrevivir&#225; unos minutos despu&#233;s de llegar a su casa. Sufre mucho, aunque no se queja. Los bayonetazos de la espalda le anegan de sangre los pulmones, y todos coinciden en que su muerte es cosa hecha. Atendido primero en el parque por un m&#233;dico franc&#233;s, llevado luego a casa del marqu&#233;s de Mejorada, un religioso -su nombre es fray Andr&#233;s Cano- lo ha confesado y absuelto, aunque sin administrarle la extremaunci&#243;n por haberse agotado los santos &#243;leos. Conducido por fin al n&#250;mero 12 de la calle de la Ternera, siempre sobre la improvisada camilla hecha con una escalera del parque, un colch&#243;n y una manta, el defensor de Montele&#243;n se extingue en su alcoba, acompa&#241;ado por fray Andr&#233;s, Manuel Almira y cuantos amigos han podido acudir a su lado -o se atreven a hacerlo- en esta hora: los capitanes de artiller&#237;a Joaqu&#237;n de Osma, Vargas y C&#233;sar Gonz&#225;lez, y el capit&#225;n abanderado de Guardias Walonas Javier Cabanes. Como fray Andr&#233;s manifiesta su preocupaci&#243;n por que Daoiz muera sin recibir los santos &#243;leos, Cabanes va hasta la parroquia de San Mart&#237;n en busca de un sacerdote, regresando con el padre Rom&#225;n Garc&#237;a, que trae los av&#237;os necesarios. Pero antes de que el reci&#233;n llegado unja la frente y la boca del moribundo, Daoiz agarra la mano de fray Andr&#233;s, suspira hondo y muere. Arrodillado junto al lecho, el fiel escribiente Almira llora sin consuelo, como un ni&#241;o.


Media hora m&#225;s tarde, en su despacho de la junta Superior de Artiller&#237;a y apenas informado de la muerte de Luis Daoiz, el coronel Navarro Falc&#243;n dicta a un amanuense el parte justificativo que dirige al capit&#225;n general de Madrid, para que &#233;ste lo haga llegar a la junta de Gobierno y a las autoridades militares francesas:


Estoy bien persuadido, Sr. Excmo., de que lejos de contribuir ninguno de los oficiales del Cuerpo al hecho ocurrido, ha sido para todos un motivo del mayor disgusto el que el alucinamiento y preocupaci&#243;n particular de los capitanes D. Pedro Velarde y D. Luis Daoiz sea capaz de hacer formar un equivocado concepto trascendental de todos los dem&#225;s oficiales, que no han tenido siquiera la m&#225;s m&#237;nima idea de que aqu&#233;llos pudieran obrar contra lo constantemente prevenido.


El tono de ese oficio contrasta con otros que el mismo jefe superior de Artiller&#237;a de Madrid escribir&#225; en los d&#237;as siguientes, a medida que vayan sucedi&#233;ndose acontecimientos en la capital y en el resto de Espa&#241;a. El &#250;ltimo de tales documentos, firmado por Navarro Falc&#243;n en Sevilla en abril de 1814, terminada la guerra, concluir&#225; con estas palabras:


El 2 de mayo de 1808 los referidos h&#233;roes Daoiz y Velarde adquirieron la gloria que inmortalizar&#225; sus nombres y ha dado tanto honor a sus familias y a la naci&#243;n entera.


Mientras el director de la junta de Artiller&#237;a escribe su informe, en el edificio de Correos de la puerta del Sol se re&#250;ne la comisi&#243;n militar presidida por el general Grouchy, a quien el duque de Berg ha encomendado juzgar a los insurrectos capturados con armas en la mano. Por parte espa&#241;ola, la Junta de Gobierno mantiene all&#237; al teniente general Jos&#233; de Sexti. Emmanuel Grouchy -cuya negligencia influir&#225; siete a&#241;os m&#225;s tarde en el desastre de Waterloo- es hombre experto en represiones: en su curr&#237;culum vitae consta, con letras negras, el incendio de Strevi y las ejecuciones de Fossano durante la insurrecci&#243;n del Piamonte en el a&#241;o 99. En cuanto a Sexti, desde el primer momento decide inhibirse, dejando en manos francesas la suerte de los prisioneros que llegan atados, de uno en uno o en peque&#241;os grupos, y a quienes los jueces no escuchan ni ven siquiera. Convertidos en tribunal sumar&#237;simo, Grouchy y sus oficiales resuelven fr&#237;amente nombre tras nombre, firmando sentencias de muerte que los secretarios redactan a toda prisa. Y mientras los magistrados espa&#241;oles que recorrieron las calles proclamando paz, que todo est&#225; compuesto se retiran a sus casas, convencidos de que su pobre mediaci&#243;n devuelve la tranquilidad a Madrid, los franceses, libres de trabas, intensifican los apresamientos, y la matanza se establece ahora de un solo signo, a modo de venganza implacable.

Los primeros en sufrir ese rigor son los prisioneros depositados en las covachas de San Felipe, a los que acaban de unirse el impresor Cosme Mart&#237;nez del Corral, tra&#237;do desde su casa de la calle del Pr&#237;ncipe, el cerrajero de veintis&#233;is a&#241;os Bernardino G&#243;mez y el panadero de treinta Antonio Benito Siara, apresado cerca de la plaza Mayor. De camino, mientras un piquete franc&#233;s conduc&#237;a a los dos &#250;ltimos, una ronda de Guardias de Corps se top&#243; con ellos e intent&#243; liberarlos. Discutieron unos y otros, porfiaron los Guardias y acudieron mas franceses al tumulto. Al fin, los militares espa&#241;oles no lograron impedir que los imperiales se salieran con la suya. Encerrados ahora en las covachuelas, un suboficial franc&#233;s lleva a Correos la lista de ese dep&#243;sito, donde Mart&#237;nez del Corral, G&#243;mez y Siara figuran junto al maestro de esgrima Vicente Jim&#233;nez, el contador Fern&#225;ndez Godoy, el corredor de letras Moreno, el joven criado Bartolom&#233; Pechirelli y los otros detenidos, hasta un total de diecinueve. Firma el general Grouchy todas las sentencias de muerte -ni siquiera las lee- mientras el teniente general Sexti observa sin despegar los labios. Al instante, para angustia de los amigos y parientes que se atreven a permanecer en la calle y siguen de lejos a los presos que caminan entre bayonetas, &#233;stos son llevados al Buen Suceso. En el trayecto, que es cono, los detenidos cruzan la puerta del Sol, llena de soldados y ca&#241;ones, en cuyo pavimento, entre grandes regueros de sangre seca, yacen los caballos destripados por las navajas durante el combate de la ma&#241;ana.

&#161;Nos van a matar! -grita el napolitano Pechirelli a la gente con la que se cruzan junto a la Mariblanca-. &#161;Estos canallas nos van a matar!

De la cuerda de presos se alza un clamor desgarrado, de protesta y desesperaci&#243;n, coreado por los familiares que siguen el triste cortejo. A todas esas voces y llantos acuden m&#225;s soldados franceses, que dispersan a la gente y empujan entre culatazos a los hombres maniatados. Llegan as&#237; al Buen Suceso, en una de cuyas salas vac&#237;as son confinados los prisioneros mientras sus verdugos los despojan de los escasos objetos de valor y prendas de buena ropa que a&#250;n conservan. Luego, sacados de cuatro en cuatro, son puestos ante un piquete de fusileros dispuesto en el claustro, que los arcabucea a quemarropa mientras los amigos y familiares, que aguardan afuera o en los corredores del edificio, gritan horrorizados al o&#237;r las descargas.


El Buen Suceso es el comienzo de una matanza organizada, sistem&#225;tica, decretada por el duque de Berg pese a sus promesas a la Junta de Gobierno. A partir de las tres de la tarde, el estr&#233;pito continuo de fusiler&#237;a, los gritos de los torturados y el vocer&#237;o de los verdugos sobrecoge a los pocos madrile&#241;os que, buscando noticias de los suyos, se aventuran cerca del Buen Retiro y el paseo del Prado. La alameda y el terreno comprendido entre los Jer&#243;nimos, la fuente de la Cibeles, las tapias de Jes&#250;s Nazareno y la puerta de Atocha se convierten en vasto campo de muerte donde ir&#225;n amonton&#225;ndose cad&#225;veres a medida que decline el d&#237;a. Los fusilamientos, que empezaron de forma espont&#225;nea por la ma&#241;ana y se intensifican ahora con las sentencias de muerte oficiales, se suceden hasta la noche. S&#243;lo en el Prado, los sepultureros llenar&#225;n al d&#237;a siguiente nueve carros de cad&#225;veres, pues la cantidad de ejecutados all&#237; es enorme. Entre ellos se cuentan el zapatero Pedro Segundo Iglesias, que tras matar a un franc&#233;s fue delatado por un vecino en la calle del Olivar, el mozo de labor del real sitio de San Fernando Dionisio Santiago Jim&#233;nez Coscorro, el toledano Manuel Francisco Gonz&#225;lez, el herrero Juli&#225;n Duque, el escribiente de loter&#237;a Francisco S&#225;nchez de la Fuente, el vecino de la calle del Piamonte Francisco Iglesias Mart&#237;nez, el criado asturiano Jos&#233; M&#233;ndez Villamil, el mozo de cuerda Manuel Fern&#225;ndez, el arriero Manuel Zaragoza, el aprendiz de quince a&#241;os Gregorio Arias Calvo -hijo &#250;nico del carpintero Narciso Arias-, el vidriero Manuel Almagro L&#243;pez, y el joven de diecinueve a&#241;os Miguel Facundo Revuelta, jardinero de Gri&#241;&#243;n que combati&#243; junto a su padre Manuel Revuelta, en cuya compa&#241;&#237;a vino a Madrid para intervenir contra los franceses. Tambi&#233;n fusilan a otros infelices que no han participado en la lucha, como es el caso de los alba&#241;iles Manuel Oltra Villena y su hijo Pedro Oltra Garc&#237;a, apresados en la puerta de Alcal&#225; cuando, ajenos a todo, ven&#237;an de trabajar fuera de la ciudad.


Sortez! &#161;Afuega todos!

En un patio del palacio del Buen Retiro, el guardacoches del edificio, F&#233;lix Mangel Sen&#233;n, de setenta a&#241;os, entorna los ojos en la luz poniente y gris, bajo un cielo que de nuevo amenaza lluvia. Los franceses acaban de sacarlo a empujones de su improvisado calabozo, un almac&#233;n de la antigua f&#225;brica de porcelana de la China donde ha pasado las &#250;ltimas horas a oscuras, en compa&#241;&#237;a de otros detenidos. Mientras sus ojos se acostumbran a la claridad exterior, el guardacoches advierte que sacan tambi&#233;n al cochero Pedro Garc&#237;a y a los mozos de Reales Caballerizas Gregorio Mart&#237;nez de la Torre, de cincuenta a&#241;os, y Antonio Romero, de cuarenta y dos -los tres son subordinados suyos, y juntos se han batido contra los franceses hasta caer presos en la reja del Bot&#225;nico-. Con ellos vienen el alfarero Antonio Colomo, trabajador de los tejares de la puerta de Alcal&#225;, el comerciante Jos&#233; Doctor Cervantes y el amanuense Esteban Sobola. Todos est&#225;n mugrientos, heridos o contusos, muy maltratados despu&#233;s de que los capturasen luchando o con armas escondidas. Los franceses se han ensa&#241;ado con el alfarero Colomo, que por resistirse cuando fueron a buscarlo al tejar donde se escond&#237;a, vino lleno de golpes y ensangrentado. Apenas se tiene en pie, hasta el extremo de que deben sostenerlo sus compa&#241;eros.

Allez! Vite!

El modo en que los franceses aprestan los fusiles no deja lugar a dudas sobre la suerte que aguarda a los prisioneros. Al advertirlo, prorrumpen en ruegos y lamentos. Colomo cae al suelo, mientras Mangel y Mart&#237;nez de la Torre, que retroceden hasta apoyar las espaldas en el muro, insultan con gruesos t&#233;rminos a los verdugos. De rodillas junto a Colomo, que mueve d&#233;bilmente los labios rotos -est&#225; rezando en voz baja-, Antonio Romero pide misericordia con gritos desgarrados.

&#161;Tengo tres hijos peque&#241;os! &#161;Voy a dejar una mujer viuda, una madre anciana y tres criaturas!

Impasibles, los imperiales siguen con sus preparativos. Resuenan las armas al amartillarse. El amanuense Sobola, que conoce el franc&#233;s, se dirige en ese idioma al suboficial que manda el piquete, proclamando la inocencia de todos. Para su fortuna, el suboficial, un sargento joven y rubio, se queda mir&#225;ndolo.

Est-ce que vous parlez notre langue? -pregunta, sorprendido.

Oui! -exclama el amanuense, con la elocuencia de la desesperaci&#243;n-. Je parle fran&#231;ais, naturellement.!

El otro a&#250;n lo observa un poco m&#225;s, pensativo. Luego, sin decir palabra, lo aparta del grupo y lo aleja a empujones, devolvi&#233;ndolo al calabozo mientras los soldados levantan los fusiles y apuntan al resto. Mientras se lo llevan -lograr&#225; salir de all&#237; al d&#237;a siguiente, milagrosamente vivo-, Esteban Sobola escucha los &#250;ltimos gritos de sus compa&#241;eros, interrumpidos por una descarga.


Anochece. Sentado en un poyo junto a la fuente de los Ca&#241;os, envuelto en su capote y cubierto con una montera, el cerrajero Blas Molina Soriano se confunde con la oscuridad que empieza a adue&#241;arse de las calles de Madrid. Lleva un rato inm&#243;vil, el coraz&#243;n oprimido por cuanto ha visto. Se retir&#243; a este rinc&#243;n de la plaza desierta despu&#233;s de que unos jinetes franceses dispersaran un peque&#241;o grupo de vecinos que, con el irreductible cerrajero entre ellos, reclamaba libertad para una cuerda de presos conducidos por la calle del Tesoro hacia San Gil. Toda la tarde, desde que sali&#243; de su casa al volver del parque de artiller&#237;a, Molina ha ido de un lado a otro, consumido por la desaz&#243;n y la impotencia. Nadie lucha ya, ni se resiste. Madrid es una ciudad en tinieblas, estrangulada por las tropas enemigas. Quienes se aventuran por las calles para cambiar de refugio, volver a casa o indagar el paradero de amigos y familiares, lo hacen furtivamente, apresurando el paso en las sombras, expuestos a ser detenidos o recibir, sin previo aviso, el disparo de un centinela franc&#233;s. Las &#250;nicas luces encendidas son las hogueras que los piquetes imperiales hacen en esquinas y plazas con muebles de las viviendas saqueadas. Y esa luz oscilante, rojiza y siniestra, ilumina bayonetas, piezas de artiller&#237;a, muros acribillados a balazos, cristales rotos y cad&#225;veres tirados por todas partes.

Blas Molina se estremece bajo el capote. De algunas casas brotan gritos y llantos, pues las familias se angustian por la suerte de los ausentes o se duelen con tanta muerte consumada o inevitable. De camino a esta parte de la ciudad, el cerrajero se ha cruzado con parientes de presos y desaparecidos. Procurando no formar grupos que susciten la ira de los franceses, esa pobre gente acude a Palacio o a los Consejos, reclamando mediaciones imposibles: hace rato que ministros y consejeros se han retirado a sus casas; y a los pocos que interceden ante las autoridades imperiales nadie los atiende. Descargas aisladas de fusiler&#237;a siguen sonando en la noche, tanto para se&#241;alar nuevas ejecuciones como para mantener a los madrile&#241;os amedrentados y en sus casas. De camino a los Ca&#241;os del Peral, Molina ha visto cuatro cad&#225;veres recientes junto al convento de San Pascual y otros tres entre la fuente de Neptuno y San Jer&#243;nimo -seg&#250;n cont&#243; un vecino, ven&#237;an de esquilar mulas en el Retiro y los franceses les hallaron encima las tijeras-, adem&#225;s de mucho muerto suelto que nadie recoge y diecinueve cuerpos cosidos a tiros en el patio del Buen Suceso, todos en mont&#243;n y arrimados a un muro.

Considerando todo eso con extremo dolor, Blas Molina llora al fin, de rabia y de verg&#252;enza. Tantos valientes, concluye. Tantos muertos en el parque de Montele&#243;n y en otros lugares, para que todo acabe bajo el tel&#243;n siniestro de la noche negra, las hogueras francesas de las que llegan risas y voces de borrachos, las descargas que sobrecogen el coraz&#243;n de los madrile&#241;os que hace un rato luchaban, desafiando el peligro, por su libertad y por su rey.

Juro vengarme, se dice, erguido de pronto en la oscuridad. Juro que me vengar&#233; de los franceses y de cuanto han hecho. De ellos y de los traidores que nos han dejado solos. Y que Dios me mate si desmayo.

Blas Molina Soriano mantendr&#225; el juramento. La Historia de los turbulentos tiempos futuros ha de registrar, tambi&#233;n, su humilde nombre. Huido de Madrid para evitar represalias, vuelto despu&#233;s de la batalla de Bail&#233;n a fin de colaborar en la defensa de la ciudad, huido de nuevo tras la capitulaci&#243;n, el tenaz cerrajero acabar&#225; por unirse a las guerrillas. Finalizada la contienda, Molina escribir&#225; un memorial -Quedando abandonada mi mujer en total desamparo, para hacer yo el servicio de V.M y la Patria- solicitando del rey un modesto empleo en la Corte. Pero Fernando VII, regresado a Espa&#241;a tras pasar la guerra en Bayona felicitando a Bonaparte por sus victorias, no responder&#225; nunca.



9

El asturiano Jos&#233; Mar&#237;a Queipo de Llano, vizconde de Matarrosa y futuro conde de Toreno, tiene veintid&#243;s a&#241;os. Elegante, culto, de ideas avanzadas que en otro momento lo situar&#237;an m&#225;s cerca de los franceses que de sus compatriotas, ser&#225; con el tiempo uno de los constitucionalistas de C&#225;diz, exiliado liberal con el regreso de Fernando VII y autor de una fundamental Historia del levantamiento, guerra y revoluci&#243;n de Espa&#241;a. Pero esta noche, en Madrid, el joven vizconde est&#225; lejos de imaginar todo eso; ni tampoco que dentro de veintiocho d&#237;as se har&#225; a la mar desde Gij&#243;n a bordo de un corsario ingl&#233;s, con objeto de pedir ayuda en Londres para los espa&#241;oles en armas.

No hemos podido salvar a Antonio Oviedo -dice abatido, dej&#225;ndose caer en un sill&#243;n.

Los amigos en cuya casa acaba de entrar -los hermanos Miguel y Pepe de la Pe&#241;a- se muestran desolados. Desde media tarde, en compa&#241;&#237;a de su primo el tambi&#233;n asturiano Marcial Mon, Jos&#233; Mar&#237;a Queipo de Llano ha estado recorriendo Madrid en procura de la liberaci&#243;n de un &#237;ntimo de todos ellos, Antonio Oviedo; que, sin haber intervenido en los enfrentamientos, fue apresado por los franceses al cruzar una calle, yendo desarmado y sin que mediara provocaci&#243;n por su parte.

&#191;Lo han fusilado? -pregunta Pepe de la Pe&#241;a, lleno de angustia.

A estas horas, seguro.

Queipo de Llano refiere a sus amigos lo ocurrido. Tras indagar el paradero de Antonio Oviedo, &#233;l y Mon averiguaron que lo hab&#237;an llevado al Prado con otros presos, y que all&#237;, pese a las promesas de Murat y a las afirmaciones de que todo estaba compuesto y terminado, se ejecutaba sin juicio ni procedimiento a revoltosos y a inocentes. Alarmados, los dos amigos fueron a casa de don Antonio Arias Mon, que adem&#225;s de gobernador del Consejo y miembro de la Junta de Gobierno es pariente del joven Marcial Mon y del propio Queipo de Llano.

El pobre anciano, rendido de cansancio, estaba durmiendo la siesta Confiaba, como todos, en que Murat mantendr&#237;a su palabra. Y cuando logramos despertarlo y contarle lo que pasaba, no lo pod&#237;a creer &#161;Tanto repugnaba a su honradez!

&#191;Y qu&#233; hizo?

Lo que cualquier persona decente. Convencido al fin de que cuanto cont&#225;bamos era cierto, se lament&#243;, diciendo: &#161;Y yo, que de buena fe, he procurado quitar las armas al pueblo, empe&#241;ando mi palabra!. Luego nos dio de su pu&#241;o y letra una orden para que se pusiera en libertad a Oviedo, estuviera donde estuviese. Corrimos con ella de un lado a otro, pasando entre franceses y m&#225;s franceses

Que nos dieron buenos sustos -apunta Marcial Mon.

El caso es que terminamos en la casa de Correos -prosigue Queipo de Llano-, donde manda por los nuestros el general Sexti. Aunque lo de manda es un decir.

Conozco a Sexti -dice Miguel de la Pe&#241;a-. Un italiano estirado y fatuo, al servicio de Espa&#241;a.

Pues mal paga ese miserable a su patria adoptiva. Con la mayor frialdad del mundo, mir&#243; la orden, se encogi&#243; de hombros y dijo muy seco: Tendr&#225;n que entenderse ustedes con los franceses De nada sirvi&#243; que le record&#225;ramos que &#233;l es responsable, con el general Grouchy, del tribunal militar. Para evitar reclamaciones, respondi&#243;, le entrega todos los presos al franc&#233;s y se lava las manos.

&#161;El infame! -salta Pepe de la Pe&#241;a.

Eso mismo le dije, casi en esos t&#233;rminos, y me volvi&#243; la espalda. Aunque por un momento he temido que nos hiciera arrestar.

&#191;Y Grouchy?

No quiso recibirnos. Un edec&#225;n suyo nos ech&#243; del modo m&#225;s grosero del mundo, y es una suerte que nos hayan dejado salir sin otra violencia. Temo que a estas horas, el pobre Oviedo

Los cuatro amigos se quedan en silencio. A trav&#233;s de las ventanas cerradas llega el ruido de una descarga lejana.

Oigo pasos en la escalera -dice Miguel de la Pe&#241;a.

Se alarman todos, pues nadie est&#225; seguro esta noche en Madrid. Decidi&#233;ndose por fin, Marcial Mon se dirige a la puerta, la abre y da un paso atr&#225;s, como si acabara de ver a un espectro.

&#161;Antonio! &#161;Es Antonio Oviedo!

Entre exclamaciones de alegr&#237;a se precipitan todos sobre el amigo, que viene despeinado y p&#225;lido, con la ropa descompuesta. Llevado casi en brazos hasta un sof&#225;, logra reponerse con una copa de aguardiente que le dan para que recobre el color y el habla. Despu&#233;s, Oviedo cuenta su historia: la de tantos madrile&#241;os que hoy se ven ante un pelot&#243;n de fusilamiento, con la venturosa diferencia de que, a punto de ser arcabuceado, debi&#243; la vida a la benevolencia de un oficial franc&#233;s, que lo reconoci&#243; como cliente habitual de la Fontana de Oro.

&#191;Y los dem&#225;s?

Muertos Todos muertos.

Con el horror en la mirada, absorto en la noche que oscurece la ciudad, Antonio Oviedo bebe de un trago el resto del aguardiente. Y el joven Queipo de Llano, que atiende a su amigo con tierna solicitud, advierte espantado que algunos de sus cabellos se han vuelto blancos.


En otros infelices, las impresiones de la jornada que acaban de vivir afectan tambi&#233;n a su raz&#243;n. Es el caso del zaragozano Joaqu&#237;n Mart&#237;nez Valente, cuyo hermano Francisco, de veintisiete a&#241;os, abogado de los Reales Colegios, ten&#237;a en la puerta del Sol un comercio en sociedad con el t&#237;o de ambos, Jer&#243;nimo Mart&#237;nez Mazpule. Cerrada la tienda durante todo el d&#237;a y abierta al fin con las paces de la tarde, a &#250;ltima hora se presentaron en ella varios soldados franceses y un par de mamelucos. Pretextando que desde all&#237; se les hizo fuego por la ma&#241;ana, rodearon a t&#237;o y sobrino en la entrada del comercio. Logr&#243; escapar Mart&#237;nez Mazpule, atrancando la puerta; pero no Francisco Mart&#237;nez Valente, golpeado y arrastrado hasta el portal de la tienda vecina. All&#237;, pese a los esfuerzos de los dependientes para meterlo dentro y salvarlo, el abogado recibi&#243; un pistoletazo que le revent&#243; la cabeza en presencia del hermano, que acud&#237;a en su auxilio. Ahora, perdida la raz&#243;n por la impresi&#243;n y el terror del b&#225;rbaro sacrificio, Joaqu&#237;n Mart&#237;nez Valente delira recluido en casa de su t&#237;o, lanzando alaridos que estremecen al vecindario. Morir&#225; meses m&#225;s tarde, loco, en el manicomio de Zaragoza.

Muchos son los desgraciados ajenos a la revuelta que siguen cayendo v&#237;ctimas de represalias, pese a la publicaci&#243;n de las paces, o confiados en ellas. Fuera de las ejecuciones organizadas, que seguir&#225;n hasta el alba, esta noche son asesinados numerosos madrile&#241;os por asomarse a balcones y portales, tener luz encendida en una ventana o hallarse a tiro de los fusiles franceses. Recibe as&#237; un balazo junto al r&#237;o Manzanares, cuando regresa en la oscuridad con sus ovejas, el pastor de dieciocho a&#241;os Antonio Escobar Fern&#225;ndez; y un centinela franc&#233;s abate de un tiro a la viuda Mar&#237;a Vals de Villanueva cuando &#233;sta se dirige al domicilio de su hija, en el n&#250;mero 13 de la calle Bordadores. Los tiroteos espor&#225;dicos de la soldadesca borracha, provocadora o vengativa, tambi&#233;n matan a inocentes dentro de sus casas. Es el caso de Josefa Garc&#237;a, de cuarenta a&#241;os, a quien una bala hiere de muerte al pararse junto a una ventana iluminada, en la calle del Almendro. Lo mismo les ocurre a Mar&#237;a Raimunda Fern&#225;ndez de Quintana, mujer del ayuda de c&#225;mara de Palacio Cayetano Obreg&#243;n, que aguarda en un balc&#243;n el regreso de su marido, y a Isabel Osorio S&#225;nchez, que recibe un tiro cuando riega las macetas en su casa de la calle del Rosario. Mueren tambi&#233;n, en la calle de Leganitos, el ni&#241;o de doce a&#241;os Antonio Fern&#225;ndez Menchir&#243;n y sus vecinas Catalina Gonz&#225;lez de Aliaga y Bernarda de la Huelga; en la calle de Torija, la viuda Mariana de Rojas y Pineda; en la calle del Molino de Viento, la viuda Manuela Diestro Nublada; y en la calle del Soldado, Teresa Rodr&#237;guez Palacios, de treinta y ocho a&#241;os, mientras enciende un quinqu&#233;. En la calle de Toledo, cuando el comerciante de lencer&#237;a Francisco L&#243;pez se dispone a cenar con su familia, una descarga resuena contra los muros, rompe los vidrios de una ventana, y lo mata una bala.


Sobre las diez de la noche, mientras la gente a&#250;n muere en sus casas y cuerdas de presos son encaminadas hacia los lugares de ejecuci&#243;n, el infante don Antonio, presidente de la Junta de Gobierno, que ha escrito al duque de Berg para interceder por la vida de algunos de los sentenciados, recibe la siguiente nota firmada por Joachim Murat:


Se&#241;or mi primo. He recibido la notificaci&#243;n de V.A.R. sobre los proyectos de algunos militares franceses de quemar casas desde las que se han disparado bastantes tiros de fusil Prevengo a V.A.R. que remito este asunto al general Grouchy, mand&#225;ndole reciba todas las informaciones posibles. Me pide V.A.R. la libertad de algunos paisanos que han sido cogidos con las armas en la mano. Seg&#250;n mi orden del d&#237;a, y para imponer en lo sucesivo, ser&#225;n pasados por las armas. Mi determinaci&#243;n ser&#225;, sin duda, de vuestra aprobaci&#243;n.


A la misma hora, Francisco Javier Negrete, capit&#225;n general de Madrid, escribe antes de irse a dormir una carta al duque de Berg. El borrador lo redacta a la luz de un candelabro, en zapatillas y bata de casa, mientras en la habitaci&#243;n contigua su asistente cepilla el uniforme con el que ma&#241;ana Negrete se presentar&#225; a cumplimentar a Murat y recibir instrucciones. En la carta, publicada d&#237;as m&#225;s tarde por el Moniteur en Par&#237;s, el jefe de las tropas espa&#241;olas acuarteladas en la ciudad resume perfectamente su punto de vista sobre la jornada que termina:


Vuestra Alteza comprende cu&#225;n doloroso debe haber sido para un militar espa&#241;ol ver correr en las calles de esta capital la sangre de dos naciones que, destinadas a la alianza y uni&#243;n m&#225;s estrechas, no deber&#237;an ocuparse m&#225;s que en combatir a nuestros enemigos comunes. D&#237;gnese V.A. permitirme que le exprese mi agradecimiento, no solamente por los elogios que hace de la guarnici&#243;n de esta villa y por las bondades con que me colma, sino sobre todo por su promesa de hacer cesar las medidas de rigor tan pronto como lo permitan las circunstancias. As&#237; V.A. confirma la opini&#243;n que le hab&#237;a precedido en este pa&#237;s y que anunciaba todas las virtudes de que se halla ornado. Conozco perfectamente las intenciones rectas de V.A., previendo las ventajas que indudablemente deben resultar para mi patria. Ofrezco a V.A. la adhesi&#243;n m&#225;s sincera y absoluta.


En la cripta de la iglesia de San Mart&#237;n, s&#243;lo cinco amigos de Daoiz y de Velarde, con los sepultureros Pablo Nieto y Mariano Herrero, velan a los dos capitanes de artiller&#237;a: sus compa&#241;eros Joaqu&#237;n de Osma, Vargas y C&#233;sar Gonz&#225;lez, el capit&#225;n de Guardias Walonas Javier Cabanes y el escribiente Almira. Los cad&#225;veres fueron tra&#237;dos al anochecer, meti&#233;ndolos a escondidas desde la calle de la Bodeguilla por la puerta y las escaleras que hay detr&#225;s del altar mayor. Daoiz lleg&#243; a &#250;ltima hora de la tarde en un ata&#250;d desde su casa de la calle de la Ternera, con las botas puestas y vestido con el mismo uniforme con que hall&#243; la muerte en Montele&#243;n. El cuerpo de Velarde vino hace poco rato, conducido por cuatro artilleros del parque sobre dos tablas de cama con unos palos atravesados, desnudo como lo dejaron los franceses tras el combate, envuelto en una lona de tienda de campa&#241;a que los soldados se llevaron al irse. Alguien ha dispuesto un h&#225;bito de San Francisco para amortajar el cuerpo con decencia, y ahora los dos capitanes yacen juntos, uniformado uno y en h&#225;bito franciscano el otro. Mantiene el rigor de la muerte cara arriba el rostro de Daoiz, y vuelto el de Velarde a la derecha -por enfriarse tirado en el suelo del parque- como si todav&#237;a aguardara una &#250;ltima orden de su compa&#241;ero. Llora a la cabecera, desconsolado, Manuel Almira; y junto a los muros h&#250;medos y oscuros, apenas iluminados por dos velones de cera puestos junto a los cad&#225;veres, se mantienen silenciosos los pocos que se atreven a estar all&#237;, pues los dem&#225;s se encuentran, a estas horas, escondidos o fugitivos de la venganza francesa.

&#191;Qu&#233; se sabe del teniente Ruiz? -pregunta Joaqu&#237;n de Osma-. El de Voluntarios del Estado.

Lo atendi&#243; un cirujano franc&#233;s en casa del marqu&#233;s de Mejorada, sond&#225;ndole la herida -responde Javier Cabanes-. Luego lo llevaron a su domicilio. Me lo cont&#243; hace un rato don Jos&#233; Rivas, el catedr&#225;tico de San Carlos, que estuvo a verlo un momento.

&#191;Grave?

Mucho.

Por lo menos, as&#237; no lo detendr&#225;n los franceses.

No est&#233;s tan seguro. En cualquier caso, su herida es de las mortales No creo que salga de &#233;sta.

Los militares se miran, inquietos. Corre el rumor de que Murat ha cambiado de idea y ahora quiere detener a cuantos intervinieron en la sublevaci&#243;n del parque de artiller&#237;a, sean civiles o militares. La noticia la confirman los capitanes Juan C&#243;nsul y Jos&#233; C&#243;rdoba, que en este momento bajan a la cripta. Ambos vienen embozados y sin sable.

He visto atados por la calle a unos artilleros -refiere C&#243;nsul-. Tambi&#233;n han ido a buscar a algunos Voluntarios del Estado que estuvieron bati&#233;ndose Por lo visto, Murat quiere un escarmiento.

Cre&#237;a que s&#243;lo arcabuceaban a paisanos cogidos con armas en la mano -se sorprende el capit&#225;n Vargas.

Pues ya ves. Se ampl&#237;a el cupo.

Los militares cambian nuevas ojeadas, nerviosos, mientras bajan la voz. &#218;nicamente C&#243;nsul, C&#243;rdoba y Almira han estado en Montele&#243;n, pero la amistad con los muertos y su presencia all&#237; los compromete a todos. Los franceses fusilan por menos de eso.

&#191;Y qu&#233; hace el coronel Navarro Falc&#243;n? -susurra C&#233;sar Gonz&#225;lez-. Dijo que iba a interceder por su gente.

Mientras habla, el militar mira suspicaz hacia la escalera de la cripta, donde vigila uno de los enterradores. Esta noche debe temerse tanto a los imperiales como a quienes -nunca faltan en tiempos revueltos- procuran congraciarse con ellos. Meses m&#225;s tarde, ya sublevada toda Espa&#241;a contra Napole&#243;n, incluso uno de los oficiales que hoy se han batido en el parque, el teniente de artiller&#237;a Felipe Carpegna, prestar&#225; juramento al rey Jos&#233;, luchando del lado franc&#233;s.

No s&#233; lo que Navarro intercede, ni con qui&#233;n -dice Juan C&#243;nsul-. Lo &#250;nico que repite a todos es que ni se hace responsable ni sabe nada; pero que si &#233;l hubiera estado hoy en Montele&#243;n, ma&#241;ana se encontrar&#237;a a muchas leguas de Madrid.

&#161;Estamos perdidos, entonces! -exclama C&#243;rdoba.

Si nos cogen, no te quepa duda -apunta Juan C&#243;nsul-. Yo me voy de la ciudad.

Y yo. En cuanto pase por mi casa a buscar algunas cosas.

Tened cuidado -los previene Cabanes-. No os est&#233;n esperando.

Se abrazan los militares, echando una &#250;ltima mirada a Daoiz y a Velarde.

Adi&#243;s a todos. Buena suerte.

Eso. Que Dios nos proteja a todos &#191;Viene usted, Almira?

No -el escribiente se&#241;ala los cuerpos yacentes de los capitanes-. Alguien tiene que velarlos.

Pero los franceses

Ya me arreglar&#233; con ellos. V&#225;yanse.

Los otros no se hacen de rogar. Por la ma&#241;ana, cuando los sepultureros Nieto y Herrero entierren con mucha discreci&#243;n los cad&#225;veres, s&#243;lo Manuel Almira permanecer&#225; a su lado, leal hasta el fin. Daoiz ser&#225; puesto en la cripta misma, bajo el altar de la capilla de Nuestra Se&#241;ora de Valbanera, y Velarde enterrado afuera, con otros muertos de la jornada, en el patio de la iglesia y junto a un pozo de agua dulce, en el lugar llamado El Jardinillo. A&#241;os m&#225;s tarde, Herrero atestiguar&#225;: Tuvimos la precauci&#243;n de dejar ambos cuerpos de los referidos D. Luis Daoiz y D. Pedro Velarde lo m&#225;s inmediato posible a la superficie de la tierra, por si en alg&#250;n tiempo se trataba deponerlos en otro paraje m&#225;s honroso a su memoria.


Ildefonso Iglesias, mozo del hospital del Buen Suceso, se detiene horrorizado bajo el arco que comunica el patio con el claustro. A la luz del farol que lleva su compa&#241;ero Tadeo de Navas, el mont&#243;n de cad&#225;veres semidesnudos conmueve a cualquiera. Iglesias y su compa&#241;ero han visto muchos horrores durante la jornada, pues ambos, con riesgo de sus vidas, la pasaron atendiendo a heridos y transportando muertos cuando los disparos y los franceses lo permit&#237;an. Aun as&#237;, el espect&#225;culo lamentable de la iglesia y el hospital contiguos a la puerta del Sol les eriza el cabello. Unos pocos cuerpos fueron retirados al ponerse el sol por los amigos o familiares m&#225;s osados, exponi&#233;ndose a recibir un balazo, pero el resto de los fusilados a las tres de la tarde sigue all&#237;: carne p&#225;lida, inerte, sobre grandes charcos de sangre coagulada. Huele a entra&#241;as rotas y v&#237;sceras abiertas. A muerte y soledad.

Se han movido -susurra Iglesias.

No digas tonter&#237;as.

Es verdad. Algo se ha movido entre esos muertos.

Con cautela, el coraz&#243;n en un pu&#241;o, los dos mozos de hospital se acercan a los cad&#225;veres, ilumin&#225;ndolos con el farol en alto. Quedan catorce: ojos vidriosos, bocas entreabiertas y manos crispadas, en las diferentes posturas en que los sorprendi&#243; la muerte o los dejaron, cuando todav&#237;a estaban calientes, los franceses que hicieron en ellos el &#250;ltimo despojo despu&#233;s de asesinarlos.

Tienes raz&#243;n -cuchichea Navas, aterrado-. Algo se mueve ah&#237;.

Al acercar m&#225;s el farol, un gemido lev&#237;simo, apagado, que procede de otro mundo, estremece a los mozos, que retroceden sobresaltados. Una mano, rebozada de sangre parda, acaba de alzarse d&#233;bilmente entre los cad&#225;veres.

&#201;se est&#225; vivo.

Imposible.

M&#237;ralo Est&#225; vivo -Iglesias toca la mano-. A&#250;n tiene pulso.

&#161;Virgen sant&#237;sima!

Apartando los cuerpos r&#237;gidos y fr&#237;os, los mozos de hospital liberan al que a&#250;n alienta. Se trata del impresor Cosme Mart&#237;nez del Corral, que lleva ocho horas all&#237;, dejado por muerto tras recibir cuatro balazos y rob&#225;rsele, con sus ropas, los 7.250 reales en c&#233;dulas que llevaba consigo. Lo sacan del mont&#243;n como a un espectro, desnudo y cubierto con una costra de sangre seca, propia y ajena, que lo cubre de la cabeza a los pies. Llevado arriba con toda urgencia, el cirujano Diego Rodr&#237;guez del Pino conseguir&#225; reanimarlo, obteniendo su curaci&#243;n completa. Durante el resto de su vida, que pasar&#225; en Madrid, vecinos y conocidos tratar&#225;n con respeto casi supersticioso a Mart&#237;nez del Corral: el hombre que, en la jornada del Dos de Mayo, pele&#243; con los franceses, fue fusilado y regres&#243; de entre los muertos.


El soldado de Voluntarios del Estado Manuel Garc&#237;a camina por la calle de la Flor con las manos atadas a la espalda, entre un piquete franc&#233;s. La llovizna que poco antes de la medianoche empieza a caer del cielo negro moja su uniforme y su cabeza descubierta. Despu&#233;s de batirse en el parque de artiller&#237;a, donde atendi&#243; uno de los ca&#241;ones, Garc&#237;a se retir&#243; al cuartel de Mejorada con el capit&#225;n Goicoechea y el resto de compa&#241;eros. Por la tarde, al propagarse el rumor de que tambi&#233;n los militares que lucharon en Montele&#243;n iban a ser pasados por las armas, Garc&#237;a se march&#243; del cuartel en compa&#241;&#237;a del cadete Pacheco, el padre de &#233;ste y un par de soldados m&#225;s. Fue a esconderse a su casa, donde su madre viuda lo aguardaba llena de angustia. Pero varios vecinos lo vieron llegar cansado y roto de la refriega, y alguno lo denunci&#243;. Los franceses han ido a buscarlo, tirando abajo la puerta ante el espanto de la madre, para llev&#225;rselo sin miramientos.

&#161;M&#225;s g&#225;pido! Allez!. &#161;Camina m&#225;s g&#225;pido!

Empuj&#225;ndolo con los fusiles, los franceses meten al soldado en el cuartel en construcci&#243;n del Prado Nuevo -m&#225;s tarde se conocer&#225; como de los Polacos-, en cuyo patio, a la luz de antorchas que chisporrotean bajo la llovizna, descubre a un grupo de presos atados entre bayonetas, a la intemperie. Los guardias ponen a Garc&#237;a con ellos, que est&#225;n tumbados en el suelo o sentados, mojadas las ropas, maltrechos de golpes y vejaciones. De vez en cuando los franceses cogen a uno, lo llevan a un &#225;ngulo del patio, y all&#237; lo registran, interrogan y apalean sin piedad. No cesan los gritos, que estremecen a quienes aguardan turno. Entre los detenidos, a la luz indecisa de las antorchas, Garc&#237;a reconoce a un paisano de los que estaban en Montele&#243;n. As&#237; lo confirma el otro, el chispero del Barquillo Juan Su&#225;rez, capturado por una patrulla de cazadores de Baygorri cuando hu&#237;a tras la entrada de los franceses.

&#191;Qu&#233; van a hacer con nosotros? -pregunta el soldado.

El paisano, que est&#225; sentado en el suelo y apoya su espalda en la de otro preso, hace un gesto de ignorancia.

Puede que nos fusilen, y puede que no. Aqu&#237; cada uno dice una cosa diferente Hablan de diezmarnos: como somos muchos, a lo mejor fusilan a uno de cada tantos, o as&#237;. Aunque otros dicen que van a matarnos a todos.

&#191;Lo consentir&#225;n nuestras autoridades?

El chispero contempla al soldado como si &#233;ste fuera tonto. La cara de Su&#225;rez, barbuda, sucia y mojada, brilla grasienta a la luz de las antorchas. Garc&#237;a observa que tiene los labios agrietados por los golpes y la sed.

Mira alrededor, compa&#241;ero. &#191;Qu&#233; ves? Gente del pueblo. Pobres diablos como t&#250; y como yo. Ni un oficial detenido, ni un comerciante rico, ni un marqu&#233;s. A ninguno de &#233;sos he visto luchando en las calles. &#191;Y qui&#233;nes nos mandaban en Montele&#243;n? Dos simples capitanes. Hemos dado la cara los pobres, como siempre. Los que nada ten&#237;amos que perder, salvo nuestras familias, el poco pan que ganamos y la verg&#252;enza Y ahora pagaremos los mismos, los que pagamos siempre. Te lo digo yo. Con una madre de sesenta y cuatro a&#241;os, mujer y tres hijos Vaya si te lo digo yo.

Soy militar -protesta Garc&#237;a-. Mis oficiales me sacar&#225;n de aqu&#237;. Es su obligaci&#243;n.

Su&#225;rez se vuelve hacia el preso que est&#225; a su espalda, escuch&#225;ndolos -el banderillero Gabriel L&#243;pez-, y cambia con &#233;l una mueca burlona. Despu&#233;s se r&#237;e amargo, sin ganas.

&#191;Tus oficiales? &#201;sos est&#225;n calentitos en sus cuarteles, esperando que escampe. Te han dejado tirado, como a m&#237;. Como a todos.

Pero la patria

No digas tonter&#237;as, hombre. &#191;De qu&#233; hablas? M&#237;rate y m&#237;rame. F&#237;jate en todos estos simples, que se echaron a la calle como nosotros. Acu&#233;rdate de la hombrada que hemos hecho en Montele&#243;n. Y ya ves: nadie movi&#243; un dedo &#161;Maldito lo que le importamos a la patria!

&#191;Por qu&#233; saliste a luchar, entonces?

El otro inclina un poco el rostro, pensativo, las gotas de lluvia corri&#233;ndole por la cara.

Pues no s&#233;, la verdad -concluye-. A lo mejor no me gusta que los mosi&#250;s me confundan con uno de esos traidores que les chupan las botas No permito que se meen en mi cara.

Manuel Garc&#237;a se&#241;ala con el ment&#243;n a los centinelas franceses.

Pues &#233;stos nos van a mear, y bien.

Una mueca lobuna, desesperada y feroz, descubre los dientes de Su&#225;rez.

&#201;stos, puede ser -replica-. Pero los que dejamos destripados all&#225; arriba, en el parque De &#233;sos te aseguro que ni uno.


Mientras Juan Su&#225;rez y el soldado Manuel Garc&#237;a esperan en el patio del cuartel del Prado Nuevo, una cuerda de presos tirita bajo la llovizna en la parte nordeste de la ciudad. Se trata de paisanos apresados en el parque de artiller&#237;a y otros lugares de Madrid: treinta hombres empapados y exhaustos que no han probado alimentos ni agua desde el combate de Montele&#243;n. Ahora, tras haber sido llevados de las caballerizas del parque a los tejares de la puerta de Fuencarral, llegan al campamento de Chamart&#237;n. Rodeados de bayonetas, insultos y golpes de los franceses que salen de sus tiendas de campa&#241;a para mirarlos, cruzan el recinto militar y se detienen en la penumbra de una explanada, a la luz brumosa de dos antorchas clavadas en tierra.

&#191;Qu&#233; van a hacer con nosotros? -pregunta el sangrador Jer&#243;nimo Moraza.

Degollarnos a todos -responde Cosme de Mora, con fr&#237;a resignaci&#243;n.

Lo habr&#237;an hecho antes, en los tejares.

Tienen toda la noche por delante Querr&#225;n divertirse un poco, mientras tanto.

Taisez-vous! -grita un centinela franc&#233;s.

Los prisioneros cierran la boca. De Mora y Moraza son dos de los seis supervivientes de la partida del almacenista de carb&#243;n. Los otros los acompa&#241;an maniatados: el carpintero Pedro Navarro, F&#233;lix Tordesillas, Francisco Mata y Rafael Rodr&#237;guez. Se agrupan con los dem&#225;s presos a manera de reba&#241;o asustado, queriendo protegerse cada uno entre los dem&#225;s, mientras un oficial franc&#233;s con un farol en la mano se acerca y los mira detenidamente, cont&#225;ndolos despacio. Cada vez, al llegar a diez, da una orden a los soldados, que sacan a un hombre del grupo. Apartan de ese modo al cerrajero Bernardo Morales, al arriero leon&#233;s Rafael Canedo y al dependiente de Rentas Reales Juan Antonio Mart&#237;nez del &#193;lamo.

&#191;Qu&#233; hacen? -inquiere, espantado, el carpintero Pedro Navarro.

Cosme de Mora se pasa la lengua por los labios en busca de unas gotas de lluvia. Aunque intenta mantenerse erguido y entero, teme que las rodillas le flaqueen. Cuando responde a la pregunta de Navarro, le tiembla la voz.

Nos est&#225;n diezmando -dice.


Apoyado en la barandilla del balc&#243;n de su casa, en la calle del Barco, el joven Antonio Alcal&#225; Galiano escucha descargas lejanas de fusiler&#237;a. La calle y las esquinas con la Puebla Vieja y la plazuela de San Ildefonso est&#225;n a oscuras bajo un cielo negro y opaco, nuboso, sin luna ni estrellas. El hijo del h&#233;roe muerto en Trafalgar se siente decepcionado. Lo que su imaginaci&#243;n anunciaba por la ma&#241;ana como aventura patri&#243;tica ha terminado en reprimenda materna y en melanc&#243;lica desilusi&#243;n. Ni las clases altas -la suya-, ni los militares, ni la gente de bien se han sumado al tumulto. Salvo raras excepciones, s&#243;lo el pueblo bajo quiso implicarse como suele, levantisco, irracional, sin nada que perder y al reclamo del r&#237;o revuelto. Por lo que el joven sabe, todo queda sofocado por los franceses con mucha pena y poca gloria para los insurrectos. Antonio Alcal&#225; Galiano se alegra ahora de no haber seguido el impulso de unirse a los sublevados: gente de mala &#237;ndole, escasas prendas y pocas luces, como pudo comprobar cuando quiso acompa&#241;ar por la ma&#241;ana a un grupo de revoltosos. Por la tarde, vuelto a casa tras su breve experiencia motinesca, el muchacho tuvo ocasi&#243;n de asistir a una conversaci&#243;n reveladora. Los vecinos de los barrios donde no hab&#237;a tiroteo estaban asomados a los balcones, procurando enterarse de lo que pasaba, y la calle del Barco era de las que se manten&#237;an tranquilas por abundar en ella la gente acomodada y de clase alta. Charlaban de balc&#243;n a balc&#243;n la condesa de Tilly, que vive enfrente, y la madre de &#233;sta, inquilina del cuarto piso de la casa donde los Alcal&#225; Galiano ocupan el principal. Pas&#243; entonces por la calle, vestido de uniforme, el oficial de Guardias Espa&#241;olas Nicol&#225;s Morfi, conocido de la familia por ser gaditano.

&#191;Qu&#233; hay del alboroto, don Nicol&#225;s? -pregunt&#243; desde arriba la de Tilly.

Nada, se&#241;ora m&#237;a -Morfi se hab&#237;a parado, sombrero en mano-. Usted misma lo ha dicho: alboroto de gente despreciable.

Pues ha pasado un hombre hace rato, gritando que un batall&#243;n franc&#233;s se ha rendido todo; y aqu&#237;, tan espa&#241;oles como el que m&#225;s, hemos aplaudido a rabiar.

Neg&#243; Morfi con una mano, despectivo.

No hay nada que aplaudir, se lo aseguro. Son patra&#241;as de cuatro insensatos. Murat, mal que nos pese, ha devuelto el orden Lo mejor es mantenerse todos quietos y confiar en las autoridades, que para eso est&#225;n. Cuando la gentuza se desmanda, nunca se sabe. Puede resultar peor que los franceses.

Huy, pues mire. Me quedo m&#225;s tranquila, don Nicol&#225;s.

Mis respetos, se&#241;ora condesa.

Poco despu&#233;s de asistir a ese di&#225;logo, Antonio Alcal&#225; Galiano, puesto el sombrero de maestrante para ir m&#225;s seguro, dio un paseo sin que nadie lo inquietara hasta la calle del Pez, a fin de visitar a una se&#241;orita con la que mantiene relaciones oficiales. All&#237;, sentado con ella en el mirador de un segundo piso, pas&#243; la tarde jugando a la brisca y viendo c&#243;mo las patrullas francesas registraban a los escasos transe&#250;ntes, obligados a llevar la capa doblada al hombro en previsi&#243;n de armas ocultas. Al regreso, bajo un cielo encapotado que amenazaba lluvia, el joven se cruz&#243; con piquetes imperiales cuya suspicacia crec&#237;a a medida que entraba la noche. Su madre lo vio llegar con alivio, ya dispuesta la cena.

Tu paseo me ha costado cinco rosarios, Anto&#241;ito. Y una promesa a Jes&#250;s Nazareno.

La sirvienta retira ahora los platos de la mesa, mientras Antonio Alcal&#225; Galiano permanece en el balc&#243;n, satisfecho, hume&#225;ndole entre los dedos un cigarro sevillano de los que fuma uno cada noche y que, por respeto, nunca enciende delante de su madre.

Qu&#237;tate del balc&#243;n, hijo. Me da miedo que sigas ah&#237;.

Ya voy, mam&#225;.

Suena otra descarga apagada, lejos. Alcal&#225; Galiano aguza el o&#237;do, pero no oye nada m&#225;s. La ciudad sigue a oscuras y en silencio. En la esquina de San Ildefonso se adivinan los bultos de los centinelas franceses. Un d&#237;a agitado, concluye el joven. Pronto se olvidar&#225; todo, en cualquier caso. Y &#233;l ha tenido la suerte de no complicarse la vida.


A esa misma hora, a s&#243;lo una manzana de la casa donde Antonio Alcal&#225; Galiano fuma asomado al balc&#243;n, otro joven de su edad, Francisco Huertas de Vallejo -que s&#237; se ha complicado hoy la vida, y mucho- est&#225; lejos de tenerlas todas consigo. Su t&#237;o don Francisco Lorrio, en cuya casa se refugi&#243; despu&#233;s del combate y la accidentada fuga desde Montele&#243;n, lo vio llegar con inmensa alegr&#237;a, s&#243;lo enturbiada por el hecho de que el sobrino llevara en las manos un fusil que pod&#237;a comprometerlos a todos. Sepultada el arma en el fondo de un armario, el doctor Rivas, m&#233;dico amigo de la familia, ha limpiado y desinfectado la herida del muchacho; que no reviste gravedad, por tratarse de un rebote de bala que ni siquiera fractur&#243; las costillas:

No hay hemorragia, y el hueso s&#243;lo est&#225; contuso. El &#250;nico cuidado ser&#225; vigilarlo dentro de unos d&#237;as, cuando se resienta la herida. Si no supura, todo ir&#225; bien.

Francisco Huertas ha pasado el resto de la tarde y el comienzo de la noche en cama, tomando tazas de caldo, tranquilamente abrigado y bajo los cuidados de su t&#237;a y sus primas de trece y diecis&#233;is a&#241;os. &#201;stas lo miran como a un Aquiles redivivo, y se hacen referir una y otra vez los pormenores de la aventura. Sin embargo, avanzada la noche, retiradas las primas y adormilado el joven, su t&#237;o entra en la alcoba, demudado el semblante y con un quinqu&#233; en la mano. Lo acompa&#241;a Rafael Moden&#233;s, amigo de la familia, secretario de la condesa de la Coru&#241;a y alcalde segundo de San Ildefonso.

Los franceses est&#225;n registrando las casas de la gente que anduvo en la revuelta -dice Moden&#233;s.

&#161;El fusil! -exclama Francisco Huertas, incorpor&#225;ndose dolorido en la cama.

Su t&#237;o y Moden&#233;s lo hacen recostarse de nuevo en las almohadas, tranquiliz&#225;ndolo.

No hay raz&#243;n para que vengan aqu&#237; -opina el t&#237;o-, pues nadie te vio entrar, e ignoran lo del arma.

Pero puede haber imprevistos -apunta Moden&#233;s, cauto.

&#201;sa es la cuesti&#243;n. As&#237; que, por si acaso, vamos a librarnos del fusil.

Imposible -se lamenta el muchacho-. Cualquiera que salga de esta casa con &#233;l, se expone a que lo detengan.

Yo hab&#237;a pensado desmontarlo para esconderlo por piezas -dice su t&#237;o-. Pero si hubiera un registro serio, el riesgo ser&#237;a el mismo

Desesperado, Francisco Huertas hace nuevo intento de levantarse.

Soy el responsable. Lo sacar&#233; de aqu&#237;.

T&#250; no vas a moverte de esa cama -lo retiene el t&#237;o-. A don Rafael se le ha ocurrido una idea.

Los dos tenemos mucha amistad con el coronel de Voluntarios de Arag&#243;n -explica Moden&#233;s-. As&#237; que voy a pedirle que mande cuatro soldados a esta casa, con cualquier pretexto, para que se hagan cargo del problema. A ellos nadie les pedir&#225; explicaciones.

El plan se pone en pr&#225;ctica de inmediato. Don Rafael Moden&#233;s se ocupa de todo, y el resultado es de lo m&#225;s feliz: por la ma&#241;ana, apenas amanecido el d&#237;a, cuatro soldados -uno de ellos sin fusil- se presentar&#225;n en la casa para beberse una copita de orujo ofrecida por el t&#237;o de Francisco Huertas, antes de regresar a su cuartel, cada uno con un duro de plata en el bolsillo y un arma colgada del hombro.


No todos tienen amigos con influencia para salvaguardar esta noche su libertad o sus vidas. Pasada la una de la madrugada, bajo la lluvia que rompe a r&#225;fagas sobre la ciudad en tinieblas, una gavilla de presos empapados y deshechos de fatiga camina con fuerte escolta. Casi todos van despojados, descalzos, en chaleco o mangas de camisa. El grupo lo forman Morales, Canedo y Mart&#237;nez del &#193;lamo -los tres sorteados en el diezmo de Chamart&#237;n- y el escribano Francisco S&#225;nchez Navarro. De paso por otros dep&#243;sitos y cuarteles, se unen a ellos el sexagenario Antonio Mat&#237;as de Gamazo, el mozo de tabaco de la Real Aduana Domingo Bra&#241;a, los funcionarios del Resguardo Anselmo Ram&#237;rez de Arellano, Juan Antonio Serapio Lorenzo y Antonio Mart&#237;nez, y el ayuda de c&#225;mara de Palacio Francisco Berm&#250;dez. Casi al final del trayecto, en la plaza de Do&#241;a Mar&#237;a de Arag&#243;n, se suman el palafrenero Juan Antonio Alises, el maestro de coches Francisco Escobar y el sacerdote de la Encarnaci&#243;n don Francisco Gallego D&#225;vila, que tras pelear y ser apresado junto a las Descalzas acab&#243; en un calabozo del palacio Grimaldi. All&#237;, el duque de Berg en persona le ech&#243; un vistazo al volver de la cuesta de San Vicente. Cuando se encar&#243; con el sacerdote, Murat segu&#237;a descompuesto, furioso por los informes de bajas, aunque todav&#237;a resultara imposible calcular las dimensiones de la matanza.

&#191;Eso es lo que manda Dios, cuga? &#191;Degamag sangue?

S&#237; que lo manda -respondi&#243; el sacerdote-. Para enviaros a todos al infierno.

El franc&#233;s lo estuvo mirando un poco m&#225;s, despectivo y arrogante, ignorando la paradoja de su propio destino. Dentro de siete a&#241;os ser&#225; Joachim Murat quien, con mala memoria y peor decoro, derrame l&#225;grimas en Pizzo, N&#225;poles, cuando lo sentencien a morir fusilado. Sin embargo, el lugarteniente del Emperador en Espa&#241;a no ha sabido ver esta tarde, ante &#233;l, m&#225;s que a un cura despreciable de sotana sucia y rota, con huellas de culatazos en la cara y un brillo fan&#225;tico, pese a todo, en los ojos enrojecidos de sufrimiento y cansancio. Vulgar carne de pared&#243;n.

Lo dice el Evangelio, &#191;no, cuga? El que a hiego mata, a hiego muere. As&#237; que te vamos a fusilag.

Pues que Dios te perdone, franc&#233;s. Porque yo no pienso hacerlo.

Ahora, bajo la lluvia que arrecia, don Francisco Gallego y los dem&#225;s llegan a las huertas de Leganitos y el cuartel del Prado Nuevo. All&#237; permanecen largo rato en la puerta, moj&#225;ndose y temblando de fr&#237;o, mientras los franceses re&#250;nen dentro otra cuerda de presos. Salen en ella los alba&#241;iles Fernando Madrid, Domingo M&#233;ndez, Jos&#233; Amador, Manuel Rubio, Antonio Zambrano y Jos&#233; Reyes, capturados por la ma&#241;ana en la iglesia de Santiago. Tambi&#233;n vienen maniatados y medio desnudos el mercero Jos&#233; Lonet, el oficial jubilado de embajadas Miguel G&#243;mez Morales, el banderillero Gabriel L&#243;pez y el soldado de Voluntarios del Estado Manuel Garc&#237;a, a quien antes de salir despojan los guardias de las botas, el cintur&#243;n y la casaca del uniforme. Una vez fuera del cuartel, el oficial franc&#233;s que manda la escolta cuenta los prisioneros a la luz de un farol. Disconforme con el n&#250;mero, dirige unas palabras a los soldados, que entran en el edificio y a poco regresan con cuatro hombres m&#225;s: el platero de Atocha Juli&#225;n Tejedor, el guarnicionero de la plazuela de Matute Lorenzo Dom&#237;nguez, el jornalero Manuel Antol&#237;n Ferrer y el chispero Juan Su&#225;rez. Puestos con los otros, el oficial da una orden y el triste grupo prosigue la marcha hacia unas tapias que est&#225;n muy cerca, entre la cuesta de San Vicente y la alcantarilla de Leganitos. Son las tapias de la monta&#241;a del Pr&#237;ncipe P&#237;o.


Esta misma noche, mientras el sacerdote don Francisco Gallego camina con la cuerda de presos, sus superiores eclesi&#225;sticos preparan documentos marcando distancias respecto a los incidentes del d&#237;a. M&#225;s adelante, sobre todo despu&#233;s de la derrota francesa en Bail&#233;n, la evoluci&#243;n de los acontecimientos y la insurrecci&#243;n general llevar&#225;n al episcopado espa&#241;ol a adaptarse a las nuevas circunstancias; aunque, pese a todo, diecinueve obispos ser&#225;n acusados, al final de la guerra, de colaborar con el Gobierno intruso. En todo caso, la opini&#243;n oficial de la Iglesia sobre la jornada que hoy concluye se reflejar&#225;, elocuente, en la pastoral escrita por el Consejo de la Inquisici&#243;n:


El alboroto escandaloso del bajo pueblo contra las tropas del Emperador de los franceses hace necesaria la vigilancia m&#225;s activa y esmerada de las autoridades Semejantes movimientos tumultuarios, lejos de producir los efectos propios del amor y la lealtad bien dirigidos, s&#243;lo sirven para poner la Patria en convulsi&#243;n, rompiendo los v&#237;nculos de subordinaci&#243;n en que est&#225; afianzada la salud de los pueblos.


Pero entre todas las cartas y documentos escritos por las autoridades eclesi&#225;sticas en torno a los sucesos de Madrid, la pastoral de don Marcos Caballero, obispo de Guadix, ser&#225; la m&#225;s elocuente. En ella, tras aprobar el castigo justamente merecido por los desobedientes y revoltosos, Su Ilustr&#237;sima previene:


Tan detestable y pernicioso ejemplo no debe repetirse en Espa&#241;a. No permita Dios que el horrible caos de la confusi&#243;n y el desorden vuelva a manifestarse La recta raz&#243;n conoce y ve muy a las claras la horrenda y monstruosa deformidad del tumulto, sedici&#243;n o alboroto del ciego y necio vulgo.


Leandro Fern&#225;ndez de Morat&#237;n no ha salido de su casa de la calle Fuencarral. Se visti&#243; por la ma&#241;ana con desali&#241;o y miedo, pues no quer&#237;a que las turbas -a las que tem&#237;a ver en su escalera, capitaneadas por la cabrera tuerta- lo arrastrasen por las calles en pantuflas y bata. Y as&#237; contin&#250;a esta noche, despeinado y sin afeitar, intacta la cena que le sirvi&#243; su vieja criada. El dramaturgo ha pasado las &#250;ltimas horas sin moverse de la mecedora, desasosegado, unas veces intentando trabajar ante el papel en blanco mientras la tinta se secaba en el ca&#241;&#243;n de la pluma, otras con un libro abierto cuyas l&#237;neas era incapaz de leer. Todo el d&#237;a fue un ir y venir al balc&#243;n, el alma en la boca, esperando noticias de los amigos, pero s&#243;lo el abate Juan Antonio Mel&#243;n, su &#237;ntimo, acudi&#243; a visitarlo. La soledad y zozobra de Morat&#237;n se han visto acentuadas por el pavor ante los disparos, los gritos de paisanos exaltados, el ruido de la caballer&#237;a francesa recorriendo las calles. En el corto tiempo que pasaron juntos, Mel&#243;n quiso tranquilizarlo, cont&#225;ndole c&#243;mo los franceses reprim&#237;an los disturbios y la Junta de Gobierno publicaba las paces. Ahora, devuelto a la incertidumbre, con la noche asomada a los cristales del mirador como negra amenaza, Morat&#237;n no sabe qu&#233; pensar. Distanciado de las clases populares pese a su &#233;xito teatral, detesta por educaci&#243;n y timidez la violencia ignorante, desaforada, de las clases bajas cuando se desmandan; pero al mismo tiempo se siente patriota sincero, y la escopetada francesa y las muertes de paisanos indefensos repugnan a sus sentimientos de espa&#241;ol ilustrado.

Infeliz, cruel, amada y odiosa patria, se dice con amargura. Despu&#233;s cierra de golpe el libro, vuelve a medir el sal&#243;n con pasos inciertos, atiende un momento junto al balc&#243;n y va a apoyarse en el aparador, la mirada perdida en los vol&#250;menes que cubren la pared frontera. Siente que la jornada que hoy termina le da la raz&#243;n. No encuentra en su conciencia de artista, en sus ideas que siempre tuvieron como referente el otro lado de los Pirineos, otra senda que la sumisi&#243;n a Francia: el poder incontestable, sin remedio ni vuelta atr&#225;s. No subirse a ese carro triunfal significa, para el dramaturgo y para los que sienten como &#233;l -afrancesados, tan execrados por el populacho-, quedar al margen de la Historia, del Arte y del Progreso. &#201;sa es la causa de que Morat&#237;n, pese a la turbaci&#243;n que le producen las descargas sueltas que suenan en la distancia, oponga al dolor del coraz&#243;n el b&#225;lsamo de la raz&#243;n, aliviada por el hecho de que, brutal y objetivamente, tales escopetazos ponen las cosas en su sitio. Ese doble sentimiento imposible de conciliar explicar&#225; que, en los tiempos que est&#225;n por venir, el m&#225;s brillante literato de Espa&#241;a ponga su talento al servicio de Murat y el futuro rey Jos&#233;, y adule a &#233;stos y a Napole&#243;n como hizo anta&#241;o con Carlos IV y con Godoy. Del mismo modo que m&#225;s adelante, tras emprender el camino triste del exilio con las derrotadas tropas francesas -&#250;nicas garantes de su vida-, adular&#225; tanto la Constituci&#243;n de C&#225;diz como a Fernando VII, buscando una rehabilitaci&#243;n imposible. Y veinte a&#241;os despu&#233;s de esta noche aciaga, Morat&#237;n morir&#225; en Par&#237;s amargado y est&#233;ril, atormentado por haber traicionado a una naci&#243;n a la que dio su obra literaria, pero a la que no supo, ni quiso, acompa&#241;ar en el sacrificio. Al cabo, muchos a&#241;os m&#225;s tarde, uno de sus bi&#243;grafos har&#225; un resumen de su car&#225;cter que podr&#237;a servirle de epitafio: Si cambi&#243; de parecer, es porque nunca lo tuvo.


La lluvia salpica por todas partes en la oscuridad. Son las cuatro de la ma&#241;ana y a&#250;n es noche cerrada. Frente al cuartel del Prado Nuevo, en un descampado de la monta&#241;a del Pr&#237;ncipe P&#237;o, dos faroles puestos en el suelo iluminan, en penumbra y a contraluz, un grupo numeroso de siluetas agrupadas junto a un talud de tierra y una tapia: cuarenta y cuatro hombres maniatados solos, por parejas o en reatas de cuatro o cinco ligados a una misma cuerda. Con ellos, entre el soldado de Voluntarios del Estado Manuel Garc&#237;a y el banderillero Gabriel L&#243;pez, el chispero Juan Su&#225;rez observa con recelo el pelot&#243;n de soldados franceses formados en tres filas. Son marinos de la Guardia, ha dicho Garc&#237;a, que por su oficio conoce los uniformes. Cubiertos con chac&#243;s sin visera, los franceses llevan al cinto sables de tiros largos y protegen de la lluvia las llaves de sus fusiles. La luz de los fanales hace brillar los capotes grises, relucientes de agua.

&#191;Qu&#233; pasa? -pregunta Gabriel L&#243;pez, espantado.

Pasa que se acab&#243; -murmura, l&#250;cido, el soldado Manuel Garc&#237;a.

Muchos advierten lo que est&#225; a punto de ocurrir y caen de rodillas, suplicando, maldiciendo o rezando. Otros levantan en alto sus manos atadas, apelando a la piedad de los franceses. Entre el clamor de ruegos e imprecaciones, Juan Su&#225;rez escucha a uno de los presos -el &#250;nico sacerdote que hay entre ellos- rezar en voz alta el Confiteor, coreado por algunas voces tr&#233;mulas. Otros, menos resignados, se revuelven en sus ataduras e intentan acometer a los verdugos.

&#161;Hijos de puta! &#161;Gabachos hijos de puta!

Algunos guardianes apartan a presos, empuj&#225;ndolos con las bayonetas contra el talud y la tapia. Otros, nerviosos por el griter&#237;o, empiezan a disparar a los m&#225;s agitados. Resuenan descargas aqu&#237; y all&#225;, y los fogonazos iluminan rostros airados, expresiones desencajadas de p&#225;nico o de odio. Comienzan a caer los hombres, sueltos o en confuso mont&#243;n. Suena una orden francesa, y la primera fila de soldados con capotes grises levanta a un tiempo los fusiles, apunta, y una descarga cerrada abate al primer grupo puesto ante la tapia.

&#161;Nos matan! &#161;A ellos! &#161;A ellos!

Algunos desesperados, muy pocos, se lanzan contra las bayonetas francesas. Hay quien ha roto sus ligaduras y alza los brazos desafiantes, avanza unos pasos o intenta huir. A golpes de bayoneta y culatazos, los guardianes empujan a otro grupo, y los presos avanzan a ciegas, despavoridos, pisoteando cuerpos. En un instante, la segunda fila de capotes grises releva a la primera, resuena otra orden, y un nuevo rosario de tiros, cuyo resplandor se fragmenta y multiplica en las r&#225;fagas de lluvia, salpica la escena. Caen m&#225;s hombres en mont&#243;n, segados de golpe gritos, insultos y s&#250;plicas. Ahora los franceses retroceden un poco para dejarse mayor espacio, y resuena el estampido de una tercera descarga, cuyos fogonazos se reflejan, rojos, en los regueros de sangre que corren sobre los cuerpos ca&#237;dos, mezcl&#225;ndose con el agua del suelo. Amarrado a Manuel Garc&#237;a y a Gabriel L&#243;pez, Juan Su&#225;rez, que se ha visto empujado contra el talud y obligado a arrodillarse a golpes de culata y pinchazos de bayoneta, tropieza con los muertos y agonizantes, resbala en el barro y la sangre. Entre la lluvia que le corre por la cara, mira aturdido las siluetas grises que encaran de nuevo los fusiles, apunt&#225;ndole. Tiembla de fr&#237;o y de miedo.

Feu!

El rosario de fogonazos lo deslumbra, y siente el plomo golpear a su espalda en la tierra, chascar en la carne de los hombres que tiene alrededor. Se revuelve con un espasmo angustiado, intentando hurtar el cuerpo, y de pronto siente las manos libres, como si al caer sus compa&#241;eros quedase rota la atadura por un tir&#243;n o una bala. Lo cierto es que se mantiene sobre sus piernas, ofuscado y lleno de terror tras la descarga, entre otros que siguen de pie o arrodillados y gritan, se agrupan o caen heridos, muertos. Un ramalazo confuso y desesperado recorre el cuerpo del chispero, haci&#233;ndolo retroceder de espaldas hasta dar en el talud. All&#237;, tras mirar incr&#233;dulo sus mu&#241;ecas libres, llevado por s&#250;bita resoluci&#243;n, aparta a manotadas a los hombres que a&#250;n lo rodean, y pisoteando cad&#225;veres y moribundos, lodo y sangre, corre despavorido hacia la oscuridad. Pasa as&#237;, veloz y afortunado, entre sombras amigas o enemigas, manos que intentan retenerlo, voces, fogonazos de tiros que lo rozan a quemarropa. Al fin, disparos y gritos quedan atr&#225;s. La noche se torna tinieblas, agua negra, chapoteo de barro bajo los pies que siguen corriendo con la desesperaci&#243;n del instinto que a ellos f&#237;a la vida. Desaparece de pronto el suelo, rueda Su&#225;rez por la cuesta de una hondonada y llega magullado, sin aliento, hasta una tapia alta. De nuevo oye voces de franceses que corren detr&#225;s y le dan alcance.

Arr&#234;te, salaud! Viens ici!

Suenan m&#225;s tiros y un par de balazos zumban cerca. Salta el chispero con un gemido de angustia, se agarra a lo alto de la tapia y trepa como puede, resbalando en la pared mojada. Sus perseguidores est&#225;n all&#237; mismo, queriendo agarrarlo por las piernas; pero &#233;l se desembaraza pataleando. Y aunque siente los golpes de un sable hiri&#233;ndolo en un muslo, un hombro y la cabeza, cae vivo al otro lado, se incorpora sin mirar atr&#225;s y sigue corriendo a ciegas, recortado en la estrecha l&#237;nea azulgris del alba que empieza a definirse en el horizonte, bajo la lluvia.


A las cinco y cuatro minutos amanece sobre Madrid. Ha dejado de llover, y la claridad brumosa del d&#237;a empieza a extenderse por las calles. Envueltas en sus capotes, inm&#243;viles en las esquinas de la ciudad atemorizada y silenciosa, las siluetas grises de los centinelas franceses se destacan amenazantes. Los ca&#241;ones enfilan avenidas y plazas donde los cad&#225;veres permanecen tirados en el suelo, arrimados a los muros sobre charcos de lluvia reciente. Una patrulla de caballer&#237;a francesa pasa despacio, con ruido de herraduras resonando en las calles estrechas. Son dragones, y llevan los cascos mojados, los capotes color ceniza sobre los hombros y las carabinas cruzadas en el arz&#243;n.

&#191;Llevan prisioneros?

No. Van solos.

Cre&#237; que ven&#237;an a buscarte.

Desde la ventana de su casa, el teniente Rafael de Arango ve alejarse a los jinetes franceses mientras se anuda el corbat&#237;n. Ha pasado la noche en blanco, preparando su fuga de Madrid. Murat ha ordenado al fin que se detenga a cuantos artilleros participaron en la sublevaci&#243;n del parque de Montele&#243;n, y el joven teniente no va a quedarse esperando. Su hermano, el intendente honorario del Ej&#233;rcito Jos&#233; de Arango, en cuya casa vive, lo ha convencido para que se evada de la ciudad, haciendo los preparativos adecuados mientras Rafael dispone lo necesario para el viaje. Como primer paso, ambos se proponen cumplir con una formalidad m&#237;nima: visitar al ministro de la Guerra, 0Farril, con quien la familia Arango tiene lazos de parentesco y paisanaje, para consultarle los pasos a dar. En previsi&#243;n de que el ministro no quiera comprometerse en favor del teniente artillero, su hermano ha trazado ya, con algunos amigos militares, un plan de fuga: Rafael ir&#225; al cuartel de Guardias Espa&#241;olas, donde tienen previsto esconderlo hasta que, disfrazado de alf&#233;rez de ese cuerpo, puedan hacerlo salir de la ciudad.

Estoy listo -dice el joven, poni&#233;ndose el sobretodo.

Su hermano lo mira con detenimiento. Le lleva casi diez a&#241;os, lo quiere mucho y cuida de &#233;l como lo har&#237;a su padre ausente. Rafael de Arango observa que parece emocionado.

Hay que darse prisa.

Claro.

El teniente de artiller&#237;a se mete en los bolsillos -viste de paisano, por precauci&#243;n- un cartucho de monedas de oro y el reloj que su hermano acaba de darle, as&#237; como los documentos falsos que lo acreditan como alf&#233;rez de Guardias Espa&#241;olas y una miniatura con el retrato de su madre que ten&#237;a en el dormitorio. Por un momento contempla el cachorrillo cargado que hay sobre la mesa, dudando si cogerlo o no, mientras prudencia e instinto militar se debaten en su &#225;nimo. El hermano resuelve la cuesti&#243;n, moviendo la cabeza.

Es peligroso. Y tampoco servir&#237;a de nada.

Se miran un instante en silencio, pues apenas hay m&#225;s que decir. Rafael de Arango consulta la hora en el reloj.

Siento darte tantas inquietudes.

Sonr&#237;e el otro, melanc&#243;lico.

Hiciste lo que ten&#237;as que hacer. Y gracias a Dios sigues vivo.

&#191;Recuerdas lo que me dijiste ayer por la ma&#241;ana, casi a esta misma hora? Acu&#233;rdate siempre de que hemos nacido espa&#241;oles.

Ojal&#225; todos lo hubi&#233;ramos hecho Ojal&#225; todos nos hubi&#233;ramos acordado de lo que somos.

Cuando los dos se dirigen a la puerta, el teniente se detiene, pensativo, tomando a su hermano por el brazo.

Espera un momento.

Tenemos prisa, Rafael.

Espera, te digo. Hay algo que no te he contado todav&#237;a. Ayer en el parque, hubo momentos extra&#241;os. Me sent&#237;a raro, &#191;sabes? Ajeno a todo cuanto no fuese aquella gente y aquellos ca&#241;ones con los que nos esforz&#225;bamos tanto Era singular verlos a todos, las mujeres, los vecinos, los muchachos, pelear como lo hicieron, sin municiones competentes, sin foso y sin defensas, a pecho descubierto, y a los franceses tres veces rechazados y hasta en una ocasi&#243;n prisioneros Que eran diez veces m&#225;s que nosotros, y no pensaron en fugarse cuando les tiramos el ca&#241;onazo, porque estaban m&#225;s at&#243;nitos que vencidos No s&#233; si comprendes lo que quiero decir.

Lo comprendo -sonr&#237;e el hermano-. Te sent&#237;as orgulloso, como yo lo estoy ahora de ti.

Quiz&#225; sea la palabra. Orgullo Me sent&#237;a as&#237; entre aquellos paisanos. Como una piedra de un muro, &#191;entiendes? Porque no nos rendimos, f&#237;jate bien. No hubo capitulaci&#243;n porque Daoiz no quiso. No hubo m&#225;s que una ola inmensa de franceses aneg&#225;ndonos hasta que no tuvimos con qu&#233; pelear. Dejamos de luchar s&#243;lo cuando nos inundaron, &#191;ves lo que quiero decir? Como se deshace y desmorona un muro despu&#233;s de haber aguantado muchas avenidas y torrentes y temporales, hasta que ya no puede m&#225;s, y cede.

Calla el joven y permanece absorto, perdida la mirada en los recuerdos recientes. Inm&#243;vil. Luego ladea un poco la cabeza, vuelta hacia la ventana.

Piedras y muros -a&#241;ade-. Por un momento parec&#237;amos una naci&#243;n Una naci&#243;n orgullosa e indomable.

El hermano, conmovido, apoya con afecto una mano en su hombro.

Fue un espejismo, ya lo ves. No dur&#243; mucho.

Rafael de Arango sigue quieto, mirando la ventana por la que, como un gris presentimiento, entra la luz del 3 de mayo de 1808.

Nunca se sabe -murmura-. En realidad, nunca se sabe.


La Navata, octubre de 2007



Nota del autor

Adem&#225;s de largos paseos por las calles de Madrid y consultas puntuales de documentos, es abundante el material bibliogr&#225;fico manejado como base para este relato. Quiz&#225; sea &#250;til consignar algunas referencias que permitan al lector profundizar en la materia, deslindar -si lo desea- los l&#237;mites entre lo real y lo inventado, y cotejar los aspectos hist&#243;ricamente probados con los muchos puntos oscuros que, doscientos a&#241;os despu&#233;s de la jornada del Dos de Mayo, todav&#237;a discuten historiadores y expertos militares. Esta relaci&#243;n no incluye libros ni documentos publicados despu&#233;s de junio de 2007:


Ram&#243;n de Mesonero Romanos. Memorias de un setent&#243;n.

Ram&#243;n de Mesonero Romanos. El antiguo Madrid.

El&#237;as Tormo. Las iglesias del antiguo Madrid.

Sociedad de Bibli&#243;filos espa&#241;oles. Colecci&#243;n general de los trajes que en la actualidad se usan en Espa&#241;a: 1801.

Imprenta Real. Kalendario manual y gu&#237;a de forasteros en Madrid para el a&#241;o 1808.

Rafael de Arango. Manifestaci&#243;n de los acontecimientos del parque de Artiller&#237;a de Madrid.

J. Al&#237;a Plana. Dos d&#237;as de mayo de 1808 en Madrid, pintados por Goya.

J. Al&#237;a Plana y J. M. Guerrero Acosta. El Estado del Ej&#233;rcito y la Armada de Ordov&#225;s.

J. M. Guerrero Acosta. Los franceses en Madrid, 1808.

J. M. Guerrero Acosta. El ej&#233;rcito napole&#243;nico en Espa&#241;a y la ocupaci&#243;n de Madrid.

Emilio Cotarelo. Isidoro M&#225;iquez y el teatro de su tiempo.

Manuel Ponce. M&#225;iquez, el actor maldito.

Jos&#233; de Palafox. Memorias.

Antonio Ponz. Viaje de Espa&#241;a.

Comte Murat. Murat, lieutenant de l'Empereur en Espagne 1808.

Marcel Dupont. Murat.

L. y F. Funcken. L'Uniforme et les armes des soldats du Premier Empire.

VV. AA. Goya. Los fusilamientos del 3 de mayo.

Richard T&#252;ngel. Los fusilamientos de 3 de mayo de Goya.

Baron de Marbot. M&#233;moires.

M. A. Mart&#237;n Mas. La GrandeArm&#233;e.

J. J-E. le Roy. Souvenirs de la guerre de la Peninsule. 

Jos&#233; G&#243;mez de Arteche. Guerra de la Independencia. Historia militar de Espa&#241;a de 1808 a 1814. 

Ministerio de Defensa. Historia de la infanter&#237;a espa&#241;ola.

Jacques Domange. LArm&#233;e de Napole&#243;n.

Marqu&#233;s del Saltillo. Miscel&#225;nea madrile&#241;a, hist&#243;rica y art&#237;stica.

Josep Fontana. La &#233;poca del liberalismo.

Alphonse Grasset. La guerre d'Espagne.

Ministerio de Defensa. El ej&#233;rcito de los Borbones.

Ricardo de la Cierva. Historiamilitar de Espa&#241;a.

Jos&#233; Mor de Fuentes. Bosquejillo de mi vida.

Joaqu&#237;n de Entrambasaguas. El Madrid de Morat&#237;n.

Antonio Papell. Morat&#237;n y su &#233;poca.

Fundaci&#243;n Caja Madrid. Madrid. Atlas hist&#243;rico de la ciudad.

J. M. Bueno. Soldados de Espa&#241;a.

Pe&#241;asco y Cambronero. Las calles de Madrid.

Pedro de R&#233;pide. Las calles de Madrid.

Josef Mar&#237;a Bouill&#233;. Gu&#237;a del oficial particular para campa&#241;a. 1805.

Cayetano Alc&#225;zar. El Madrid del Dos de Mayo.

Manuel Godoy. Memorias.

Christian Demange. El Dos de Mayo. Mito y fiesta nacional (1808-1958).

M. A. Thiers. Histoire du Consulat et de l'Empire.

Museo del Ej&#233;rcito. Madrid, el 2 de mayo de 1808.

Mart&#237;n de Riquer. Reportaje de la Historia. 

J. C. Mont&#243;n. La revoluci&#243;n armada del Dos de Mayo en Madrid.

Cevallos y Escoiquiz. M&#233;moires.

Antonio Alcal&#225; Galiano. Memorias.

General Foy. Histoire de la guerre de la Peninsule sous Napol&#233;on.

Juan P&#233;rez de Guzm&#225;n y Gallo. El Dos de Mayo de 1808 en Madrid.

Conde de Toreno. Historia del levantamiento, guerra y revoluci&#243;n de Espa&#241;a.

Calcograf&#237;a Nacional de Madrid. Estampas de la Guerra de la Independencia. 

Fernando D&#237;az-Plaja. Dos de Mayo de 1808.

Jos&#233; Blanco White. Cartas de Espa&#241;a.

VV. AA. El Dos de Mayo y sus precedentes. Actas del congreso internacional.

VV. AA. Memorial de artiller&#237;a.

VV. AA. Histoire et dictionnaire du Consulat et de lEmpire.

VV. AA. R&#233;pertoire mondial des souvenirs napol&#233;oniens.

Dr. Ledran. Tratado de las heridas de armas de fuego.

Academia de Caballeros Guardias Marinas. Ejercicios de ca&#241;&#243;n y mortero.

Ronald Fraser. La maldita guerra de Espa&#241;a.

Rafael Farias. Memorias de la Guerra de la Independencia escritas por soldados franceses.

David Gates. La &#250;lcera espa&#241;ola.

Ricardo Garc&#237;a C&#225;rcel. El sue&#241;o de la naci&#243;n indomable.

Charles Esdaile. Espa&#241;a contra Napole&#243;n.

J. M. Cuenca Toribio. La Guerrade la Independencia: un conflicto decisivo.

Manuel Izquierdo. Antecedentes y comienzos del reinado de Fernando VII.

Pere Molas Ribalta. La Espa&#241;ade Carlos IV.

Andr&#233;s Muriel. Historia de Carlos IV.

E. Bukhari y A. McBride. Caballer&#237;a e infanter&#237;a napole&#243;nicas.

E. Bukhari y A. McBride. Napoleon's Dragoons and Lancers.

E. Bukhari y A. McBride. Napoleon's Cuirassiers and Carabiniers.

Philip Haythornthwaite. Napoleon's Line Infantry.

Charmy. La Garde Imp&#233;riale&#224; Pied.

R. Chartrand y B. Younghusband. Spanish Army of the Napoleonics Wars (1793-1808). 

Andr&#233;-Fugier. Napol&#233;on et l'Espagne.

Jean-Jo&#235;l Bregeon. Napol&#233;on et la guerre dEspagne.

W. F. P. Napier. History of the War in the Peninsula.

Hans Juretschke. Los afrancesados en la Guerra de la Independencia. 

William Beckford. Un ingl&#233;s en la Espa&#241;a de Godoy.

Ayuntamiento de Madrid. Plano de Madrid seg&#250;n la maqueta de D. Le&#243;n Gil de Palacio. 

Ayuntamiento de Madrid. Planimetr&#237;a general de Madrid de 1749 a 1764

Tom&#225;s L&#243;pez. Plano geom&#233;trico de Madrid en 1785.

Fausto Mart&#237;nez de la Torre. Planode la villa y corte de Madrid en 1800.

Juan L&#243;pez. Plano de Madrid en 1812.

Museo Municipal de Madrid. Vistas antiguas de Madrid.



Arturo P&#233;rez-Reverte



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